Sistema electoral canario: apunte sobre una ineficacia…

El sistema electoral canario parte de un principio que, por sí mismo, destroza cualquier expectativa de concebir Canarias como un pueblo unido: la desconfianza que tienen los representantes de las distintas islas sobre el interés por la prosperidad de su tierra de los foráneos; y aquí da lo mismo ser canario, madrileño, portugués o austrohúngaro: cuando se sostiene que nadie defiende mejor “mi” tierra que alguien de “mi” tierra, todos los que no son de ella pasan a ser extranjeros y, sobre la marcha, se olvidan circunstancias cotidianas tan reales como la vida misma: que un grancanario ame El Hierro o que una lanzaroteña sienta debilidad por Tenerife, por ejemplo. ¿Por qué no va a querer un tinerfeño que Fuerteventura progrese o qué ha de mover a una mujer de Gran Canaria a hacer lo posible por hundir a La Gomera no defendiéndola de sus justas reclamaciones?

La situación alcanza cotas ridículas cuando vemos que a los representantes de cada isla les mueve un relativa devoción a “su” tierra cuando responden a consignas de la organización política a la que pertenecen.

El sistema electoral canario es injusto. Lo saben los perjudicados, sí; y también los beneficiados. Es injusto porque no se adhiere a ningún parámetro de mesura y equilibrio. Teóricamente, puede ser válido, pero en la práctica el sistema no ha evitado que las llamadas islas menores -llamadas a obtener ventajas con el mismo- no sigan sintiéndose maltratadas. Si esta situación de desdén hacia ellas se produce y el sistema es el que es, ¿a quién cabe atribuir las culpas si, según el sistema, están bien representadas en el parlamento autonómico? Efectivamente: a “sus” representantes. Ellos son los responsables de que, jugando en un marco electoral favorable, no hagan nada lo suficientemente de provecho para que las islas llamadas menores progresen como es justo que lo hagan. Por tanto, el sistema falla, pues no logra que mejore la situación de las islas que pretende favorecer.

Como grancanario, no sé qué razones puedo argumentar -si me viera en una situación donde mi palabra sea indispensable para tomar una decisión-, repito, no sé qué razones puedo argumentar para “quitar” a un palmero aquello que necesita y que le urge simplemente para satisfacer a quienes me han votado. Si convertimos el Parlamento de Canarias en un espacio eminentemente territorial, terminaremos por transformarlo en un lugar tan inoperativo como el Senado. El Parlamento ha de ser, ante todo, un ente emocional: si nos une con firmeza un pasado común, ¿por qué permitimos que nos separe un presente regido por la desconfianza?

LinkedIn
Facebook
RSS