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En el velatorio de Cervantes

 Viaje emocional a una efeméride cervantina: viernes 22 de abril, 1616-2016

Hoy hace 400 años que un viernes como el que nos abraza, en el actual n.º 2 de la calle Cervantes de Madrid, denominada con anterioridad calle Francos y cuya entrada principal, antes de que se demoliese el inmueble, daba a la calle León, murió quien fue reconocido con admiración como el Regocijo de las Musas. Hubo quienes lo llamaron el Manco de Lepanto, sin que el apelativo atrajese ningún tipo de carga peyorativa; y no faltaron quienes, con evidente interés por zaherir, lo señalaron como «ese, el de las “Cervantas”». Mas poco debe importarnos para nuestra historia el cómo se le identificase; lo que vale para el caso que nos ocupa es que el imperio de su nombre preside la conciencia de todos los que hoy nos hemos levantado y hemos dicho: «Vaya, hace cuatro siglos; cómo pasa el tiempo».

Si pudiésemos viajar al pasado, llegar a un día como el que nos envuelve de 1616 y situarnos en esa calle León citada, oscura y maloliente como todas las de la época, veríamos a esta hora [21.00] a unos desconocidos en la puerta del edificio; no muchos, es cierto. Al problema habitual de seguridad que había en las ciudades había que sumar, en este caso, los pocos amigos o conocidos que debían quedarle al finado. Es posible que algunos sean vecinos suyos. Todos hablan de lo mismo, de aquello que, sin duda, han estado comentando a lo largo de la semana y que ya se ha cumplido como esperaban:

SEÑORA 1. Es que don Miguel ya estaba muy mal.

MUCHACHO. El lunes 18 le dieron la extremaunción. Su viuda dijo que todavía le quedaban algunas fuerzas para dictarle no sé qué de una dedicatoria a un tal Persiles y una carta a un tal Alonso y no sé qué más.

SEÑORA 2. Al parecer, ya él sabía que de esta semana no pasaba, que antes del domingo sus días terminarían. Eso me lo contó no sé quién que lo había visto en unos papeles que, al parecer, eran el prólogo de un libro que estaba componiendo y que, fíjate tú, ahora no verá la luz.

SEÑORA 1. Pobre Catalina… Ya ven, con lo joven que es; poquito más de cincuenta años y ya viuda. ¿Qué será de ella?

SEÑOR. Pues que aproveche a vender ese libro que ha quedado sin publicar. Algunos dineros le darán por él, sin duda.

[Se acercan a la puerta del edificio dos trinitarios. Son fácilmente identificables gracias a la gran cruz de la orden que llevan cosida en el pecho, azul en su parte horizontal, roja en su parte vertical. Saludan con la cabeza baja al grupo y entran]

MUCHACHO. Así vestirán a don Miguel.

SEÑOR. ¿Y sabe Vd. quién es ese tal Persiles? ¿No se habrá confundido? Persiles, Persiles… Será otro nombre.

MUCHACHO. No, señor. Yo oí Persiles. No sé quién es. No es vecino del barrio. Tampoco sé quién es ese Alonso.

CIDE HAMETE [Apareciendo de repente] Es Alonso Quijano…

[Quien habla es un hombre de raza árabe que ha estado oculto y en silencio durante toda la conversación. La primera señora se asusta ante la imponente e instantánea presencia del recién llegado, que ha oído todo lo que estaban hablando los desconocidos]

CIDE HAMETE. Discúlpeme, señora; no era mi intención asustarla.

SEÑOR. Identifíquese. ¿Quién es usted? ¿Por qué estaba escondido?

CIDE HAMETE. Me llamo Cide Hamete Benengeli. Conocí a don Miguel y por él fui conocido. No sabía que su última hora le había llegado. Vine a traerle una carta que me dictó. Me pidió que la transcribiese en un papel de calidad y con buena letra, y que se la entregase en mano a un joven, pues tenía pensado pasar a la eternidad con ella.

SEÑORA 1. ¿De qué joven habla, del «mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera» que vivía con ellos?

CIDE HAMETE. Sí, del mismo. Don Miguel acordó con el muchacho que, una vez amortajado con el hábito trinitario, este se acercase al difunto en un momento del velatorio, sobre todo cuando el cansancio hubiese hecho mella en los presentes, y procurase esconder la carta en alguna abertura de la mortaja que fuese discreta con el fin de que nadie supiese de su existencia.

Hace un rato que llegué y vi a mucha gente en la puerta, y descubrí que eran hombres de iglesia. Como no soy cristiano, me escondí bajo este portal esperando a que alguno de los que han estado con don Miguel durante los últimos días saliese del edificio y que, reconociéndome, me dijese dónde estaba el mozo. Tras esperar más tiempo de lo previsto, salió su hija Isabel. Me vio. La vi. Se acercó a mí y le pregunté por el joven. Me dijo que había sido prendido por la justicia por ciertos hurtos en la biblioteca de su padre. Al parecer, se había llevado algunos papeles manuscritos.

Le pregunté cuáles y ella no supo muy bien identificarlos, solo sabía que estaban en una carpeta con una inscripción en la que se podía leer “Los restos del naufragio”. Supongo que entre estos podían estar esas reliquias de las que me habló en alguna ocasión: unas Semanas del jardín, un tal Bernardo y, quizás, la reiterara segunda parte de La Galatea que, por lo que se ve, ha valido más como incumplimiento que la primera como realidad tangible.

No pregunté más porque no moviese a sospecha mi interés por el detenido. Le di mi pésame y, como señal de respeto, me recogí hasta donde he estado durante todo este tiempo desde la caída de la tarde. No sé qué hacer. No puedo ni quiero estar aquí más tiempo, pues debo volver a mi casa; pero no puedo irme sin entregar la carta.

SEÑORA 2. ¿Y dónde vive, si se puede saber?

CIDE HAMETE. Cerca de aquí, en la calle Atocha.

[Y hace unos gestos sobre cómo llegar hasta su casa, que coincide con el actual número 87 de la referida calle madrileña]

SEÑORA 2. ¿No es ahí donde está la imprenta de Juan de la Cuesta?

CIDE HAMETE. Sí, señora. Ahí debo ir. Allí vivo y allí tengo mucho trabajo; sobre todo ahora, que don Miguel nos ha dejado. El problema es que no sé qué hacer con esta carta.

SEÑOR. Si nuestro hombre quiso que se guardase donde indicó, así habrá que hacerlo. Démela, que yo, conforme avancen las horas del velatorio y el sueño se apodere de los dolientes, me acercaré a rezar a los pies de la cama de don Miguel y veré la manera de cumplir con su última voluntad.

CIDE HAMETE. Si así lo hace, señor, que su Dios se lo premie; y si no, que se lo demande. En sus manos, la dejo; en su bondad, confío; en su generosidad, me amparo.

[Entrega la carta y se va. Esta va dentro de dos sobres. El primero es grueso y está hecho de papel secante; el segundo, algo más fino, es el que contiene la epístola. El papel, efectivamente, es de notable calidad y está doblado por tres partes. Sabemos todo esto porque el señor no ha dudado en abrirlos ni en desplegarla hasta que fuera posible ver la impecable caligrafía con la que estaba escrita]

SEÑORA 2. No está bien lo que hace, señor. No es respetuoso.

SEÑOR. Más irrespetuoso sería que lo último que ha dictado el padre de don Quijote sea leído en el futuro por quienes profanen su tumba sin llegar a saber, como quizás nosotros podríamos, el valor de este testimonio.

SEÑORA 1. Señor, ciérrela y haga lo que le prometió al señor Berenjena.

MUCHACHO. ¿Qué dice la carta?

[Las dos mujeres, viendo la determinación del señor y el muchacho por leer el contenido de la carta, abandonan el grupo y, después de persignarse varias veces, entran en el edificio donde ya muerto yace quien tanta vida nos dio con su escritura. Mientras, el señor se acerca hasta donde más luz hay]

SEÑOR. Va dirigida a don Alonso Quijano el Bueno.

MUCHACHO. ¿Alonso Quijano? Pero, ¿no es ese don Quijote?

SEÑOR. Sí, sí lo es…

MUCHACHO. ¿Y qué dice la carta, señor?

SEÑOR. Veamos: «Carta a don Alonso Quijano el Bueno, hidalgo de solar de cuyo nombre no quiero acordarme, baja estofa, febril lectura, aciagos hechos, hijo putativo del remitente, amo sin clara ama, tío sin clara sobrina…».

«Dos palabras, no más, para contarle lo que de buena gana le hubiese dicho en dos años, o doscientos, si tantos pudiésemos vivir; pero escasas fuerzas me quedan ya en el crepúsculo de este día, empleado en la salvación de lo que me queda de mi alma y en la despedida a don Pedro Fernández de Castro, de quien fui un muy aficionado criado.

Enterado quedo de su fama y no sabe usted bien hasta qué punto ello me alegra; tanto, que bien pudiera ser que mi silencio hiciese más en pro de ella que mis palabras. Pero en estas horas de recogimiento y resignaciones, no es el verbo mudo el que ha de aliviar los desencuentros del ánimo, sino la confesión desnuda y descarnada que antes del alba ya debo mostrarle porque no están mis ojos para ver muchos más amaneceres. Hace días que profeso bajo el manto de la Orden Tercera de San Francisco; mi sudario se guarda en la única cómoda de mi hogar, ya está planchado; los amigos se van despidiendo y todos aguardan a que la última mate porque no quedan ya de las que hieren.

He podido callar, mas no hubiese sido justo. Ya nada tengo que perder porque todo lo perderé dentro de poco: he callado mucho y sufrido no poco, y he llegado a la dársena de mi vida sin equipajes que portar ni moneda con la que pagar el trayecto. Nada soy y nada tengo salvo mi verdad y no está esta para pudrirse en los mentideros que, con mi fin, acabarán transformando en regocijo lo que nació de mis disgustos. Sé que bajo tierra seré su humo, su polvo, su sombra…

Será usted el fruto más bello de las Musas, pero yo soy el árbol. El uno no puede nacer sin el otro Y el otro no necesita del primero para ser. Sr. Quijano, sépalo ya, usted no es usted, sino yo. A mi imagen y semejanza lo modelé, sus rutas fueron las que yo quise que fueran; sus ungüentos, mis deseos de dejarle con vida; su fin, el mío.

Si usted enloqueció fue porque loco ya estaba yo; y si transformó los molinos en gigantes fue porque el gigante imperio me golpeaba una y otra vez con sus aspas. Si lo hice caminar por los caminos que anduvo fue porque en esos mismos caminos anduve yo; y si lo dejé en tierra y no dejé que sus famélicos brazos combatiesen en América, donde hubiese encontrado auténticas aventuras, fue porque no quise, como otros no quisieron que allí estuviese yo.

Pude hacerle valiente ante los bandoleros catalanes; hacer que muriera despeñado, golpeado en cualquier caída, malherido en cualquier refriega pastoril. Pude darle otra familia que no fuese la mía: su ama, mi esposa, mi hermana…; su sobrina, mi hija…, fruto de los malos amores, las promesas incumplidas y las preocupantes liberalidades.

Sus éxitos, Sr. Quijano, fueron los míos: escasos, insatisfactorios, sin reinos que ganar, sin tronos que regir. Sus fracasos fueron los míos; y de todos, el más grande: en Barcelona, frente al Mediterráneo, frente a las costas que me vieron partir aquel lejano 69 del siglo pasado, las que en el 75 vieron coartada mi libertad y me condujeron a los grillos, las que en el 80 vieron mi regreso; las costas que ningún Moisés se atrevió a abrir hace nueve años para que, con paso cansino, recuperase, bajo el manto del conde de Lemos, los recuerdos napolitanos que ya se me agrietaban en los baúles de la memoria.

No me guarde rencor. No salió de mi espejo para triunfar ante el mundo, sino para que purgase los demonios que me corroían las entrañas. No esperaba de usted nada, Sr. Quijano. No nació para salvar al mundo, sino para salvarme a mí. Y le maté porque con su fin llegaba el mío y no era bueno que el remedio curase a otro enfermo que no fuese yo. Usted fue mi placebo y mi terapia, yo su paciente y su verdugo.

No olvide, Sr. Quijano, algo que usted y yo sabemos desde hace mucho tiempo; recuerde, dondequiera que esté, que los sueños son los versos de una canción sin fin, los ecos de nuestras palabras, las sombras de nuestras acciones; posiblemente, la realidad que vivimos y compartimos. Los sueños son las letras de un mensaje, las ondas de tu alegría, la paz de nuestros besos; el testimonio de la historia, la justicia, la vida… La voz de los miércoles, la arena de las diez… Los sueños, don Quijote… Los sueños son esa hermosa cosa que todos llaman “eternidad” y que nosotros sólo reconocemos llamándola por su nombre: Ínsula Barataria; sin duda, lo mejor de nuestras vidas.

Y con esto, que Dios te dé salud y que de mí no se olvide. Madrid, a diecinueve de abril de mil seiscientos dieciséis».

MUCHACHO. Hace tres días…

[El rostro del señor muestra un rictus de amargura. Brillan sus ojos. Todo se llena de silencio. Hace frío. Al cabo de un rato, habla el muchacho]

MUCHACHO. Señor, ¿se encuentra bien?

NARRADOR. El señor lo mira fijamente. Pone su mano en el hombro del muchacho y le entrega la carta.

SEÑOR. Toma. Cumple tú con el último deseo de don Miguel. Yo no puedo. En algún momento dije algo de lo que ahora me arrepiento. Justo es que en este momento de compunción rectifique y lo diga tal y como debe ser: «Ninguno hay tan bueno como Cervantes ni tan necio que no alabe a don Quijote».

Hoy hace cuatrocientos años de esta conversación que, a estas horas, con todas las probabilidades que da la literatura, mantenían los posibles personajes cerca de la puerta del edificio donde estaba la casa, donde estaba la habitación, donde estaba la cama, donde se velaba el cuerpo del autor que hoy homenajeamos bajo una tan emocionante como escalofriante consigna: que jamás volveremos a estar juntos en un acto similar. Cuando dentro de unas horas concluya este 22 de abril, cederemos el testigo de este acontecimiento a la generación que haga lo propio dentro de un siglo, en 2116, cuando tal día como hoy la humanidad se apreste a celebrar el medio milenio de la muerte de Cervantes.

Demonios cervantinos