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Para una despedida de Cervantes

Demonios en los nidos de antaño celebrados en el 2016º año[1]

I. Hoy, 22 de abril de 2017, un año después de los principales hechos que se reflejan en este tomo, firmo este prefacio. Hace apenas un mes (el 17 de marzo), mi último hijo cervantófilo se ha presentado: Prontuario a una visión cervantina de la mujer [Mercurio Editorial]. Con él vengo a cerrar una lejana andadura que, a mi juicio, ya no ha de ir a más por la parte que me toca. Es uno de los tantos caminos por los que ya no voy a transitar. Se queda como está y que los cielos me perdonen si más tullido de lo que estaba lo dejo.

Dado que el tiempo apremia y que en el horizonte se vislumbran las divisas de una meta desconocida hasta hace poco, aunque esperada desde hace mucho, no tengo más remedio que ser breve, efímero, fugaz… Sé que me lo agradecerán y sé que me lo agradeceré, pues he de evitar, en la medida de mis posibilidades, todo barroquismo en este escrito que ahora nos convoca para explicar lo que, en una trayectoria rectilínea, se ha de resolver de manera clara, diáfana, cristalina…

Afinada la voluntad, te cuento: las cuatro piezas que conforman Demonios cervantinos[2] representan la penúltima estación de mi camino cervantófilo tal y como ahora mismo asumo que ha sido, es y ha de ser.[3] Tres simbolizan el acta intelectual y emocional de tres acontecimientos que se fijaron en tres instantes del año pasado al hilo de las celebraciones por el 400 aniversario de la muerte de Cervantes en las que participé y que se desarrollaron en tres lugares diferentes.[4]

El texto no sujeto a parámetro alguno de tiempo y espacio, el tercero, «Bases para una cronobra cervantina», debe su ubicación en este tomo a la función que le he atribuido: que sea mi singular ángel anunciador del último tramo de mi camino cervantófilo; de ahí que tenga que verse como un preludio, un adelanto, un andamio o estructura, un boceto… de esa estación final que hoy reconozco que me falta y, tras la cual, mi cervantofilia ha de descansar. Pero voy más lejos todavía: mi deseo es que sea la cronobra el penúltimo escalón; que, cuando llegue a la última de sus páginas, tenga bien claro que ningún otro camino editorial me resta por transitar salvo el que me ha de conducir hasta mi Esto es todo, amigos que ya he empezado a componer. El tiempo apremia, repito…

II. Este libro, pues, lleva como razón de ser el acceso tangible a ese final que, en ocasiones, pienso que he prolongado más de lo que yo mismo habría esperado y deseado. Tras la cura de humildad que supuso hallar en Cervantófila teldesiana (1998) el verdadero rostro de mi soberbia juvenil en forma de tropezones lingüísticos y literarias caídas, he dedicado mis cervánticas prosas a purgar aquellos textos y componer a otros nuevos para que la luz que debía subyacer sobre mi Cervantes, mis ideas, mis conclusiones, no quedase oscurecida. Por eso, a ese autor que obra en mi conciencia y con el que he convivido toda mi vida he dedicado la mayor parte de mis más amadas prosas.

Confieso que no sé si mi propósito me ha llevado a algún sitio ni si ha valido la pena estar cabalgando sobre el esqueleto de mi Rocinante particular durante tanto tiempo. El extenso y yermo paraje que hay frente a mí, que me rodea y que siento a mis espaldas, me conduce a pensar que he sido un voluntarioso pero pésimo jinete, sin ingenio ni capacidad para recorrer el camino que he recreado en mis pensamientos. Cuando las ideas dichosas no pueden casarse con una acertada y luminosa expresión lingüística, todo se vuelve desdicha; lo que me conduce a una duda en estos ratos de incertidumbre que vivo: si es razonable o no que me considere un fracasado en el quehacer escritor y, sobre todo, en el que atañe a mis “cervantadas”, puesto que desafortunados han sido mis textos en tanto que no han gozado del esperable premio que anhela cualquier composición edificada con ladrillos de grafemas: que sea leída.

En esta etapa de mi vida, percibo que lo hecho hasta ahora no es más que un gran monólogo donde la escritura no tenía otro destinatario que no fuese yo mismo. Llegado a este punto, lo acertado sería reconocer que, sin darme cuenta, he cervanteado más para mí que para mi alumnado o mis escuchantes o posibles lectores, a pesar de que he pensado siempre en ellos y que todo el proceso editorial que he llevado a cabo durante estos años se ha realizado teniéndolos presentes en mi voluntad de emisor.

Una verdad apocalíptica se ha adueñado desde hace tiempo de mi ánimo con forma de demonio cervantino: que nadie lee cuanto compongo, que ninguna persona se ha percatado de mis mensajes, que las trampas literarias con las que siembro el terreno de mis escrituras jamás atrapan a incautos o prevenidos porque no hay quien pasee por la sabana de mis textos. Esa es la verdad y es tan incuestionable como mi falta de talento. Por eso he llegado a la conclusión de que no tiene sentido intentarlo muchas más veces: la pobreza que ves es la que tengo; la ausencia de gracia, la que me adorna; la carencia de brillantez, lo que me identifica. Aquí no hay trampa ni cartón. wysiwyg es mi acrónimo. Debo reconocer que, a día de hoy, por un lado, escribo para coetáneos que llegarán a mis textos por error o por azar, cuando sea y donde sea; y, por el otro, que a veces junto palabras y oraciones pensando en que hacia el año 2433, aproximadamente, habrá un victorianosantanasanjurjo que haga lo que en 2003 hice yo con Bernardo González de Bobadilla y su Ninfas y pastores de Henares (1587).

Sé que (ya sean hechos, esbozados o como simientes sin fecundar en sus semilleros) me quedan todavía muchos escritos que reclaman una atención que ya no puedo ni debo darles y que, probablemente, tampoco quiera. Los dejaré donde están, al fondo de cajones sin fondo que, si los de un cementerio fueran, llevarían el cartel de “osario”. Allí han de quedar como hasta ahora, desterrados de mis inquietudes editoriales, hartos de oír la cantinela de que «más tarde los retomaré», Sí, allí los he de dejar, allí, así, hasta que haya para mí una suerte de Juicio Final en forma de Esto es todo, amigos. Cuando eso suceda, desfilarán como las humildes transgresiones que son para redimirme en mi condición de ignorante, aunque pertinaz pecador.

Hubo un tiempo —curioso es lo que quiero contarte— en el que estaba convencido de que ese dejar para después obedecía a una biológica pereza que se apoderaba de mí y que me volvía absolutamente indolente; mas ahora ya no creo que esa sea la causa de que los haya aparcado o de que ya no mire hacia lo que haré o haría porque me entretengo viendo lo que hice, lo que debía haber hecho y, sobre todo, lo que no he realizado. Mi desidia no es el producto de una natural y reconocida vagancia que se me pueda atribuir, sino de una ya indubitable y fácil de atisbar impericia; o sea, una notable incapacidad para hacer, en el ámbito editorial, filológico y creativo algo que supere el calificativo de mediocre o malo.[5] Así, pues, creo que de gandul o vago quizás no se me debería acusar porque la inversión de horas que realizo en la ocupación de leer y escribir con ínfulas académicas son tan elevadas que, salvo cuando duermo o hago los escasos menesteres que se me requieren para la supervivencia, el resto de mis jornadas se entregan en cuerpo y alma al quehacer lingüístico y literario, ora como docente, ora como gestor de asuntos librescos, editoriales y pretendidamente retóricos.

Si algo de sensibilidad tienes, es posible que mi descarnada confesión te haya podido desconcertar y, hasta cierto punto, apenar; si así fuera, gracias por solidarizarte conmigo y perdona la incomodidad ocasionada y la falta de mesura a la hora de exorcizarme, pues no he tenido en cuenta que, visto el asunto con la debida perspectiva, debería desdramatizar un tanto la situación. ¿Por qué? Porque reconozco que he sido feliz durante todo este tiempo creando prosas sobre mi Cervantes, he disfrutado mucho de la escritura y lectura documentadas, y me siento muy orgulloso y honrado de que mi condición de misionero cervántico me haya llevado a recibir el sustento afectuoso y desinteresado de mi editor, Jorge A. Liria Rodríguez, y de mi mujer, Patricia D. Franz Santana. La verdad sea dicha. Sigo…

Una cruzada cervantófila

Miro atrás por última vez. Llego al final, que es principio de todo; el límite donde alcanzan a ver los ojos de la memoria. Recorro de nuevo el camino, desde lo más remoto… Cada estación representa un conjunto de vivencias, asunciones y expectativas que no volverán a repetirse. La distancia me permite concebir cada parada como si fuera una vida que se desarrolló con entrega y pasión, consciente de su efimeridad y de que renacería tras alumbrar una nueva iniciativa. He nacido y muerto tantas veces que ahora que miro atrás, sí, ahora, por última vez, y observo la cantidad de yoes dejados por el camino. De ellos me he de despedir con este recuento de los días de nuestras vidas.

Sometimes I get to feeling I was back in the old days, long ago

1995 / Marzo, 29. Cronología cervantina, 1547-1616. Aunque nunca se publicó, su elaboración fue determinante para la gestación de la teoría de la segunda parte de La Galatea y la de los demonios cervantinos, y para la confección de la cronobra.

When we were kids, when we were young

1995 / Abril, 29; mayo, 13 y 20. Diario de Las Palmas. «Cervantes, hidalgo y español» (versión prensa). Gracias al apoyo ofrecido por Carmelo Arocha, quien coordinaba el suplemento cultural del periódico.

Things seemed so perfect, you know

1995 / Octubre, 25-27. V Encuentro de Jóvenes Hispanistas (ULPGC) [Comunicación]: «Preliminares y razones para el incumplimiento voluntario de una promesa: el caso de la segunda parte de La Galatea».

The days were endless

1996 / Abril, 27; mayo, 4 y 11. Diario de Las Palmas. «Al noble arte de cervantear». Gracias de nuevo a Carmelo Arocha.

We were crazy, we were young

1996 / Julio, 9. «Bosquejo del tesoro cervantino: Cervantesopusomnia» y «Esquela de Cervantes» [Autoedición. Registro de Propiedad Intelectual n.º 2416. Sin publicar].

The sun was always shining

1996 / Octubre, 7. Estudios cervantófilos [Autoedición. Registro de Propiedad Intelectual n.º 2580. Sin publicar]. Contiene los siguientes trabajos: «El Quijote y el siglo XVIII», «El Quijote y La vida es sueño», «El Quijote y La desheredada», «Memoria de las actividades de apoyo para el tema ‘Narrativa de Cervantes’», «Anotaciones al prólogo de la primera parte del Quijote», «Esbozo de una edición de ediciones del Quijote», «Cervantes, hidalgo y español (versión extendida)», «Cervantes, hidalgo y español (versión prensa)», «Cronología cervantina, 1547-1616 (segunda versión)», «Al noble arte de cervantear», «Claves cervantinas», «El Quijote organigramático», «Cervantes: teatro…» y «Desglose de don Quijote de la Mancha».

We just lived for fun

1997 / Febrero, 6. La Provincia. «Galdós: cervantista en La desheredada». Gracias a la invitación cursada por Yolanda Arencibia Santanapara participar en el suplemento.

Sometimes it seems like lately, I just don’t know,

1997 / Abril, 22. En el IES Casas Nuevas de Telde, a eso de las once horas, di claras muestras de por qué no puedo ni debo ocupar mi tiempo en los menesteres propios de la creación literaria, aunque mucho me guste leer y no sea poco lo que disfruto con la composición de textos. En el día de la fiesta del libro, el único que dedica la Humanidad en su calendario a un objeto cotidiano, se me ocurrió compartir con la comunidad educativa del instituto teldense, donde hacía prácticas docentes, estas magníficamente intituladas Ripiosidades cervantofílicas, que se recibieron con apacible amabilidad, aunque fueran merecedoras de todas las iras del panteón grecorromano. Dicen así:

Amigos aquí presentes,                     para mí es un placer

estar ahora con ustedes                    con un trance a resolver:

quiero hablarles del libro                 y mucho hay que revolver

(no son pocos los que afirman         que vivir siempre es leer).

¿Cómo es posible, pregunto,           que unas hojas cosidas

tengan mil tristes historias               de llegadas y partidas,

que las risas del principio                 al final estén perdidas

y las penas iniciales                           en sonrisas convertidas;

y que, en casa calentito,                    viendo en la calle llover,

en un oasis me encuentre                 donde lluvia no he de ver;

y que a salvo de bestias                     y malvados por doquier

en un desierto combata                    contra fieras sin temer?

Muchos hombres escribieron           lo que todos leemos

y otros miles lo harán;                      y nosotros, si queremos.

Otras cosas mata el tiempo,             mas no las letras que vemos.

No hay recuerdo que muera            en los libros que tenemos.

Un griego nos dijo algo,                  algo que todos sabemos;

un romano algo opinó,                    algo que le comprendemos.

¿Dónde están quienes hablaron      aquello que entendemos?

En un libro, en cualquiera               de los que prendemos.

No hay tiempo que separe               al griego del medieval

ni historias que no nos lleguen       hasta el neandertal.

No hay barrera de tiempo                ni tampoco espacial,

¿cuándo sabrán ustedes                    que en un libro no hay final?

Cualquiera de los que escriben,       creando vidas y destinos,

son dioses inmortales                        que no temen desatinos;

lo que hay es lo que quieren,           encajes brutos o finos,

cada historia en cada autor              tiene mil y un caminos.

Y si el que escribe es dios,                ¿qué no será el lector?,

pues hace con lo que lee                  lo que cree que es mejor:

al villano hace héroe                         y al bueno bastante peor;

al muerto resucita                             y al que gana, perdedor.

No rinde cuentas al arte,                  a todo da su color;

es libre e independiente                   y siente según su amor,

que el cariño no se busca                 ni tampoco el dolor;

que de todo lo que leas                    tú serás el otro autor.

Buen discurso el que les doy           y pronto lo he de terminar;

no deseo alargarme,                           ¡no se vayan a largar!,

que lo bueno viene ahora,                cuando acabe de contar

qué fiesta hoy celebramos,                qué vamos a festejar.

Hace unos siglos que murió            quien nos donó

la más preciada criatura                    que un autor inventó:

un loco hidalgo manchego,              eso fue lo que creó;

un cuerdo hombre de mundo,        eso fue lo que quedó.

Miles de escritores hubo                  mucho antes de él nacer

y otros muchos existieron                después de él fenecer;

mas nadie ha podido igualar,           ni por un solo instante,

lo que las Musas parieron                y que llamaron Cervantes.

Tal día como el de hoy                    dicho autor falleció,

pero queda su recuerdo                    y los hijos que dejó:

mil poemas aceptables;                     una Numancia erigió;

los Tratos que en un pasado            algunos «dellos» sufrió.

Galatea es la mayor;                          el Quijote la siguió;

las Novelas continuaron;                   el Parnaso nos llegó;

las Comedias y Entremeses,                 que él no representó,

a nosotros han llegado                      y, con Persiles, terminó.

Estas obras han quedado                  en lo alto de un altar,

donde las letras son templo;            y allí las van a adorar

cuantos aman el ingenio,                 cuantos saben alabar

lo que sale de una pluma                 para quedarse y agradar.

Mis ripios voy rematando,               pues ya llega el final;

mil gracias debo darles,                    público fenomenal.

Resistir mis malos versos                  es cosa de admirar

y el encontrar respuesta                    a: ¿Cómo los han podido soportar?

Adiós, amigos, ya termino               el trance que mencionaba,

espero haber cumplido                     con lo que se esperaba.

Los nervios ya se han pasado,          la angustia está terminada,

me vuelvo a la tierra, al polvo,        a la sombra… a la nada.

The rest of my life’s been just a show

1997 / Mayo, 3. Diario de Las Palmas. «Del argamasillesco académico teldense al ingenioso hidalgo alcalaíno».

Those were the days of our lives

1997 / Abril, 10-12. I Jornadas de Jóvenes Traductores (ULPGC). [Comunicación] «Breve aproximación a las traducciones inglesas del Quijote en el siglo XVII». Dos años más tarde, el texto se publicó en las actas de las jornadas [Servicio de Publicaciones ULPGC. Depósito Legal: GC 687-1998; ISBN: 84-89728-66-6].

The bad things in life were so few

1997. Diciembre. Actas del V Encuentro de Jóvenes Hispanistas. «Preliminares y razones para el incumplimiento voluntario de una promesa: el caso de la segunda parte de La Galatea» [texto revisado para su publicación en el Servicio de Reprografía de la ULPGC. Depósito Legal: GC 1354-1997].

Those days are all gone, now but one thing is true

1998 / Abril, 23. Cervantófila teldesiana. [Ayuntamiento de Telde. Depósito Legal: GC 481-1998; ISBN: 84-89104-12-3]. Contiene los siguientes trabajos: «Cervantes, hidalgo y español (versión prensa revisada)», «Preliminares y razones para el incumplimiento voluntario de una promesa: el caso de la segunda parte de La Galatea», «Al noble arte de cervantear» (revisión), «Galdós: cervantista en La desheredada» (revisión), «Breve aproximación a las traducciones inglesas del Quijote en el siglo XVII» (revisión), «Del argamasillesco académico teldense al ingenioso hidalgo alcalaíno» (revisión), «Breves consideraciones en tomo a la Literatura española en el Bachillerato y la participación del alumnado en la misma: las Encuestas de Actitud Literaria» y «Relaciones intertextuales entre los consejos de Don Quijote a Sancho Panza y de Santiago Quijano-Quijada a su sobrina Isidora Rufete». Muchísimas gracias a Ildefonso Jiménez Cabrerapor el interés y el apoyo mostrados como concejal de cultura del consistorio teldense para que viera la luz la que cabe considerar como mi opera prima.

When I look and I find I still love you

1998 / Abril, 23-26. VIII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas. [Comunicación] «Un poco más sobre la Crónica cervantina». Texto presentado al alimón con Carlos Arconada Carro. Al año siguiente, se publicó el texto en las actas de las jornadas [Ayuntamiento de El Toboso. Depósito Legal: CR-19-1999; ISBN: 84-930374-3-5].[6]

You can’t turn back the clock

1998 / Julio, 1, 8 y 15. Diario de Las Palmas. «Hacia la edición de ediciones: a propósito del Quijote de Francisco Rico».

You can’t turn back the tide

1999 / Febrero, 25. Apuntes galateicos [sin publicar ni registrar]

Ain’t that a shame?

2000 / Marzo. Anotaciones a la segunda parte de La Galatea. [Princeps. Depósito Legal: GC 999-1998; ISBN: 84-923783-7-9]. Surgió esta publicación como parte de una iniciativa editorial que, bajo la denominación de Princeps, me vinculó por entonces con el escritor galdense Frank Estévez Guerra, quien falleció en mayo de 2014 y quien, a día de hoy, sigo considerando un extraordinario poeta canario merecedor de una edición que recopile y estudie toda su magnífica obra.

I’d like to go back one time on a roller coaster ride

2001 / Abril, 23. Cervantes, hidalgo y español. [Ayuntamiento de Telde. Depósito Legal: GC 251-2001; ISBN 84-89104-32-8]. Esta publicación sirvió de base para una conferencia-teatralizada en la Casa de la Cultura de Telde (denominada en la actualidad, a mi juicio de manera muy desacertada, como Teatro Juan Ramón Jiménez), que rebautizamos bajo el título de Pasión y condena de don Miguel de Cervantes. Conté, como en tantas ocasiones, con la feliz y necesaria participación de mi hermano Juan Miguel Ramírez Benítez. El texto dramático y técnico que se utilizó fue el siguiente:

[Salón de Actos de la Casa de la Cultura de Telde completamente iluminado. Telón cerrado. Los asistentes se van sentando; hablan entre sí; se intercambian bromas… siempre ajenos al hecho de que el espectáculo va a comenzar inmediatamente.

Cuando se estime más conveniente, suena la primera pieza musical.[7] Una vez que suene el disparo que recoge la canción, se va disminuyendo la intensidad de la luz de la sala poco a poco hasta que el escenario y el patio de butacas queden oscuros por completo.

Se oyen unos pasos. El telón se va abriendo lentamente. El escenario está oscuro; al fondo, apoyado y vestido de negro, estará Cervantes, con la cabeza agachada… De repente, una luz se proyecta desde el techo hasta el centro del escenario sin iluminar a Cervantes; luego, se oye una voz de ultratumba con eco, replique de voces y sonidos confusos. Ambos mantendrán un diálogo en off].

Dios: ¿Quién dices que eres?

Cerv.: Cervantes… Miguel de Cervantes…

Dios: ¿Qué es lo que dices que vienes a buscar aquí?

Cerv.: Mi salvación…

[Comienza la segunda pieza musical.[8] Cesa el diálogo en off y aumenta la iluminación del escenario. En este espacio, se halla solo Cervantes, quien hablará con Dios, cuya voz será la del citado Juan Miguel Ramírez Benítez].

Cerv.: Salvadme del olvido, del desconocimiento, de la ignorancia… Dadme el premio que los vivos no han sabido o no han querido entregarme; yo, que tanto les he dado y que tan poco de ellos he recibido… Yo, que alegré al triste y di fortuna al adverso, que derribé la máquina mal fundada de los libros de caballería; yo, que fui el primero en novelar en lengua española y corté con mi ingenio el velo con el que salió al mundo Galatea; yo, que siempre me he desvelado por parecer que tengo de poeta la gracia que no quisisteis darme… Yo, mortal, acudo a tu llamada…

Dios: ¿Qué méritos decís que tenéis para que se os deje entrar en la Morada Eterna?

Cerv.: Mi inquebrantable fe sobre todas las cosas… Aunque me llegaron a acusar de ser converso, lo cierto es que la sangre de cristiano viejo corre por mis venas, sin mancha alguna que pueda deshonrarme a mí y a mis descendientes. Mi abuelo fue abogado de la Inquisición y eso, bien sabéis, basta para limpiar cualquier acusación…

Dios: Gran error, no basta. No entrarás…

[A continuación se desgrana en forma de monólogo que pronuncia Cervantes el contenido de Cervantes, hidalgo y español. Las últimas palabras de su intervención se enlazan con estas que siguen]

Cerv.: Señor, por favor, dejadme entrar… Acogedme en vuestra casa…

Dios: No basta, no entrarás…

Cerv.: Por favor…

Dios: No, no entrarás… No entrarás aquí porque, sin pretenderlo o pretendiéndolo, has creado una figura tan humana como al mismo Adán que yo creé. Le has dado vida, un Edén en el que cabalgar y una razón para ser inmortal entre los hombres. Te has revelado contra mi naturaleza y ahora, cuatro siglos más tarde, sigues siendo tan venerado como yo…

Cerv.: Por favor…

Dios: No, no entrarás… Hijo pródigo, mi bien amado, no es en este Cielo donde habrás de reposar para siempre; hazlo en el que has creado. Reina y gobierna sobre tus súbditos de papel y tinta, y eleva a quienes han de seguirte el monumento de tu memoria. Nadie encontrará tus restos, depositados por primera vez en el convento de las Trinitarias, y es mejor que sea así porque de este modo todo el planeta será tu sepultura y tu cuna… Vete, hijo, vete; vete, que éste no es tu lugar…

When life was just a game

2005. CEP de Telde; Sociedad Canaria «Elio Antonio de Nebrija»; Círculo Cultural de Telde [Cursos, ponencias, conferencias y proyecto de mejora]: «El Quijote en Secundaria» y «En el círculo quijotesco».

No use in sitting and thinking on what you did

2005 / Diciembre. Cartas al ‘Quijote’ [Varios autores. Ayuntamiento de Telde. Depósito Legal: GC 867-2005; ISBN: 84-89104-65-4]: «A don Alonso Quijano el Bueno…».

When you can lay back and enjoy it through your kids

2005 / Diciembre. Exposición «Los Quijotes de Pérez Morales» [Catálogo de la exposición bibliográfica. Depósito Legal: GC 866-2005]. Autor de “Notas a una exposición” y comisario de la muestra.

Sometimes it seems like lately, I just don’t know,

2008 / Abril. Cervantesy la búsqueda de la esperada luz tras las tinieblas: la segunda parte de La Galatea [Anroart Ediciones. Depósito Legal: GC 132-2008; ISBN: 978-84-96887-67-1]. Obra compuesta por tres partes: la primera, «Proemio» (versión final de Cervantes, hidalgo y español); la segunda: «Sic transit gloriamundi», «Taedium vitae», «Vulnerant omnes, ultima necat» y «Spero lucem post tenebras» (versión final de Anotaciones a la segunda parte de La Galatea; y, la tercera, «Coda» (versión final de “Carta a don Alonso Quijano…”). Este es el primer título que publiqué con Jorge A. Liria. Desde entonces, no he vuelto a tener otro editor. Mi gratitud por su apoyo y su amistad son infinitas.

Better sit back and go with the flow

2010 / Marzo. Pro Marcelas. Visión cervantina de la mujer [Anroart Ediciones. Depósito Legal: GC 160-2010; ISBN: 978-84-92628-76-6].

‘Cause these are the days of our lives

2013 / Marzo. El Quijote (1605) tuneado [Mercurio Editorial. Depósito Legal: GC 436-2013; ISBN: 978-84-15148-50-0].

They’ve flown in the swiftness of time

2016. El Qvixote sin don Quijote [Mercurio Editorial. Depósito Legal: GC 185-2016; ISBN: 978-84-944745-4-5].

These days are all gone, now but some things remain

2017. Marzo. Prontuario a una visión cervantina de la mujer [Mercurio Editorial. Depósito Legal: GC 101-2017; ISBN: 978-84-946761-0-9].

When I look and I find no change

2017. Abril. Demonios cervantinos. Bases para una cronobra de Cervantes, 1547-1616 [Mercurio Editorial. Depósito Legal: GC 188-2017; ISBN: 978-84-946761-9-2].

Those were the days of our lives, yeah

Por qué leer a Cervantes; por qué leer El Quijote

1º. Cervantes es el autor del Quijote y es, de alguna manera, el Quijote mismo…

¿Por qué leer el Quijote?[9]

RAZÓN 1ª: Porque lleva cuatrocientos años siendo la primera de las obras literarias. Hubo un antes y un después del Quijote. Tras la novela cervantina, la literatura universal no volvió a ser la misma. Todos los autores posteriores han tomado el Quijote como un elemento clave para su formación. No en vano ha sido elegido el mejor libro de la Historia por más de cien escritores pertenecientes a cincuenta y cuatro países.

RAZÓN 2ª: Porque su lengua original es la castellana, la que usamos y une a millones de seres humanos en la Tierra.[10] El español, gracias a los americanos, es el idioma de la literatura universal (sin que deba traducirse la afirmación como un menoscabo al inglés, claro está).

RAZÓN 3ª: Porque Don Quijote y Sancho representan las dos caras de una misma moneda: el mundo como es y, a la vez, como creemos que es. En este sentido, ambos personajes son el reflejo perfecto de la condición humana; de ahí que, hasta el día de hoy, no haya lectores de la novela que no perciban algún tipo de identificación con estos protagonistas ante determinadas situaciones o ideas expresadas.

RAZÓN 4ª: Porque es todo un prototipo de nuestra cultura, la hispánica, la que nos hace sentir muy próximos a la América hispanohablante. Uno de los representantes más indiscutibles de la referida cultura es el Quijote, pues solo en los países con la marca de “hispánicos” es posible entender una figura como la de don Alonso Quijano. El término “hidalgo”, por ejemplo, solo es concebible dentro de nuestro ámbito; los anglosajones, verbigracia, carecen de un significante que pueda asociarse al concepto de hidalguía.

RAZÓN 5ª: Porque es un libro que fomenta valores como la amistad, el amor, la justicia, la lucha por las cosas que uno quiere y en las que uno cree, la igualdad…; y abarca un amplio abanico de sentimientos: es divertido, triste, emocionante; intangible, en ocasiones, y al mismo tiempo de una abrumadora accesibilidad, etc.

RAZÓN 6ª: Porque es un libro del que hablan mal aquellos que lo desconocen y alaban sin límites cuantos lo han leído hasta el final.

RAZÓN 7ª: Porque posee unas cifras editoriales desconcertantes: en 1605, el año de su publicación, casi diez mil ejemplares vieron la luz (una cantidad desorbitada para la época). De esos, tres mil eran ilegales; o sea, piratas. Los números apuntados son extraordinarios y asombrosos, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría de la población era analfabeta.

RAZÓN 8ª: Porque tiene muchos niveles de lectura: desde el superficial (el de la anécdota), que basta para convertir a la novela en un texto entretenido, hasta el más profundo, en el que navegan los especialistas de la obra cuando tratan de analizarla. En medio, hay una extensa gradación que facilita el que todos los que se acerquen con curiosidad a sus páginas se amolden perfectamente a ellas en función de sus conocimientos, sus expectativas, sus intereses, etc.

RAZÓN 9ª: Porque millones de lectores, de distintas épocas, culturas, credos, formación académica e intelectual, inquietudes; y diferentes circunstancias históricas, sociales, económicas… no pueden estar equivocados cuando han contribuido, de una manera u otra, a defender la valía y conveniencia del Quijote.

RAZÓN 10ª: Porque no se escribió con las pretensiones de las obras literarias en las que su autor busca el triunfo y la fama. Al contrario, se compuso en buena medida para Cervantes liberase la cantidad de frustraciones que había cosechado a lo largo de su vida. La novela, que se justificó como un ataque hacia los libros de caballerías, según declara para despistar el alcalaíno, en el fondo no era más que una vía para canalizar todos los malestares y pesares acumulados durante muchos años.

2º. Cervantes nos muestra que las fronteras entre la veracidad y la verosimilitud no son tajantes: cuenta como historia lo que es literatura y hace de la literatura un abrumador ejercicio de historia. Esto le permite que sus registros no se adscriban exclusivamente ni a un campo ni al otro.

3º. En Cervantes importa relativamente lo que se expone, el qué; lo destacado es el cómo, o sea, de qué manera se desarrolla el relato. Esta es una virtud atribuible solo a los clásicos. Lo de menos es el final de una composición, lo relevante es el proceso que conduce al producto. Por eso, Cervantes admite ser leído a partir de cualquier página o capítulo de sus obras. Sus textos en prosa aceptan nuestra incorporación sin que tengamos que pasar por el comienzo; y sin que sea necesario llegar a ningún destino lector.

4º. Cervantes es un artesano de la palabra, sabe hacer un uso del idioma preciso, sin que ello conduzca a valorar su escritura en clave de correcto manejo gramatical y ortográfico siguiendo la actual normativa. Cervantes es un comunicador nato, alguien capaz de transmitir un texto del modo más asequible. De hecho, podríamos leer sin problemas de comprensión cualquier pieza suya, ya sea del siglo XVI o XVII.

5º. En Cervantes se encierra un pequeño gran filósofo. Sus obras están repletas de sentencias y pensamientos que en muchos casos no son citas extraídas de otros autores, sino cosecha propia. Su experiencia vital le permite hacia el final de su vida, cuando se concentra la mayoría de su producción literaria, convertirse en un fiel consejero-docente del lector abordando, por boca de sus personajes, numerosos temas relacionados con cuestiones tan variopintas como las letras, el arte, la milicia, los hijos, el gobierno de las naciones, etc.

6º. Su capacidad para utilizar el idioma con desparpajo; su experiencia vital, repleta de variopintas anécdotas (sobre todo amargas) y su actitud ante la creación literaria hacen de la comicidad, con asiento en la ironía, una marca de estilo que singulariza su escritura.

7º. De la fusión de vida y literatura, aparece un recurso cervantino muy notable: la presencia del autor dentro de lo que se narra; una aparición que entronca con lo señalado en el punto anterior sobre el humor, pues se vertebra a partir de una explícita y sana voluntad para reírse de sí mismo.

8º. Pero no dejemos de lado algo importante: con su ironía, su desparpajo, su espíritu filósofo y didáctico… a cuestas, Cervantes también arrastra demonios e ir a la caza de ellos es un ejercicio de lectura apasionante. Cuando Cervantes aborda un tema concreto, el lector que sabe de su vida es incapaz de no preguntarse por qué: ¿Por qué ha conducido al rebaño de personajes y a los pastores de las tramas hasta el cerro de tal o cual asunto? ¿Qué necesita purgar?

9º. Cervantes es inmensamente humano, brutalmente humano. No se escuda en los artificios literarios para aislarse de los lectores y mostrarles, como si fuera una película, una serie de secuencias con vistas al mayor o menor entretenimiento, sino que proyecta en su escritura lo bueno y lo malo que tiene, lo que le angustia y le alegra, las risas y las penas… Es demasiado cercano y siempre está muy próximo a nuestras pulsiones existenciales.

10º. Aunque lo haya situado al final, lo más importante para responder a por qué leer a un autor o autora (Cervantes en el caso que nos ocupa) se encuentra en una realidad incuestionable: porque es entretenido, porque su lectura nos evade y nos hace disfrutar el tiempo que le hemos dedicado. Y en esto, confesémoslo, Cervantes es insuperable. Millones de lectores, de distintas épocas, culturas, credos, formación académica e intelectual, inquietudes; y diferentes circunstancias históricas, sociales, económicas… no pueden estar equivocados.

En el velatorio de Cervantes[11]

Hoy hace 400 años que un viernes como el que nos abraza, en el actual n.º 2 de la calle Cervantes de Madrid, denominada con anterioridad Francos y cuya entrada principal, antes de que se demoliese el inmueble, daba a León, murió el reconocido con admiración como el Regocijo de las Musas. Hubo quienes lo llamaron el Manco de Lepanto, sin que el apelativo atrajese ningún tipo de carga peyorativa; y no faltaron los que, con evidente interés por zaherir, decían para señalarlo que era «ese, el de las “Cervantas”». Mas poco ha de importarnos ahora el cómo se le identificase; lo que vale para el caso que nos ocupa es que el imperio de su nombre preside la conciencia de cuantos hoy nos hemos levantado y hemos dicho: «Vaya, hace cuatro siglos. Parece que fue ayer».

Si pudiésemos viajar en el tiempo y llegar al 22 de abril de 1616; y situarnos en esa mentada calle León, oscura y maloliente como todas las de la época, veríamos a esta hora que ustedes y yo compartimos [2100] a unos desconocidos en la puerta del edificio. No muchos, es cierto. Al problema habitual de seguridad que había en las ciudades, sobre todo de noche, hay que sumar, en este caso, los pocos amigos o conocidos que debían quedarle al finado. Es posible que algunos sean vecinos suyos. Hablan de lo mismo; de aquello que, sin duda, han estado comentando a lo largo de la semana y que ha tenido el desenlace esperado:

SEÑORA 1. Es que don Miguel ya estaba muy mal.

SEÑORA 2. El lunes 18 le dieron la extremaunción. Oí a su viuda decir que todavía le quedaban algunas fuerzas para dictarle no sé qué de una dedicatoria a un tal Persiles y una carta a un tal Alonso; y… no sé qué más dijo la pobre.

SEÑORA 1. Se ve que él ya sabía que de esta semana no pasaba, que antes del domingo sus días terminaban. Eso me lo contó no sé quién que lo había visto en unos papeles que, al parecer, eran el prólogo de un libro que estaba componiendo y que, fíjate tú, ahora no verá la luz.

SEÑORA 2. Pobre Catalina… Ya ven, con lo joven que es; poquito más de cincuenta años y ya viuda.[12] ¿Qué será de ella?

SEÑOR. Pues que aproveche a vender ese libro que ha quedado sin publicar. Algunos dineros le darán por él, sin duda.

[Se acercan a la puerta del edificio dos trinitarios. Son fácilmente identificables gracias a la gran cruz de la orden que llevan cosida en el pecho, azul en su parte horizontal, roja en la vertical. Saludan con la cabeza baja al grupo y entran]

MUCHACHO. Así vestirán a don Miguel.

SEÑOR. Oiga, joven, ¿sabe quién es ese tal Persiles? ¿Le suena el nombre?

MUCHACHO. No, señor. Yo oí Persiles. No sé quién es. No es vecino del barrio.

SEÑOR. ¿Y ese tal Alonso?

CIDE HAMETE [Apareciendo de repente] Es Alonso Quijano…

[Quien habla es un hombre de raza árabe que ha estado oculto y en silencio durante toda la conversación. La primera señora se sobresalta ante la imponente e instantánea presencia del recién llegado]

CIDE HAMETE. Discúlpeme, señora; no era mi intención asustarla.

SEÑOR. Identifíquese. ¿Quién es usted? ¿Por qué estaba escondido?

CIDE HAMETE. Me llamo Cide Hamete Benengeli. Conocí a don Miguel y por él fui conocido.

SEÑOR. ¿Eres…? Pero tú…

CIDE HAMETE. Sí, señor. No sabía que su última hora ya le había llegado. Vine a traer una carta que me dictó. Me pidió que la transcribiera en un papel de calidad y con caracteres tipográficos para que no se volviera ilegible con el paso del tiempo; y que, una vez hecha y bien protegida por sobres y cubiertas aislantes, se la entregase en mano a un joven.

SEÑORA 1. ¿De qué joven habla? ¿De este muchacho?

[Lo señala]

CIDE HAMETE. Fue claro en esto. Me ordenó que se la diera a un «mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera». Creo que vivía con ellos.

MUCHACHO. Yo no soy, señor.

SEÑOR. ¿Y sabe usted por qué debía entregar esa carta a ese joven y no a doña Catalina o a su hija Isabel?[13]

CIDE HAMETE. Don Miguel quería que, una vez amortajado con el hábito trinitario, el joven se acercase a su féretro cuando el cansancio del velatorio hubiese hecho mella en los presentes y escondiese la carta que traigo en alguna abertura de la mortaja.

Hace dos horas que llegué y vi a mucha gente en la puerta, y descubrí que eran hombres de iglesia. Como no soy cristiano, me oculté bajo este portal con la esperanza de encontrarme con el mozo o con quien me pudiera dar noticia de él. Vi a la hija de don Miguel. Pude preguntarle por el chico y me dijo que lo prendió la justicia por ciertos hurtos en la biblioteca de su padre. Al parecer, se agenció de varios manuscritos.

Quise conocer cuáles, pero no supo responderme. Solo sabía que estaban en una carpeta que llevaba como inscripción “Los restos del naufragio”. Intuyo que entre estos podían estar esas reliquias de las que me habló en alguna ocasión: unas Semanas del jardín, un tal Bernardo y, quizás, la reiterara segunda parte de La Galatea que, por lo que se ve, ha valido más como incumplimiento que la primera como realidad.

No pregunté más. No quería que empezara a sospechar de mi interés por el detenido. Le di mi pésame y me recogí en este apartado buscando una solución al problema que tengo. No sé qué hacer. No puedo estar aquí más tiempo. He de volver a mi casa, es urgente que esté allí; pero no es correcto que me vaya sin entregar la carta. No quiero faltar a mi palabra. Sé que todo esto debía quedar entre don Miguel, el muchacho y yo, pero he de marcharme. Están empezando a leer el Quijote y presto llegarán al capítulo IX. No es en este sitio donde me toca estar.

SEÑORA 2. ¿Y dónde vive, si se puede saber?

CIDE HAMETE. Cerca de aquí, en la calle Atocha.

[Y hace unos gestos sobre cómo llegar hasta su casa. Todos deducen que se refiere al inmueble situado en el actual número 87 de la referida calle madrileña]

SEÑORA 2. ¿No es ahí donde está la imprenta de Juan de la Cuesta?

CIDE HAMETE. Sí, señora. Ahí es. Allí vivo y allí he de estar, sobre todo ahora que don Miguel nos ha dejado. El problema es que no sé qué hacer con esta carta.

SEÑOR. Si nuestro hombre quiso que se guardase donde indicó, así habrá que hacerlo. Démela. Conforme avancen las horas del velatorio y el sueño se apodere de los dolientes, me acercaré al féretro para rezar y veré la manera de cumplir con su última voluntad.

CIDE HAMETE. Si así lo hace, señor, que su Dios se lo premie; y si no, que se lo demande. En sus manos, la dejo; en su bondad, confío; en su generosidad, me amparo. Mi gratitud y la de don Miguel serán perennes.

[Le entrega una funda de badana bien cerrada y se va. En el interior hay dos sobres: el primero es bastante grueso; el segundo, algo más fino, es el que contiene la epístola. El envoltorio, en general, es de notable calidad, lo que resulta lógico para los presentes dada su finalidad. Sabemos todo esto porque el señor, una vez que se ha ido Cide Hamete, no ha dudado en abrir cuanto estaba cerrado ni en desplegar el papel doblado de la carta hasta que fuera posible ver los caracteres de imprenta utilizados]

SEÑORA 2. No está bien lo que hace, señor. No es respetuoso.

SEÑOR. Más irrespetuoso sería que lo último que ha dictado el padre de don Quijote sea leído en el futuro por quienes profanen su tumba sin llegar a saber, como quizás nosotros podríamos, el valor de este testimonio.

SEÑORA 1. Señor, ciérrela y haga lo que le prometió al señor Berenjena.

MUCHACHO. ¿Qué dice la carta?

[Las dos mujeres, viendo la determinación del señor y el muchacho por conocer el contenido de la intemporal misiva, abandonan el grupo y, después de persignarse varias veces, entran en el edificio donde muerto yace quien tanta vida nos dio con su escritura. Mientras, los varones se aproximan a un lugar más luminoso]

SEÑOR. Va dirigida a don Alonso Quijano el Bueno.

MUCHACHO. ¿Alonso Quijano? ¿De qué me suena? ¿Pero no es…?

SEÑOR. Sí. Ese es el verdadero nombre de don Quijote.

[El muchacho mira extrañado al hombre. Algo no le cuadra. Sabe que don Quijote es un personaje literario. «¿Por qué don Miguel le escribe una carta al protagonista de su novela más conocida y celebrada?»]

MUCHACHO. ¿Qué dice, señor?

SEÑOR. Veamos:

«Carta a don Alonso Quijano el Bueno, hidalgo de solar de cuyo nombre no quiero acordarme, baja estofa, febril lectura, aciagos hechos, hijo putativo del remitente, amo sin clara ama, tío sin clara sobrina…».

Dos palabras, no más, para contarle lo que de buena gana le hubiese dicho en dos años, o doscientos, si tantos pudiésemos vivir; pero escasas fuerzas me quedan ya en el crepúsculo de este día, empleado en la salvación de lo que me resta de mi alma y en la despedida a don Pedro Fernández de Castro, de quien fui un muy aficionado criado.

Enterado estoy de su fama y no sabe usted bien hasta qué punto por ello me alegro; tanto, que pudiera ser que mi silencio hiciese más en pro de ella que mis palabras. Pero en estas horas de recogimiento y resignaciones, no es el verbo mudo el que ha de aliviar los desencuentros del ánimo, sino la confesión desnuda y descarnada que antes del alba ya debo mostrarle, pues no están mis ojos para ver muchos más amaneceres. Hace días que profeso bajo el manto de la Orden Tercera de San Francisco; mi sudario se guarda en la única cómoda de mi hogar, ya está planchado; los amigos se van despidiendo y todos aguardan a que la última mate porque ya no quedan de las que hieren.

He podido callar, mas no hubiese sido justo. Ya nada tengo que perder porque, dentro de nada, lo perderé todo. He callado mucho y, no poco, he sufrido; y he llegado a la dársena de mi vida sin equipajes que portar ni moneda con la que pagar el viaje. Solo queda mi verdad y no está esta para pudrirse en los mentideros que, con mi fin, acabarán transformando en regocijo lo que nació de mis disgustos.

Será usted el fruto más bello de las Musas, pero yo soy el árbol. El uno, sin el otro, no puede ser; y el otro, el de las raíces, no necesita al de las primaveras y los estíos. Sepa, pues, que usted no es usted, sino yo. A mi imagen y semejanza lo modelé, sus rutas fueron las que yo quise que fueran; sus ungüentos, mis deseos de dejarle con vida; su fin, el mío.

Enloqueció porque lejos de la cordura me hallaba; y vio gigantes donde molinos como yo, que veía y sentía cómo, con las aspas, me golpeaba una y otra vez el imperio, tan cruel como enorme y deforme. Caminó por los sitios que recorrí y no combatieron sus famélicos brazos en América, donde hubiese encontrado auténticas aventuras, porque no quise; del mismo modo que otros no quisieron que allí estuviese yo.

Pude hacerle valiente ante los bandoleros catalanes; hacer que muriera despeñado, golpeado en una de sus tantas caídas, malherido en cualquier refriega pastoril. Pude darle otra familia que no fuese la mía: su ama, mi esposa o mi hermana; su sobrina, mi hija, fruto de los malos amores, las promesas incumplidas y las preocupantes liberalidades.

Sus éxitos, Sr. Quijano, fueron los míos: escasos, insatisfactorios, sin reinos que ganar ni tronos que regir. Sus fracasos también fueron los míos; y de todos, el más grande: en Barcelona, frente al Mediterráneo, frente a las costas que me vieron partir aquel lejano 69 del pasado siglo y contemplaron mi regreso en el 80; las que ningún Moisés se atrevió a abrir hace nueve años para que, con paso cansino, recuperase, bajo el manto del conde de Lemos, los recuerdos napolitanos que ya se me agrietaban en los baúles de la memoria.

No me guarde rencor. No salió de mi espejo para triunfar ante el mundo, sino para que purgase los demonios que me corroían las entrañas. No esperaba de usted, Sr. Quijano, otra cosa que no fuera acorde a la razón de su nacimiento. No vino para salvar al mundo, sino para salvarme a mí. Y le maté porque con su fin llegaba el mío y no era bueno que el remedio curase a otro enfermo que no fuese yo. Usted fue mi placebo y mi terapia, yo su paciente y su verdugo.

Y con esto, que Dios le dé salud y que de mí no se olvide. Madrid, a diecinueve de abril de mil seiscientos dieciséis.

MUCHACHO. Hace tres días…

[El rostro del señor muestra un rictus de amargura. Brillan sus ojos. Reina el frío y el silencio en la escena]

MUCHACHO. Señor, ¿se encuentra bien?

[El hombre lo mira fijamente. Pone su mano en el hombro del muchacho y le entrega la carta]

SEÑOR. Toma. Cumple tú con el último deseo de don Miguel. Yo no puedo. En algún momento dije algo de lo que ahora me arrepiento. Justo es que rectifique y diga aquello tal y como debe ser dicho: «Ninguno hay tan bueno como Cervantes ni tan necio que no alabe a don Quijote».

Hoy hace cuatrocientos años de esta conversación que, a estas horas, con todas las probabilidades que da la literatura, mantenían los posibles personajes cerca de la puerta del edificio donde estaba la casa, donde estaba la habitación, donde estaba el féretro que contenía el cuerpo de quien hoy homenajeamos bajo una tan emocionante como escalofriante consigna: que jamás volveremos a estar juntos en un acto similar. Dentro de unas horas concluirá este 22 de abril y cederemos el testigo de este acontecimiento a la generación que haga lo propio en 2116, cuando tal día como hoy la humanidad se apreste a celebrar el medio milenio de la muerte de Cervantes.

El Qvixote sin don Quijote[14]

I. Hablemos del escritor antes que del autor del Quijote. Siendo ambos la misma persona, cuando nos acercamos a su más célebre novela nuestro ánimo nos conduce hacia los dos protagonistas, sus andanzas, sus conversaciones, su cosmovisión; dejando así de lado el maravilloso mundo que constituyen las dos partes de esta joya.

Reconozcamos que la luz que desprenden don Quijote y Sancho Panza es tan cegadora como envolvente; y que se hace muy difícil, en unos casos, y muy antipático, en otros, abandonar la zona de confort que ofrecen al lector, quien se ve atraído irremediablemente por estos personajes hasta el punto de hallar en ellos la calidez y el bienestar que justifican el que les prestemos todas nuestras atenciones, olvidándonos así de aquellos que no dudamos en reconocer como figurantes. Pero, ¿y si pedimos a don Quijote y Sancho Panza, con el respeto que nos merecen, que se hagan a un lado para que podamos ver a los otros transeúntes textuales que caminan junto a ellos en las dos partes de la célebre novela que protagonizan?

El Qvixote sin don Quijote es una defensa de la condición de escritor absoluto de Cervantes tomando como grato rehén su obra más conocida. Aunque sigamos enamorados de don Quijote y Sancho, y sucumbamos en ocasiones al pastoreo de los textos en los que no aparecen estos célebres personajes, el escritor es la suma de su producción completa; y esta, a su vez, el conjunto de sus pasos como hombre en la Tierra que, para su desgracia y nuestra fortuna, se acompañaron de esos demonios que condicionaron toda su existencia.[15]

II ¿Por qué una edición paleográfica? Repito lo ya dicho: la luz de don Quijote y Sancho es tan intensa que nos impide ver el brillo de otros pasajes de la novela cervantina. No creo que esta circunstancia sea una primicia o que se haya dado, por dar una cifra, de un siglo o dos para acá, sino que siempre ha sido así; o sea, que desde que se leyera en privado la prínceps del primer Quijote, en Valladolid, en diciembre de 1604, las peripecias del hidalgo y el labrador se han adueñado de la voluntad afectiva de quienes han llegado a ellas a través de la escucha o la lectura, y han comprobado cómo el resto de los personajes y sus historias particulares se eclipsaban por culpa de la majestuosidad de los protagonista.

Por eso, creo que conviene volver al pasado, al punto de partida, y ofrecer al lector del siglo XXI el mismo texto que, de manera pública, en enero de 1605 y noviembre de 1615, leyeron o escucharon los madrileños. Quiero que viajemos al principio y que lo hagamos bajo las coordenadas propias de una lectura con aroma de la época. Me imagino el Quijote como una gran trenza donde el grosor de un ramal (el de los protagonistas) acapara toda la atención de quien la ve. Te propongo que deshagamos el entretejido y, por una vez, y sin que sirva de precedente, lo volvamos a componer dando el mismo volumen a las tiras que lo conforman.

De ahí mi interés por preservar, en la medida de lo posible, los contenidos y aspectos de la obra que nuestros colegas lectores del siglo XVII conocieron fascinados. Volvemos al principio, sí, pero en esta ocasión con un objetivo bien claro: si entonces fueron los pasos de la entrañable pareja los que encandilaron, vamos a intentar que ahora lo hagan los relatos, cuentos, episodios… intercalados. En definitiva, que hoy sean ellos los descubiertos, conquistados y colonizados por mis coetáneos.

Con este formato no te propongo volver al primer texto, sino a la primera lectura; aquella que, sin atender a los errores, las erratas, la mala tipografía… que presentaban los ejemplares impresos por Juan de la Cuesta mostró algo nuevo, diferente, digno de ser conservado y difundido. Ese algo es lo que deseo transmitirte en esta experiencia lectora que ha de contribuir, con tu acceso a las “novedades” ensombrecidas por don Quijote y Sancho Panza, a valorar más si cabe el quehacer de Cervantes.

III. A don Antonio Cabrera Perera. Se publica El Qvixote sin don Quijote junto con el último libro del maestro: Mosaico quijotesco. Han visto a la vez y bajo el mismo sello editorial. Después de un cuarto de siglo de feliz cabalgada en la filología, trabajando codo a codo en muchas iniciativas y labrando una relación afectiva de la que me siento profundamente orgulloso, deseaba disponer de una ocasión especial para que presentásemos en un evento compartido nuestros últimos títulos, hermanados por una singular efeméride y una naturaleza común. No en vano, los lomos son muy parecidos, para que no quepa duda alguna de que juntos han de estar en las baldas de cualquier biblioteca. Para que uno llame al otro cuando estén separados.

Además, por la parte que me toca, me apetecía que viese la luz un libro que atendiese a un detalle presente en las obras sujetas a un mecenazgo protector: indicar en la portada o cubierta el nombre de la persona a la que se le dedica el volumen. De esta manera, no es necesario abrir el tomo para descubrir el destinatario de la gratitud. Así, pues, desde hoy, dondequiera que se halle este Qvixote sin don Quijote y sea cual sea el catálogo en el que aparezca y se muestre, se sabrá por la cubierta que es a mi maestro, el profesor Cabrera Perera, a quien dedico este título.

Como es posible que el duende de la curiosidad por conocer mis palabras, llenas de gratitud y afecto, ejerza su noble labor inquietándoles el ánimo, aprovecho a concluir mi exposición dándoles cuenta de los cervantinos términos en los que compuse la pieza, que sigue a la hoja de créditos y precede a la tabla de contenidos. Dice así:

Yo quisiera, maestro, que aceptase este Quixote sin don Quijote con el mismo afecto y benevolencia que siempre ha mostrado hacia mis empapelados hijos; los cuales, bien lo sabe Vd., son como son porque tienen el padre que tienen. Con pena reconozco. Por eso acudo a Vd., maestro; porque sé que su ilustre magisterio y su admirada devoción por las artes librescas sabrán ver y apreciar en este humilde neonato aquellas bondades que cabe suponer que atesora, aunque escasas y difíciles de hallar sean, como nos enseñó el mismo Plinio el Viejo, Nullum esse librum tam malum, ut non in aliqua parte prodesset, &.

Quisiera además, maestro, que, con el tomo en sus manos, recuerde los muchos frentes en los que juntos hemos estado durante no pocos años: Vd. como Capitán General; un servidor como soldado, el más feliz de todos, sin duda, pues, entre otros, bajo sus órdenes he participado en las más altas ocasiones cervantistas que la Universidad palmense ha visto: las 12 horas con el Quijote; aunque para mí guardo como galardón más preciado por su significado las Ninfas y pastores de Henares, que terminaron por concederme el título de, si no el mejor discípulo suyo, pues muchos y muy brillantes ha tenido, sí, al menos, el que más le admira de todos y quien más gratitud y aprecio hacia Vd. siente.

Si «el empezar las cosas es tenerlas medio acabadas», según dice don Quijote en el 41 de la segunda, ando en estos momentos casi terminando la concepción de nuevos descendientes que, si no logro que le causen el regocijo suficiente, no valdrán un ardite el esfuerzo ni el tiempo que les dedique en su gestación: la continuación del Quixote tuneado, algunas medievaliadas y un Lazarillo matrioska que le ha de sorprender; y el siempre esperado Cervantes opera omnia, que no ha de dejar indiferentes a cuantos cervantófilos se acerquen a sus páginas.

Mas no sé, maestro, si llegaré a verlos como me gustaría, pues, aunque pululan en mi entendimiento, no veo la manera de darles aquello que les mueva a salir de la perezosa cárcel donde están; quizás porque más cercano que lejos veo el final de esta aventura editorial que me ha tenido muy entretenido durante no pocos años gracias al amparo de nuestro común amigo, Jorge A. Liria, a quien tantos agradecimientos debo, como Vd. bien sabe. Y ya que de reconocimientos se habla, muchos, un universo de ellos… he de entregar a Patricia Franz Santana, quien, como no desconoce, me alumbra con su hermosura, paciencia y comprensión.

En las manos de la fortuna queda el devenir de mi prole y, con él, el de su más leal discípulo, quien, si por ella fuera favorecido, presto correrá nuevamente a sus pies para que sus vástagos reciban de Vd. las necesarias bendiciones sin las cuales no deberían andar por el mundo, pues no lo harían como es menester que se haga.

Y con esto, maestro, por todo, muchísimas gracias; que Dios le dé salud y que de mí, de una vez por todas, no se olvide. Firmado en Vecindario (Santa Lucía de Tirajana), 9 de enero de 2016.


[1]. Prefacio a mi Demonios cervantinos. Bases para una cronobra de Cervantes, 1547-1616 que publiqué en Mercurio Editorial en 2017. El año anterior hice lo propio con El Qvixote sin don Quijote, una recopilación de relatos aparecidos en las dos partes de la célebre novela cervantina en la que no intervienen ni el protagonista ni su particular alter ego, Sancho Panza. En lo personal, un Quijote sin don Quijote simboliza la esencia de una despedida, pues quitar a la novela su personaje es como quitar a mis andanzas filológicas la novela.

[2]. Contenidos de la obra: I. «El Qvixote sin don Quijote desde la perspectiva de los demonios cervantinos» [págs. 27-149]; II. «Una coordenada cervantina: 22 abril viernes 1616-2016» [págs. 151-178]; III. «Bases para una cronobra cervantina» [págs. 179-302]; IV. «A modo de epílogo. Dos autores familiares: Shakespeare y Cervantes» [págs. 303-318].

[3]. Véase a continuación de esta exposición el texto que sigue, intitulado «Una cruzada cervantófila». Es un extracto que aparece como segunda nota final del artículo «El Qvixote sin don Quijote desde la perspectiva de los demonios cervantinos» [págs. 73-80].

[4]. Tres, tríada, triángulo… pirámide… sepulcro.

[5]. Por eso creo que ya debo dejar de lado el esconderme detrás de Plinio el Viejo y su manoseado «No hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena». Ya va siendo hora de que Gayo Plinio Segundo deje de ser el flotador que sirva para relativizar mis naufragios.

[6]. Lamentable y penosa la versión publicada en este volumen del artículo. Por una «desconocida razón» (dejemos que las comillas oculten el hiriente malestar que me nubla), se dio por bueno un texto que se utilizó solo para la exposición oral (con sus tachaduras, sus incorrecciones, sus razonables “ya se verá”, etc.), a pesar de que un servidor repitió varias veces que el escrito que me obligaban a entregar (quizás como prueba de compromiso para hacerles llegar la versión buena) no debía ver la luz. Se suponía que alguien debía ponerme al corriente de los plazos que la organización había fijado para la edición del libro, que alguien debía haber revisado el tomo y haber comprobado que “algo” no iba bien en ese escrito, que alguien debería haberse dado cuenta de la eventualidad de lo entregado en mano y haberse puesto en contacto para decir algo así como: «Manda ya el texto bueno; si no, lo excluimos del tomo»; vamos, lo que cualquier editor diría. Mas tras el coloquio, se hizo el silencio… Y no, amigos míos, no es que me moleste que este deplorable artículo esté pavoneándose entre otros magníficos que merecen toda clase de respeto y consideración; no me molesta, no, me jode abiertamente…

[7]. Varios artistas: William Shakespeare’s Romeo + Juliet (Music From The Motion Picture). Capitol Records, 1997. 2º disco. Pistas, por este orden: 22 («Death Scene») y 2 («0’Verona»). Responsables de las piezas musicales: Craig Armstrong, Marius de Vries y Nellee Hooper.

[8]. «Forever» de Brian May, pista 12 que aparece como “Extra Magical Ingredients” en el disco de Queen A Kind of Magic (EMI, 1986).

[9]. La última versión de este decálogo aparece en El Quijote (1605) tuneado que publiqué en Mercurio Editorial (2013).

[10]. «En 2021, casi 493 millones de personas tienen el español como lengua materna» y «El grupo de usuarios potenciales de español en el mundo (cifra que aglutina al Grupo de Dominio Nativo, el Grupo de Competencia Limitada y el Grupo de Aprendices de Lengua Extranjera) supera los 591 millones (el 7,5 % de la población mundial)», extractos obtenidos de “El español: una lengua viva. Informe 2021” del Instituto Cervantes.

[11]. Exposición realizada en el Club La Provincia de Las Palmas de Gran Canaria, a las 2000 h del viernes 22 de abril de 2016, con motivo de la presentación de El Qvixote sin don Quijote y publicadas al año siguiente en mi Demonios cervantinos.

[12]. «Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta…» (Quijote, 1605, cap. 1).

[13]. «y una sobrina que no llegaba a los veinte…» (Quijote, 1605, cap. 1).

[14]. A continuación, reproduzco tres notas vinculadas con el libro homónimo que se publicó en Mercurio Editorial en abril de 2016 y que están vinculadas con la exposición en el Club La Provincia de Las Palmas de Gran Canaria ya apuntada en una nota anterior.

[15]. Sobre ellos hablo extensamente en mi ya referido libro Demonios cervantinos (Mercurio Editorial, 2017).