Archivo por días: 04/09/2020

Patriotas y patriotas

Tal y como yo lo veo, hay dos tipos de patriotas: los que aspiran a dar la sensación de que lo son y los que de verdad lo son.

Los del primer grupo suelen exteriorizan su patriotismo portando las banderas de la nación que dicen amar en cualquier situación y lugar. Sea o no oportuna su exposición, la bandera siempre hace acto de presencia. ¿Por qué? Quizás porque conviene que quede bien clara su devoción, que procuran mostrar estos individuos en su faceta más pasional, posesiva y visceral; de ahí que, por lo general, sea habitual acompañar el acto “portaestandarte” con una actitud combativa que, en muchos casos, termina siendo abiertamente agresiva. Quien no llegue a su nivel de “amor” o se atreva a cuestionarlo es considerado un enemigo.

Aunque con diferente intensidad (determinada por el grado de postureo que habitualmente adoptan los sujetos de este grupo), tienden a ver por doquier complots contra el literaturizado Estado que anida en sus conciencias y, por extensión, para que el relato les dé el debido protagonismo, contra ellos. Eso les lleva a estar siempre predispuestos al enfado más belicoso y, a la larga, a padecer una doble frustración: por un lado, porque el mundo real les muestra y demuestra cuán equivocados están; por el otro, porque parecen supeditar el sentido de su existencia a una simple y conflictiva “contrariedad amorosa”, deudora del apuntado postureo: que la luz del sentimiento bueno [amor] siempre está apagada por culpa del sentimiento malo [ira]. El matiz que convierte este desengaño en algo artificial se percibe en que la mentada luz está apagada porque ellos desean que no esté encendida. Es algo buscado, no impuesto por el hado.

Cuando observo la manera de actuar de este colectivo de patriotas que aspiran a dar la sensación de que lo son, no puedo evitar el acudir a un refrán muy hispánico: «Dime de qué presumes y te diré de qué careces».

Los del segundo grupo patriotas, los que de verdad lo son, no necesitan mostrar banderas ni realizar movimientos marciales, ni dar rienda suelta a un catálogo de violentos actos verbales o físicos, ni prorrumpir con altisonancias acompañadas de los más variopintos movimientos con los brazos, ni… Para amar a su país, les basta con conocerlo. Así de sencillo. De ahí que, desde la más exquisita de las discreciones, sin alardes, postureos, exhibicionismos ni actitudes ufanas, contribuyan a la protección y prosperidad de su nación estudiando su historia, su cultura, su arte, su ciencia, su tecnología, sus tradiciones, etc. Estos individuos, en el fondo, sí saben qué están defendiendo cuando, desde lo más hondo de su conciencia e intelecto, afirman y reafirman su amor por un territorio que, pudiendo o no haber sido su cuna, será, atentos a la demanda de los vínculos sentimentales, su tumba.

Cuando observo la manera de actuar de este colectivo de verdaderos patriotas, no puedo evitar el acudir a esta máxima: «Nadie ama lo que no conoce».