Entre la literatura y la historia, qvo vadis, Francisco?…

Reconozco que me caes bien; sí, no me importa reconocerlo a pesar de mi ateísmo y teniendo presente tu elevadísimo rango religioso. Creo que eres de fiar, que eres una persona que va de frente. Y lo creo porque me da la impresión de que fuiste hombre antes que leal siervo de Dios, con todo lo que ello trae consigo. Confieso que me agrada pensar que conoces el amor físico, que te has peleado por alguien querido, que te has llegado a emborrachar, que algún “me cago en…” has dicho, que has llorado por la derrota de tu equipo o que te ha salido muy de dentro alguna peineta tras una mofa… No sé por qué, pero siento que nada de esto te es ajeno, al menos cuando fuiste hombre y aceptabas con un “qué se le va a hacer” las mismas imperfecciones y bajas pasiones que todos nos reconocemos. Y lo de hombre antes que religioso lo digo y repito, que muchos hay que llegan al seminario y nada conocen del mundo laico, que más parecen haber sido paridos en efluvios de santidad que envueltos en sangre y líquido amniótico, como nacemos todos en el mismo lugar donde fuimos gestados.

Quizás me haya influido el que nos una el bello tesoro de una lengua y, sobre todo, de un uso del español concreto, con el que compartimos chascarrillos, ironías, juegos lingüísticos y sensaciones; y también es posible que mucho se deba a tu condición argentina, noble pueblo que, junto al chileno, aprendí a sentir cercano gracias a mi llorado Osvaldo Rodríguez Pérez, con quien, sin duda alguna, hubieses mantenido hermosas conversadas.

Desde el primer momento, hubo algo en tu manera de exponer tus pensamientos que me resultó curioso, llamativo, que te hizo especial, Francisco, lo que se ha traducido en un cierto gusto por escucharte, cuando me ha sido posible, en los medios de comunicación. Tus palabras poseen la fortaleza de los líderes; tu valentía al pronunciarlas es admirable, pues las dictas flanqueado por un rebaño de cobardes que, reconociéndote su pastor, es incapaz de aceptarte como maestro, pues ello supondría imitarte y, en consecuencia, enfrentarse cara a cara con el mundo. Para estos borregos, es más fácil maquinar desde la trastienda. Sabes de lo que hablo; no he de ser, pues, más explícito al respecto.

Además, algo bueno debes tener cuando todo el mundo, tras el primer minuto de tus primeras palabras como pontífice, concluyó que tus días iban a terminar como los de Juan Pablo I; si no en brevedad (que también, para qué andarnos con rodeos), sí en la manera. Y lo califico de “bueno” atendiendo a la aceptación generalizada de que a Luciani lo neutralizaron (en el argot de los servicios secretos) porque, al parecer, pretendía remover lo que la bondad y el altruismo reclamaban que se moviese. Sé que me dirás que eso no ocurre en la Iglesia y, hasta cierto punto, puedo entender tu posición, pero ya es un hábito adquirido (y no solo por un pecador como yo) el no dudar ni un ápice de que muchos corderos que balan junto a ti esconden un afilado cuchillo y que en la hoja de muchas de estas armas blancas está grabado a fuego tu nombre. Por eso, te confieso que me alegro de que, de momento, sigas ahí. Eso es bueno, Francisco.

Ahora que ya he dejado bien claro que me caes bien y que, en consecuencia, envuelvo mis palabras con el papel de la sincera amabilidad, creo que es oportuno compartir contigo la necesidad de que el discurso del liderazgo dé paso al de las acciones. Sabes (cómo no lo vas a saber) que eres el jefe de estado más poderoso del mundo, a pesar de que no tienes ejército, careces de finanzas competitivas y apenas tienes espacio para montar una fábrica de helados o construir una casa terrera para que vengan cuatro familias a vivir en ella; ah, y todo eso sin necesidad de atender a los dictámenes propios de los estados democráticos. Aun así, sabes de lo ilimitada que es tu fortaleza porque eres consciente de que posees el instrumento más poderoso que jamás ha inventado el hombre: la palabra. Ningún imperio ha sobrevivido por las armas, el tuyo lo ha hecho gracias al verbo. Dos mil años de poder, Francisco, avalan la historia de tu reino, cuyos vasallos no habitan junto a ti, sino en la inmensidad de un planeta llamado Tierra. Al margen de que no crea en el símbolo que portas en tu pecho -que respeto, como no puede ser de otro modo-, soy consciente de que los dos mil años andados traerán consigo, sin duda alguna, otros dos mil más que serán recorridos bajo la sombra de la cruz.

El poder que tienes debe llevar consigo una responsabilidad, pues hay millones de súbditos que te ven como su guía, te escuchan y actúan, por obra y/o pensamiento, de acuerdo a lo que expones. Sé que tus palabras no van dirigidas hacia mí ni hacia los que, como yo, carecen de fe religiosa; mas sí sé que, sin formar parte del club, tus palabras me afectan, pues muchos de tus asociados son vecinos míos; y muchísimos, representantes públicos e importantes personalidades que mueven los hilos de la sociedad a la que pertenezco.

Hablo de una responsabilidad llamada acción: haz, Francisco, haz tras hablar; haz, gracias a esa reconocida infalibilidad que te conceden los tuyos, un mundo acorde a lo que tus buenas palabras muchas veces convierten en mensajes de esperanza. Que nada quede en la literatura, que todo se vuelva en historia. Intenta (puedes hacerlo, el tuyo es un gobierno absoluto), intenta, repito, que las próximas décadas y siglos te recuerden como un líder que contribuyó a mejorar el mundo (en general, el de los creyentes y los ateos), antes que como un simple poeta, que, consciente de que las palabras se las llevaba el viento, recitaba versos solo para agradar a la concurrencia.