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Un heredero canario de Le Carré, Forsyth y Grisham

La ópera prima de Christopher Rodríguez, El lince, aborda con admirable neutralidad el regreso de ETA como resultado de un auge de los nacionalistas independentistas en España.

Una banda terrorista, en la actualidad no operativa, vuelve a funcionar. Punto. A partir de aquí, el resto es puro entretenimiento sin ataduras de conciencia.

Hay en la novela una mezcla de géneros (literatura y periodismo) y de códigos (textual y visual) al servicio de una pregunta: ¿Cuánto de invención contienen las páginas verosímiles disfrutadas?

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Hay asuntos literarios que, por su alcance y significado en el mundo real de los lectores, conviene manejar con sumo tacto. Un uso equivocado, desajustado, sin discreción… de estos contenidos y, como si se errase en el cable que hay que cortar para evitar una explosión, todo salta por los aires; y la que pudo ser una excelente novela se termina convirtiendo en un objeto que disgusta, haciendo desaparecer así su principal función: entretener y, en cierta medida, favorecer el libre pensamiento. Esta es la precaución que debió asumir Christopher Rodríguez Rodríguez cuando compuso su ópera prima, El lince (Mercurio Editorial, 2020), una novela sostenida argumentalmente a partir de un crimen llevado a cabo por una ETA rediviva. A nadie escapa que hasta hace nada la banda terrorista era una realidad perturbadora en la vida de los españoles: el último atentado en España ocurrió el 30 de julio de 2009; la última vez que mató, el 16 de marzo de 2010. Todo es tan reciente, tan doloroso, tan arisco…

La bibliografía que gira en torno a esta organización no es escasa; a vuelapluma podemos citar: Cien metros (1976) y Los pasos incontables (1995) de Ramón Saizarbitoria, El regreso de El Lobo de Fernando Rueda (1999), el libro de relatos Letargo de Jokin Muñoz (2005), Twist de Harkaitz Cano (2011), El comensal de Gabriela Ybarra (2015), la célebre Patria de Fernando Aramburu (2016), Como si todo hubiera pasado de Iban Zaldua (2018), Una tumba en el aire de Adolfo García Ortega (2019) y un largo etcétera cuya búsqueda podríamos iniciar en publicaciones como “Las víctimas en la literatura: ETA en la novela española” de José Luis Rodríguez Jiménez, artículo publicado en el monográfico “El impacto del terrorismo en Europa occidental” de Cuadernos del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo (octubre, 2017; n.º 4, págs. 74-96), entre otras obras de referencia. En consecuencia, el problema al que debía enfrentarse nuestro autor en su laboratorio no era tanto de novedad en el tema, como de perspectiva: desde la lejanía geográfica que separa Canarias del País Vasco, una distancia que también lo es hasta cierto punto social y cultural, la escritura literaria podía adoptar un cariz conflictivo y traer consigo un debate eminentemente ideológico y moral donde debería predominar uno esencialmente poético.

Vaya panorama más desafiante para alguien que se inicia y que, además, dada su destacada trayectoria en el mundo de la política, tenía que enfrentarse a la posible tentación de trasladar en el documento literario algunas posiciones personales que comprometieran el desarrollo de su ficción. No son infrecuentes las ocasiones en las que un buen texto termina sucumbiendo por culpa del interés del creador por adentrarse en territorios que, a fuerza de divagaciones, le alejan de lo que se supone que debía hacer.

Pero por fortuna ninguna de las contraindicaciones apuntadas se ha dado en esta pieza literaria muy bien documentada y construida sobre una prosa muy sencilla y muy ágil, de fácil lectura y de grata asimilación, sin que ello vaya en desdoro de la calidad del resultado, que es mucha. A estas virtudes había que unir su exquisita neutralidad en un tema, un asunto, un referente, un…. tan perturbador de ánimos como difícil de abordar; un contenido que, dada la cercanía temporal y espacial, es imposible atender con indiferencia, sobre todo por parte de quienes hemos sido testigos de su existencia durante demasiado tiempo. Gracias a esa admirable neutralidad se ha logrado que el lector, sin ataduras de conciencia, pueda preguntarse al finalizar cuánto de invención contienen las páginas verosímiles que ha disfrutado; o, en otras palabras, atento a lo razonable que es cuanto se narra, hasta qué punto cabe aceptar que la veracidad no está presente; o, ya puestos, en qué medida no es posible que pueda darse lo que aquí se articula para dar pie al relato: el regreso de ETA como resultado de un auge de los nacionalistas independentistas en España.

Al lector no se le “manipula” para que pueda sostener una línea de pensamiento favorable o no a lo que expone el autor porque este ha decidido (y creo que con acierto) quedarse al margen. No plantea nada. No busca el debate. No provoca. Solo narra, que no es poco, por cierto. Cuenta hechos, acciones; causas y consecuencias. Sobre el escenario se muestra cuanto necesita el lector para pasar un rato agradable. Si al final decide posicionarse e ir más allá del sentido de estas páginas, bien; si la decisión no pasa de quedarse en los límites del relato, bien también.

Insisto, pues, en destacar esta prudente distancia que asume el narrador ante la exposición de los hechos que se novelan porque aquí se halla la clave para acercarnos a El lince. Estamos ante un pasatiempo en el que se juega muy bien con el periodo histórico que se aborda: una realidad paralela, un desvío de los acontecimientos cuyo punto de inflexión cabe situar en 2011. Bajo estas condiciones, se plantea una ficción realista que, en ocasiones, parece mostrarse como una realidad hecha ficción. Es inevitable tener la sensación de que tan pronto se está leyendo una novela como se está atendiendo a un reportaje periodístico. Esa dualidad genérica se asienta sobre la noble pretensión de no moralizar ni de que se edifique en torno a sus páginas ninguna posición justificativa de las acciones de unos u otros. Una banda terrorista, en la actualidad no operativa, vuelve a funcionar. Punto. A partir de aquí, el resto es puro entretenimiento, aunque la referida banda existiese en su momento y tanto daño hiciese.

Esta equidistancia con la realidad armoniza con el sorprendente equilibrio que hay entre los elementos narrativos que dan cuenta del espacio, el tiempo y/o los personajes: no hay un lugar destacable (Madrid, País Vasco, Venezuela, Somalia…), el tiempo es uniforme en su progresión (algún que otro flashback puntual) y no existe ningún personaje principal. Nadie acapara el centro de atención, lo que exige que su actuación en la trama sea precisa. En las narraciones con protagonistas principales y secundarios bien marcados, la fortaleza de los primeros permite que los segundos tengan una relativa consistencia; pero cuando nadie destaca, todos, de un modo u otro, están llamados a contribuir de manera efectiva y en la parte que le corresponde con el relato.

Las acciones también participan de este orden, promediándose su duración, naturaleza o contribución a la historia. A tanto llega el control por la simetría, que la incursión de un personaje femenino como Valeria, que daría pie para crear una subtrama amorosa en manos de otro novelista (si nos atenemos a su devenir en El lince), también está supeditada a la igualdad de tratamiento. Impera la medición, sujeción, contención…

Conviene que se destaque, además, que todo queda en el punto en que es posible que sirva de germen para otras publicaciones. En este sentido, reconozco que me ha llamado la atención detectar la cantidad de líneas de composición alternativas que se podrían fijar en torno a los personajes (Céspedes, Alejandro, cualquier político o etarra…) o los temas abordados (piratería, gobierno revolucionario, tratamiento de presos…). Este volumen elevado de posibilidades se debe, en buena medida, a la parquedad con la que se han desarrollado dentro de la novela: la obra tiene lo que necesita tener; ofrecer menos es quizás imposible. Personajes y temas son trazados de manera que, al valor de lo que son, de lo que se puede ver efectivamente que son, hay que añadir el de lo que pueden llegar a ser. Es lo que cabría identificar como percepción de la potencialidad.

Para que las expuestas características de la novela alcancen a formar parte de los principios estilísticos de nuestro autor es necesario que estas se proyecten en las deseadas obras posteriores que ha de componer. De momento, aquí funcionan muy bien porque conducen a un producto literario excelente que, de manera indirecta, sin que se haya previsto que así sea, cumple a la perfección con la función de ser una sobresaliente labor sobre la influencia que en su modus scribendi han ejercido sus lecturas de referencia: Le Carré, Forsyth, Grisham… En El lince, los maestros están de alguna manera presentes, lo que no solo es normal que se dé, dada la condición de escritor novel de Christopher Rodríguez, sino muy razonable y necesario que se dé hasta que el estilo propio se forje y solidifique.

De todos los rasgos detectables que comparte El lince con la producción de los citados autores anglosajones, creo que el más destacado es la capacidad de ofrecer un texto que se permite ser exportado a un código audiovisual, incrementando así las posibilidades de acceso a lo relevante dentro del proceso comunicativo: el mensaje. La novela que nos ocupa, como las de sus maestros, resiste bien el cambio; tanto, que no es difícil imaginar cómo se verían las escenas en una pantalla. A la dualidad genérica antes apuntada (literatura y periodismo), se le une la que ahora destaco como virtud añadida a las que ya posee nuestro texto: la plasticidad.

Concluyo afirmando que El lince (como El informe Pelícano, La firma, La casa Rusia, El cuarto protocolo, Legítima defensa, El topo, El sastre de Panamá, Los perros de la guerra, Odessa, El espía que surgió del frío, Tiempo de matar, Chacal y un larguísimo etcétera) atesora las virtudes de un sector literario que, entiendo, debe ser recibido con más apacibles voluntades por parte de los académicos porque, en el fondo, la batalla por las letras, la gran cruzada de la literatura, y más en estos tiempos, se ha de dirimir principalmente entre los textos buenos y los malos. En esta época donde es muy factible el acceso a la multiplicación y difusión de los escritos, el enemigo está representado por aquellas publicaciones que carecen de calidad y que saturan el mercado despistando a los lectores y desanimando a los especialistas. Quizás nos cueste saber qué ha de tener una obra literaria para que podamos determinar que posee calidad, pero sabemos perfectamente cuándo no la tiene. La posición que hemos de adoptar con la ópera prima de Christopher Rodríguez es muy clara: alegrarnos por que haya visto la luz; y, con respecto a su autor, esta es más diáfana aún: felicitarle por haber conseguido que al leer su meritorio trabajo no se eche de menos a ningún Le Carré, Forsyth, Grisham… ¡Con qué felices expectativas quedo a la espera de su siguiente novela!