La insoportable aceptación de una derrota electoral…

¿Por qué el resultado obtenido en el referéndum por la permanencia o salida del Reino Unido de la Unión Europea es “malo”? (Entrecomillo el calificativo para destacarlo en mi argumentación). ¿Dónde está el problema en la decisión de optar por la salida de la mayoría de votantes? La mitad más uno ha dicho “Out”; la mitad menos uno ha dicho “In”. Las reglas de la partida estaban claras. Nadie dijo: “Sólo saldremos si cuatro de cada cinco votantes optan por salir” (o dos de cada tres, o siete de cada diez…). Se conformaron con la mitad más uno y salió la mitad más uno. Se van porque las reglas de juego asumidas de manera cabal por los contendientes declaran que es así como se debe puntuar el resultado. Luego, la mayoría ha decidido marcharse. Ha ganado la democracia, pues.

Muchos holgazanes dieron por sentado que ganaría la permanencia y renunciaron a la “obligación” que tienen con su sociedad de participar en la votación. Muchos debieron afirmar: “Día de lluvia y mal tiempo, qué mejor que estar en casa y que sean otros los que se “mojen” con el tema” (verbo ‘mojar’ pintiparado para la ocasión).

Otros, confiados, jugaron a estrategas de taberna y optaron por votar al lado contrario de sus deseos. No están contentos con Europa ni con la posición de sus gobernantes, tanto locales como comunitarios, pero su disgusto no les conduce hasta el punto de ver con buenos ojos la salida del Reino Unido. Querían dar una llamada de atención a las autoridades contribuyendo a acortar las diferencias entre un “permanecer” que ven seguro y un “nos vamos” que perciben improbable. Votaron “Out” convencidos de que saldría el “In”, aunque ajustado; votaron sin titubeos, moviéndoles la certeza de que el proceso sería favorable a sus intereses y que las autoridades, viendo el resultado, llegarían a dos conclusiones claras: por un lado, que escaparon con suerte del referéndum; por el otro, que se deben hacer cambios importantes en la relación con Europa porque el pueblo británico está enfadado.

El vago y el temerario quizás representen dos de las figuras más temibles de una democracia: el primero, porque renuncia a participar y, en consecuencia, a valorar con su concurso el medio del que se dota una sociedad para sondear la opinión de sus integrantes; el segundo, porque sostiene su posición sobre una afirmación errónea: “No pasa nada por un voto”. Si el gandul se hubiese tomado las molestias de votar a favor de lo que daba por sentado y si el imprudente hubiese optado por ratificar con su voto su deseo, probablemente el resultado -a tenor del escaso margen- hubiese sido otro.

Bien, sean cuales sean las razones que inclinaron la balanza hacia el “Out”, lo cierto es que, en una votación legal y limpia, el resultado ha sido el que es. Y punto. Ahora toca asumir las consecuencias. El pueblo (compuesto por comprometidos afines al “sí” y al “no”, y por holgazanes y confiados) ha decidido su destino. Fin del problema

¿Fin del problema? Por la reacción de los dos últimos días, no tengo claro que el problema esté finiquitado; al contrario. De entrada, se cuestiona la decisión del Primer Ministro de poner en marcha el referéndum. ¿Por qué? Votar nunca puede ser un problema, preguntar al pueblo nunca puede ser un problema. En una democracia limpia, clara, transparente, madura, firme…, solicitar la opinión del pueblo jamás puede ser un motivo de controversia.

Lo que tiene que hacer el convocante y quienes asumen el rol de defender las posiciones sobre las que deben elegir los votantes es trabajar mucho y bien para la defensa de su postura, movilizar sus argumentos, enseñar sus cartas sin trampas, mostrar los pros y los contras, persuadir… Y, para el caso que nos ocupa, proveerse de apoyos y no confiarse en que se ganará sí o sí porque no cabe pensar en que se vaya a perder. Me recuerda a uno que, teniendo el peor de los diagnósticos, sigue actuando como si todos le fueran favorables. Vaya actitud esta tan absurda, ¿no te parece?

La indiferencia de los mandamases europeos con el referéndum y de los no-británicos con el asunto ha sido brutal: qué líderes han hecho campaña a favor de la permanencia en suelo “British”, qué se ha dicho del tema en la última campaña electoral española, qué movilización ha tenido el asunto en los medios de comunicación de nuestro país… Todos daban por sentado ese “sí o sí” expuesto y consideraron que lo mejor era invertir el tiempo en otros quehaceres. Ahora, que se han llevado una bofetada tan grande como inesperada, comienzan a rasgarse las vestiduras y a dar justificaciones insolentes para el espíritu que representa la democracia. Tras las reflexiones oídas y leídas en las últimas horas, no puedo evitar preguntas como: ¿Impedimos a los viejos que voten para que no marquen el futuro de los jóvenes?, ¿impedimos a los pueblerinos que no participen para que su voto no afecte a los ciudadanos?, ¿impedimos que emitan su voto los que no tienen una cualificación académica mínima para que solo se considere válido el voto de los instruidos?, etc.

Visto lo ocurrido con la adecuada perspectiva, creo que podemos obtener algo bueno del resultado del referéndum británico: la sospecha de que puede ser extrapolable al resto de países miembros. En este momento, la incertidumbre es más espesa y profunda de lo que se imaginan los gobernantes, quienes, ante lo sucedido, optarán por encerrarse en sus torreones, reafirmar con golpes “goriláceos” su europeísmo y desistir de preguntar a los administrados por cuestiones tales como: ¿Estamos en la Europa que queremos?, ¿creemos en la Europa que tenemos?, ¿confiamos en el proyecto europeo?, ¿nos sentimos realmente europeos?, etc. Adoptarán esta postura sin mirar al desinterés, por ejemplo, de los españoles en las elecciones al Parlamento europeo, y sin atender a varios axiomas: esconderse de un problema, no lo resuelve; ningunear una situación es alimentar su inminente estallido; creer en la máxima ilustrada de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” es, en el siglo XXI, una detestable, despreciable y denunciable manera de interpretar la acción gubernamental desde una posición totalitarista; o sea, contraria a la democracia.

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