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La intermitencias de un suspenso

Hay un mito hispano que, bajo la denominación de «huelga a la japonesa», apunta a una forma alternativa que tienen los trabajadores para protestar contra quienes gestionan sus empresas: aumentar la producción, lo que traería consigo que se abaratase el precio del producto, dado que costaría colocar tanta cantidad en el mercado; y que aumentasen los costes de almacenamiento. Si poco beneficio se obtiene y mucho gasto se genera, más pronto que tarde se entraría en pérdidas. Esto es lo que cuenta el mito, la leyenda, la invención que, justo es decirlo, ha calado en el imaginario popular.

Yo formo parte de este colectivo que creyó como una verdad universal los postulados de la «huelga a la japonesa» y llegué, años ha, a pensar sobre sus virtudes y defectos, sobre sus posibilidades e imposibilidades. «¿Más vuelos, más transporte público, para dañar a las compañías no podría llegar a ser caótico, cuando no peligroso?», me pregunté en su momento. «¿Imprimir más y más libros de los que ya se imprimen y que difícil colocación tienen ya de por sí en el mercado?», uf, no sé…

Incluso se me ocurrió pensar en cómo podría llegar a ser una suerte de arma destructiva hacia los mandamases o “mandamales” llevar lo que representa este tipo de “huelga”, aunque sea ficticia, al sistema educativo: aprobar a todo el alumnado, así, sin más, porque sí… Que no haya ni un solo suspendido como ni un fallecido hubo cuando, en Las intermitencias de la muerte de Saramago, la parca se tomó un periodo libre; y que alguien, en algún lugar, cuente el suceso parafraseando la hermosa novela:

«Al trimestre siguiente no suspendió nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas escolares, causó en los espíritus una perturbación enorme, efecto a todas luces justificado, basta recordar que no existe noticia en los cuarenta volúmenes de la historia académica, ni siquiera un caso para muestra, de que alguna vez haya ocurrido un fenómeno semejante, que pasara un trimestre completo, con todos sus pródigos días lectivos, contados entre horarios diurnos y nocturnos, matutinos y vespertinos, sin que se produjera un suspenso por absentismo, una secuencia de pruebas no superadas, una despreocupación por entregar trabajos, nada de nada, como la palabra nada».