¿Por qué perdió Pedro Sánchez el debate?

¿Que por qué perdió Pedro Sánchez el debate entre los cuatro candidatos a la Presidencia del Gobierno celebrado el lunes 13 de junio de 2016?

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Este era un debate cuya razón de ser no obedecía tanto a la pregunta «¿Qué harán si llega a la Presidencia de Gobierno?», como a la respuesta a: «Dado que no ha podido ser posible formar Gobierno tras las elecciones del 20 de diciembre, ¿de qué manera desatascaría el problema que ello supone?». Dicho de otro modo: «¿Con quién pactaría para que sea posible la formación de un Gobierno?».

¿Por qué no tocaba hablar de programas? Porque ya se conocen, ya se saben; los electores ya adoptaron una postura con respecto a los mismos en las anteriores elecciones, celebradas hace seis meses. Un cambio en los programas en tan poco tiempo y no habiendo mediado ninguna actividad gubernamental que suponga llegar a conclusiones del tipo: «Esto no funciona», «Creía que era bueno, pero no lo es», etc., puede asociarse a la ocurrencia de Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gusta, tengo otros». Todos los que hemos seguido con más o menos interés el devenir de los cuatro partidos políticos que han participado en el debate sabemos qué políticas desean poner en práctica, qué atribuciones son falsas por provenir de los adversarios y cuáles se ajustan a lo que sería el ideario que los identifica. Nada debería ser novedoso porque no ha tenido tiempo ni ocasiones para quedarse obsoleto.

¿Hablar de programas resuelve el problema de los llamados “indecisos”? No, no lo creo. Es más, no creo que la indecisión provenga de las dudas sobre si el candidato que gozaba de todos mis parabienes en diciembre sigue o no siendo idóneo en junio. La indecisión a mi juicio se llama, en realidad, “abstención”; y no percibo que esta sea el resultado de una mutación de pensamientos sobre las bondades de un programa que no fueron percibidas en las anteriores elecciones, sino de un hartazgo que anida en los electores, que puede tener su punto de origen en la convicción (errónea probablemente) de que los políticos elegidos el 20 de diciembre han adoptado una postura tan egocéntrica como tozuda a la hora de conformar gobierno y no han dado su brazo a torcer. O sea, que ha prevalecido más en ellos el deseo de no ser humillados que de ceder y ver alternativas antes de evitar las nuevas elecciones. Y en esta posición todos son culpables (unos más que otros, pero todos). La indecisión, pues, se traduce en un dilema: ir o no ir a votar. Si la opción es ir a votar, creo que la papeleta no reflejará una candidatura diferente a la de diciembre; no, al menos, en un porcentaje muy relevante. Así lo creo yo.

Hoy había que convencer a los indecisos de que deben ir a votar y estos tienen una pregunta muy clara que formular a los políticos: «¿Por qué debo ir a votar, para que todo sea igual que en diciembre?». Por eso, en el debate de hoy había que dar razones sólidas sobre la conveniencia de participar en los comicios para que estos, que no saben sin van a ir o no, apoyasen la propuesta de solución al atasco de formar gobierno que pudiesen obtener tras la intervención de los cuatro candidatos. Hoy se trataba de eso, de explicar cuál era esa propuesta.

Mariano Rajoy tiene claro que debe gobernar la lista más votada con el refuerzo (dado que se prevé que no obtendrá mayoría absoluta) de otras formaciones; y dice cuáles son: PSOE, principalmente; y otras que no sea Unidos Podemos.

Albert Rivera tiene claro que no habrá mayorías absolutas y está dispuesto a que haya un tripartito compuesto por su formación, el PP y PSOE.

Estos dos políticos lo han tenido, repito, claro, muy claro, y hoy se han pronunciado al respecto; con mayor o menor énfasis, es cierto, pero se han mojado en el tema porque son conscientes de que los resultados del 26 de junio no permitirán la configuración de un gobierno monocolor.

Pablo Iglesias también respondió a la pregunta clave del debate y ofreció un gobierno compuesto por Unidos Podemos y PSOE. Por eso bajó el listón del ataque a Pedro Sánchez, por eso no entró en una guerra tan agria como la mantenida entre los dos políticos, sobre todo, en la precampaña del 20 de diciembre. El elevado tono de los menosprecios que mutuamente se repartieron impidió que las cesiones en las negociaciones bajaran hasta el punto en el que fuera posible un acuerdo.

En su momento, tuve la oportunidad de señalar a los jefes de campaña de los partidos como los verdaderos responsables, en última instancia, de que no se hubiese logrado ningún acuerdo de gobierno: el número y la enjundia de las descalificaciones entre todos llegó a tal punto que se hizo imposible negociar nada sin que saltasen chispas entre las formaciones. Ninguno de estos responsables asumió la provechosa tarea de pedir a su candidato que se cortase un poco y que velase por el inevitable hecho de que tras las elecciones de finales de año había que sentarse a negociar; nadie dijo que la manta de hostias que se estaban repartiendo hacía muy complicado el propósito.

Se dirá que el PSOE y Ciudadanos llegaron a un acuerdo; sí, es cierto, pero a cambio de una mutua desconfianza basada en concepciones políticas tan dispares que más que un acuerdo de gobierno lo que se dio fue una suerte de concordato de supervivencia: Ciudadanos necesitaba cierta relevancia tras el frustrante resultado del 20 de diciembre y el PSOE, por su parte, erigirse en el único adalid capaz de sostener el hacha con la que decapitar al actual Presidente del Gobierno sosteniendo un acuerdo que, en principio, tenía mucho de antinatural. La conclusión para llegar al acuerdo por parte de los socialistas se me antoja en estos términos: «Si somos capaces de pactar con Ciudadanos, ¿cómo no vamos a ser capaces de pactar con unas formaciones como Podemos e Izquierda Unida?». La jugada, en principio, no estaba mal pensada, aunque fue un tanto atolondrada su puesta en práctica.

Pero esa es agua del pasado. Lo cierto es que hoy Ciudadanos no desdeñó al PSOE desde el momento que columbró la posibilidad de que se pudiese dar un gran pacto; pero el PSOE sí pasó olímpicamente de Ciudadanos al no citar la probabilidad de seguir contando con su apoyo. Pedro Sánchez pudo refrendar el peso de su acuerdo con Albert Rivera afirmando que seguía contando con el apoyo de la llamada formación naranja, pero no lo hizo. Y no lo hizo porque sabía que ese pacto, en el fondo, era, repito, bastante antinatural.

Digo más, no solo no lo hizo, sino que cerró la puerta a cualquier acuerdo con el PP (algo que veo absolutamente lógico) y se dedicó a atacar al único partido con el que el PSOE puede mantener ciertos lazos ideológicos: Unidos Podemos. Su actitud triunfalista (aunque todas las encuestas de este a oeste digan que no va a ganar ni a mejorar la marca de diciembre) le llevó a no responder a la pregunta clave del debate, a enarbolar un discurso más propio de quienes están a pocos escaños de obtener la mayoría absoluta que de quienes pueden verse relegados a una tercera plaza y, en consecuencia, a una inoperatividad negociadora para pactar.

Hoy no he entendido a Pedro Sánchez; en realidad, hace tiempo que no entiendo qué está haciendo y por qué lo hace. Algo puedo sospechar, es cierto, pero no tengo certeza en nada de lo que supongo, pues no dejo de verlo como alguien empeñado en pegarse una y otra vez un tiro en el pie. Creo con toda la humildad del mundo que se está equivocando gravemente, creo que no está siendo bien asesorado; creo que hoy tenía una excelente oportunidad para limar asperezas con Unidos Podemos, fijar un discurso del tipo «me sentaré con el Sr. Iglesias y veremos qué se puede hacer» y mostrar el talante negociador que un Presidente de Gobierno debe tener. No he entendido la estrategia de Pedro Sánchez esta noche; agarrado, como un borracho majadero, a la farola de la reiteración de que no pudo acceder a la Presidencia por el veto de los extremos. Que lo diga una vez, vale; dos, bueno, aceptémoslo; pero que lo repita tantas veces mueve a pensar que en su ánimo solo hay rencor, irritación, desmedido odio hacia quien, a su juicio, no le permitió gobernar.

Si un candidato no es capaz de pasar página, amoldarse a una nueva situación y todo lo que le mueve es el indigno malestar propio de los malos jugadores, de quienes no saben perder porque no han hecho bien las cosas, entonces creo que está claro que ese candidato no merece ser apoyado por nadie: debe ir al banquillo y, en el peor de los casos, al vestuario.

Por todo lo expuesto, creo que Pedro Sánchez hoy perdió el debate, porque no respondió a la pregunta clave; porque se parapetó en un discurso que no tocaba defender tal y como lo hizo, sin atender al hecho de que, para que sea realidad, necesita del apoyo de otros políticos que tienen nombre y apellidos, y que él se empeña en no reconocer mientras los ataca en una suicida huida hacia ninguna parte.

Cuando un alumno me pregunta cómo puede recuperar mi asignatura, yo no le reprocho que haya suspendido, le digo qué debe hacer para que el aprobado sea posible. Si la pregunta es por qué ha suspendido, entonces puedo detallarle las razones que han impedido que obtenga la nota mínima necesaria para dar por superada la materia. Hoy le han preguntado a Pedro Sánchez cómo puede llegar a ser Presidente del Gobierno y no por qué no fue Presidente del Gobierno. Si no entiende la diferencia entre ambas preguntas, quizás no sepa responder de manera cabal a la cuestión que se le plantea; y si no sabe responder como debería hacerlo, probablemente no merezca el aprobado. O sea, acceder a la Presidencia.

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