Muerte igualadora…

A lo largo de siglos, la cultura, el arte y la fe, en sus diferentes manifestaciones, han sostenido la idea de la muerte igualadora de condiciones. Los ríos caudalosos y los secos, los fecundos y los yermos…, todos van siempre a la mar, que es el morir; un morir que, siguiendo la valleinclanesca expresión «dentro de cien años, todos calvos», será inevitable. Si el destino y en lo que nos convertiremos nos igualará, ¿por qué hacer distinciones entre los muertos y sus habitaciones? Lo que la vida hizo desigual, ¿por qué perpetuarlo en esa muerte que reconocemos igualadora?

En consecuencia, rescaten a los caídos de las cunetas y denles las habitaciones que se merecen; y sáquense de los palacios mortuorios (monasterios, iglesias y templos variados) a los que yacen para que compartan su eternidad en similares habitaciones con los que ya son sus iguales. Los que en vida portaron coronas, ahora tienen las mismas osamentas que los vasallos sobre los que reinaron; los que en vida dispusieron de las de otros para cumplir con ellas los dictados de su tiranía, ahora visten los mismos ropajes que sus víctimas. Que se levanten los mármoles y se abran las tierras, y que todos vayan al mismo lugar porque ya todos son iguales.

Ábranse las lápidas de los dictadores y los osarios anónimos, los sarcófagos de los reyes y las tumbas improvisadas llenas de huesos con marcas de balas; y cumplamos los vivos con lo que nos han de hacer cuando lleguemos, como llegaremos, a la desembocadura: situar en las mismas urbanizaciones a los que ya son iguales, los que ya no gozan de distinciones ni pueden aspirar a ellas. Que lo que no logró la justicia de los vivos, que lo consiga la igualdad de los muertos; y lo que fue injusto en vida, que sea, por lo menos, justo en la muerte.