Un cuentito sobre el último tren de Pedro Sánchez…

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Estación de la Historia. Al final de un día muy largo que comenzó el 13 de julio de 2014, cuando el viajero Sánchez consiguió el único billete posible para la Secretaría General del PSOE, dejando en tierra a unos tales Madina y Pérez Tapias. Ahora, sentado en un banco del andén, espera. Hace frío, pero prefiere estar antes fuera que dentro del edificio. Se siente ofendido, o dolido, o desconcertado. Hace un ratito, el 9 de julio, escuchó de uno de los pasajeros que se quedaron en tierra por la mañana el análisis más duro de su gestión, sintetizado en una alusión a la pérdida de un voto por minuto desde que adquirió el tique.

«Cuán presto se va el placer», piensa. «Cuánto pesa la corona», quiere concluir, pero la gelidez que comienza a percibirse le despeja: «¿Corona? ¿Acaso “he reinado” como me hubiese gustado?». Recuerda el grato calor andaluz de la mañana, las sonrisas, los «guapo» que oía, los aplausos, los halagos al empaque de estadista que le proferían, el alabado caché, el chic, el chac, el chuc… y el crac. «¿Cuándo se torció todo?», se pregunta.

Recordaba estar contento al mediodía, en las elecciones municipales de mayo 2015. «No salieron tan mal», quiere pensar; «Aunque no salieron bien», le dice la voz de su conciencia: «Una capa de pintura y barniz cambia el aspecto de una casa, pero no la solidez de sus cimientos». Aun así, su ánimo era bueno y altas las expectativas sobre lo que restaba de jornada.

Pronto, todo se vino abajo. La tarde fue dura. A primera hora, en la hora de la siesta, las cosas empezaron a no ir bien. El hombre había hecho lo que buenamente pudo, se había esforzado, había hecho grandes sacrificios, pero solo recibió 90 papeles. «¿Noventa? ¿Cómo que noventa?». Menos que otros viajeros que tenían el mismo billete que él. En el listado de conseguidores de boletos, él estaba en la cola, al final, en el último puesto, en el quinto pino.

Le dolió este pago; le hirió en su amor propio, le machacó la moral. Hay personas que, ante estas situaciones, optan por una retirada silenciosa: se bajan del tren y hacen uso de otros medios de transporte. Un tal Almunia, hace dieciséis años, con 124 papeles, supo que debía irse. En la vida, todos son caminos que pueden recorrerse; y a veces conviene saber cuándo dejar uno para tomar otro. Pero el viajero Sánchez no reaccionó así. ¿Ira? ¿Descontrol? ¿Vanidad? ¿Ambición? No lo sé; no sé qué le pudo mover a hacer lo que hizo o lo que no hizo.

El caso es que, en la hora de la merienda, se sentó a tomar café con quien no debía, quien tomaba un tren en una dirección diferente a la suya, y descuidó a otro viajero con el que podían haber ido al mismo destino. Eso es lo que cuentan algunas crónicas. Sea como fuere, tras el refrigerio vespertino, pudo haber empezado a darse cuenta de que quizás se había equivocado al haber escogido a un compañero de travesía inadecuado, pero siguió adelante con él. «Se equivocó la paloma. Se equivocaba. Por ir al norte, fue al sur…».

Ahora, cerca de la medianoche, confirma que se equivocó. El llamado a ser compañero de viaje acaba de subir a otro tren. Le ha saludado tras la ventanilla, como despidiéndose, e inmediatamente se ha sentado a charlar animadamente con los viajantes que comparten su vagón. Recuerda que antes del atardecer reinaba en su ánimo la palabra “esperanza”. Hay partidos de baloncesto que se pierden en la primera parte y se ganan en la segunda. Aunque la tarde pudo haber comenzado mal, cabe la posibilidad de que la noche termine bien, muy bien. Esto se decía. «Con el poder ejecutivo», evoca con un rictus de amargura.

Deambuló al atardecer con su nuevo compañero y con él llegó hasta que la luna se hizo visible, febrero, marzo, abril. Pero nada salió como esperaba. Mucho ruido a diestro y siniestro, arriba y abajo, directo o indirecto, bondadoso o cruel… Mucho ruido, mucho sonido externo, mucho barullo. Todos le decían lo que tenía que hacer, decir, pensar, decidir, con quien hablar, a quien ningunear, a quien despreciar, con quien aliarse; todos opinaban, golpeaban, confundían, enturbiaban…

Cuando el día está a punto de cambiar, un pensamiento se clava en el viajero Sánchez: el enemigo ha estado siempre a su lado. Se levanta del banco y vuelve su mirada de nuevo a la estación. Ve a los que arrebató el billete en 2014, y detrás de ellos a los del grato calor andaluz de la mañana y sus correligionarios; y al lado de estos, a los viejos pasajeros que, sin deseos de tomar tren alguno, viven en la Estación de la Historia y se resisten a dejarla. El enemigo ha estado siempre a su lado. Su rostro, como el entorno, se hiela. «¿Buen vasallo…, buen señor? De haber sido mejor “señor”, ¿hubiese tenido “mejores vasallos”?», se interroga aclarando, aunque no hace falta porque todo proviene de su imaginación, que su equipo no está compuesto por “vasallos”. Pero el diablo, que debe estar pasándolo muy bien, le lanza otra vez el mismo dardo: «¿Acaso “he reinado” como me hubiese gustado?». Una ráfaga de aire silba. El sonido no es muy claro. ¿“Cal”, “Gal”…? No se oye muy bien.

Esta misma noche, a eso del 26 de junio, le han descontado cinco papeles de los noventa que a primera hora de la tarde recibió. Fue entonces cuando empezó a llenarse la estación. Él empezó a retroceder, a dejar sitio, a no decir nada, a oír sin escuchar… Se aleja, pero no se marcha. Cuando puede, sale al andén, donde ahora está. El encargado de la instalación se le acerca. Sabe qué es lo que ocurre y no puede evitar el sentir lástima. El viajero aturdido lo ve, lo saluda y se sincera: «En la estación hay muchos rostros amables, pero todos esconden un cuchillo llamado Congreso del PSOE. Si entro, no salgo. El enemigo está en casa. Debe oponerse al jefe de la oposición, el gobierno; y no los llamados a apoyarle por pertenecer al mismo equipo». El helor bloquea las palabras. «Qué lástima haber vivido aquel día», como pensó el hermano de Isidora Rufete.

El encargado, con pena, le dice:

—Señor, ¿tiene sentido que siga donde está, ahí, ora sentado, ora de pie, sabiendo lo que hay en la estación y sin saber hacia qué lado de los raíles mirar? ¿Es razonable este sufrimiento? Si desea continuar el viaje por los mismos medios y desea volver a sentir que los suyos le quieren, solo le queda una opción: subirse al próximo tren, resistir el desapacible trayecto que le espera y convencer, con sus decisiones, a quienes ahora desean verle fuera de todo lo que nos rodea. Puede seguir en esta estación y convertirse en un guiñapo, puede irse y salvar el honor deportivo afirmando sus errores y minimizando los ajenos, o puede subirse al último tren que le queda, desoír a los suyos, rodearse de nuevos y buenos pasajeros, con independencia de su independencia, y demostrar que tenía muchas cosas provechosas que ofrecer. Ya sabe: quedarse arrimado para ser objeto de mofa, marcharse para que se le recuerde como “lo que pudo ser” o aprovechar el último tren que, si mira bien a lo lejos, ya se está aproximando a la Estación de la Historia.

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