Felípica

I

Buenas noches.

Hace seis años «tuve el honor, por primera vez como Rey, de felicitaros la Navidad y de transmitiros un mensaje de afecto y buenos deseos para el nuevo año. Un mensaje también de compromiso con mi vocación de servir a España con lealtad, responsabilidad y total entrega.

»Por tanto, os agradezco que me permitáis nuevamente compartir con vosotros unos minutos en esta noche tan especial. Y lo primero que quiero hacer, naturalmente, es desearos —junto a la Reina, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía— la mayor felicidad y paz en estos días en los que nos reunimos con nuestras familias y seres queridos».

Este año, por los motivos que todos conocemos, el encuentro con esas personas especiales para nosotros, que se ha pospuesto durante mucho tiempo o que, en algunos casos, tendrá que realizarse a través de canales que no impliquen la presencia física, se teñirá de múltiples sensaciones: afecto, agradecimiento, temor, tristeza, alegría, inquietud, esperanza…, debidas, sin duda alguna, a cuanto hemos vivido a lo largo de los últimos meses por culpa de la pandemia originada por la COVID-19.

2020 será un año difícil de olvidar. La enfermedad nos ha condicionado tanto que ha terminado por situarse en el epicentro de nuestra cotidianidad. El mundo tal y como lo habíamos concebido ha cambiado y ello nos ha obligado a tomar partido a la hora de establecer qué es lo prioritario y qué debe quedar en un segundo plano. La Corona, como entidad sujeta al corazón de sus representados, también debe participar de esta elección. Es fundamental hacerlo. Durante este año, la institución se ha singularizado de un modo que solo puedo calificar de preocupante, lo que me impulsa a dirigirme a vosotros en esta alocución para compartir aquello que, posiblemente, en otras circunstancias, si no lo silenciara, sería apuntado de manera menos explícita. Es tiempo de verdades, de dar un paso al frente. Por tanto, os pido que me permitáis que deje a un lado ese “nosotros” que, en ocasiones, envuelve y falsea aquello que solo cabe articular desde un rotundo “yo”.

Aquí y ahora, yo, el Rey, consciente de la posición que ocupo y de la trascendencia que mis palabras pudieran tener, os hablo con el absoluto convencimiento de que este no ha sido un buen año para la monarquía que encarno. Justo y necesario es que lo reconozca y que sea esta declaración la que prevalezca; esta y no una interpretación desajustada y dañina, como tantas que le afectan. En este sentido, hago una severa apelación a muchos medios y mediadores que, desde una voluntad explícita por manipular la información o, ya puestos, por mentir abiertamente, han traspasado los límites de lo puntual para adentrarse en una inaceptable rutina que cercena el conocimiento y el pensamiento crítico apelando a una libertad de expresión sin el rigor al que deben atenerse. Por desgracia, porque se padece el embuste, es la voluntad de protección de la verdad la que dirige mis palabras esta noche. Ella me obliga a declarar que 2020 no solo no ha sido favorable para la monarquía española, sino que ha sido el año en el que han empeorado sus expectativas como organismo necesario para el buen desarrollo del Estado.

Tradicionalmente, mis palabras en Nochebuena han cumplido con un guion que recoge dos grandes propósitos: el primero, exponer una relación de acciones y situaciones favorables que cuentan con el apoyo de la Corona; el segundo, la formulación de una serie de buenos deseos que, aunque parezcan prefabricados y, en consecuencia, poco francos, se exponen con verdadera sinceridad, pues me gustaría que se pudieran dar. Hoy podría haber encauzado mi habitual breve discurso en esos márgenes para ponderar lo positivo de estos últimos doce meses, que ha sido mucho y que, sin duda, nos permite sentirnos orgullosos de nuestro país. Pienso, por ejemplo, en los sanitarios, a quienes agradezco el extraordinario trabajo realizado durante este año y que demuestra la buena labor que siempre llevan a cabo; la encomiable labor de nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, garantes del buen orden; el sacrificio de todas las mujeres y hombres de bien por contener la expansión de la pandemia cumpliendo las directrices marcadas por sus autoridades, etcétera. Podría, repito, centrarme en todo lo que es favorable y apelar para ello al sentido de bondad que anida en nuestras conciencias durante estas fiestas, pero no lo haré. Este año, al menos, no será así porque considero que, después de todo lo vivido y padecido, situarme ante vosotros en una ocasión como esta merece que os hable de aquello que realmente me preocupa no solo como Rey, sino como español, como hijo y, sobre todo, como padre.

Cuando echo la mirada a lo que ha sido mi reinado, especialmente durante este año, percibo que el papel de mediación que me corresponde no ha sido el que debería ser y, en consecuencia, que ello ha posibilitado la existencia de situaciones en los distintos espacios donde se desarrollan los poderes del Estado absolutamente inadmisibles. Vistos los hechos con la debida perspectiva, quizás debería haber intervenido llamando a los principales representantes de las distintas fuerzas políticas del parlamento para pedirles, como Rey y, en consecuencia, como el primero de todos los españoles, que esas enconadas diferencias, que siempre son aceptables cuando se formulan sobre una base de respeto y afán constructivo, quedaran a un lado para que fuera posible un marco de entendimiento más efectivo en esos temas cruciales que nos afectan: la sanidad, la economía, la educación, la cohesión social…; en suma, el presente y el futuro de lo que constituye nuestro estado del bienestar. Ha habido demasiado personalismo en los líderes políticos y ello ha supuesto, si no un alejamiento del cometido que les corresponde, el que penséis que viven en una burbuja aislada y aislante. Qué gran error el de vuestros representantes y qué enorme desacierto el mío el no hacérselo ver.

En esta petición que debía haberles hecho, les habría dicho además que mantuvieran a la Corona al margen de cualquier disputa; y no porque no deba ser juzgada, que ha de serlo y con toda la severidad que sea necesaria, sino porque los intereses a la hora de utilizarla han sido espurios. No soy estúpido; yo, al menos, no. Me doy perfecta cuenta de que la jefatura que represento se ha utilizado como arma de enfrentamiento entre los partidos políticos y esto, debo asumirlo, se ha producido por culpa de mi enmudecimiento. He aceptado como válida una máxima aprendida de mi padre y de mi abuelo: la conveniencia de blindar la institución situándola en una posición tan inaccesible como mística. Me he dado cuenta de que esto, en las actuales circunstancias, es un error. Lo acepto: me he equivocado. No volverá a pasar.

Esto no habría sucedido si hubiese intervenido y pedido, no tanto a los republicanos, que sabemos lo que pretenden, sino a los que dicen ser protectores de la monarquía que se callaran, que no manifestaran ninguna adhesión explícita en los términos en los que se ha venido dando, exacerbados y exaltados; que no pasearan de manera tan ostentosa un fervor desmesurado que ha terminado por dañar no solo a la Corona, sino también a los símbolos del Estado. Muchos de vosotros la asociáis con ideologías totalitarias y antidemocráticas, y el responsable de que eso sea así soy yo, no por dar forma a la deplorable analogía, sino por no haberla atajado a tiempo y con firmeza.

Termina el año y mi impresión particular es que, como organismo, atravesamos un periodo de preocupante fragilidad. Nada gano negando lo evidente. Estamos preparados para atender los ataques de los contrarios porque tenemos con nosotros el peso que dan las razones históricas y el que concede la máxima de todas las leyes: la Constitución. La nuestra es una institución tan legal como el actual gobierno ejecutivo. De los votos del pueblo y del consenso entre fuerzas forjado gracias a las reglas que nos hemos dado surge el aval que permite afirmar que en España nadie ocupa los cargos de responsabilidad de manera contraria a lo que dicta el ordenamiento jurídico. En consecuencia, pido y exijo que no vuelva a cuestionarse más al actual gobierno y que se le juzgue por sus acciones, no por los pensamientos o ideologías de sus miembros. Las ideas no hacen daño, solo los actos.

Por eso mismo, pido y exijo también que no se cuestione más a la actual Jefatura del Estado, pues debe su razón de estar a la vigencia de la Constitución que nos ampara y protege. Júzguese y pídasele lo que convenga acorde a lo dispuesto por las leyes, pero no la condenéis por el simple hecho de estar, pues su existencia proviene de un consenso respetuoso con las normas aceptadas por todos.

Este no cuestionamiento de su legitimidad no libra a la entidad del paulatino desapego que hacia ella hay y que constato con una preocupación que no logran disipar las encuestas y noticias favorables que ven la luz periódicamente y que me recuerdan a esa suerte de situación idílica que se tejió en torno a mi padre. ¿De qué sirvieron aquellas inmerecidas loas o aquellos innecesarios silencios? De nada. Coadyuvaron a pudrir cuanto se había conseguido después de la Transición: la asociación del vocablo “monarquía” con el término “democracia”. Duro es decirlo, pero hay que hacerlo. Hoy, al menos, hay que declararlo así, con crudeza, sin anestesia.

Soy consciente de que la institución está perdiendo el apoyo de las generaciones más jóvenes, la de mis hijas, la de mis sobrinos; y que, a día de hoy, solo tenemos el sostén emocional y hondamente fiel de una vieja guardia que no alberga dudas sobre la necesidad de que el actual sistema político continúe tal y como está. Entre este grupo y los contrarios a lo que representamos, hay muchos que ahora nos apoyan y que, si hubiera una república, no dudarían lo más mínimo en sostenerla. Son leales al statu quo que haya, y el actual, regido por la Constitución, legitima la monarquía y dicta el procedimiento para revertir esta situación. Hacia ellos van especialmente dirigidas mis palabras, pues tan poco productivo es persuadir a los ya convencidos como modificar el pensamiento de los inamovibles, o sea, los republicanos.

Si la Corona como tal es el problema, pido a los que deben resolverlo que actúen. El nuestro es un Estado de derecho; luego, hay mecanismos habilitados para intervenir en este caso. Y si el afán es consultaros si estáis o no de acuerdo con el actual sistema, no seré yo quien bloquee la iniciativa si permite el acceso a una conclusión firme y trascendente para el futuro de nuestro país. Eso sí, pido que os preguntéis si de verdad está preparada la actual sociedad, heterogénea y sin cohesión, para asumir la existencia de una república que mejore lo que el actual sistema, con sus aciertos y errores, ha realizado por este país en los últimos cuarenta y cinco años. No negaré la existencia de sombras ni renunciaré a defender la existencia durante este periodo de momentos intensamente luminosos.

Como percibo que las luces de antaño sombras son hogaño, os pido que atendáis a una certeza que considero relevante: que la monarquía parlamentaria que encarno desde 2014 no es equiparable a las que me han precedido. El que haya elementos comunes no debe confluir en la aseveración de que vista una, vistas todas; y que los ropajes de una son los mismos que portan el resto, pues no solo no es cierto, sino que es injusto el que se llegue a considerar su veracidad sin analizar los hechos con el debido rigor. Yo no soy mi padre, ni mi bisabuelo: ni me enfrento a los problemas que tuvo Alfonso XIII, aunque parezca que muchos están todavía activos; ni mi concepción en la actualidad de la Jefatura del Estado es pareja a la que tuvo Juan Carlos I. La prueba más evidente de que no miento es que hoy os estoy hablando como nunca lo ha hecho ninguno de mis predecesores y que será incierto el precio que tenga que pagar tras mi exposición: no sé cuántos leales más tendré; sí sé, en cambio, que mis enemigos se habrán multiplicado.

Yo no soy mi padre. No soy, al menos, ese monarca que los medios y los contrarios han paseado a lo largo de este 2020. Y como no lo soy, nunca he sentido la necesidad de justificarle ni de justificarme por lo que soy o le debo; mas la insistencia en lo pernicioso de mi silencio me mueve ahora, en este discurso excepcional, a dar un paso al frente para dejar claras algunas cuestiones relacionadas con mi progenitor. Lo haré, aunque me duela, me incomode y sepa a ciencia cierta que muchos no entenderán mi posición y otros, aun entendiéndola, no la aprobarán.

He evitado en todo momento que la situación del rey emérito afectara a la responsabilidad que desempeño, a pesar de que creo que ha sido un excelente estadista y un magnífico monarca, y de que considero que sus consejos son un tesoro del que no sería razonable prescindir. En lo que respecta al ámbito privado, donde se pergeñan los afectos, poco puedo señalar: los hechos están ahí; el malestar y el dolor, aquí. En lo público, en lo que cabe reconocer como actos que, de un modo u otro, afectan a la Corona, considero que no se deben obstaculizar las investigaciones que conduzcan al esclarecimiento de la situación en la que se halla el anterior jefe del Estado. Si estas pesquisas no han prosperado no ha sido porque yo, su sucesor, haya dictado instrucción alguna al respecto, sino por un exceso de celo y un mal entendido sentido de la protección que, por un lado, agradezco, pues señal es de lealtad; pero que, por otro lado, desapruebo porque este bloqueo ha impedido que haya claridad donde ahora mismo todo es turbio y nocivo.

Si para valorar las acciones de mi padre es adecuado que haya una comisión en el Congreso, adelante. Nada tengo que objetar al respecto. Y si para fijar el ámbito de actuación de la Jefatura del Estado, tras lo que ha sucedido con mi predecesor, es conveniente que se promulgue una ley que concrete aquello que simplemente esboza nuestra Carta Magna sobre la monarquía, adelante, también. Hágase. No me opongo a nada de lo que se considere oportuno llevar a cabo; mas sí pido que le reclamen, solo a él, el abono de lo que deba por lo que haya hecho, pues las consecuencias de sus acciones son suyas. El juicio moral y jurídico que le corresponda recibir no puede extenderse a sus descendientes. ¿Consideráis justo que cargue con los males que mi padre ha podido cometer en el ejercicio de sus funciones? ¿Sería justo que un presidente de Gobierno sea culpable de lo que hizo quien le precedió en el puesto? ¿Es justo que la Princesa Leonor tenga que asumir o padecer los posibles estragos que a corto o medio plazo produzca la actual situación de su abuelo paterno?

Aunque en mi discurso ha entrado de manera especial la figura de la Princesa Leonor por la alta responsabilidad que tiene encomendada, no puedo ni quiero desatender a mi otra hija, la Infanta Sofía. Soy Rey; pero, ante todo, y quizás en esta declaración explícita me diferencio a mis antecesores, soy padre. Basta ya, por favor, de utilizar la imagen de mis hijas para ensalzarlas o condenarlas por tener los padres que les han tocado en suerte. Si la vida de cada una dependiera de mi abdicación, no dudéis lo más mínimo que al instante renunciaría al puesto que ocupo. Quienes sois padres entendéis a la perfección esta declaración de intenciones. Por favor, basta ya de mercadear con sus nombres. Ellas, como cualquier persona y, especialmente, como cualquier menor de edad, merecen el respeto y la consideración que da el no ser el centro de atención de los afectos a comidillas, murmuraciones, chismes y calumnias.

Por eso, apelo a la responsabilidad de los medios de comunicación, que atesoran un enorme poder y que, con mala fe o excesiva bondad, no sé qué pensar, hablan de cuestiones relativas a mi familia que, a mi juicio, son improcedentes porque dispersan la atención y generan estados de opinión que sirven de muy poco a las importantes funciones que desempeña dentro de un Estado democrático como el que nos ampara. Si por desconocimiento o errada decisión he hecho algo que no debía o no he atendido aquello que me correspondía, entenderé a la perfección que se me critique y que se me afee mi acción u omisión. Va en mi responsabilidad. Acepto que se me demande lo que debo dar y hacer; y, en este sentido, pido a la prensa que me ayude a mejorar en mi función. Fuera de estos límites, el marco de actuación debe ser mínimo.

También pido a los políticos nacionales, al margen de si se sienten o no identificados con la institución que represento, que sean leales a la actual Jefatura del Estado y que me acompañen en la noble labor que nos ocupa: atender cuanto sea necesario para que vuestro presente y vuestro futuro sea el mejor posible. Es la tarea a la que, con verdadera devoción, nos debemos encomendar todos los días evitando los personalismos y esa actitud materialista que, de tan habituales, han terminado por desmerecernos ante nuestros representados, a quienes necesitamos para que participen con nosotros en el reto de construir una España más moderna, más democrática, más acorde con lo que queremos que sea el presente y el futuro para los nuestros.

Somos una gran nación. Siempre lo hemos sido. Los avatares históricos nos han forjado en la resistencia y en la conformación de un proyecto de Estado que se ha enriquecido con la pluralidad y la heterogeneidad. Todos tienen un lugar en nuestra tierra; absolutamente todos, sean de la condición que sean y hayan llegado hasta nosotros como lo hayan hecho. Pido, pues, que silencien sus bocas quienes ven en los que buscan una vida mejor a enemigos y asaltantes; y que no se olviden nunca, por una parte, que muchos de nuestros antepasados también buscaron en su momento esa prosperidad y, por la otra, la afrenta colectiva que supone comprobar que muchos de nuestros jóvenes en la actualidad se marchan de España porque no encuentran razones para quedarse. Es imperativo que la gran nación que somos y que proclamo los retenga porque son necesarios para construir el futuro que queremos; que no olvidemos jamás a los que se fueron y no han vuelto; y que se atiendan, siguiendo las directrices que marcan los Derechos Humanos, a los que llegan arriesgando lo más importante que tienen: sus vidas.

Repito: somos una gran nación y queremos seguir siéndolo. Para ello, nada mejor que dejar a un lado cuanto nos minimiza como democracia: la intolerancia, el fanatismo, las mentiras, la desunión, la violencia, la intransigencia, el odio, la insidia, la manipulación, la calumnia, la corrupción… Este año, hemos sido testigos de cómo estos males nos han lastimado como sociedad y han erosionado la solidez y cohesión que debíamos haber atesorado para poder hacer frente al que ha sido el principal objetivo de 2020: volver a la normalidad combatiendo con eficacia la pandemia que ha asolado el mundo en los últimos meses.

Con este discurso, asumo, por un lado, la parte que me corresponde; por el otro, el compromiso de que haré lo posible por que la institución que represento mejore en 2021 en su faceta mediadora y, sobre todo, en lo que respecta al papel ejemplarizante que se le atribuye. No puedo estar más al margen. Mi vocación de servir a España con lealtad, responsabilidad y total entrega me impide aceptar que la nación que represento se sienta desamparada por los poderes del Estado y, sobre todo, por la Corona. Somos un gran país y es necesario que los representantes estemos a la altura de lo exigible para seguir manteniendo esta condición. Se lo debemos a muchos que, en el pasado, hicieron lo posible por convertirnos en lo que somos; y también se lo debemos a muchos que, en el futuro, recogerán aquello que ahora, para ellos, sembramos, cultivamos y protegemos.

Si no fuera capaz de conseguir lo que ante vosotros acepto como deberes supremos para el próximo año, tendré que concluir que no estoy a la altura de lo que se espera de mí y, en consecuencia, para verificar la certeza de esta conclusión, pediré al Gobierno que articule un mecanismo de consulta sobre la conveniencia de que yo continúe o no al frente de la Jefatura del Estado. No hay otro modo de evaluar mi trabajo. El ordenamiento jurídico, cuando fija la monarquía como sistema político, imposibilita la convocatoria de elecciones para sustituir a esa primera autoridad del país que debe ser el espejo en donde se miren todos los representantes públicos de las instituciones y organismos nacionales.

«Con ese ánimo y con ese espíritu, la Reina, nuestras hijas y yo os deseamos a todos –y de manera especial a cuantos estáis lejos, trabajando y velando por nuestro país, o prestáis aquí servicios esenciales en estas horas– muy felices Pascuas y todo lo mejor para el Año Nuevo 2021.

»Eguberri on. Bon Nadal. Boas festas».

II

«¿Qué probabilidad hay de que su real homólogo haga un discurso así? ¿Se lo puedo pedir a ustedes?» (Mensaje enviado por WhatsApp a los Reyes Magos).