A Pepa Molina, a Jesús Quesada,
con sincera gratitud y afecto.
Me atrevería a afirmar que fue el 20 de diciembre cuando Pepa Molina, delante de nuestro apreciado Jorge A. Liria, me invitó a participar en su admirable iniciativa de divulgación literaria El Ultílogo, que se lleva a cabo el último jueves de cada mes en la Casa Verde de Aguilar, en Gáldar.
Sin dudarlo, dije sí a la invitación, feliz por el regalo de permitirme contribuir con un quehacer cultural merecedor de toda clase de parabienes. Dije un sí firme, claro, gratificante y agradecido; y consciente de que intervenir en el programa implicaba un desplazamiento automovilístico desde mi lugar de origen (Vecindario) que, en el mejor de los casos, me causaría un infinito malestar. ¡Cuán poco me agrada conducir, carajo!
Colaborar en un encuentro de esta naturaleza con mi apreciada Pepa Molina y poder, por fin, dar un abrazo lleno de gratitudes a mi igualmente apreciado Jesús Quesada, director de Infonorte Digital, medio de comunicación que emite el producto audiovisual literario, bastaron para dejar a un lado mis conocidas antipatías hacia el conducir y, de paso, con ello, de algún modo, salir de los límites de ese Edén particular que he ubicado en el sureste de Gran Canaria.
Un par de semanas antes de la grabación (30 de enero) para su emisión (2 de febrero), pedí a mi entrevistadora algunas pautas sobre los asuntos que deseaba que abordáramos. Me mandó un breve cuestionario (una suerte de pies para formalizar el pensamiento) que me gustó mucho y que me sirvió para alinear ciertas convicciones que, si se diera el caso, podría apuntar en mi intervención.
Primera parte: las preguntas sugeridas, las reflexiones fluyentes
¿Qué hace que un texto sea un buen texto, un libro nacido para la eternidad, para ser leído no una, sino varias veces?
Un buen texto es aquel que, desde el punto de vista lingüístico y poético, cumple con lo mínimo exigido. Lo relacionado con la lengua es “fácil” de detectar: la ortografía, la sintaxis, la correcta fijación de los rasgos dialectales, el cumplimiento de las propiedades que todo texto debe atesorar (la coherencia, la adecuación…), etc.
Lo que está en relación con lo poético obliga al concurso de un interlocutor: una obra literaria es tal cuando alguien la lee y la asimila, y se posiciona de algún modo con su contenido, bien para sentirse adherido a él, bien para consolidar una posición contraria, bien para zigzaguear en sus impresiones.
Todo texto poseedor de estas cualidades ya es un texto de calidad, mas posiblemente no sea un texto para ser releído ni, por supuesto, para ser inmortal. ¿O sí?
¿Cuántos libros memorables hemos releído? ¿Por qué? ¿Por qué volvemos a un texto que conocemos? ¿Para recordar? ¿Qué son los besos cotidianos con las personas amadas sino relecturas de afectos, recuerdos de los beneficios que nos aportan? Por eso releemos y, si fuéramos seres inmortales, nuestra obra releída sería eterna. Pero los besos tienen límites y las lecturas también.
¿Todos los excelentes textos que nos han reconfortado son releídos? Sabemos que no. Respondemos con seguridad. ¿Por qué? ¿Por falta de tiempo? ¿Porque queremos besar con el entendimiento y la sensibilidad otros textos?
No somos eternos y, en consecuencia, no podemos conceder la inmortalidad a una obra especial para nosotros. Aun así, sabemos que hay obras que son leídas por primera vez y releídas a lo largo del tiempo y de los siglos por personas de culturas distintas, idiosincrasias diferentes, formación dispar y por canales variados. ¿Qué hace que esos textos sean inmortales si son tan buenos como muchos otros o como tantos como los que pudimos leer? La suerte.
La inmortalidad va ligada a la suerte. Todo texto literario perfecto (hasta donde pueda calificarse así) debería ser inmortal. Pero sabemos que no hay un tema que inmortalice, ni un estilo que inmortalice, ni unos personajes que inmortalicen una historia. No. No existe ninguna receta que permita el acceso a la inmortalidad de un texto magistral. Lo que hay es suerte.
Por eso, quienes nos dedicamos a escribir y publicar solo podemos controlar una parte del proceso: el de la escritura correcta y, en la medida de nuestras posibilidades, poéticamente competente, con ayuda de los lectores.
¿Debe ser la escritura una forma de hacer crítica social? ¿Es el escritor digno hijo de su época vital?
Hay escritores y escritores. Yo me muevo en la órbita del ensayo y del texto divulgativo, y, en consecuencia, te respondería que sí, que toda escritura debe ser un ejercicio de crítica social porque todo YO se verifica frente a un NOSOTROS y un USTEDES. Mi singularidad solo tiene sentido desde la pluralidad que representan ustedes. Un escritor (un ensayista, un divulgador) no debería nunca prescindir de las amarras que dan sentido a su actividad. Todo ensayo y todo texto divulgativo buscan iluminar un camino que se transita, en la parcela de tema que ocupa la escritura, sin la debida luz. ¿Para qué iluminar un camino si no es para que otros puedan transitarlo? ¿Quién se molesta en poner farolas a una vía por la que nadie va?
En consecuencia, dentro del género ensayístico, está claro: un escritor, aunque hable de temas remotos (y yo he transitado mucho por el pasado), es hijo de su época vital porque la perspectiva de su escritura es la actual y sus destinatarios son los contemporáneos.
¿Un poeta? El género empuja a ese YO que se autoilumina. No muestra ningún camino, solo un punto de luz que puede o no atraernos. Nos interpela. No hay más crítica social en un poeta que la que a sí mismo pueden hacer sus versos, vayan contextualizados con una realidad política y social determinada; vayan sujetos a una visión introspectiva del mundo.
Mas un novelista o dramaturgo, no. No precisa ser hijo de su época vital para dar fundamento a su escritura. Puede alejarse tanto como quiera. Despreciar el compromiso social. Plantear que no tiene que remover conciencias. Determinar que en el hedonismo comienza y acaba todo, aunque los narradores a veces jueguen con cartas marcadas y den “opiniones”.
La escritura no debe ser una forma de hacer crítica social. “Deber” implica obligatoriedad. Connota imposición. En el ensayo, es inevitable; en la lírica, de algún modo también; en la narrativa, no.
Debate aparte será determinar qué entendemos como “crítica social”. Es más, ¿qué nos parece que es “la sociedad” en sí?
¿Tiene el escritor/poeta el deber moral de utilizar su creatividad para hacer crítica social? ¿O debería?
En tanto que escritor/poeta, no. Su deber moral lo es como ciudadano. Y eso nos compete a todos, sean o no aceptables nuestras capacidades creativas, que todos las poseen en mayor o menor grado. El deber del escritor/poeta es deontológico: hacer el mejor texto posible de acuerdo al propósito de su mensaje, a lo que desea comunicar. Toda escritura es un proceso comunicativo y lo único que se espera del emisor es que articule un mensaje acorde a su voluntad, encierre este o no crítica social.
Entre un escritor/poeta sin calidad, pero que asume ese deber moral que se plantea y utiliza la creatividad para hacer crítica social, y uno con calidad, pero que opta por mantenerse al margen de toda controversia, prefiero a este último. Sin dudarlo. Es literatura. Sé lo que quiero: el placer de la palabra, sin que tenga esta que encerrar necesariamente compromiso alguno.
No tiene sentido menoscabar a un escritor o poeta por no asumir tal o cual compromiso. A un escritor/poeta le pedimos textos de calidad. La naturaleza de los textos es un asunto secundario. Si X no es capaz de hacer un texto de calidad que me ayude a concebir el mundo que contemplo, me lo dará Y; y si este tampoco puedo, pues que me lo dé Z. Da lo mismo. Que X escriba sobre lo que quiera y como quiera, y lo mismo con Y y con Z. A los tres, como lector de literatura, les pediré calidad en la escritura.
¿Qué libro debe estar en todas las bibliotecas?
Toda la producción literaria hecha en nuestra tierra y que no dudamos en reconocer como Letras Canarias. Lo tengo clarísimo.
Es más, y no hablo de bibliotecas a la usanza tradicional: edificios con estanterías y libros que se prestan o consultan. Sino de un concepto mucho más moderno: bibliotecas digitales. Con independencia de los libros en soporte papel, que siempre tendrán compradores, toda la producción libresca canaria debe estar a disposición del mundo, pues disponemos de un patrimonio bibliográfico ciertamente admirable y sería bueno que estuviera a mano de todo aquel que quisiera conocerlo.
Y si hablamos de libros financiados por instituciones públicas, más aún. No es comprensible que con el dinero de todos nosotros se apoyen ediciones que luego no puedan estar disponibles para todos, sobre todo cuando las tiradas son pequeñas y la distribución tan limitada; y, añado, las posibilidades de adquirir ejemplares tampoco sean tan livianas. Los libros en papel cuestan dinero y los bibliófilos no podemos conseguir todo lo que quisiéramos.
Un producto cultural debe estar disponible para todos y se debe invertir en digitalización de fondos y arreglar con las editoriales y autores cuanto está en relación con los derechos de publicación y edición. Un autor lo que desea es que su obra se lea y sea conocida por la mayor cantidad posible de personas; y eso ahora mismo solo se puede conseguir ofreciéndola en abierto en todas las plataformas bibliográficas legales disponibles.
¿Con qué escritor/a tomarías un café para charlar sobre literatura?
Con ninguno. La verdad es que tiendo a ser poco o muy poco mitómano. Mi comunicación con los autores que hacen literatura se fundamenta en la lectura. Ese es el proceso comunicativo que mantengo con ellos. Ellos escriben, yo leo. Ellos forman parte de mi vida a partir de la escritura compartida. Por eso mi relación con ellos es intemporal. Tanto vale para mí uno del siglo XVI como uno de ayer. Lo que importa es el texto. El mensaje que nos vincula.
Dicho esto, no obstante, hay tres nombres propios con los que me sentaría a tomar un café, un almuerzo, una velada prolongada. Pero no porque arda en deseos de que hablemos de nuestra manera de ver la literatura, sino porque a lo largo de mi vida les he dedicado muchas horas de trabajo investigador alrededor de sus figuras. Tienen muchos enigmas que les pediría que me aclararan: Miguel de Cervantes, a quien desde muy temprana edad me entregué como lector; a Bernardo González de Bobadilla, autor de Ninfas y pastores de Henares; y, más recientemente, a Hilda Zudán, también conocida como María del Jesús Suárez López. Con estos tres sí me sentaría, y les haría preguntas, y trataría de que me dieran luz donde tanta oscuridad he hallado, a pesar de no ser poco lo que sobre cada uno he descubierto. Serían tres conversaciones maravillosas. Procuraría que lo fueran.
Siento una inmensa debilidad por autores como Gabriel García Márquez, José Saramago, Gonzalo Tabares, Stefan Zweig, Martín de Riquer, Francisco Rico, Julián Marías, José Clavijo y Fajardo, Alonso Quesada…, pero no charlaría con ellos de literatura. Simplemente, me limitaría a hacer lo único que me apetece cuando estoy con ellos: leerlos.
Segunda parte: el programa…
«La necesidad de reflexionar sobre el papel de la literatura actual centró la primera cita de la charla literaria El Ultílogo del año (vídeo)«, en Infonorte digital (2 de febrero de 2026).
