Aplazamientos…

​¿Cuándo es el momento adecuado para abordar las cuestiones que se posponen porque «no toca» ahora debatir sobre ellas? Qué gran misterio el de los tiempos pertinentes y cuánta manga ancha se aplica con los asuntos impertinentes. ¿Por qué aplazar lo que se puede poner en marcha perfectamente con un poco de buena voluntad?

Les literaturizo un caso: en uno de tantos debates políticos, un tertuliano señala a otro (que es diputado) que -a su juicio- es hora de…, por ejemplo, de que se afronte el cumplimiento de la Ley de la Memoria Histórica en toda su extensión; y que, aunque el tema pueda parecer lejano, se​ halla enquistado todavía en el corazón de miles de españoles y en la conciencia de millones de conocedores de los horrores que representó la Guerra Civil y la dictadura franquista. El diputado, envuelto en su «dignidad», replica al tertuliano que los suyos están «a lo que tienen que estar»; según él: «Levantar este país de la ruina en la que lo sumió el anterior gobierno». En la mejora de la economía es en lo que, dice el diputado, se ocupan los señores y señoras diputados: «Economía y bajar el paro», apunta; y sigue: «Eso es lo que importa y lo demás es centrarse en lo que no toca».

«Hum», replico: «Lo que no toca»… Y yo, qué quieres que te diga, me subo por las paredes cuando oigo o leo lo de «no toca»… «¿No toca?», pregunto: «¿Y me lo dice un diputado del montón que cobra por darle al botón que le obligan a pulsar (bajo pena de ser sancionado)? ¿Y me lo dice uno de los convidados de piedra que, sentado en su escaño, echa horas para que le paguemos con dinero público su nómina, su pensión y los gastos que genera el uso de su dedo pulsador, y que le concedamos una suerte de autoridad que parece no ganarse?

Mientras unos pocos de un bando y otros tantos del lado opuesto se arrean a diestro y siniestro (en la prensa, en el atril, en los pasillos…) -con lo que parecen justificar su razón de ser y estar-, una caterva de colegas suyos -diputados- cobran por hacer de figurantes en el gran teatro del parlamento, pues son incapaces de hacer algo que merezca nuestro reconocimiento: intentan pasar desapercibidos la mayor parte del tiempo, no mueven un papel, no proponen nada, eluden cualquier discusión; hacen ver que están muy ocupados pero, en realidad, todo es «postureo», o sea, posar con el rostro de «así no se puede hacer nada» cuando hablan los contrarios y con rostro del tipo «qué bien lo estamos haciendo» cuando ladran los propios.

¿Para qué sirven estos diputados? ¿Es adecuado para un país tener en nómina a unos tipos cuya única función es aprenderse el argumentario de su partido, pegarse el móvil sin interlocutores en el oído y decir con rimbombancia que «no toca» abordar tal o cual cuestión porque lo importante, lo verdaderamente importante, es lo que los suyos le han obligado a decir que es importante…

Y eso que hablo ahora de diputados, porque como lo haga de los senadores… es que no se salva ni uno.

Si tuviese poder suficiente, me encantaría encararme con uno de estos y decirle: «Lo que no toca, toca, pero no te toca… porque te vas a ir a la p*** calle».

Uf, qué subidón con solo imaginarme la escena.

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