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En el contexto de Soltadas Uno

¿Por qué sin ser la primera vez que hago un libro similar tengo la sensación de que Soltadas [de literatura y…] es distinto a los anteriores? ¿Será quizás porque concedo a la voz “soltadas” la entidad suficiente como para que aparezca en el título y, en consecuencia, en los catálogos bibliográficos que consideren admisible el registro de esta cosecha de palabras e ideas? ¿Será porque, a diferencia de sus homólogos, anacoretas e individualistas, a esta publicación, como vanguardia de otras semejantes que han de secundarle, la llevo a ese entrañable vecindario que representa la Colección Mercurio, donde habitan algunos muy allegados residentes? ¿Será porque me estoy arrimando al medio siglo de vida y, sin la esperanza de recorrer tanto como lo andado, percibo que he de poner en orden algunas ideas, determinadas sensaciones, no pocos ejercicios textuales y, sobre todo, un buen número de agradecimientos? ¿Será porque está gestándose en mi voluntad crepuscular la búsqueda de aquello que me represente y con lo que me etiqueten gracias a que contiene tanto con lo que me siento identificado? ¿Será porque tengo la sensación de que he de reunir los textos que han de sobrevivirme, como quien se empeña en agrupar a todos los suyos viviendo en el mismo edificio para consolidar los vínculos, porque desperdigados es más probable que sucumban en los infinitamente inextricables abismos por donde circulan las escrituras y se construyen las megaurbes de la bibliografía? ¿Será porque contemplo el proyecto, su magnitud y su propósito, y una imagen toma cuerpo: la de esa única bala que se ha quedado en la recámara y que representa la oportunidad de un solo disparo? ¿Será por todo lo enumerado a la vez o, en realidad, por nada de lo apuntado? No lo sé. Asumo la diferencia, no la cuestiono, no la sitúo en el espacio de las posibilidades. No. Es real. Percibo el producto como algo distinto a lo hecho. ¿Mejor? No, ningún hijo es mejor o debería ser mejor que su hermano.

Las veinticinco piezas que contiene este volumen representan otros tantos instantes de lectura y escritura en mi vida; dos decenas y media de situaciones en las que la palabra y el pensamiento se unieron para dar forma a mensajes que, como casi todos los que compongo bajo directrices retóricas y trato de difundir de la mejor manera, aspira a trascenderme; a llegar a esos límites humanos, espaciales y temporales que en vida jamás alcanzaré. Por eso, porque en este momento convierto lo que contemplas en una suerte de cápsula del tiempo, la función recopilatoria no se ha circunscrito solo a la recogida y disposición de la materia ya existente siguiendo los tradicionales criterios de orden cronológico o según la naturaleza del asunto abordado, sino que se ha desarrollado atendiendo a una serie de normas internas elaboradas con el fin de consolidar un proyecto que, al abarcar más tomos, se prolongará en el tiempo y, en consecuencia, influirá en los futuros textos que se vayan a componer. Soltadas supone la asunción de un nuevo rumbo editorial a partir de unas reglas de escritura que, de algún modo, considero novedosas, aunque sigan presentes las marcas de estilo de siempre, esa suerte de idiolecto de la elocuencia que alegra a los afines y avisa a los contrarios.

En la tabla de contenidos de este primer paso podrás ver esa explícita voluntad señalada por que haya una continuidad de la iniciativa; una prolongación donde sea posible disponer de una considerable cantidad de textos que, a mi juicio, por su relevancia, deberían formar parte de ese mundo conocido que todo autor tiene y que lo identifica como creador en el más amplio sentido de la palabra; un conjunto de testimonios del que solo cabe esperar que atesore algo constructivo, algo que sume, algo que, con independencia de si se está de acuerdo o no con lo que se declare, debe conservarse por ser el resultado de una actividad libre y sin prejuicios realizada a partir del conocimiento teórico y práctico, y de la experiencia vital e intelectual que poseo sobre los asuntos que abordo.

El indicado propósito ha traído consigo una revisión a fondo de los escritos que recoge el presente volumen con el interés de que cada uno represente la última versión del mensaje, la definitiva, la que supere a todas las anteriores y la que no mueva deseo alguno por mi parte para que sea mejorada. Esto implica la asunción de algunas licencias que, por tener como destino textos propios, considero de aplicación más que pertinente dada la finalidad que tiene este proyecto editorial: alterar títulos, actualizar datos y referencias, modificar contenidos, cambiar expresiones y construcciones sintácticas que, sin llegar al error, creo ahora que no son las adecuadas; detalles variados atribuibles a un tipo atolondrado y alguno que otro que encaja en la impericia, etc. En suma, retoques necesarios que buscan hacer habitable para siempre la lectura. Una determinación así, tan sujeta a esa voluntad de final que se pretende trasladar, tiene mucho de despedida, de cierre, de hasta siempre, de ahí te quedas con lo que eres y lo que he podido darte, anda hijo, válete por ti mismo, criado te he.

Las veinticinco experiencias vitales que se reproducen en las páginas de este llamémoslo testamento libresco se han forjado a través de las lecturas y sus particulares recreaciones: la escritura académica y ensayística, la argumentación y la experimentación literaria. Cada una ofrece desde el momento de su inserción en esta antología (en el fondo, eso es esto) los marchamos que la reconocen como representante imperecedera de mi pensamiento, mi cosmovisión, mi estética, mis impulsos divulgativos, mi condición humanista, mi actitud vital, mi aptitud retórica… Son todas, en última instancia, una radiografía que permite ver mis articulaciones intelectuales. En mi nombre, hablan. En ellas deposito ese prurito de inmortalidad, ese afán de perpetuidad que justificó de algún modo el que 3500 años A.C. surgiera la escritura.

Si tomamos en consideración lo que encarnan estas piezas tras lo expuesto, será inevitable pensar en lo autobiográfico como una marca peculiar de las propuestas lectoras que contiene este volumen, lo que no es descabellado a tenor del fuerte componente egocéntrico que atesoran las ideas que me apetece compartir. Este es un rasgo de estilo que tengo muy consolidado. Escribo desde un yo agente y testigo, impregno mis observaciones, análisis, reflexiones… de un sello muy personal porque he asumido de un modo muy profundo mi responsabilidad sobre todo los contenidos que expongo y los juicios que defiendo. Mi omnipresente ego no aspira a que se divinice mi figura, como hacían los emperadores romanos mandando a edificar estatuas; al contrario, es más un impulso relativizador el que me empuja, mueve y me guía. Es mi perspectiva, mi exégesis de los fenómenos que dan pie a la escritura. Los libros reseñados, las ideas compartidas, las opiniones declaradas… todo está matizado y sujeto a mi particular visión de los asuntos que abordo.

De entre los muchos defectos que se me pueden atribuir, no es el dogmatismo uno de los que merezca ser contabilizado en mi haber. ¿Una prueba? La cantidad de “quizás”, “creo”, “posiblemente”, “a mi juicio”, etc., que voy desperdigando a diestro y siniestro. Esto no quiere decir que no esté convencido de mis afirmaciones ni que deje de conceder a cuanto diga el sello de la certidumbre. Las mías, en este sentido, no son verdades absolutas porque no se muestran para que no haya duda alguna sobre ellas; sí son, en cambio, mis absolutas verdades, pues representan todo aquello que considero ajustado a mi percepción de los estímulos recibidos, cuanto defiendo y, en consecuencia, valoro como apto para ser difundido con el único interés de mostrar una visión concreta de un acontecimiento puntual: un libro, una etapa histórica, un episodio biográfico, una reflexión sobre un hecho… Considero fundamental recalcar esto para que se pueda visualizar mi actitud ante las lecturas y los temas tratados, y el empuje intelectual y emocional con el que todo se ha asimilado, elaborado y expuesto.

Este carácter tan personalista que vas a detectar en lo que leas está presente en la heterogeneidad de contenidos que desarrollo y que, vistos con la debida perspectiva, son en el fondo un reflejo de mi manera de obrar por la vida. Yo soy así. Aunque anhelo la virtud de la polivalencia y la polimatía, y me entrego con curiosidad y cariño a los asuntos que me ocupan y preocupan, no paso de ser un tipo que va de flor en flor y que logra que el refrán «aprendiz de todo, maestro de nada» le encaje con más precisión de lo deseado. En este libro hablo básicamente de literatura porque ese ha sido y es el principal ámbito de desarrollo de mi faceta compositora, de ahí que acompañe al Soltadas del título un ilustrativo «[de literatura]»; pero también me ocupo de asuntos políticos, históricos, educativos, etc., que, en el citado enunciado, quedan supuestos con la conjunción copulativa y los puntos suspensivos: «[y…]».

No quisiera concluir este contexto sin compartir contigo algunas apreciaciones sobre mis incursiones literarias en este tomo, fundamentalmente las relativas a las reseñas; y no tanto porque predominen, que también, como ya lo he dejado señalado, sino porque responden a una manera de abordar los textos analizados que me parece oportuna exponer, pues lleva implícita una serie de asunciones sobre la labor del crítico como lector, como escritor y como divulgador que son el resultado de una dilatada experiencia al frente de este tipo de quehaceres que aún sigo desempeñando. Son pautas del oficio aderezadas con principios éticos y fundamentos morales que tengo muy interiorizadas y que forman parte, como el componente egocéntrico, de lo que es mi estilo. Aunque siempre han estado presentes en mis escrituras, en Soltadas les doy una entidad, un lugar visible y destacado dentro de lo que represento como autor.

Mis informes sobre los títulos leídos se guían por el principio del placer y del convite. Todos surgen como resultado de una lectura placentera que, en ocasiones, sin saber muy bien cómo, ha acabado proyectándose en un escrito que adquiere la consistencia de una crónica del disfrute y una cartografía por aquellos elementos que han permitido que la obra se sitúe en los anaqueles mentales donde conservamos los libros que nos resultan significativos. Hay veces en que la relevancia de una composición desde nuestro punto de vista, cuanto nos sujeta a ella, no coincide con lo que algún avezado especialista ha señalado como digno de tenerse en consideración; es más, casi siempre suele suceder que de este señalamiento no nos damos cuenta los lectores del montón, como yo. En ocasiones, aquello que destacamos se ciñe a cuestiones tan personales que, vistas con la debida perspectiva, convierten el ejercicio escritor en una exposición que, si fuera un documento administrativo, estaría al mismo nivel que una declaración jurada.

Como carezco de competencias para ser reconocido como especialista, asumo con gusto el rol de “usuario lector” que se alegra de compartir aquello que le ha hecho disfrutar. Este es el principio básico que rige en mis reseñas y que me concede ciertas licencias que me agradan más de lo que te puedas imaginar; por ejemplo: hablar de lo que quiero y como quiero. Como no se espera de mí nada que esté relacionado con el dictado de sentencias sobre el mayor o menor valor de una obra, las reglas que asumo se amoldan a mis consideraciones. Una de ellas es igualar el tono de mis piezas, mi posición frente a los títulos de otros escritores, con el que utilizo en mi vida privada. Como no me gustan los enfrentamientos, prescindo de convertir mis composiciones en armas arrojadizas. Huyo de esos conflictos y enredos que tanto han caracterizado a los gremios de artistas y creadores en general. No me interesan. Ni los recojo en mis textos ni participo en ámbitos donde tengan cabida. Llevo muchos años alejado de prácticamente todos los actos relacionados con obras ajenas y, como prueba de la coherencia deseada, de los que deberían ser eventos editoriales centrados en mis propios títulos.

Lo único que me hace feliz es leer; y si fuera viable, escribir acerca de lo leído y, ya puestos, sobre cualquier otro asunto; y editar libros, recibir los originales y trabajar con ellos con el cariño y la devoción de siempre para que puedan salir a la luz de la mejor forma posible. A estos placeres dedico todas mis horas de vigilia que no entrego a mis quehaceres docentes y domésticos. Por eso procuro con mis reseñas que los autores y los editores que las conozcan digan algo así como: «vaya, me alegro mucho de que le haya gustado mi libro a este lector», o «qué bien que alguien tenga para el título palabras tan elogiosas», o «qué observación sobre la obra tan curiosa (o interesante o magnífica o…) ha hecho ese tal Victoriano»…, no sé, algo por el estilo.

Como no pierdo el tiempo leyendo lo que me desagrada, no lo malgasto escribiendo acerca de aquello que, inevitablemente, quedaría reducido a una escueta ristra de defectos porque mínimo sería mi apego al que solo podría calificar de infame texto. De momento, aunque cobrara por ello, no invertiría mis energías ni mis horas (escasas y efímeras) en componer críticas negativas de libros. Hay quienes son capaces de hacerlo y, si fuera necesario, entrar en cualquier refriega dialéctica. En esto, conmigo, prevalece una suerte de pusilanimidad que, confieso, reconozco y proclamo como virtud y premio antes que defecto y desdoro.

Considero que la brevedad de mi existencia me obliga a no perder mi tiempo en decirle a mis desconocidos lectores (los poquitos que pudiera haber) qué no deben leer o qué merece no sé qué de repulsas y pocos afectos o desdenes, o qué sé yo. Esto, por un lado; por el otro, pregunto: ¿quién soy yo para menoscabar el valor de un libro? Una obra me puede parecer mala, pero no tengo autoridad moral ni ética para ensañarme contra ella tratando de sostener que ha sido un desacierto su publicación y/o difusión (el fin de toda crítica libresca feroz). Cambiemos la actitud: ocupémonos de lo bueno; esforcémonos en atender aquello que nos merece la pena y cedamos al lector la última palabra, el veredicto sobre si hemos estado atinados o no a la hora de enjuiciar un título. Creo sinceramente que es lo correcto. Impidamos que se adueñe de nosotros la soberbia, entendida como predisposición para formular juicios negativos; aceptemos el ninguneo como postura para manifestar nuestra desaprobación y para expresar una evidente inclinación por no prestar atención alguna a lo que consideramos que no debe tenerla; y dejemos que lleguen la paz y la comprensión al ánimo de los que firman títulos permitiéndoles que se hagan a la idea de que no se habla de sus libros porque carecen de tiempo quienes podrían hacerlo y no porque sus obras no han gustado.