Una Marcela santaluceña

Capítulo XIV de la primera parte del Quijote (1605)

Crisóstomo era un pastor que pretendió con insistencia los amores de la pastora Marcela. Ella lo rechazó tantas veces que él, desesperado, se suicidó. El día del entierro, sus amigos culparon a la joven de su muerte, pero ella se defendió con un discurso en defensa de su libertad para decidir sobre todo lo que afecta a su vida.

Cuatrocientos veintiún años después de que fueran publicadas, sus palabras continúan siendo brillantes y ejemplares, y, siempre que se pueda, conviene volver sobre ellas. Aunque cambien las formas en que se presenta este alegato, el mensaje de fondo permanece igual de vibrante y emocionante.

Con motivo de la inauguración del Espacio de Memoria Literaria y Cultural de la Biblioteca Central de Santa Lucía (martes 29 de septiembre de 2026), he preparado una adaptación de esta defensa que, con el tiempo, formará parte de la segunda edición de El Quijote (1605) tuneado, que sigo preparando para que vea la luz más pronto que tarde y que, de un modo u otro, será santaluceño.


Voz 1.ª —El cielo me hizo muy hermosa.
Eso dicen ustedes.
Como soy tan hermosa,
ustedes no pueden evitar
enamorarse de mí.
Y como se enamoran de mí,
quieren que yo esté obligada
a enamorarme de ustedes.

Voz 2.ª —Todo lo hermoso es deseable.
Lo sé. Pero no entiendo
por qué la persona deseada por su hermosura
está obligada a amar
a la persona que la desea.
¿Y si el que desea lo hermoso fuera feo?
Dado que lo feo es aborrecible,
¿se puede aceptar que alguien me diga:
«Te amo porque eres hermosa.
Me tienes que amar, aunque yo sea feo»?

Voz 3.ª —Si quien me ama fuera hermoso,
¿debería igualmente amarle solo porque es bello?
No todas las hermosuras enamoran.
Muchas solo alegran la vista
y no alteran el corazón.
Qué descontrol sería
que todas las bellezas enamorasen
y empujasen a pretender el amor
de todas las personas que son hermosas.
Si infinitos fueran los sujetos hermosos,
infinitos serían los deseos.
¡Qué locura! ¡Qué desatino!
Y más cuando yo sé
que el verdadero amor no se divide.
Ha de ser voluntario.
No ha de ser forzado.

Voz 4.ª —Si esto es así
y es como yo creo que debe ser,
¿por qué se empeñan en que me parezca bien
aceptar el amor ofrecido por alguien
solo porque me dice
que su sentimiento hacia mí es sincero,
que me beneficiaría?
Si yo fuera fea,
¿sería justo que me quejara
porque ustedes no me aman,
aunque les diga
que mis sentimientos son buenos?

Voz 5.ª —Yo no escogí la hermosura que tengo.
El cielo me la dio
sin que yo la pidiera ni la escogiera.
Del mismo modo que no puede culparse a la víbora
por el veneno con el que mata,
porque se lo dio la naturaleza,
tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa.
La hermosura en la mujer honesta
es como el fuego apartado
o como la espada aguda,
que ni él quema ni ella corta
si no te acercas.

Voz 6.ª —La honra y las virtudes
son adornos del alma.
Sin ellas, los cuerpos no deben parecer hermosos,
aunque lo sean.
Si la honestidad es una de las virtudes
que más favorece la belleza del cuerpo y el alma,
¿por qué ha de perderla
la que es amada por hermosa
cuando corresponde a las intenciones
de aquel que, solo para satisfacer su gusto,
está empeñado en que la pierda?

Voz 7.ª —Yo nací libre.
Para poder vivir libre,
escogí la soledad de los campos.
Las palmeras de estos valles son mi compañía.
Las aguas de las salinas son mis espejos.
Con las palmeras y las aguas,
comparto mis pensamientos y mi hermosura.
Soy fuego apartado y espada alejada.
A los que he enamorado con la vista,
con las palabras los he desengañado.

Voz 8.ª —Si los deseos se sostienen
con las expectativas,
antes mató a Grisóstomo
su majadería que mi crueldad,
pues yo no le di ninguna esperanza,
aunque fueran honestos sus sentimientos.
¿Estaba obligada a corresponder a su amor
solo porque él insistía en dármelo?
Si hubiera habido enralo por mi parte,
se justificaría su confusión;
pero se empeñó en amarme
aunque yo lo desengañé desde el principio.

Voz 9.ª —Es razonable que se queje el engañado
y que se desespere el que no tiene lo prometido.
Como lo es que se confíe el que yo llame
o que se ufane el que yo admita.
Pero que no me llame cruel ni asesina
aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.
El que a nadie ama, a ninguno debe dar celos,
que por un lado van los desengaños
y, por otro, los desprecios.

Voz 10.ª —El que me llama fiera,
que me deje como cosa mala.
El que me llama desagradecida,
que no me sirva.
El que me señala como desconocida,
que no me conozca.
El que me marca como cruel,
que no me siga.
Esta fiera, esta desagradecida,
esta desconocida, esta cruel que les habla
no los buscará, no les servirá,
no los conocerá ni los seguirá.
Si a Grisóstomo mató su impaciencia
y su desmedido deseo,
¿por qué se ha de culpar
mi honesta manera de actuar?

Voz 11.ª —Yo tengo libre condición.
No me gusta sujetarme.
No quiero ni aborrezco a nadie.
No engaño a este,
solicitando las atenciones de aquel.
No me entretengo con unos
mientras maquino con otros.
La conversación honesta
con gentes de las medianías y los llanos
y el cuidado de mis cabras me entretienen.
Los límites de mis deseos
están en estas tierras
y en la contemplación del cielo,
adonde irá mi alma algún día
de camino a su primera morada.