Epílogo a unos tramos (IES José Zerpa, 2026)

A lo largo de mi trayectoria como animador literario, me he encontrado en no pocas ocasiones con jóvenes que mostraban unas admirables cualidades escritoras y que, ante mi «escriban, escriban, escriban», que les lanzaba como sugerencia tan cariñosa como insistente, solían levantar los hombros, bajar la mirada y decirme en un tono no exento de cierta resignación: «Sí, ya, escribir… ¿Pero sobre qué?». Mi respuesta a esta pregunta, que aún sigo ofreciendo, era y es un contundente: «¡Sobre ustedes, por supuesto! Siempre sobre ustedes. Ustedes, ustedes… ¡ustedes!, que son tan interesantes como cualquier otro ser humano, ya sea real, ya sea un producto de ficción».

¿Que si quieren una prueba de la verdad que encierra esta contestación? Se la ofrezco sin problema alguno: las trece autobiografías que se muestran en este libro. Todas, interesantes, muy interesantes… Las trece personas que las firman (o sea, ustedes) son, en sí mismas, con sus particularidades, con sus idiosincrasias, con sus singulares cosmovisiones, trece personas interesantes, fascinantes, como lo podrán confirmar los pocos, muy pocos, que tendrán acceso a esta exclusiva publicación.

Las trece síntesis vitales que contiene este volumen se sitúan plácidamente en las páginas de este preciado objeto a la espera de que, cuando dentro de muchas décadas las abran, puedan viajar al pasado. No solo a este 2026 en el que ha visto la luz la obra, sino a esos periodos existenciales que han recreado en cada una de las incursiones que han recogido en cada uno de los enunciados elaborados: “Nuevos en el mundo (0-6 años)”, “La primera estación (6-12 años)”, “Eso que fue la ESO (12-16 años)” y “Del presente al futuro”.[1]

Quienes firman las piezas (o sea, ustedes) descubrirán, cuando tengan setenta, ochenta o noventa años, que dar un salto al pasado es posible. Únicamente es necesario disponer de unas hojas escritas e impresas como estas y, sobre todo, un motivo para regresar, para volver la mirada. En este caso —acuérdense de esto que ahora les digo—, esa razón no será otra que rescatar el cariño que han reflejado en cada uno de los referidos apartados que han compuesto. El cariño y la gratitud. Las páginas de este libro están llenas, repito, de un cariño y gratitud que serán inmortales, pues así será como las entreguen a sus descendientes para que sigan conservando su mensaje. ¿Entienden por qué los que amamos la literatura la amamos tanto? Porque es una forma de eternizarnos con los que ya son eternos.

Me siento profundamente honrado por haber tenido la oportunidad de conocerles, tratarles, aprender de ustedes y enriquecerme gracias a sus interesantes vidas. Honrado y feliz, así me siento; feliz y afortunado. Muchísimo. Créanme. Y conmovido por sentir que, de un modo u otro, de la mano del recuerdo que emanará de sus futuras relecturas cuando tengan setenta, ochenta, noventa años, lograrán que un servidor —que en palabras gongorinas será humo, polvo, sombra, nada…— resucite. Recuérdenme entonces, cuando me vean de nuevo a su lado, como todos los lunes de 12.10 a 13.05, sentado en la mesa del profesor de la D02, mirándoles detenidamente y sacando reiteradamente una y otra vez de mi cartera, para su préstamo eventual, aquel papelito forrado, tan solicitado, porque les concedía unos minutos de libertad fuera del aula…

Confío en que este libro les ayude a consolidar la convicción de que nadie es mejor que nadie porque todas las personas, a su manera, son interesantes; y que en el tiempo ha de prevalecer siempre la voz “gracias” —acompañada de sus hermanas en la convivencia, “por favor” y “perdón”—; y que la fortuna, aunque a veces no lo parezca, nos ha iluminado al permitirnos estar donde estamos y hallarnos donde ahora mismo nos encontramos, en las hojas de este humilde tomo.

Muchas gracias por la oportunidad de conocerles, tratarles, aprender de ustedes y enriquecerme gracias a sus interesantes vidas, leídas y conocidas a través de nuestras conversadas. Incluyo en esta gratitud —justo es hacerlo, indispensable, ineludible— a cuantos, por las razones que sean, no sintieron la necesidad de embarcarse con nosotros en esta hermosa iniciativa. Por favor, anoten en algún lugar de esta obra sus nombres. Acuérdense también de ellos, como yo de ellos no me olvidaré. Como me ocurre con ustedes, me siento honrado, feliz y afortunado de haberlos conocido. Aunque no estén en este tramo compuesto por trece estaciones, aunque no estén, repito, están y estarán siempre.

Casi todo en mi vida tiene su particular banda sonora. En este caso, no me fue difícil dar con ella. Solo tenía que pedirle a un compañero espiritual —que me acompaña e inspira desde hace muchos, muchísimos años— que viniera conmigo a disfrutar de esta experiencia. Diez joyas dispersó en las páginas de este volumen. Al preguntarle por qué esa cantidad, fue claro en su respuesta: «A ver, tú, profe, ¿con qué nota calificarías estos Tramos?». Sonreí. «Touché», respondí. Y concluí: «Con un diez, con un inmenso, enorme, inconmensurable diez calificaría esta bijou…».


[1] La iniciativa editorial lleva por título Tramos. Autobiografías escolares y se explica en este enlace.