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Las metamorfosis aka El asno de oro – Capítulo 12

Capítulo 12. La historia de Cupido y Psique

Se dice, se cuenta, se narra, mi dulce niña, que en cierta ciudad había un rey y una reina que tuvieron tres hijas muy bellas. Del trío, la menor era tan requetehermosa que la voz humana no tenía palabras para expresar su maravillosa perfección. Muchos ciudadanos y no pocos extranjeros que buscaban la manera de contemplarla acababan venerando a la joven como si fuera la diosa Venus en persona. Tanta devoción generaba que le suplicaban protección y, en su honor, hacían sacrificios y ofrendas variadas.

A tanto llegó este exagerado traspaso de honores divinos a favor de una simple mortal que acabó por llenarse de violenta cólera la propia diosa:

Venus. Yo, la primitiva madre de la naturaleza, el origen y germen de los elementos, ¿he de verme reducida a compartir con una joven mortal los honores que se deben a mi majestad? ¿Acaso he de aceptar sin más que se profane con la suciedad de la tierra mi nombre, que está consagrado en el cielo? ¿Es lógico que los hombres me reemplacen por una semejante destinada a la muerte? No lo consentiré. Esta criatura, como quiera que sea, no ha de continuar triunfando y usurpando mis honores. Haré que se lamente de su hermosura tanto que implore que la conviertan en la fealdad personificada.

Decidida, llamó inmediatamente a su hijo, ese niño alado y atrevido que con sus flechas consigue menospreciar la moral pública, romper matrimonios y desencadenar tormentas en los corazones. Llamó a su hijo…, su hijo…, llamó… Y dime, ¿tú cómo te llamas, dulce niña?

***

Joven. Gracia, señora.

Vieja. Ah, qué bonito y qué bien resalta tus cualidades. 

Gracia. Gracias, señora.

Vieja. Las gracias de Gracia. Qué gracia. Parece que gruño, ¿verdad? Bueno, ¿por dónde iba? 

Gracia. Venus llamó a su hijo.

Vieja. Ah, sí… Llamó a su hijo y le dijo:

***

Venus. Te pido, por los lazos del cariño materno, por las dulces heridas de tus flechas, por el delicioso fuego de tu antorcha, que vengues a tu madre, que castigues sin compasión a esa insoportable llamada Psique. Haz que esa joven se enamore perdidamente del último de los hombres, de alguien abandonado por la Fortuna, de un tipo sin posición social, sin patrimonio y sin integridad personal; en una palabra: de un ser abyecto que no pueda hallar en el mundo entero otro desgraciado comparable a él.

Mientras esto reclamaba la diosa a su hijo, Psique, a pesar del esplendor de la hermosura, no sacaba la menor ventaja de sus atractivos: todos la contemplaban, todos la ensalzaban, pero nadie pedía su mano. Era como una bella obra de arte cuyo valor empezaba y terminaba con la mera contemplación de su preciosidad. Mientras sus dos hermanas ya se habían casado con pretendientes de sangre real, Psique, condenada por su lindeza a la soltería, se quedaba en casa llorando su abandono y soledad.

El padre de la infortunada princesa estaba desesperado y sospechaba que era víctima de una maldición divina. Y como un castigo así solo lo puede reducir o eliminar otra deidad, con oraciones y sacrificios invocó al dios Apolo para que mediara. Esto le respondió: 

Apolo. Sobre la más elevada roca de la más alta montaña de tu reino, antes del solsticio hiemal, instala un tálamo fúnebre y pon sobre él a tu hija ataviada con ricas galas. No esperes un yerno mortal ni la presencia de un semejante. Solo acudirá al lugar un monstruo cruel con la ferocidad de la víbora; un ser alado que vuela por el éter, que siembra desazón en todas partes, que lo destruye todo a sangre y fuego; una bestia que consigue que los ríos infernales y las tinieblas del Estigio retrocedan, que las divinidades se acobarden y tiemble el mismo Zeus. Haz lo que te ordeno si esperas tener lo que me pides…

El rey, al conocer la respuesta, se entristeció profundamente. Incapaz de ocultar las palabras de Apolo, las compartió con su esposa y ambos cayeron en una prolongada aflicción que terminó extendiéndose a toda la familia, a todo el palacio, a toda la ciudad, a todo el reino… 

La víspera del día señalado, los ayes brotaban de cualquier lugar transportados por el apesadumbrado viento, cubiertos por las desconsoladas nubes, oscurecidos por el amargo sol. Se puso en marcha el cortejo que todos reconocieron como fúnebre, pues infausto final le esperaba a la hermosa joven. Los padres acongojados se ven impotentes para cumplir con el inhumano designio y es la fortaleza de Psique, armoniosamente resignada a su destino, la que consigue que la envidiada por Venus emprendiera con paso decidido el camino hacia el lecho mortal. 

Cuando llegó, se tumbó, pidió estar sola y que todos se fueran. Cumplieron con sus deseos y, cabizbajos, regresaron a sus casas. Sus desgraciados padres, agotados por tan sentida pérdida, se encerraron en el fondo de su palacio y se condenaron a una noche eterna. Psique, mientras tanto, cuando ya siente que nadie la ve ni la puede sentir, temblando de miedo, se desmorona y comienza a deshacerse en lágrimas ante el terrible final que le espera. Teme el dolor que va a recibir y se lamenta de no haber podido disfrutar de la vida por culpa de una maldición que ella no buscó: su belleza.

El prolongado cansancio de la muchacha y el dulce céfiro que la acariciaba y la envolvía de manera tan plácida consiguen que se quede dormida profundamente. No sé cuánto durmió, Gracia; lo que sí puedo asegurar es que fue tanto, tanto, tanto, que cuando se despertó llegó a pensar en su vida anterior como si hubiera sido un sueño. Le costó lo indecible recordar que antes de dormir estaba en lo alto de una roca esperando la llegada de… “¿A quién esperaba?”, se preguntó. 

Ya no estaba donde se suponía que la habían dejado a expensas del monstruo que anunció Apolo, sino en un lugar apacible, lleno de altos y frondosos árboles. A lo lejos, su mirada alcanzó a ver una lujosa mansión. Pensó que allí habría alguien que le pudiera decir dónde estaba y cómo volver a su casa, con sus padres, dado que no sabía muy bien cómo había llegado hasta ahí. Empezó a caminar nada más despuntar el alba, pero no llegó a su destino hasta el atardecer. En todo este tiempo, con la vista fija en el horizonte, no sintió ni hambre ni cansancio. 

Cruzó el umbral de aquella fabulosa morada cuando anochecía y se fijó en todos los detalles de aquel maravilloso espacio. Entró en muchas habitaciones y se detuvo asombrada en una enorme sala donde se amontonaban grandes tesoros. Miró a un lugar y a otro, y se percató de que nadie ni nada protegía aquella fortuna, que aquello estaba ahí, al alcance de cualquiera, pero que por su disposición y cantidad parecía que nadie había tenido interés en llevárselo de haber sabido que existía.

De repente, se oye una voz:

Voz. ¿Por qué te asombras de tanta opulencia, señora, si todo esto te pertenece? Pide que te preparen el baño. Nosotras somos tus doncellas. Estamos para servirte con esmero. En cuanto estés arreglada, no se hará esperar el banquete organizado en tu honor.

Psique, dócil a los consejos de aquella voz sobrenatural, pidió que le prepararan el baño. Cuando acabó, solo tuvo que girarse y mirar hacia un lado de aquel amplio espacio para ver sobre una tarima vinos deliciosos como el néctar, y fuentes con variados y abundantes manjares. Nadie servía la mesa. Todo aparecía como por arte de magia. Ella sólo oía palabras. Después del opíparo banquete, se oyó música, pero no se vio a quien cantaba ni a quien tocaba la cítara, ni al coro de numerosas voces que deleitó sus oídos.

Bien entrada la noche, embriagada por las deliciosas experiencias vividas desde que llegó a aquella residencia, se retiró a un dormitorio para entregarse al sueño. ¿Tienes sueño, Gracia?

***

Gracia. No, no, estoy bien despierta, señora.

Vieja. Sigo entonces. 

***

No sé sabe cuánto durmió la joven antes de que un ligero ruido la despertara. En medio de tanta oscuridad y soledad, temió por su honor. Le horrorizaba la idea de ser atacada y le causaba pavor la sensación de que algo desconocido estaba cerca de ella. ¿Quién podía ser?, se preguntaba; y recordó al instante por qué ayer o antes de ayer, no pudo precisarlo, había ido a la más elevada roca de la más alta montaña del reino de su padre. ¿Es el monstruo quien viene? Alguien o algo subió al lecho, yació con ella y, antes de que volviera la luz, desapareció apresuradamente. Las voces, que esperaban en una cámara que estaba junto a la alcoba, dan alegres buenos días celebrando el que Psique ya esté casada. “¿Casada?”, se pregunta extrañada la joven: “¿Me he casado sin saberlo con la bestia anunciada por Apolo?”. 

Aceptó lo ocurrido y las consecuencias que traía consigo: sentirse durante el día acompañada por las voces, que la servían; y, por la noche, percibir la presencia de su marido, a quien no había visto, aunque sí oído y tocado. El hábito le fue haciendo agradable su nuevo estado. Aunque no veía ni podía tocar a nadie, nunca se sentía sola.

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Entretanto, sus padres envejecían llorando y penando sin cesar. La noticia de lo ocurrido se había divulgado a otras latitudes y sus dos hijas mayores terminaron enterándose del suceso. Sin dudarlo, abandonaron sin tardanza sus hogares y acudieron a ver a sus progenitores, rivalizando por demostrar quién los quería más y quién se preocupaba más por ellos. Al poco de esta llegada de las hermanas de Psique al reino paterno, el esposo de la joven, esa noche, le dijo suavemente al oído:

Esposo. Mi adorable y querida esposa, estás en peligro de muerte. Te persigue la cruel Fortuna. Cuídate de ella. Te pondrá a prueba. Escucha bien: tus hermanas te creen muerta y buscan tu rastro. Pronto llegarán a la roca de donde partiste hacia aquí. Si oyes sus lamentos, no contestes ni vuelvas la mirada en su dirección.

Psique accede y se compromete a cumplir con las advertencia de su marido. Tras el amanecer, cuando él ya se había esfumado, comenzó el día más desagradable de cuantos había tenido en aquel lugar paradisíaco. La pobre se pasó toda la jornada entre lágrimas y suspiros, repitiendo que esta vez sí que era lamentable su situación porque estaba encerrada en esa cárcel feliz, sin poder hablar con ningún mortal, ni siquiera con sus hermanas, que suponía llorosas y tristes por su marcha. Tan compungida estaba que no probó alimento en todo el día ni disfrutó del baño ni de la música. 

Al llegar la noche, cuando su marido quiso abrazarla, comprobó que estaba inundada de lágrimas. Le pidió explicaciones y ella le contó que estaba así por lo que le había contado el día anterior. Luego, entre súplicas y bajo la amenaza de que en ello estaba en juego su vida, consigue su consentimiento para poder ver y hablar con sus hermanas. Él accede a los ruegos de la recién casada y, además, le permite que se lleven todo el oro y todos los collares que quiera regalarles; pero le recomienda con insistencia y con reiteradas y tremendas amenazas que no ceda a sus perniciosos consejos y que nunca intente averiguar cómo es él, que no intente verlo, porque sería una curiosidad que echaría a perder tantos motivos de felicidad y que la privaría para siempre de sus abrazos.

Psique. Antes morir mil veces que perder la felicidad de nuestra unión; pues estoy locamente enamorada de ti y, seas quien seas, te quiero tanto como a mi propia vida. Cumpliré con tu aviso. Y ahora, por favor, concédeme el favor de ordenar a Céfiro, tu servidor, que traiga aquí a mis hermanas por el mismo procedimiento que me ha traído a mí.

Prometió hacer todo lo que se le pedía y, como ya iba a amanecer, se esfumó entre los brazos de su esposa.

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Sus hermanas se presentaron al poco de salir el día en la roca donde había sido abandonada Psique. Al verla, comenzaron a golpearse el pecho de dolor y a gritar embargadas por el sufrimiento de imaginar cómo pudo morir su hermana. Tanto desgaste les produjo el padecimiento que sentían que, gracias al suave céfiro que comenzaba poco a poco a envolverlas, terminaron por caer rendidas al sueño.

Cuando se despertaron, vieron que tenían delante a Psique y que ya no estaban donde creían, sino en un lugar lleno de verdura. Emocionante fue el reencuentro. Abrazos y besos abundan y las lágrimas, antes de dolor, ahora lo son de infinita alegría. Las tres vuelven a estar juntas. 

Psique les enseña los inmensos tesoros de su casa, les pide que oigan la multitud de voces que le ofrecen su servicio, les ofrece un baño suntuoso y todos los refinamientos de una mesa más propia de dioses que de humanos. Tan espléndido era todo que las hermanas, saciadas y, a la vez, extasiadas, empezaron a dar forma en el fondo de sus corazones a la envidia.

Una de las dos acabó por preguntarle con mucho interés e indiscreción quién era el dueño de aquellas divinas maravillas, cómo se llamaba, a qué se dedicaba, cómo era…; la otra, repitió las mismas preguntas y trató de acorralar a Psique. Pero la más joven de las tres no infringió las prescripciones de su esposo ni dejó escapar el secreto que encierra su relación y les dijo que todo pertenecía a un apuesto joven cuyas mejillas se acaban de poblar de suave barba y que dedica la mayor parte de su tiempo a la caza por el campo y el monte. 

Como temía que la conversación prolongada terminara traicionando de manera inconsciente el silencio prometido al marido, cargó de oro y joyas a las que preguntaban con insistencia y pidió a Céfiro que las llevase nuevamente a la roca donde las había recogido. La orden se cumplió y las hermanas despertaron rodeadas de tesoros en la más elevada roca de la más alta montaña del reino de su padre. La felicidad por tantos bienes como llevaban consigo quedaba empañada por la inmensa felicidad de su hermana que ellas creían merecer. 

Hermana 1. ¡Hay que ver lo ciega, lo cruel, lo injusta que eres, Fortuna! ¿Te parece bien que, siendo como somos auténticas hermanas por línea paterna y materna sigamos destinos opuestos? A nosotras, que somos mayores que ella, nos han casado con extranjeros para ser sus criadas. Lejos del hogar natal y hasta de nuestra misma patria y de nuestros padres, vivimos como desterradas. Ella, en cambio, está en posesión de inmensas riquezas que ni siquiera sabe usar ni valorar, pues anda todo disperso por la casa y parece que todo le da igual. 

Hermana 2. Y si por añadidura tiene un marido tan guapo como dice, no hay en el mundo entero mujer más feliz. Si la intimidad sigue su curso y se afianza el amor, no me extrañaría que su divino marido hiciera de ella también una diosa. Así es, no cabe duda; ya tenía el aspecto y los modales de una diosa. Ya pone sus miradas en el cielo; ya se presiente a la diosa en esta mujer que tiene voces por doncellas y da órdenes a los mismos vientos. A mí, en cambio, me tocó en suerte un marido, en primer lugar, más viejo que mi padre y, encima, más calvo que una calabaza: un retaco de hombre con menos apariencia que un niño, y que me lo guarda todo en casa bien cerrado con llaves y cadenas.

Hermana 1. Pues yo tengo que aguantar a un marido todo arrugado y jorobado por culpa del reuma que muy rara vez se fija en mis encantos. Paso casi todo mi tiempo en dar masajes a sus dedos deformados y duros como piedras; me quemo mis preciosas manos a fuerza de aplicarle compresas malolientes, paños sucios y repugnantes cataplasmas; hago el penoso papel de una enfermera más que el de una hacendosa ama de casa.

Hermana 2. Ya veo, hermana, con qué paciencia o, mejor dicho, con qué servilismo soportas esta situación; pero yo no puedo aguantar por más tiempo tanta prosperidad en manos de quien no se la merece. Recuerda con qué aires de soberbia y arrogancia nos ha tratado. Hasta sus prisas en la impertinente exhibición denotaban el morboso orgullo que respira; y, de tantas riquezas, nos ha tirado a la cara, a regañadientes, unos desperdicios; y acto seguido, molesta por nuestra presencia, manda que se nos eche fuera y se nos ventile entre silbidos. ¿Cómo nos quedamos dormida, hermana? ¿Quién era ese tal Céfiro? ¿Cómo al abrir los ojos volvimos al lugar de partida? ¿Soñamos todo, acaso? 

Hermana 1. No, no lo soñamos. Lo vivido, ocurrió. Mira cuanto tenemos con nosotros. Sin nada vinimos; con este tesoro, nos vamos. 

Hermana 2.  Pues si así es, y ella es quien es y se ha mostrado ante nosotros como lo ha hecho, desde ya renuncio a mi condición de mujer, renuncio a la misma vida, si no la derribo de tan opulenta posición. Y si también tú, como es natural, estás resentida de nuestra afrenta, concertemos entre las dos una acción enérgica

Hermana 1. Sí, hagámoslo. En primer lugar, no enseñemos a nadie lo que traemos, ni siquiera a nuestros padres. Ignoremos incluso cuanto de su vida sabemos. Basta con que nosotras hayamos visto lo que no quisiéramos haber contemplado. No vayamos, encima, a pregonar ante nuestros padres y ante el mundo entero su incomparable felicidad. Nuestra hermana ha de aprender que nosotras no somos sus criadas. De momento, volvamos con nuestros maridos a nuestras casas, modestas pero muy ordenadas. Cuando hayamos madurado y afianzado nuestras ideas, volvamos para castigar a esa insolente.

Las dos hermanas dan por bueno lo que no dejaba de ser un mal pensamiento. Ocultan todos sus preciosos regalos y, arrancándose los cabellos, desgarrándose las mejillas, renuevan su fingido llanto. Reavivan así el dolor de sus padres, a quienes hacen perder toda esperanza; luego, henchidas de furiosa rabia, emprenden el camino de su casa para organizar el detestable castigo que desean infligir a su hermana.

***

Gracia. ¿Fue Venus quién en el fondo les ordenó atacar a Psique?

Vieja. ¿Como dices, niña? 

Gracia. Creo que Venus debió meterse en medio del sueño de Céfiro y manchó de iniquidad sus corazones.

Vieja. Te sorprendería saber con qué facilidad se culpa a los dioses de lo que no deja de ser simple ruina moral de los hombres. Importa poco al relato el que aceptes que fue la diosa quien emponzoñó a las hermanas, aunque creo que lo mejor es que destaquemos el pecado y dejemos a un lado a las pecadoras. Sigo.

***

Por la noche, el misterioso marido da a Psique nuevas instrucciones: 

Marido. ¿No ves el grave peligro que te amenaza? La Fortuna organiza sus batallas en la lejanía. Unas pérfidas lobas están emboscadas. Saltarán sobre ti. Quieren convencerte de que averigües qué cara tengo. Ten cuidado. Recuerda: si ves una vez mi cara, ya no la volverás a ver. Si puedes evitarlo, no hables con ellas. Si no puedes evitarlo, no les hables de mí. No consientas nada de lo que te pidan que hagas.

La noticia del embarazo llenó de felicidad a Psique, quien aplaudía ante la consoladora esperanza de su descendencia divina, suspiraba con impaciencia por el glorioso fruto que esperaba y se sentía feliz con el título de madre que la vida le iba a dar.

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Pasaron días, atrás quedaron semanas, las hermanas volvieron a reunirse y la mala voluntad que dominaba a las mayores acrecentaba la vigilancia y preocupación del esposo. 

Marido. Tus abominables hermanas apuntan a tu garganta. Veo las espadas de la insidia desenvainadas. ¡Ay, Psique, vida mía, qué desastre contemplo! Ten compasión de ti y de nuestra suerte común. Aléjate de ellas. Aíslate y líbranos de la catástrofe que nos viene. Aquellas mujeres son unas criminales. Sienten por ti un odio asesino. Han pisoteado los lazos de la sangre que les une. No puedes llamarlas hermanas, ni verlas ni oírlas cuando, como las Sirenas, se asomen a la roca y hagan resonar el valle con sus funestas llamadas.

Psique. Basta, esposo mío, basta, te lo ruego… Mi fidelidad y discreción están demostradas; ahora, déjame probarte la firmeza de mi carácter. Permite que Céfiro cumpla nuevamente con su deber. Ya que me deniegas la contemplación de tu divino rostro, en compensación, déjame ver al menos el de mis hermanas. Quiero abrazarlas. Son mi sangre. Lloraron junto a mis padres con idéntico dolor por mi marcha. Veré tu rostro en el hijo que esperamos. No necesito descubrir quién eres porque tengo ya contigo cuanto necesito para sentirme la mujer más dichosa. No quiero saber nada más de tu rostro. No hay sombras para mí en las mismas tinieblas de la noche. Te tengo para iluminarme. Nada temas y deja que mis hermanas sigan viniendo como hasta ahora. A sus insistencias responderé con el firme no que se merecen.

Convencido, el marido no insistió más y permitió que volvieran nuevamente sus cuñadas.

Los vientos trasladaron hasta las hermanas de Psique su deseo de volverlas a ver y ellas se pusieron en camino inmediatamente para llegar a la más elevada roca de la más alta montaña del reino de su padre. Sienten que ha llegado el momento de que se haga justicia y con esta determinación esperan la llegada de quien ha de llevarles hasta la víctima. El céfiro, más áspero que nunca, las envuelve.  Cuando despiertan, se dan prisa para llegar hasta la mansión. Abrazan a su anfitriona, proclaman la consanguineidad compartida, cubren con rostro risueño el teatro de perfidia que encierra su corazón y se muestran alborozadas con la nueva del sobrino que pronto tendrán: 

Hermana 1. Ay, Psique, ya no eres la niña de antaño; ya eres madre tú también. ¿Te das cuenta del tesoro que nos reserva el nido de tu seno? ¡Qué inmensa alegría vas a dar a toda nuestra familia! ¡Qué felicidad para nosotras criar a esa joya de niño! Si, como es de esperar, heredara la hermosura de sus padres, va a nacernos un auténtico Cupido.

Con este cariño fingido conquistan insensiblemente el sensible corazón de su hermana, quien las agasaja de la mejor manera posible. Sin embargo, la perversidad de aquellas malditas mujeres les impedía disfrutar del momento y las conducía a orientar la conversación hacia el asunto que les interesaba con suma habilidad. Empiezan a preguntarle quién es su marido, a qué familia pertenece y en qué situación se halla. Ella, con increíble candor, olvidándose de las respuestas que anteriormente les había dicho, afirma que él es de una provincia próxima, que tiene entre manos grandes negocios, que ya alcanza la edad madura, lo que desvela las canas que tiene; y, sin prolongar más la plática, las vuelve a cargar otra vez de suntuosos regalos y manda a Céfiro que las devuelva a la roca.

Estas visitas se repitieron un par de veces más. En todas, las hermanas constataron que Psique les mentía cuando hablaba de su marido porque siempre lo describía de una manera diferente. La mayor llegó a decir: “No cabe, hermana mía, más que esta doble alternativa: o la miserable miente o ignora cómo es su marido. Como quiera que sea, hay que desalojarla cuanto antes de su brillante posición”. Y su interlocutora le respondió: 

Hermana 2. No creo que mienta. Es demasiado cándida, excesivamente inocente, carece de malicia alguna. Por tanto, si no conoce a su marido, es que indudablemente se ha casado con un dios, y un dios es el fruto que nos lleva en sus entrañas. De ahí que no sepa cómo es, porque no se deja ver. 

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Al poco de esta conversación, volvieron a verse las tres.

Hermana 1. Ay, hermana, sólo la ignorancia de tu misma desgracia asegura tu tranquilidad. Te despreocupas del peligro que te acecha y somos nosotras quienes, en permanente alerta, velamos por tus intereses y nos torturamos lamentablemente por los desastres que te afectan. 

Hermana 2. Lo sabemos y de muy buena fuente. Hemos intentado ocultártelo para no enturbiar tu alegría, pero ya no podemos silenciarnos más sin hacernos más daño del que ya sufrimos.

Psique. ¿El qué? Díganme qué pasa. ¿Qué es lo que saben? 

Hermana 1. Debes saberlo, sí, ya no debe ocultarse más. Te hemos preguntado por tu marido porque queríamos estar seguras de lo que sabemos, pero ya está claro. Él es quien es.

Psique. ¿¡Quién!? ¿Qué ocurre? ¿Qué han logrado saber? 

Hermana 1. Vivirás, querida hermana, hasta que nazca tu bebé. Para eso te quiere quien se oculta a tus ojos para que no repudies el fruto de tu vientre tan pronto como lo veas. Apolo no mintió a nuestro padre. ¿Verdad que no conoces su aspecto?

Hermana 2. Morirás, querida hermana, cuando nazca tu bebé. Él lo alimentará de tu sangre. Por eso no conoces su aspecto. Solo si iluminas su rostro y descubres quién es, desaparecerá, como todos los seres que habitan en la oscuridad. ¿Quieres hacer caso a tus hermanas, que tiemblan por tu preciosa vida? 

Hermana 1. ¿Quieres escapar a la muerte y vivir con nosotras exenta de peligros o prefieres pudrirte durante siglos en el Tártaro, que es lo que te espera cuando esa bestia cumpla su propósito?

Psique, alma sencilla y sin dobleces, quintaesencia de la transparencia y amabilidad, se siente aterrada por la revelación tan espantosa de sus hermanas. Fuera de sí, olvida las advertencias de su marido y murmura temblorosa, lívida, angustiada y con voz sumamente apagada lo siguiente:

Psique. Veo, queridas hermanas, que son fieles al deber de la piedad fraterna y que les han debido informar bien, pues es cierto que nunca he visto el rostro de mi marido y que ni siquiera sé de dónde es. Sólo de noche puedo oír el murmullo de su voz. Antes de que nazca el día, mi esposo desaparece.

Hermana 1. Qué tragedia, hermana.

Psique. Además, siempre me asusta cuando lo quiero ver y me amenaza con un gran desastre si manifiesto curiosidad por conocer los rasgos de su cara. He aceptado de buen grado que esto sea así porque es dulce conmigo por las noches y generoso por el día. Nada me falta. Pero lo que me cuentan es terrible. Les confieso que no sé qué hacer después de esta horrorosa revelación. 

Hermana 1. Para salvarte, debes descubrir su rostro. La bestia desaparecerá tan pronto vea la luz y no regresará. 

Hermana 2. Consigue una lámpara manejable, llénala de aceite para que dé buena luz y ocúltala cerca de la cama. 

Hermana 1. Cuando el monstruo duerma, saca la lámpara con el máximo silencio y enciéndela sin hacer ruido. Dirige la luz hacia donde esté. Como estará desprevenido, podrás ver con claridad su rostro. 

Hermana 2. Desaparecido el asesino, deberás invocar a Céfiro para que nos traiga hasta ti. Estaremos esperando en la roca a su llegada. Te recogeremos y entre todas nos llevaremos los tesoros de esta mansión.

Hermana 1. Ya en casa, volveremos a donde esperan nuestros padres y te uniremos a un marido de condición humana que te hará feliz.

Sus hermanas regresan a sus respectivos hogares inmediatamente y la menor se queda sola y confundida. Titubea: odia al monstruo, ama al marido; detesta la muerte, quiere vivir y, sobre todo, hacerlo junto a su hijo. Si quien crece en sus entrañas fuera como su padre, ¿cómo sería? Le alegra imaginar que como el esposo, mas le enloquece la sola idea de que pueda parecerse a la bestia. Siente, para su tragedia, mi querida Gracia, que tiene que saber. Saber… 

]·[

Llegó la noche, llegó el marido, llegó lo que día tras día siempre llegaba y llegó el sueño, profundo el de él; inquieto, agitado, imposible el de ella. Se levanta de madrugada. Coge la lámpara, escondida cerca del lecho. La enciende y aproxima la lumbre al rostro del durmiente. Lo que ve la deja embelesada. Contempla la faz más dulce y amable que jamás había visto. Admira su cabeza rubia surcada de rizos en gracioso desorden y su cuerpo liso y brillante. Dos detalles la impresionan y, a la vez, la desconciertan: las alas blancas y resplandecientes del amado y el arco y el carcaj con flechas junto a la cama. Abrumada por la emoción, concluye que era Cupido, el dios de la hermosura, quien compartía con ella el tálamo. 

Psique, sin poder saciar los deseos de su excesiva curiosidad, examina, maneja y admira las armas de su marido. Saca una flecha del carcaj y se arriesga a probar su aguda punta apoyándola en el dedo pulgar. Al temblarle el pulso y apretar más de la cuenta, se pincha y brotan a flor de piel unas gotitas de sangre sonrosada.

***

Gracia. ¡No!

Vieja. ¡Sí! 

Gracia. Pero entonces no se cumplió el deseo de Venus. No es Cupido precisamente ese “ser abyecto que no pueda hallar en el mundo entero otro desgraciado comparable a él”, que reclamó su madre. 

Vieja. Es verdad, niña, pero recuerda que el amor transforma para bien a la persona amada: embellece al feo, ennoblece al déspota, enternece al bruto… Y al revés cuando es desamor quien está presente: vuelve en repugnante al hermoso, en tirano al magnánimo, tosco al suave. El daño que Venus quiere para Psique está en lo que todos pensarán de ella. La diosa quiere que el mundo considere que está chiflada por estar profundamente enamorada de alguien que nos da asco y que jamás contaría con nuestra benevolencia. En el fondo, busca que todos digan algo así como: “Qué hermosa es, pero no nos acerquemos a ella, dejémosla de lado, porque ha perdido el juicio”.

Gracia. …

Vieja. ¿Entiendes lo que te he contado?

Gracia. …

Vieja. ¿Que si lo entiendes? 

Gracia. Ah, sí, sí, perdón, me quedé pensativa.

Vieja. ¿Puedo seguir con la historia? 

Gracia. Sí, sí, claro, por favor, continúe.

***

Pues sucedió lo que muy bien te has imaginado que iba a suceder: que Psique se enamoró perdidamente de Cupido. Ardió en ella una pasión tan intensa por quien gobierna las pasiones que no pudo evitar avalanzarse hacia él locamente enamorada. Lo cubrió en un instante de irresistibles y palpitantes besos. El dios se despertó sobresaltado y, al ver que su secreto había sido divulgado y profanado, sustrayéndose a los besos y abrazos de su infeliz esposa, sin decir palabra, saltó de la cama y voló para alejarse de ella. Se volvió, la miró fijamente, vio la lámpara, vio el rostro contrariado de ella.

Cupido. Desatendí las órdenes de mi madre. No te até a un adefesio, sino a mí. Quise que compartiésemos la hermosura que nos hace tan singulares y, a la vez, tan solitarios. Te convertí en mi esposa y solo te puse una condición. Una sola a cambio de todo lo que te rodea y del dulce fruto que en tu vientre se está formando. Quienes te asesoraron, pagarán por ello; y tú también. Mira a tu alrededor. Ya no tienes nada. Sola te quedas. Así te has de quedar el resto de tu vida. Adiós.

Agitó sus alas y desapareció. Ella, enloquecida, tan pronto como dejó de verlo corrió hacia el río más próximo para quitarse la vida; pero el agua, consciente de quién era, la acogió cariñosamente al instante y, en un remolino, sin hacerle daño, la depositó sobre el césped florido de la orilla.

Allí descansó un rato después de llorar, pegarse, insultarse y pensar en otros modos de arrancarse la vida que ahora le parecía insufrible. Cuando se sintió más calmada, pudo darse cuenta de que lo único que debía hacer antes de abandonar este mundo era hallar a su marido, pedirle perdón y rogarle por una reconciliación que en ese instante parecía imposible. Pero antes debía hacer algo con sus asesoras…

***

Vieja. ¿Duermes? 

Gracia. No, no, señora. La escucho atentamente.

***

Después de recorrer un largo camino, llegó hasta donde vivía la mayor de sus hermanas. Después de los abrazos y saludos mutuos, Psique le dio cuenta del motivo de su visita. 

Psique. ¿Recuerdas, tú, mi hermana preferida, la primera de todas nosotras, el consejo que me dieron? Lo cumplí a rajatabla. Mas el monstruo que esperaba ver no era tal, sino el mismo Cupido, el hermosísimo hijo de Venus. Él era quien me había tomado como esposa con felicidad y quien, dado que no cumplí con su orden de no verle, terminó repudiándome y desterrándome de su casa. Me dijo que yo no era digna de ser la madre de su hijo, que ese privilegio se lo iba a conceder a la mayor de mis hermanas, tú, pues desde que te vio supo que quería hacer de ti una diosa. Te ama, hermana. Quiere casarse contigo. Yo, como comprenderás, no sabía qué hacer ni qué decir cuando me hizo esta terrible declaración. Iracundo, me ordenó que te buscara y me exigió, si no quería perder a mi hijo y, con él, mi vida, que te dijera que haría de ti su esposa si le ofrecías tu amor como únicamente se le puede demostrar a una divinidad.

Hermana 1. ¿Cómo, hermana? ¿Cómo puedo demostrar al más bello de entre los bellos que lo deseo y que con él quisiera desposarme? 

Psique. Yendo libre a su encuentro, hermana. Debes ir a la más elevada roca de la más alta montaña del reino de nuestro padre y lanzarte al vacío con los ojos cerrados para que el Céfiro te arrope y te lleve hasta el encuentro con el amado. Allí…

Aún no había concluido Psique la frase cuando su hermana, bajo el estímulo de una pasión desenfrenada, se dirigió adonde estaba su marido para decirle que tristes noticias le ha traído su hermana de su ciudad: sus padres están muy enfermos y deben embarcarse para cuidarlos como se debe. Enseguida se marcharon, con desespero la hermana mayor no veía la hora de llegar, con precipitación bajó al muelle cuando el barco atracó y enloquecida dejó Psique tirada mientras se montaba en un caballo rumbo al punto de encuentro con el viento viajero. En un instante llegó y en otro se lanzó al vacío mientras gritaba:

Hermana 1. Acógeme, Cupido, como tu digna esposa; y tú, Céfiro, sostén a su soberana.

Ya puedes imaginar lo que pasó. Antes de llegar al suelo, fue desgarrándose y desparramando sus miembros a través de las aristas del despeñadero. Hecha pedazos, sus carnes sirvieron de pasto inesperado a las aves de rapiña y a las fieras.

No necesitó Psique ser testigo del final de su hermana mayor; como tampoco le hizo falta presencial el de su otra hermana. La engañó con el mismo artificio y su final fue similar. 

Cumplida la venganza, siguió con el único objetivo que le quedaba en esta vida: hallar de nuevo a su marido, pedirle perdón y rogarle por una reconciliación que en ese instante veía imposible.

Mientras tanto, Cupido, muy desengañado y triste tras el incidente con su amada esposa, no quiso saber nada de nadie y se encerró en su habitación y nada dijo a su madre de la penosa enfermedad anímica que padecía. Venus, sabedora de las veleidades y devaneos de su hijo, poca importancia le dio al principio al bajón de su hijo, mas como vio que se prolongaba más de los acostumbrado, decidió dejar atrás sus obligaciones para entregarse en cuerpo y alma en la mejora de su unigénito.

Un día, mientras Cupido dormía, se posó en el alféizar de la ventana que iluminaba la estancia del joven un águila. Venus, que acariciaba el cabello de sus hijos, se volvió hacia el ave y le preguntó el porqué de su venida.

Águila. Señora, dicen por ahí que ustedes han desaparecido: él, para seguir a una mujer cualquiera; tú, para desentenderte de los que andan y vuelan. Dicen por ahí que, como se ha acabado la vida placentera, la gracia, la amabilidad porque no están donde deberían estar, todo se ha vuelto feo, burdo, desagradable. Ya no hay matrimonios fecundos, no hay vida social, no hay cariño entre los hijos, no hay límites para la corrupción ni para impedir que, entre el hastío y el aburrimiento, caigan las instituciones. Ustedes faltan y todo es un caos.

Venus. ¿Cómo? Mis razones tengo para no estar donde se me espera, mas desconozco las de mi hijo. Nada dice. Solo duerme y, cuando está despierto, suspira. ¿Una mujer cualquiera es la causante de su estado? Dime el nombre de la que ha corrompido a ese menor tan cándido e inocente si lo sabes: ¿Es alguna de las incontables ninfas la culpable? ¿Está la responsable entre el coro de las musas? ¿Y entre las Gracias que me sirven? Habla, si conoces la respuesta; si no, vete.

Águila. No lo sé, señora, si es ninfa, musa o gracia. Solo sé que se llama Psique y dicen por ahí que él ha enloquecido de amor por ella.

Venus. ¿De verdad? ¿No mientes? ¿Afirmas que está enamorado de Psique, mi rival en hermosura, la usurpadora de mi nombre? ¿Es posible que este imberbe creyese que le estaba presentando a la niña antes que dictándole un castigo que debía cumplir? ¡Vete! 

El águila desaparece y la diosa, iracunda, se abalanza sobre el desmejorado Cupido y comienza a zarandearlo mientras le grita:

Venus. ¡Estás tú bonito, simplón! ¿¡Quién eres tú para desobedecerme!? ¿Qué fue lo que te dije que hicieras? No solo no quisiste juntar a mi enemigo con lo más aborrecible, sino que encima vas y te lías con ella. ¡Niñato! ¿Acaso pretendes imponérmela como nuera? Debes creer que eres el mejor de nuestra familia y que no te va a pasar nada, pero te recuerdo que puedo tener otro hijo y que este será mejor que tú. Además, que sepas que, para mayor vergüenza tuya, lo voy a adoptar. Cogeré uno de los esclavos criados en casa. Le daré tus alas, tu antorcha, tu arco y tus flechas, es decir, todo ese equipo con el que vas fardando por ahí. Recuerda que no es tuyo y que te lo di para que lo utilizaras de manera adecuada y no como lo has hecho con esa boba de la que te has encaprichado.

Desde la más tierna infancia te hemos malcriado. Has hecho lo que te ha dado la gana y no has dudado en maltratar a todos los que hemos hecho algo a tu favor. Me avergüenzas y me humillas doblemente, ya sea como mujer abandonada por su padre, ya como mujer a la que engaña tu padrastro. ¿Acaso crees que no sé, para tormento de mi vida de enamorada, que eres tú quien le provee de jovencitas al heroico Marte? Haré que te arrepientas de todo.

Empujó al hijo con violencia y se marchó de la habitación encolerizada y con un terrible propósito. Al poco, se encuentran con ella Ceres y Juno. Estas, al ver su rostro congestionado, le preguntan el motivo de aquella mueca que tanta gracia y belleza le restaba. 

Venus. Llegan las dos en el momento preciso. Díganme dónde está Psique. Segura estoy de que ya conocen la promulgada infamia de mi casa y las hazañas del que ya no merece llamarse hijo mío.

Juno. ¿Tan grande es el delito que ha cometido tu hijo cuando te empeñas en contrariar sus impulsos y hasta ansías la perdición de la mujer que ama? ¿Qué hay de malo, dinos, en que le guste sonreír a una muchacha bonita? ¿Ignoras acaso que es joven y que está lleno de vitalidad? ¿Acaso te sigue pareciendo un niño por conservar la gracia de la infancia? Tú eres madre y, además, una mujer sensata: ¿Vas a inspeccionar siempre de cerca las diversiones de tu hijo, echarle en cara sus galanterías, contrariar sus amores y condenar en esa preciosidad de hijo tus mismos métodos y tus propios encantos? ¿Qué dios o qué mortal podría tolerar que tú sigas sembrando pasiones por el mundo cuando en tu propia casa prohíbes el amor?

En similares términos habló la otra diosa. Ambas temían las saetas de Cupido y, para congraciarse con él, defendían su causa y lo halagaban. Pero Venus, indignada al ver cómo no toman en serio las graves ofensas que según ella había recibido no quiso continuar escuchando más y las dejó sin despedirse.

Entretanto, Psique corría noche y día en busca de su marido. Preguntaba a todos y todo lo miraba con detenimiento, por si en algún lugar escondido e imposible de imaginar pudiera estar él, como ese templo que ve en la cima de un abrupto monte y que le lleva a preguntarse si no estará ahí quien reina en su corazón. 

Allá dirige sus apresurados pasos. Cuando llega al santuario, ve espigas de trigo dispuestas en montones o trenzadas formando coronas y espigas de cebada; también hoces y todo tipo de herramientas propias de los segadores. Todo está tirado al azar, con descuidado desorden, tal y como a la hora del calor suelen dejar los trabajadores cansados todo. Psique recoge los objetos con cuidado y pone cada cosa en su sitio. Piensa en que no se debe descuidar el templo ni el culto de ninguna divinidad. Mientras coloca cuanto ve, se le aparece la diosa Ceres. 

Ceres. ¿Qué haces aquí, infeliz? ¡Venus, hondamente irritada, recorre ansiosamente el mundo entero en busca de tu rastro! Te reclama para el último suplicio y pone en juego todo el poder de su divinidad para vengarse de ti. ¿Cómo es posible que ahora atiendas mis intereses, aquí, en mi templo, y no pienses en tu salvación?

Psique se arrodilla a los pies de la diosa, los baña en copiosas lágrimas y, con su cabellera, barre el suelo mientras implora su ayuda.

Psique. Te conjuro por tu mano que derrama frutos sobre la tierra, por el ritual alegre de la recolección, por los inviolables secretos de tus cestas… Te conjuro para que acudas en auxilio de la infortunada Psique que ahora te invoca con toda su alma. Permíteme esconderme unos días bajo este montón de espigas para dar tiempo a que se calme la desbordada ira de Venus o, al menos, para reponer un poco mis fuerzas, agotadas por el largo ajetreo vivido.

Ceres. Tus lágrimas y tus súplicas me conmueven. Deseo ayudarte, pero no puedo. Venus es parienta mía y, además, mantenemos una antigua y estrecha amistad. Si te ayudo, la ofendo. Por tanto, vete enseguida de mi templo y date por muy satisfecha con que no te detenga y te entregue a quien me agradecería mucho que lo hiciese.

Defraudada, Psique se da media vuelta y continúa su marcha a través de un bosque sagrado medianamente claro y situado en una hondonada. Ve a lo lejos un bello edificio dedicado a Juno y a su sagrada puerta se acerca. No debe desdeñar ninguna ocasión que se le presente de solicitar el favor de cualquier divinidad. Entra y se postra de rodillas ante el altar, y dice en actitud suplicante: 

Psique. ¡Hermana y esposa del gran Júpiter! Tú, a quien todo Oriente venera con el nombre de Zygia y a quien todo Occidente invoca como Lucina, sé para mí la Juno Salvadora en mi desesperada situación. Me hallo cansada, agotada de tanto pensar y deambular sin encontrar a quien busco ni librarme del inminente y espantoso daño que me acecha. Dicen que acudes gustosa en auxilio de las mujeres encintas cuando las ves en peligro, ayúdame.

Tal era su súplica, cuando, sin hacerse esperar, Juno en persona se le aparece en toda la majestad de su augusto poder: 

Juno. ¡Qué más quisiera yo! No dudes en que de buen grado accedería a tus ruegos, pero no me conviene ir en contra de la voluntad de Venus, mi nuera, a quien siempre he querido como a una hija. 

Ese nuevo golpe del destino acaba de agotar a Psique. Sin poder alcanzar ya a su marido alado, y abandonando toda esperanza de salvación, delibera así en su fuero interno: 

Psique. ¿Qué más puedo intentar en mi desgracia? ¿A quién he de acudir si ni las mismas diosas, a pesar de su buena voluntad, han podido ayudarme? Si me envuelven tantas redes, ¿a dónde he de dirigir mis pasos? ¿Qué refugio, qué tinieblas pueden ocultarme para escapar a la ineludible vigilancia de la poderosa Venus? ¿Por qué no renuncio a esta vana esperanza de salvación y me entrego voluntariamente?

Venus, mientras tanto, renuncia a proseguir su búsqueda por tierra y se remonta al cielo. Va directamente hacia el palacio de Júpiter; a quien, en tono soberbio, reclama los servicios de Mercurio, el mensajero de los dioses, para un asunto importante. El primero del panteón acepta la petición y Venus desciende en compañía del solicitado, a quien, hondamente preocupada, le deja caer estas palabras: 

Venus. Bien sabes, hermano, que nunca he hecho nada sin tu asistencia; y tampoco ignoras, pues todos ya lo saben, cuánto tiempo llevo buscando en vano a esa esclava desaparecida llamada Psique. Ya no me queda más solución que divulgar a través de tu condición de heraldo la promesa de una recompensa para quien la descubra. Apresúrate, pues, a cumplir mi encargo. Descríbela de modo que no haya dudas para identificarla; y destaca el premio que recibirá quien la descubra y la entregue, así como el castigo que le espera a quien la encubra.

Mercurio cumplió. Fue de pueblo en pueblo describiendo a la joven, destacando la recompensa y anunciado la sanción. Mientras, Psique, ajena a todo lo que su nombre había movilizado y decidida a entregarse, llega hasta las puertas del palacio de su suegra. Allí la vio, para su sorpresa, una de las sirvientas de la deidad: 

Costumbre. ¡Por fin, maldita criada, empiezas a comprender que tenías un ama! Y, dado el desparpajo que te caracteriza, ¿fingirás ignorar también todas las fatigas que nos ha costado correr en tu busca? Por suerte has caído precisamente en mis manos; estás bajo la mismísima zarpa del Infierno y enseguida vas a sufrir el castigo de tu rebeldía.

La cogió brutalmente por los cabellos y, sin oposición alguna, la arrastró hasta la presencia de Venus: 

Venus. ¿Has venido a saludarme por fin o estás aquí porque vienes a visitar a tu marido, cuya vida está en peligro como consecuencia de la herida que le causaste? Sea lo que fuere, te daré como suegra la acogida que se merece una nuera como tú. ¡Inquietud! ¡Tristeza! ¡Vengan aquí!

Presto llegaron las esclavas para que atormentaran a Psique, lo que hicieron con crueldad durante largo tiempo en una cámara aparte. A una llamada de Venus, cesaron el tormento que causaban y la torturada fue nuevamente puesta en presencia de la diosa. 

Venus. Tu redondez vital no me conmueve ni me enternece la idea de ser abuela cuando mi nieto lo sería de una vil esclava. ¿Quién ha dado validez a tu ilegal matrimonio? ¿Qué testigos hubo? ¿Con qué consentimiento paterno contaron? Ese hijo es un bastardo y lo será cuando nazca, si es que te permito que lo paras.

Concluidas estas palabras, se abalanza sobre ella, hace trizas sus vestiduras y la golpea sin piedad. Luego, manda que le traigan trigo, cebada, mijo, semillas de amapola, garbanzos, lentejas y habas; lo mezcla todo en un solo montón y la empuja para que se caiga sobre la montaña que ha hecho. 

Venus. Me parece que una criada como tú no puede conquistar a sus amantes si no es sirviéndolos con esmerada eficacia; pues bien, quiero probar lo que vales. Ahí tienes ese montón de semillas mezcladas. Separa los granos uno por uno y agrúpalos según su tipo antes del anochecer. Si así lo haces, me pensaré el darte mi aprobación. 

Después de asignarle la faena, Venus se marchó y Psique, dolorida aún por la paliza recibida, no se atrevió ni a acercar la mano al montón que le ha pedido que ordenase. Abatida, lo da ya todo por perdido. Fue entonces cuando apareció una hormiga que, enterada de la cruel prueba y compadecida por la joven esposa del dios del Amor, reclamó la compasión de todas sus compañeras para ayudar a la desesperada. Así, en un alarde de actividad propio de las hormigas, clasificaron todo el montón de granos uno por uno: los separaron, los distribuyeron, los agruparon por especies y en un instante desaparecieron de la escena.

Cuando Venus llegó y vio el orden, le dijo a Psique que aquello no era obra suya, que no había cumplido con el encargo y, en consecuencia, que no era merecedora de su aprobación. Como la noche ya está avanzada, encierró a la joven en una celda y le dio por alimento un trozo de pan.

***

Gracia. Pero, ¿Cupido no sabía que su mujer estaba en el mismo lugar donde él estaba?

Vieja. No, no lo sabía. ¿Acaso cabía esperar de su cruel madre que le dijese que estaba torturando a su esposa en otra parte del palacio?

Gracia. Qué rabia. Si lo hubiese sabido, sin duda que, con el reencuentro, hubiese mejorado de su enfermedad, la hubiese perdonado y Venus hubiese terminado por aceptar a su nuera y a su futuro nieto. 

Vieja. Muchos “hubiese” oigo, pero ningún “hubo” según la historia que conozco. Bueno, sigo…

***

A la mañana siguiente, Venus se acercó a donde tenía encerrada a Psique y le dijo, señalando con su dedo a un punto que se veía desde la ventana de la celda, lo siguiente:

Venus. ¿Ves aquel bosque que se extiende a lo largo del río? Por allí pastan sin pastor unas ovejas cuyos vellones tienen el auténtico brillo del oro. Tráeme inmediatamente un mechón de aquella preciosa lana. Cómo hacerte con lo que te pido es tu problema. Arréglatelas como puedas.

Psique se puso en marcha. En realidad, no pretendía cumplir la orden de Venus, sino buscar la manera de precipitarse al río desde una roca y acabar con sus penalidades. Pero desde el cauce de aquel río, la verde caña, órgano de melodiosa armonía, intuyó por divina inspiración las intenciones y dijo: 

Caña. Aunque estés sometida a tan crueles pruebas, Psique, no mancilles la santidad de mis aguas con tu desgraciada muerte y no intentes tampoco acercarte en este momento a las temibles ovejas. Pueden parecer inofensivas con su cadencioso balar; pero, cuando sobre ellas se reflejan los ardientes rayos del sol, suelen estar poseídas de una truculenta rabia hasta el punto de atacar a los humanos hasta matarlos. Cuando el sol haya perdido su fuerza y el rebaño descanse tranquilo, podrás acercarte y recoger toda la lana de oro que suele dejar diseminada por el bosque enredada en la espesura.

Agradeció Psique los buenos consejos de la caña. Recobró el ánimo y cumplió al pie de la letra las indicaciones recibidas, de modo que le resultó fácil hacerse furtivamente con la sedosa lana dorada y volver ante Venus con el delantal bien repleto. Pero el éxito de esta segunda prueba tampoco mereció la aprobación de la soberana; al contrario, arrugando el ceño y con amarga sonrisa, dijo: 

Venus. Tampoco en esta ocasión lograrás engañarme. No conseguiste lo que me traes por tus propios medios. Nuevamente, no puedo cumplir mi parte porque tú no has cumplido con la tuya. No obstante, te daré una nueva oportunidad. ¿Ves el agudo picacho que remata aquella altísima montaña? Allí brota una fuente tenebrosa cuyas negras aguas se recogen en la cuenca del valle inmediato para pasar a la laguna del Estigio y alimentar la estruendosa corriente del río Cocito. Sube a la cumbre. En el mismo punto en que el agua helada sale a la superficie de la tierra, llena esta jarrita de cristal tallado que ahora te entrego y tráemela inmediatamente.

Psique, decidida, acelera el paso y se dirige a la cumbre de la montaña. Mientras se aproxima, ve la magnitud de la empresa y las dificultades mortales que supone el acceso por lo resbaladizo del terreno y porque, en unas cuevas excavadas en unas rocas próximas, se asomaban estirando sus largos cuellos unos furiosos dragones con los ojos abiertos, sin pestañear y con las pupilas expuestas a la luz en permanente acecho. Las aguas reclamaban la atención de la joven gritando sin parar: 

Aguas. ¡Retírate! ¿Qué haces? ¡Cuidado! ¿En qué piensas? ¡Ojo! ¡Huye! ¡Te vas a matar!

Ante lo insuperable de la tarea, Psique se quedó paralizada, aplastada bajo el peso del grave peligro que corría. Pero las tribulaciones de esta alma inocente no pasaron inadvertidas a la atenta mirada de la bendita Providencia, quien de improviso apareció en forma de águila.

Providencia. ¿Cómo? ¿Sin sombra de picardía, sin experiencia en esta clase de asuntos, esperas poder robar aunque sólo sea una gota de esta fuente tan sagrada como horripilante? ¿Esperas al menos llegar a ella? ¿No has oído decir que, hasta los dioses, incluido el propio Júpiter, se sobrecogen ante las aguas del Estigio? ¿Y que, así como los mortales juráis por el poder de las divinidades, los dioses tienen la costumbre de jurar por la majestad del Estigio? Venga, dame tu jarra.

Entre sus garras, el ave enganchó el depósito y, balanceándose sobre sus pesadas alas extendidas, pasó entre los dragones rozando sus mandíbulas armadas de furiosos dientes; y cuando las aguas, resistiéndose y profiriendo amenazas, le ordenaron que se retirase sin profanarlas, el águila se excusó diciéndoles que venía por orden de Venus, a quien sirve. Fue así como consiguió llenar la jarrita.

Enseguida se la lleva a Psique, quien, sobre la marcha, se presenta ante Venus; pero la diosa, consciente de la imposibilidad de que un humano pudiese cumplir con el encargo, le dice con infernal sonrisa: 

Venus. Ahora veo que debes ser una gran hechicera, muy versada en magia, para poder cumplir tan pronto órdenes como las que yo te doy. Pero he aquí, encantadora chiquilla, el nuevo servicio que me vas a prestar. Coge esta cajita y vete corriendo al Infierno, hasta la tenebrosa morada de Orco. Allí entregarás la caja a Prosérpina y le dirás: «Venus te ruega que le mandes un poquito del ungüento de la hermosura, aunque sólo sea la mínima ración de un solo día. Pues lo que ella tenía se lo ha gastado y consumido hasta agotarlo cuidando a su hijo enfermo». En cuanto te den lo pedido, regresa enseguida.

Psique sintió que había llegado su última hora, pues le mandaba la despiadada Venus adonde se llega tras la muerte; y no le llegó a parecer mal su destino, pues, si no podía tener a su amado, nada mejor que acabar sus días. Así, sin más titubeos, se dirigió a una torre muy elevada para precipitarse desde allí. Creía que esa sería esa la vía más directa y más hermosa para bajar a los Infiernos. Pero la torre, de repente, habló: 

Torre. ¿Qué haces, chiquilla? ¿Te rindes sin más ante esta última prueba, este último trabajo? Cuando tu espíritu se haya separado del cuerpo, irás al fondo del Tártaro; pero, una vez ahí, de ninguna manera podrás salir de allí y regresar. Escúchame bien: ve a la ciudad de Lacedemonia y busca la caverna del Ténaro. Es un respiradero de la morada de Plutón. Sus puertas entreabiertas dejan ver una senda intransitable. En cuanto traspases el umbral y te adentres un poco, un pasillo te llevará directamente al mismísimo palacio del Orco. Pero no te adentres en aquellas tinieblas sin llevar en cada mano un pastel de harina de cebada amasado con vino y miel ni sin dos monedas, que deberás tener sujetas entre tus labios. 

»Presta atención: cuando hayas recorrido buena parte de la ruta que lleva al país de la muerte, te encontrarás con un asno cargado de leña. Su conductor te rogará que le alargues unas ramas que van colgando de la carga. Tú, sin decir palabra, pasa de largo en silencio. 

»Sigo: inmediatamente después, llegarás al río de la muerte, a cuyo frente está Caronte. Te reclamará el importe del viaje. A ese viejo asqueroso le has de dar como peaje una de tus dos monedas. ¡Ojo! Él, con su propia mano, debe coger la moneda. No se la puedes dar tú. No te olvides de esto porque es muy importante. 

»Continúo: en la travesía, sobre las mansas aguas, verás un anciano nadando sobre la superficie. Te tenderá sus podridas manos y te suplicará que lo subas a tu barca. ¡No lo hagas! No te dejes llevar por la compasión. En el Infierno está prohibida.

»No he terminado: pasado ya el río y avanzando un poquito más, unas viejas hilanderas, mientras tejen, te suplicarán que les eches una mano, aunque sólo sea un momento. ¡No las ayudes! La astuta Venus ha previsto que, en tu bondad, sueltes uno de los pasteles. Si lo hicieras y lo perdieras, jamás podrás regresar a la luz del día. 

»Hay más: verás a continuación un perro colosal con tres enormes cabezas. Te hablo de un monstruoso y formidable animal que, con su garganta atronadora, ladra a los muertos. Está siempre al acecho, sembrando un vano terror ante el mismo umbral y el atrio sombrío de Proserpina, la que guarda la morada desierta de Plutón. Para dominarlo, échale como cebo una de tus tartas. Así podrás pasar y entrar directamente en casa de la diosa. Esta te acogerá con amabilidad y te invitará a que te sientes cómodamente a su lado. Te ofrecerá un suculento almuerzo. Limítate a sentarte en el suelo, pedir un simple pedazo de pan negro -que te comerás- y anunciarle el motivo de tu visita. Te dará algo. Cógelo y emprende el regreso. 

»Líbrate del perro con la tarta que te queda y dale después al barquero la moneda que te has reservado.

»Cuando hayas atravesado su río, vuelve sobre tus primeros pasos hasta alcanzar nuestro cielo con su coro de estrellas. Pero entre todas mis recomendaciones, he aquí, a mi parecer, la más importante de todas: no intentes abrir la caja y ver lo que llevas dentro: encierra un tesoro que ningún mortal debe ver. Ten cuidado.

Tan minuciosas fueron las instrucciones y tanto interés puso Psique en acertar a ponerlas en práctica que en nada erró: fue al Ténaro con las monedas y las tartas, descendió la senda infernal, adelantó al conductor del asno, dejó que Caronte cogiera una de las dos monedas, se desentendió del muerto flotante que reclama su atención, despreció las súplicas de las hilanderas, silenció al cancerbero dándole una de las dos tartas y entró en la morada de Proserpina; se sentó en el suelo, pidió un poco de pan negro, que se comió, y esperó a que le diera la diosa la cajita; y regresó dando la segunda tarta al perro rabioso y al barquero la segunda moneda. Todo perfecto. 

Al volver nuevamente a la luz, sus deseos de coronar la tarea encomendada tropezaron con el mayor mal que aqueja a los humanos: hacer aquello que no debes hacer para no perjudicarte. Ya lo entenderás, Gracia, cuando seas vieja como yo y te hayas equivocado tantas veces como yo lo he hecho. Bueno, sigo: la curiosidad por saber qué había en aquella caja que Proserpina le había dado para Venus impulsó su voluntad por abrirla. Así lo hizo. La abrió y… y… 

***

Gracia. ¿Y…?

***

Y… no vio nada. Absolutamente nada. La caja estaba vacía. No había rastro alguno que diese a entender que la habían llenado con algo parecido a un ungüento. Al poco, invadió a Psique un sopor infernal, el auténtico sueño del Estigio. Sus miembros se envolvieron en una densa nebulosa soporífera y se desplomó. Yacía inerte en el suelo, dormida como un cadáver…

***

Gracia. ¡Oh! No puede ser.

Vieja. Sí, sí puede ser… 

Gracia. Pero…

Vieja. Pero entonces… ¿Qué oigo?

La vieja extravagante, saturada de vino, dejó de contar el delicioso cuento porque había oído, como los que estábamos allí, que venían personas hacia donde nos encontrábamos. 

Gracia. Siga, por favor. Termine la historia. “Pero…”. No puede dejarla ahí, con Psique… ¿Y Cupido lo supo? ¿Qué dijo Venus? ¿Llegó a saber que su nuera había cumplido con su encargo? Oh, vamos, por favor…

Yo también tenía el mismo interés que la joven y movía la cabeza en señal de aprobación para que se concluyese el relato que de muy buen grado hubiese anotado en tablillas si hubiese podido en ese mismo momento. 

Vieja. Dejémoslo para otro momento, muchacha. Ahora debo atender a los que vienen que, sin duda, traerán un botín lleno y sus estómagos vacíos. Ya terminaremos el cuento en otra ocasión. Además, es muy conocido. ¿Sabes leer? 

Gracia. Sí.

Vieja. Sí, claro, una chica de tu clase sabe leer. Yo no sé. Conozco la historia de oídas. Me la contaron hace muchos años en diversas ocasiones. Supongo que hay detalles que ya no recuerdo y otros que confundo. Es lo que tiene el oír las cosas, que con el tiempo se van mezclando unas con otras. Por eso, si sales de esta, busca por ahí quien te pueda ofrecer el cuento completo y si es para leer, mejor. 

Gracia. Entonces, no podré saber cómo termina.

Vieja. Ahora, no. Tengo cosas que hacer.

Gracia. Vale. Esperaré. Una última duda: si salgo de aquí y quiero buscar la historia escrita, ¿cómo pregunto por ella?

Vieja. No estoy segura, pero puedes preguntar por los protagonistas: Psique, Cupido, Venus… La verdad es que me suena haber oído en algún momento algo sobre un asno de oro de un tal Apuleyo o no sé qué de una metamorfosis de… Ah, mi memoria. Ya estoy vieja. Te dejo. Me reclaman.

Patricia Franz Santana - Asinus

Asinus de Patricia Franz Santana