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El Quijote (1605) tuneado – capítulo 10/10

El Quijote (1605) tuneado

ISBN: 978-84-15148-50-0


10·1. La última batalla…

A punto de acabar la comida y de que la marcha fuese reanudada, oyeron una voces que provenían de un camino cercano a donde estaban. Cesó la charla y afinaron todos sus oídos para identificar aquella letanía que sentían cada vez más próxima. Por eso del oficio, supo el cura que se trataba de una procesión, la cual, te lo digo yo porque lo sé bien, iba hacia una ermita próxima al lugar donde estaban. Llevaban los peregrinos unos extraños trajes y unos cirios encendidos, a pesar de que todavía había luz natural; algunos se flagelaban y otros los secundaban con manifestaciones similares de fervor religioso; y unos pocos, los más fuertes, quizás, portaban una gran pieza de imaginería en la que se representaba a una virgen, similar a «La Dolorosa» de Luján Pérez, envuelta en una enorme tela de seda negra.

La escena encendió la imaginación de don Quijote: la monotonía de las plegarias, el sonido de los latigazos que se daban los disciplinantes, el ruido de los pasos arrastrándose por los caminos de tierra y la visión del dolor en la talla, que asimiló como el de una principal señora que llevaban por la fuerza aquellos diablos, desbordaron el juicio de nuestro buen caballero e hicieron que se olvidase de lo que había jurado, para tranquilidad de su alma, sin haber puesto a Dios por testigo.

En menos de lo que tardó el cura en llevarse algo a la boca, masticarlo y tragárselo, se levantó don Quijote de donde estaba; se acercó a Rocinante, lo montó y, cogiendo su lanza, que apoyada en un árbol estaba, se giró hacia los asombrados comensales.

Quijote: Ahora verán, valerosa compañía, qué importante es que haya en el mundo caballeros andantes como yo; verán, cuando libere a aquella buena señora, cómo hemos de ser estimados los de mi gremio.

Y diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no tenía, y a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta verdadera historia que jamás diese Rocinante, se fue a encontrar con los peregrinos.

Sancho: ¿Adónde va, señor? ¿Qué demonios lleva en el pecho, que le incitan a ir contra nuestra fe católica? Pero, ¿no ve que aquella es una devota procesión y que su buena señora es la imagen benditísima de la Virgen sin mancilla? Mire, señor, lo que hace. ¡Deténgase, por favor!

Las peticiones de alto de Sancho fueron seguidas por las del cura, el barbero y el carretero; y por el atroz sonido de los ronquidos del acompañante, quien, entendiendo que aquello no iba con él, se volvió a su lugar original, bajo un árbol, y retomó el sueño alterado por el yantar.

Don Quijote, con la voluntad puesta en ir contra los apresadores y liberar a la señora enlutada, nada oía; y si algo le hubiese llegado de las peticiones, a ninguna hubiese atendido, aunque fuese el mismo rey quien las formulase.

Llegó al camino donde transcurría la procesión y detuvo a Rocinante delante en la cabecera, donde pudiesen todos verle y oírle bien.

Quijote: (con turbada y ronca voz) Atiendan todos y escuchen lo que quiero decirles.

Los primeros que se detuvieron fueron los que llevaban la imagen. Uno de los cuatro clérigos que cantaban las letanías, viendo la extraña catadura de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa que notó y descubrió en quien los paraba, respondió:

Clérigo: Hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque se van estos hermanos abriendo las carnes y no podemos detenernos, ni es razón que lo hagamos, si lo que tiene que decirnos no es tan breve que en dos palabas se diga.

Quijote: En una lo diré, y es esta: dejen libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante dan claras muestras de que la llevan contra su voluntad y de que algún desaguisado más que evidente le han hecho. Yo, que nací en el mundo para deshacer semejantes agravios, no consentiré que un solo paso más se dé sin darle la libertad que se merece y reclama.

Todos los que oyeron estas razones llegaron a la conclusión de que frente a ellos estaba un loco y, sin poder evitarlo, se echaron a reír del esperpento, lo que fue como poner fuego a la pólvora, pues la cólera de don Quijote se prendió y, sin decir palabra, arremetió contra la multitud apuntando con la lanza. El trote desigual de Rocinante, la precaución del caballero por que en el ataque que iba a realizar no saliese dañada la dolorida víctima y la habilidad de un peregrino en el manejo del cirio como arma de combate terminaron por tumbar a don Quijote en el suelo, quien quedó mal parado con la caída. Dos «ciriazos» más de postre lo remataron.

Sancho Panza, que llegaba jadeando, pidió a su moledor que lo dejase, que su amo -tendido y semiinconsciente- no era más que un pobre caballero encantado que no había hecho mal alguno a nadie en todos los días de su vida; luego, creyendo que estaba su amo muerto, lo abrazó con ternura y le brindó el más apenado llanto del mundo. Tan triste era la escena, que no pocos de los presentes se añusgaron si no dieron rienda suelta a las lágrimas.

En esto, llegaron el cura, el barbero y el carretero de bueyes. Como iban disfrazados, los peregrinos pensaban que eran de la misma cofradía mental que don Quijote y se aprestaron a proteger su talla, pero el cura, para que el caído y, sobre todo, Sancho Panza no lo entendiesen, habló en latín con la esperanza de que algún clérigo de los presentes supiese lo que estaba diciendo.

Cura: Dimittite. Insanum virum est. Ego sacerdos sum. Mecum seorsum loqui.

Lo que vino a decirle fue, más o menos, esto: «Perdónenle. Está loco. Soy sacerdote. Hablen conmigo aparte». El clérigo que estaba más cerca se acercó a nuestro cura, lo cogió suavemente del brazo y se retiró con él a un lugar más apartado. Allí le contó Pedro Pérez de qué pie cojeaba don Quijote, cómo habían ido a parar a aquel sitio y qué destino llevaban. El clérigo llamó por gestos a los otros y, asegurándoles que no había peligro, les pidió que transmitiesen esta nueva a los peregrinos con la mayor discreción posible, para que estuviesen tranquilos.

Mientras tanto, un buen número de estos se había ido concentrando alrededor de don Quijote, que no daba muchas muestras de recuperar el sentido, y de Sancho, quien, con lágrimas en los ojos, seguía llorando la pérdida de su amo.

Sancho P.: ¡Oh, flor de la caballería, que con un cirio has acabado la carrera de tus bien gastados años! ¡Oh, digna honra de tu linaje; honor y gloria de toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará lleno de malhechores, sin temor de ser castigados por sus malas fechorías! ¡Oh, humilde con los soberbios y arrogante con los humildes! (todos se miran extrañados con este trueque de ideas). ¡Oh, acometedor de peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines; en fin, caballero andante, que es todo lo que decir se puede! ¡Oh…! (mirando a su amo) ¡Oh…! (volviéndole a mirar) ¿Hum…? (acerca su oído a la boca de su amo y escucha; luego, grita) ¡¡Vive!!

Un regocijo generalizado inundó el ambiente de sonrisas de alivio y de agradecimientos a Dios por el milagro de la resurrección. Con las voces y gemidos de Sancho, don Quijote revivió; con el intenso murmullo de todos los presentes, cogió fuerzas para decir:

Quijote: El que de usted vive ausente, divina Dulcinea, a mayores miserias que estas está sujeto. Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro encantado porque ya no estoy para oprimir la silla de Rocinante. Me pesa el cuerpo y el ánimo. Si no es hora de morir, lo es de volver…

Sancho P.: Sí, señor; eso haré yo de muy buena gana. Volvamos a la aldea en compañía de estos señores, que desean su bien, y planifiquemos allí otra salida que nos sea de más provecho y fama.

Quijote: (con voz apagada) Hágase todo como dices.

Pusieron Sancho Panza y el barbero a don Quijote dentro de la jaula. Pidió el escudero que no cerrasen la jaula, pues ya no había riesgo de que hiciese su amo de las suyas. Así lo hizo el barbero.

Mientras, la procesión volvió a ordenarse y a proseguir su camino; se despidió el cura del clérigo con el que había hablado dándole las gracias por su comprensión; y el boyero y su acompañante prepararon todo para reanudar el viaje hacia la aldea. Faltaban unas seis horas, aproximadamente, para que el undécimo día terminase.

Antes de que el «arre» del boyero comenzase a poner fin a la segunda salida de don Quijote, Sancho Panza, que estaba al lado de su amo, dijo a los que emprendían con él este viaje final:

Sancho P.: Ya pueden quitarse los disfraces. Si desean que mi amo vuelva a ser quien era antes de ser caballero andante, como les he oído decir, vuelvan ustedes a ser quienes son. Poco importa ahora que él les reconozca o que se confirme lo que siempre he sabido, pues llevar a mi señor a su lugar para que sane y piense en lo que es mejor para él y para el mundo es lo que debe ocuparnos y preocuparnos.

Entendieron todos que Sancho tenía razón y empezaron a quitarse los disfraces. Enseguida volvieron a ser los de antes.

Sancho P.: Aunque sepa que la ínsula prometida por mi amo ahora no es posible conseguirla porque ustedes han estorbado su intención, creo que, por lo menos, es justo darles las gracias porque, en el fondo, creo que lo que han hecho es lo único que debían hacer. Si las aventuras de mi amo hubiesen seguido, ¿qué nuevos desaguisados no hubiese hecho el adaptador de esta edición en la que vivimos? Así, pues, lo mejor será que concluya esta como sea y, si Dios quiere, que no siga a este simulacro de edición otro.

10·2. De nuevo en la aldea…

En los Anales de la Mancha nada se cuenta de cómo transcurrieron las seis horas de viaje hasta la medianoche. Se dice que tardaron seis días en llegar a la aldea y que entraron un domingo a media mañana; pero en esta adaptación las cosas no sucedieron así: como había señalado el boyero y aclarado su acompañante, antes de la medianoche entraron en el pueblo y se dirigieron hacia la casa de don Quijote. El mozo de campo y plaza que vivía con él, y que en ese momento había terminado de atender a los animales, fue el primero en ver a la comitiva y quien, asegurándose de que en la jaula iba su señor, entró en la casa para avisar a la sobrina y al ama de que ya llegaba quien habían estado esperando desde hacía poco menos de dos semanas. Cosa de lástima fue oír los gritos que las dos buenas señoras proferían, las bofetadas que se daban y las maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballerías. Todo lo cual se renovó cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas.

10·3. Con la mujer de Sancho Panza…

El mismo que avisó a la sobrina de la llegada de su tío fue quien, por orden de esta, salió en busca de la mujer de Sancho Panza, quien, avisada de la llegada de su marido, acudió a su encuentro. Tras verle, lo primero que le preguntó fue que si venía bueno el asno; a lo que Sancho respondió que venía mejor que su amo.

Mujer: Gracias sean dadas a Dios. Y ahora, dime: ¿qué provecho has sacado de tu escudería? ¿Qué saboyana me traes? ¿Qué zapato conseguiste para tus hijos?

Sancho P.: No traigo nada de eso, mujer mía, aunque traigo otras cosas de más consideración.

Mujer: Pues de eso me alegro. Venga, muéstrame esas cosas de consideración, amigo mío, que las quiero ver para que se me alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado durante todos estos siglos en los que has estado ausente.

Sancho P.: En casa te las mostraré, mujer. De momento, estate contenta porque, si Dios quiere que salga otra vez en busca de aventuras, me verás pronto convertido en conde o en gobernador de una ínsula, y no de cualquiera de las que hay por ahí, no, sino de la mejor que pueda hallarse.

Mujer: Así lo quiera el cielo; pero, dime: ¿qué es una ínsula, que no lo sé?

Sancho P.: Desde luego, no es la miel para la boca del asno. Todo a su tiempo. Ya verás cómo te admirarás de oírte llamar Señoría por todos tus vasallos.

Mujer: (molesta) Pero, ¿qué dices, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos?

Sancho P.: No te inquietes ahora por saber de todo esto tan deprisa; basta con aceptar que te digo la verdad y ahora cose la boca. Solo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa más gustosa en el mundo que ser un honrado escudero de un caballero andante buscador de aventuras. Bien es verdad que la mayoría de las que se encuentran no sale como uno querría, porque noventa y nueve de cien suelen salir torcidas, y esto lo sé por experiencia, pues de algunas he salido manteado y de otras molido; pero, con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas a toda discreción, sin pagar maravedí alguno.

10·4. En casa de don Quijote…

Todas estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y su mujer; mientras, en casa de su amo, el ama y la sobrina recibían a don Quijote, lo desnudaron y tendieron en su antiguo lecho.

El cura encargó a la sobrina que atendiese en todo momento a su tío, y que estuviesen alerta para que no se les escapase otra vez; luego, cuando don Quijote ya dormía profundamente, les contó cuanto habían pasado el barbero y él para devolverlo a su casa. Aquí alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; ahí se renovaron las maldiciones de los libros de caballerías; allí pidieron al cielo que confundiese, en el centro del abismo, a los autores de tantas mentiras y disparates. Finalmente, quedaron confusas y temerosas de que, cuando su amo y señor mejorase, volverían a verse sin él, como así ocurrirá y se contará en la segunda parte, donde se ha de dar respuesta a dudas tan esenciales como preocupantes, a saber: ¿llegará Sancho a ser gobernador?; ¿podrá don Quijote ver a Dulcinea del Toboso?; o, por no hacer más prolija esta relación de sombras acuciantes, ¿veremos a nuestro caballero vencer y convencer con las armas? La luz a estos interrogantes tendrá a bien salir en breve si esta humilde adaptación es recibida por ti con apacibles voluntades y sin la hostilidad que los personajes han mostrado hacia el adaptador de esta edición. Amén.

Contracubierta Quijote tuneado