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«Horizonte» de Diana Fleitas Rodríguez

Soltadas Dos Texto 07 Diana Fleitas Rguez

Cuarenta y tres poemas dentro de siete poemarios. Siete poemarios encerrados en un tomo. Un tomo, este, el poemario de los poemarios, que descansa ahora en tus manos curiosas y que, ahora, en este instante, sin duda admirados, contemplan tus ojos. Un libro, este, el de los poemarios bajo el título de Horizonte, que se adhiere al corazón de una manera singular y que, de manera particular, con suavidad, se deposita en el intelecto. Un volumen, este poemario de los siete poemarios que contienen cuarenta y tres poemas, que, contigo, en tus manos, en tus ojos, en tu corazón e intelecto, es para ti, pues guía es para que los sedimentos nocturnos, en la luz matutina, se vuelvan semillas. Es, sí, repito; y está. Aquí. Ahora. Esto. El principio de un extenso y florido campo.

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Lo pensé, lo confieso, antes de emprender la lectura del poemario: ¿Sobre qué puede escribir una joven universitaria canaria en la segunda década del siglo XXI? Claro que, tanto lingüística como vitalmente, puede escribir sobre lo que quiera; y que los límites que determinan el «sobre lo que deba» y el «sobre lo que pueda» son los que ella desee autoimponerse. Por tanto, no era esa la respuesta que esperaba. Yo quería otra: aquella que me situase en el interés creativo de nuestra autora condicionado por la confluencia de circunstancias exógenas (mujer, juventud, universidad, Canarias y siglo XXI) y circunstancias endógenas (su experiencia existencial). ¿Cómo se han combinado estos elementos, dados metafóricos en el cubilete de la inspiración, y se han lanzado en los borradores para ir configurando las líneas poéticas, los horizontes líricos de los versos?

Cierto es, también lo confieso, que esta búsqueda del interés creativo estaba condicionada en esta ocasión por un hecho no menor precisamente: que la autora no me era desconocida, que nuestras trayectorias vitales ya se habían cruzado con anterioridad en algunos frentes académicos y, en consecuencia, que mi lectura de su poemario se efectuaba a partir de la asunción más o menos clara de algunas claves que atesora su escritura estética, conocidas gracias a un buen número de lecturas y conversadas que habíamos mantenido durante el tiempo que nos conocemos.

Con todo esto a cuestas, pues, con la pregunta de marras, los elementos externos e internos, y el hecho no menor, me encaminé a la lectura y posterior edición de este libro que, justo es reconocerlo, como epopeya de la visión estética de Diana y de cuanto orbita en su universo de sentimientos y emociones, me ha ido seduciendo cada vez más, quizás porque en no pocas ocasiones me ha permitido leerme y verme, y esto ya es en sí un mérito que cabe atribuir a nuestra autora: los poemas en los que un lector no puede verse o sentir que aquello bien pudiera escribirlo él (si supiera cómo) están llamados a desaparecer para el destinatario. Son como los transeúntes de una calle que vemos como bultos, que nada nos dice su presencia y nada, su ausencia.

Sobre lo que quiere escribe nuestra autora y decide lo que le parece mejor sobre lo que debe o puede escribir, esto está claro, ya lo apunté más arriba; y nada de lo que escribe, en el fondo, nos es ajeno. No cuenta nada que no hayamos ya sentido o que no haya estado presente en la vida de cuantos nos han precedido y nos precederán. Reconozcamos que a ningún poeta ni a poetisa alguna, ya sea el más célebre, la más aplaudida, el más leído o la más ignorada, le podemos pedir que nos cuente algo nuevo porque nada nuevo puede contarse en materia de asuntos intrínsecamente humanos. Pero sí, en cambio, podemos reclamarle que nos cuente, desde su perspectiva, su cosmovisión, su proyección particular, lo que ya sabemos, lo que tenemos claro que poseemos. ¿Para qué? Para comprobar si lo compartimos, si nos sentimos identificados en la tristeza de él o la alegría de ella, para percibir si su expresión sería también la nuestra, si nos ha dicho aquello que no sabíamos cómo verbalizar…; en suma, para leernos y, por extensión, para vernos. Y Diana cumple a la perfección con la tarea de emisora que asume con este libro, con este extenso y complejo libro; con este reto creativo que, a mi juicio, era necesario que se testimoniara en un volumen como el que tienes frente a ti, un tomo al que le cabe el honor de ser la ópera prima de quien está llamada a recorrer un fecundo camino literario.[1]

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Lo que sigue ahora para este editor y, sobre todo, lector que te escribe, un humilde servidor, no puede ser otra cosa que compartir contigo aquello que considero más relevante de la pieza poética que nos congrega. Asumo el papel de mediador que me corresponde y acepto que en este rol pueden darse algunas consecuencias que, a la larga, deberían contribuir a engrandecer este Horizonte desde tu perspectiva. ¿Mi deseo? Compartir contigo aquello que me ha llamado la atención de la obra hasta el punto de considerar que es lo más destacado. ¿Mi duda? No saber si acertaré con lo que elija; o sea, si lo escogido también te atrapará como lo ha hecho conmigo. En otras palabras, si mis palabras te servirán para que te leas cuando hayas concluido la lectura de este hermoso libro.

Comencemos este viaje de convicciones por el índice. Pasea por los enunciados. Fíjate en los títulos que conducen a terminología lingüística: sustantivos, pronombres, ella, nosotros, tú, yo… Observa también que hay un poema titulado así: “” (o sea, dos comillas); y no dejes de prestar atención a cómo el tercer poemario de esta obra hace alusión al término “ortografía” en su enunciado. Todo esto me lleva a destacar la relevancia que para la autora debe tener el idioma como instrumento para la comunicación. A poco que ahondes en sus versos (pienso ahora en “Querer”), verás esta constante referencia a términos o juegos expresivos que contribuyen a dar forma en nuestra autora a una concepción metalingüística de la poesía.

En Diana se percibe la solidez de un silogismo como este: si la palabra vertebra la realidad y la realidad vertebra la vida, la palabra vertebra la vida. Este razonamiento se une a una convicción que no he podido dejar de notar en ella: como articules los elementos, articularás el mundo. Uno de los mejores ejemplos puede estar en el ya referido poema “”. ¿Te has parado a considerar cómo dos simples comillas encierran un infinito universo de posibilidades comunicativas? Entre estos signos cabe el todo en forma de cualquier palabra; hasta el mismo silencio, que también es información. Mayor compresión y, a la vez, expansión expresiva, imposible.

En literatura, el idioma lo es todo. En la pintura y la música, conocer los entresijos, las particularidades de la obra artística, sus detalles técnicos, no son relevantes para determinar si nos gusta o no lo que vemos u oímos; en literatura, conocer el idioma y, por extensión, atender a cómo se contorsiona para mostrarse singular, diferente…, poético, sí es importante. En realidad, es más que importante, esencial: en literatura, no dominar el código conlleva no acceder al mensaje.

Lo asimilable en la pintura y la música no es equivalente a lo asimilable en un texto escrito. Cuando destaco esa actitud metalingüística que nuestra autora asume no lo hago para asentar una obviedad (la expuesta: que en literatura el idioma es indispensable), sino para resaltar un rasgo estilístico de nuestra creadora perceptible en los títulos y en los diferentes cuerpos poemáticos que contiene este tomo.

Hay mucha lingüística en su concepción del quehacer poético. De todos los usos, hay uno que abunda y que, para entender el sentido de sus versos, considero fundamental: la casi omnipresencia de pronombres. El pronombre esconde el nombre. El nombre es un signo vinculado con una realidad concreta; el pronombre, en cambio, viene a fijar una realidad probable. Es un signo de posibilidad; y toda posibilidad siempre tiene un trasfondo de sugerencia. Veamos: si me dirijo ahora a un lector concreto, con su nombre y apellidos, nuestra comunicación será directa: yo digo, mi destinatario lee. Pero si me dirijo a ti y te invito a que reflexiones sobre lo que te apunto, esa segunda persona del singular a la que escribo eres , pero mis en realidad son un infinito y desconocido conjunto de ustedes o de vosotras/os. Tantos como individuos accedan a lo escrito.

Todos los pronombres se mueven en una suerte de indefinición. Señalan a cualquiera porque cualquiera ha de ser quien reciba la palabra. Esta suerte de inconcreción puede llegar a trasladarse incluso a los sustantivos que acompañan a los pronombres, como ocurre con el «tú» de “Horizonte lunar”, que arrastra consigo un «lector/a» inespecífico.

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Que el pronombre marque la posibilidad concede a la obra poética en general un sentido que, de una manera u otra, veo reflejado en el título de este conjunto literario: Horizonte. Me gusta. Me parece que atesora una fortaleza conceptual que, repito, encaja con esa posibilidad de referencia que son los pronombres. ¿Qué es sino un horizonte? Aquello que se ve en la lejanía, que se puede señalar, pero que no es medible ni asible, que no se puede alcanzar ni cuantificar. Su infinitud va pareja con toda la extensión que podemos ver. Jamás llegaremos al punto donde está el horizonte, pues camina al mismo paso que nosotros. Es una meta inalcanzable, una realidad que se nos muestra intangible. Así es la realidad de los pronombres cuando deciden esconder la exactitud y claridad de los sustantivos.

Veo el título, lo palpo con el intelecto y un mensaje siento que tintinea en mi conciencia lectora: qué mayor aspiración que la de pedir a alguien que uno sea su totalidad; qué mayor aspiración que la de hallar a alguien, sea cual sea el pronombre, que sea tu totalidad. La totalidad, como búsqueda poética de la realización personal, es la culminación del tránsito que debería darse cuando se va del pronombre al nombre. Un sustantivo como Horizonte arrastra consigo miles de pronombres, tantos como proyecciones hagan cuantos, como , asuman su lectura.

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Otra incursión en la lingüística como fundamento expresivo y, por extensión, estilístico se halla en la dualidad de significados que atesora un significante marcado por un signo de puntuación tan particular para la esencia poética de la obra que nos convoca como son los paréntesis. Las palabras se desdoblan: son lo que son y lo que pueden ser. Así, “no(s)otros” pasa a ser un nosotros y un no otros; “a(des)tiempo” llega a ser a destiempo y a tiempo; o “Volk(arte)”, que consigue ser: por un lado, volk, que significa ‘pueblo’ o ‘gente’ en alemán; por el otro, arte; y, por último, como actitud de entrega, volcarte. Dentro del cuerpo poemático, percibimos este rasgo estilístico en poemas como “Mitología”, donde leemos «abrazar (te)» o “Desesperación”, donde aparece «dañar (nos)».

Aunque razones semánticas presiden este juego de significados, no puedo dejar de sentir que algún vínculo cabe asociar con el campo fonético, con los sonidos, con el código que el aire transporta y que comparte canal con la música. La música, sí, la música, ese regalo de los dioses tan valioso como el mismo fuego, diría a Prometeo, y que, entre vocablos asociados y evocaciones, en este libro está muy presente.

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Por deformación lectora (el grueso de mis lecturas poemáticas se asienta en siglos pretéritos), debo reconocer que incurro de manera inadvertida en el error de leer textos líricos aceptando de manera apriorística que la persona destinataria del amor, del odio, de la experiencia lírica… es una mujer, cuando puede ser un hombre. En “Nacer, vivir, morir”, por ejemplo, ¿quién asume la exposición? ¿Quién habla a quién? ¿Un hombre a una mujer? ¿Viceversa? ¿Dos mujeres? ¿Dos hombres?

Presta atención a la voz expositiva, la voz declarante, la voz que calificaríamos en un relato como “narrativa”. Alguien “cuenta” la experiencia lírica. ¿Quién? Conviene atender a esta cuestión porque en poesía suele asociarse a la autoría del libro esta voz, y así no debe ser. Si pensamos que la voz de este poemario viene presidida por Diana, el universo expansivo de la experiencia lectora, que abarca la interpretación y la connotación, se vería reducido y nos conduciría a conclusiones que, quizás, por un lado, fueran inexactas y, por el otro, sin quizás que valgan, improcedentes, pues la lectura literaria requiere de la asunción de ciertos parámetros de distancia para que no se confunda con una mera relación biográfica. Aunque sepamos que el fondo de la materia literaria esté compuesto por una sensibilidad poética de naturaleza personal, separa quien cuenta de quien escribe.

Insisto: alguien “cuenta” la experiencia lírica; y aunque nos sintamos el centro de atención por ser lectores, lo cierto es que la voz interviene dirigiéndose a unos “personajes”; o sea, unos destinatarios que, de alguna manera, reciben su mensaje. Nosotros, los lectores, insertamos estos agentes comunicativos (voz y destinatarios) dentro del conjunto global que representa el mensaje. Es así como nos convertimos en destinatarios. La autora se erige en esta relación en emisora.[2]

¿Quiénes son estos “personajes”? ¿Cuántos tienen un espacio en las páginas del libro? No hay un patrón definido, un perfil específico, un receptor que sea posible trazar con una cierta homogeneidad. Un viaje a través de estos receptores secundarios (aceptemos que los primarios somos nosotros) nos enfrenta a un poemario, el que nos ocupa, muy variado: múltiples son las voces; múltiples, los oídos que las oyen; y múltiples, esperemos, han de ser los ojos que las lean.

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Esa voz declarante a la que aludo da forma a una poesía de impresiones, de líneas líricas centradas en un instante del que no sabemos cuándo se produjo ni cómo sigue tras la expresión poética. Leo los versos de Horizonte y, en muchas ocasiones, me planteo que son, en sí mismos, composiciones “in media res”; y que, por eso, porque por su brevedad claudican de los principios y los finales de la experiencia poetizada, los suyos son versos que, en el fondo, no resuelven dudas.

Hay momentos en los que siento que su lectura se vuelve análoga al cotidiano acto de asomarnos para ver lo que hay en la calle, echar una mirada rápida a todo cuanto podemos ver, volver al interior y quedarnos con las imágenes dispersas que, sin saber muy bien cómo, se han retenido en nuestra memoria. Más tarde, volvemos a asomarnos para comprobar si todo está tal y como nuestro intelecto lo atrapó la primera vez. En esta analogía, la ventana, el balcón, la barandilla… son las páginas y lo que se queda, que luego nos impele a volver, esas líneas líricas que deben ser leídas prestando una especial atención a cómo la intensidad metafórica transforma el poema en un conjunto de impresiones, de golpes de vista que se ubican en los jardines poéticos que conservamos los lectores.

Esas imágenes que nos quedan, esas impresiones, honda proyección creativa en su conjunto, están impregnadas de un tono oscuro que, como el mar nocturno, se expande y se funde con todo lo que carezca de luz, ya sea el cielo; ya, la tierra. Horizontes es un poemario oscuro, conviene destacarlo: los campos semánticos presentes en los mensajes poéticos (música, gramática, sentimientos…) son oscuros; y las dualidades antitéticas que se sitúan en los extremos de las balanzas emocionales (libertad frente a esclavitud, día frente a noche, olvido frente a recuerdo, vida frente a muerte…) también son oscuras.

Y, sin embargo, qué giro al final para la esperanza, qué diáfano espacio para la supervivencia del corazón lastimado: los versos son oscuros, sí, pero el testimonio en prosa que cierra el libro, titulado “Volk(arte)”, es en cambio muy luminoso. La travesía por el desierto nocturno de lágrimas, desengaños, tristezas y de evocaciones que conducen a la melancolía de los adioses y a la furia de los «hasta nunca», concluye con el amanecer de las amistades en torno a una melodía.

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Concluyo. En este ejercicio que he asumido y que me lleva a compartir contigo aquello que considero digno de ser resaltado tras mi lectura de la obra de Diana, llego al punto donde formalizo la antología que todo lector hace cuando lee poemas. Una antología que surge de las abundantes marcas de lápiz (una equis, un asterisco, un subrayado) y de las no escasas anotaciones; una selección que responde al propósito de salvar a toda costa del posible naufragio de la memoria, que nos lleva a no recordar lo leído tras mucho tiempo, aquellas composiciones que nos reconfortaron. En esta etapa de mi vida,[3] son estas las piezas de mi particular florilegio:

―“Lugares”. Es el único poema que yo recuerde con una localización espacial muy concreta: Las Palmas de Gran Canaria. La ciudad se proyecta en la figura de una mujer con partituras que camina hacia el Conservatorio (San Telmo, Triana…). La música que porta, cual aroma, inunda los lugares por donde transita.

―De “Brisa” me gusta la idea de que el aire (el canal por donde se difunde la música) da vida. El aire de la persona amada, nos viene a decir, da vida. Como el soplo divino que, según el mito, convierte en hombre existente al barro.

―“Tú, yo” es uno de mis favoritos, pues se adentra en el valor de lo que, aparentemente, es insignificante. Una conjunción (una palabra que parece estar en franca desventaja frente a la opulencia connotativa de los sustantivos y los verbos), una simple conjunción, repito, determina la diferencia entre la verdadera unidad y la mera complementariedad.

―En “Mitología”, podemos ver cómo la figura de Atlas, quien carga el firmamento, sirve para establecer una analogía sobre cómo deben ajustarse los pesos en las relaciones: más que sujetar, lo que procede es abrazar.

― “Olvido desbloqueado” y “Cuestión de tiempo” participan de una reflexión profunda sobre la vida y su inevitable transcurrir, sobre lo que hemos sido, somos y dejaremos de ser.

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El último tramo de este viaje de convicciones ya no lo hago de la mano de Diana, sino de Beatriz, la ilustradora ilustre que, de manera exquisita, ha dado forma visual a algunos de los cuarenta y tres poemas que se hallan dentro de siete poemarios encerrados en un tomo. Pasea por las páginas donde la imagen sustituye a la palabra. Ahí también hay poesía.

Todo, absolutamente todo cuanto descansa ahora en tus manos curiosas y que tus ojos contemplan es simple y llanamente poesía; poesía que, contigo, en tus manos, en tus ojos, en tu corazón e intelecto, es para ti. A ti te ha de corresponder ahora, pues, la lectura, el leerte, el verte y el seleccionar aquellas piezas que desees conservar para la posteridad. Aquí, ahora y esto, el principio de un extenso y florido campo.


[1]. Algunas de las composiciones del título que nos convoca, ahora revisadas y ofrecidas en su definitiva versión, vieron la luz en 2017 en una autoedición limitada publicada bajo el título Hasta que fuésemos la luz de la luna.

[2]. Elementos de la comunicación dentro de elementos de la comunicación, como una gran matrioska. En el teatro es donde mejor se percibe esta jerarquía; en la novela, en menor medida. Es en la poesía, en el género lírico, donde suele desatenderse, perdiéndose así en numerosas ocasiones valiosas claves que ayudan a comprender las estrofas.

[3]. Nos descarto ninguna relectura posterior que modifique mi actual elección.