Capítulo 29. ¿Eterno retorno?
Cuando los abrí, todo seguía igual salvo por la presencia de mi caballo, que estaba olfateando un frondoso rosal que había cerca de donde pastaba. Algunas flores se las llevaba a la boca. Me levanté y me acerqué hasta el animal. Observé las rosas. «Son hermosas». Las huelo. «Efectivamente, amigo, huelen bien las rosas». Acaricio el hocico de mi compañero de viaje. Respiré profundamente tres veces y, mirándolo con afecto, le dije:
NARRADOR. Vámonos. Nada se nos pierde en Tesalia. Volvemos a casa.
Asinus de Patricia Franz Santana