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Las metamorfosis aka El asno de oro – Capítulo 6

Capítulo 6. El juicio sin juicio

Amanecí lleno de angustia. El recuerdo de la pasada noche me azotaba. Sentado sobre la cama, me entregaba a un desconsolado lloro imaginándome el foro, el tribunal, la sentencia y hasta el propio verdugo que debía aplicar sobre mí la condena a la pena capital. De vez en cuando, buscaba en algún recoveco un consuelo:

Narrador. ¿Podría tocarme en suerte un juez tan suave, tan benévolo, capaz de proclamar mi inocencia a pesar de ser culpable de un triple asesinato? 

En estos términos me lamentaba cuando, tras percibir un estruendoso griterío, oí que llamaron a la puerta. Primero tocaron; luego, la echaron abajo y entraron en mi habitación los magistrados, sus acólitos y una masa de personas variopintas que algo tenían que ver con la justicia. Dos lictores me detuvieron y me sacaron de allí sin miramientos. No opuse resistencia: por un lado, porque no podía, ya que eran muy fuertes eran; por el otro, porque no quería empeorar mi situación. 

Apenas habíamos salido y andado unos pasos cuando la ciudad entera ya se había echado a la calle y nos seguía en apretado y extraño cortejo. Yo iba cabizbajo, mirando tristemente al suelo con tanta fijeza que, sin duda, debí atravesar la tierra y ver cómo eran los mismísimos infiernos. En un momento de aquel recorrido, volví la vista a un lado y observé una situación que me desconcertó: todos los que veía estaban riéndose a carcajadas. 

Llegamos al foro y me situaron frente al tribunal de justicia. Los magistrados estaban sentados en su tribuna y el pregonero reclamaba silencio. De repente, una petición al unísono de los espectadores se oye: dicen que son muchos, que hay peligro de atropello y que el juicio debe hacerse en el teatro y no en el foro. Dicho esto, el pueblo se dispersa en todas las direcciones y corre a ocupar con increíble rapidez el recinto sugerido, que se abarrota enseguida: asientos, pasillos y tejados estaban llenos a rebosar; las columnas, repletas de muchos que habían trepado y, enrocados como sierpes, se abrazaban a ellas; las estatuas, con tantos bultos humanos encima, se parecían a Eneas portando a su padre Anquises; demasiados cuelgan de las ventanas y las buhardillas, como si quisieran abandonar el mundo… Tanta era la pasión por contemplar mi juicio que todos olvidaron los mil peligros que corrían.

Me sitúan en medio del escenario, donde puedo intuir los cientos o miles de ojos divertidos que me están viendo. Toma la palabra el heraldo para decir que el juicio se inicia con la intervención del acusador, una persona de edad avanzada. Para medir la duración de su discurso, echó mucha agua en una vasija parecida a un fonil que tenía un fino agujero por donde caía el líquido gota a gota. Con su particular cronómetro afinado, miró a la concurrencia y le dijo: 

Acusador. Muy honorables ciudadanos: el caso que nos convoca es trascendente, pues de él depende muy especialmente la tranquilidad de todos los ciudadanos; en consecuencia, es muy conveniente que colaboren eficazmente y de manera individual y colectiva, según aconseja el honor cívico, para que no salga impune un infame asesino culpable de tantos y tan crueles homicidios. No piensen que, instigado por particulares resentimientos, tengo hacia él un odio personal. Soy capitán de la guardia nocturna y no creo que hasta la fecha tenga nadie quejas de mi actuación como vigilante. Escuchen bien lo que les voy a contar, los hechos acaecidos la noche pasada, y ya verán cuánta razón tengo cuando solicito el más ejemplar de los castigos.

»Sobre la medianoche, más o menos, hacía yo la ronda por la ciudad inspeccionando de puerta en puerta todos los rincones con escrupulosa atención. De pronto, veo a este joven sanguinario con la espada desenvainada y sembrando la muerte a su paso. Ya había degollado a tres ciudadanos, los tres que todos conocen y que, entre risas, lloran con profunda pena; y podía haber acabado con la vida de más si no me hubiera visto. Aterrado y con razón ante la magnitud de sus crímenes, y consciente de lo que yo represento, escondido entre tinieblas, huyó rápidamente hacia una casa donde permaneció oculto. Pero la divina providencia no quiso la impunidad del criminal y, antes de que pudiera escapar por alguna salida secreta, me puse al acecho temprano y, como saben, pronto lo detuve para traerlo ante ustedes, miembros de este augusto y sagrado tribunal. Este es el acusado, el culpable de varios asesinatos, un criminal cogido en delito flagrante, un malvado que, aunque no es de nuestro país, se merece un castigo tan severo como el que no dudarían en aplicar a cualquiera de nuestros compatriotas.

Terminado el alegato, mi terrible acusador contuvo su formidable vozarrón señalando a los tres bultos donde estaban los muertos. Me invitan a tomar la palabra por si tenía algo que decir en mi defensa, pero yo no podía hacer otra cosa que llorar asustado por la feroz acusación y sentir un tortuoso remordimiento de conciencia; sin embargo, logré reponerme un tanto e, inspirado por el cielo, pude replicar lo siguiente:

Narrador. No ignoro, en presencia de estos cadáveres de tres ciudadanos, cuán difícil es la posición de quien está acusado de asesinato, pues, aunque diga la verdad, le será difícil convencer de su inocencia a una nutrida asamblea dispuesta a culparle. No obstante, si la bondad del pueblo me concediera una breve audiencia, lo que dijera no debería poner en peligro mi vida, pues demostraría que circunstancias fortuitas me han puesto donde me ven. Les cuento: yo había cenado fuera, volvía a casa un poco tarde y bastante bebido. Si me acusaran de haberme bebido las bodegas de la ciudad, nada diría en mi defensa, pues declaro desde ya mi culpabilidad sin rechistar. Regresaba a la casa donde me hospedo, la de Milón, el honorable vecino de esta digna ciudad, cuando veo a unos terribles malhechores forzando su puerta. Me escondo cerca de ellos y me ayudo de la oscuridad para oír sin que me vean. Planeaban un asalto y asesinar a todos los que en la casa de mi anfitrión dormían. Recuerdo que decían: «Lejos de nuestro corazón, el menor titubeo o cobardía; con el puñal desenvainado, recorra la muerte todos los rincones de la casa: quien esté durmiendo en la cama, muera degollado; quien intente resistir, sucumba bajo el golpe. Sólo en un caso podremos salir con vida: si no dejamos vivo a nadie en la casa».

Lo confieso, ciudadanos, ante esos desenfrenados propósitos, no dudé en cumplir con lo que entendía era un noble deber cívico. Conocía los riesgos de lo que me disponía a hacer, que no era otra cosa que usar el puñal que siempre me acompaña. Díganme: ¿qué podía hacer cuando la vida de mis hospitalarios amigos estaba tan en peligro? ¿Debía haberme quedado quieto y dejar que cumpliesen con sus negros deseos? Intenté ahuyentarlos, pero me hicieron frente. Por no hacer más larga la exposición, diré que los tres que me atacaron son los tres que ahí veo envueltos y listos para el viaje definitivo. 

Restablecida la calma, protegida la casa que me alojaba y asegurada la tranquilidad general, me creía que, lejos de sufrir un castigo, se reconocería oficialmente mi heroísmo; sobre todo porque jamás he sido citado por la justicia por alguna sombra sospechosa. Mi vida ha sido intachable en mi país y siempre he preferido la inocencia a cualquier otra ventaja. Por eso, no logro comprender cómo se me somete hoy a juicio por dejarme llevar de una legítima venganza frente a execrables atracadores; además, nadie puede sospechar enemistades personales entre nosotros porque hasta anoche no sabía ni que existían.

Después de estas palabras, volvieron a saltarme las lágrimas. Con los brazos extendidos en actitud de súplica y la cabeza agachada en actitud de sincero arrepentimiento reclamé a todos con miedo y tristeza su piedad. Lo hacía convencido de que los había enternecido y movido a compasión con mi llanto y mis palabras; y con mis encubiertas apelaciones al valor de la amistad y la justicia; y con la demostración de que yo era una víctima del azar; y con… Mas en un determinado momento de mis imploraciones, levanté lentamente la mirada hacia la multitud y vi… vi desconcertado… incrédulo… que todos, absolutamente todos, se reían a mandíbula batiente; hasta el bueno de Milón, mi padre hospitalario, se retorcía como el primero entre carcajadas. Entonces pensé, no sin cierta decepción y malestar, en lo poco agradecido que se estaba mostrando, pues podía ahora disfrutar de su risa gracias a que yo había impedido anoche que se la arrebataran.

En esto se adelanta corriendo por el centro del teatro una mujer hecha un mar de lágrimas, vestida de negro y con un niño en brazos. Otra la seguía: una vieja cubierta de horribles harapos e igualmente llorosa. Ambas agitaban ramos de olivo, por lo que deduje que eran familiares de los finados. Se pusieron a los lados de pequeño altar donde yacían bien cubiertos los cadáveres de las víctimas para exteriorizar su dolor entre lúgubres lamentaciones:

Mujer. En nombre de la compasión pública, piensen en estos jóvenes indignamente sacrificados y dennos el consuelo de la venganza. Socorran el infortunio de niños como este que llevo en mis brazos, huérfanos a tan temprana edad, cumpliendo con el deber que reclama la justicia: que la sangre de este asesino corra para desagraviar las leyes que defienden y la moralidad pública que nos ampara.

Dicho esto, se levanta el magistrado de más edad y se dirige al sonriente pueblo en los siguientes términos:

Magistrado. El crimen reclama un severo castigo, sobre todo porque el propio autor reconoce que lo ha cometido; pero todavía nos falta una diligencia, aunque accesoria: localizar a los demás cómplices de tan horrible fechoría, pues no es creíble que un individuo solo, y más este que, como pueden ver, es de aspecto enclenque, haya podido dar muerte a tres hombres jóvenes tan vigorosos. Así, pues, no nos queda más remedio que acudir a la tortura para arrancarle la verdad. Sabemos que el esclavo que lo acompañaba se ha esfumado misteriosamente y seguro que él sabe dónde está y dónde se esconde el resto de su pandilla de terroristas. ¡Hay que localizar a todos los criminales para exterminarlos!

El público aplaudía enfervorecido y con una felicidad impropia de quienes se suponía que debían estar furiosos y deseosos de vengar el crimen que yo había cometido. Todo era tan desconcertante…

Trajeron fuego, una rueda, una cruz, varios látigos, tenazas, pinchos y todo un arsenal para cortar, rasgar y triturar toda clase de carnes. Como puedes imaginar, mi angustia se intensificaba cada vez más y llegaba al horror de pensar que antes de morir me iban a torturar y mutilar. La vieja que acompañaba a la mujer, sin dejar de llorar, habló y dijo:

Vieja. Dignísimos ciudadanos, antes de que hable la justicia a través de las manos del verdugo, permítanme mostrarles al descubierto los cadáveres de las víctimas, para que, mostradas la gallardía y la juventud cercenadas, crezca más y más la justa indignación que ha de habitar en sus corazones y proceda quien debe hacerlo con el proporcional y debido rigor ante la magnitud del crimen.

Sus palabras fueron acogidas con entusiastas aplausos… y con inexplicables risas y regocijos. El magistrado ordena que yo mismo destape los cadáveres previamente colocados en el lecho mortuorio. Como yo me resistía y me negaba reiteradamente a recordar con tal exhibición la trágica escena del día anterior, los lictores, por orden de los magistrados, me apremian con la máxima insistencia. Viendo mi resistencia, cogen bruscamente uno de los brazos que tenía pegado al cuerpo y lo estiran sobre los finados. Como no puedo oponerme, me rindo y, muy a pesar mío, retiro el manto que los cubría y lo que veo me turba, me sobrecoge, hasta el punto de quedarme tan paralizado como aquello que estaba siendo destapado: los cadáveres de las víctimas degolladas eran ahora, quizás por mor de la magia, tres odres hinchados, agujereados en varios puntos que, según mis recuerdos del combate nocturno, coincidían por su posición con las heridas que yo había infligido a los asaltantes.

Enseguida entendí las risas, las que me siguieron por las calles, las que me acompañaban en el foro, las que me dieron la bienvenida al teatro y las que ahora, resuelta la trama, estallaban en plena libertad hasta contagiar a la masa. A fuerza de reír, unos armaban un guirigay de gallinero alborotado, otros se oprimían el vientre con ambas manos para paliar el dolor de la risa. Nadie, absolutamente nadie, estaba triste allí; ni yo siquiera, que, con el sobrecogimiento y mi posterior inmovilidad, no podía gesticular ni exteriorizar sentimiento alguno. Tan muerto como los falsos cadáveres debía estar que hasta Milón, quien ya debía intuir que la broma debía tocar a su fin, me sacó del lugar y, por calles solitarias, me condujo hasta su casa. Puso mucho de su parte para levantar mi abatimiento y disipar el susto que todavía tenía, pero lo único que logró fue que mi indignación por la afrenta sufrida fuese poco a poco cogiendo forma y depositándose en lo más profundo de mi corazón.

De pronto, se presentan en la casa los magistrados que tan severamente iban a castigarme y, con el mayor interés por su parte, procuran tranquilizarme dándome las siguientes explicaciones:

Magistrado. No ignoramos, señor, ni su mérito personal ni la gloria de sus antepasados, pues el renombre de su ilustre linaje se extiende por todos los ámbitos de la provincia. No se amargue por la broma recibida, pues no se ha querido ofenderle. Olvide esta tristeza que ahora le llena el corazón, eche fuera la amargura de su alma. Lo ocurrido forma parte de la celebración anual que realizamos al dios de la Risa, que ha querido concederle el protagonismo para que le acompañe siempre y bendiga su frente derramando sin cesar la paz y la alegría. Además, la ciudad entera, para agradecer su colaboración, ha decretado a su favor honores extraordinarios: le ha inscrito entre sus protectores y ha acordado elevarle una estatua de bronce.

Narrador. Ciudadanos de la muy ilustre e incomparable ciudad de Tesalia: mi gratitud está a la altura de los altos honores que me tributan; no obstante, les pido que usen las estatuas e imágenes para personajes más dignos y más grandes que yo.

Después de esta modesta intervención, con la cara iluminada por una ligera sonrisa y esforzándome todo lo posible por aparentar alegría, saludé cortésmente a los magistrados, que ya se iban marchando poco a poco de la casa.

Patricia Franz Santana - Asinus

Asinus de Patricia Franz Santana