Peace for animals…

Yo quiero contribuir con mi voto a que sea posible una ley (una verdadera ley, una auténtica ley) que prohíba el maltrato a cualquier especie zoológica, entendiendo este como el ensañamiento de los humanos hacia los animales en lugares públicos y privados, en solitario o con otros humanos como testigos. No hablo del rottweiller que un chiflado se ha encargado de enfurecer y azuzar, y que, rabioso y agresivo, se escapa y hay que abatir para evitar que cause daños a humanos u otros animales; sino de actos que causan un sufrimiento a los animales y que se llevan a cabo por crueldad o por mera diversión.

Por tanto, taurófilos del orbe, sí, sí y, sin dudarlo, sí: yo prohibiría las corridas de toros, como prohibiría la lucha de gladiadores y los autos de fe; prohibiría el toro embolado y el Toro de la Vega como prohibiría los cinturones de castidad y los Tribunales de Excepción. Ni todas las tradiciones merecen conservarse, ni es aceptable sostener en el presente aquello que ya en el pasado a muchos horrorizaba. Hay temas que están mejor en los libros de historia que en los actuales medios de comunicación.

En consecuencia, declaro unilateralmente mi repulsa hacia todo aquel político que presuma de amar y/o proteger a los animales y que nada haga por que se promulgue esta ley y se haga cumplir a rajatabla; o sea, prohibiendo las corridas de toros, el toro embolado, el Toro de la Vega y tantos otros festejos similares que no merecen ser reconocidos como “fiestas”, sino como lo que son: crímenes contra la naturaleza tan deleznables, repudiables y perversos como cualquier genocidio.

Esto declaro y señalo a los culpables llamándoles como se merecen: hipócritas.