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Teoría de la soltada

Soltada. Sustantivo que procede del participio del verbo “soltar” y que significa: ‘reflexión de naturaleza improvisada y descontextualizada que se recoge en una porción de texto escrito en prosa y que suele atender, en su contenido, a las inquietudes creativas propias del género ensayístico y, en sus formas, evocadoras en ocasiones de la lengua oral, a la voluntad estética que anhela la expresión lírica’.

En volúmenes no escritos sobre teoría literaria y composición de textos se pueden leer estas otras definiciones del vocablo:

A. «Texto breve, necesariamente incompleto, emocional como respuesta a un impulso expresivo necesario; pretendidamente académico, profundamente ensayístico».

B. «Admirador del ensayo, deudor de la crónica, libre de ataduras genéricas. Comienza de cualquier manera; concluye como le parece. Es un corchete en medio de una línea de pensamiento en forma de existencia. Surge de repente y de repente desaparece. Multiforme. Heterogéneo. No deben reunirse clasificados por temas, aunque tengan temas que sirvan para indexarlos».

C. «Una mutación morfológica sincrónica surgida por la necesidad de una expresión lingüística que, por un lado, huyese de las directrices exacerbadas del academicismo de los plurales mayestáticos, que usan con falsa modestia el “nosotros” cuando quieren declarar sus ampulosos “yoes”; y, por el otro, que acotase toda verborrea bibliográfica que aspira a demostrar que el autor ha leído, aunque sea imposible no pensar que de todo lo que exhala en realidad sea muy poco lo que ha pasado delante de sus ojos».

D. «Expresión que busca ser desenfadada, coloquial, cercana y ajena, como no puede ser de otro modo, a cualquier atisbo de chocarrerismo, vulgaridad o grosería; que aspira a ser poética cuando se trata de exponer y expositiva cuando bebe del trasfondo de literario; que se sujeta a una relación dialógica con quien lee».

E. «Un usuario de la lengua española con cierto dominio gramatical pensaría en el participio del verbo “soltar” que, actuando como adjetivo, recibe las marcas propias del género femenino y del número singular. Pero no, “soltada” no es un adjetivo. No necesita adherirse ni vincularse con ningún nombre para tener sentido propio. “Soltada” es un sustantivo que, como tal, designa una realidad».

Y a lo lejos, para captar el brillo interno de la voz, una sombra alargada y embriagadora, acogedora y cosmogónica: Septenario de Eugenio Padorno (1985).

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Sobre “incompletitud”. En el diccionario sadalónico se afirma que “incompletitud” es: «Cualidad inherente a todo lo que se escribe y que viene a determinar que todo texto es necesariamente incompleto, aunque dé la impresión de que está acabado. Toda obra es susceptible de ser continuada indefinidamente y toda obra, vista con la debida perspectiva, no comienza por el principio, sino por un precedente que el narrador conoce y el lector intuye. El concepto de incompletitud aquí esbozado contribuyó a formalizar la noción de “soltada”».

En volúmenes no escritos sobre teoría literaria y composición de textos se pueden leer estas otras definiciones del vocablo:

A. «Todo queda a medias. Los libros acabados tienen un camino previo y posterior. Las historias son incompletas porque las vidas humanas son incompletas. Toda vida humana es un fragmento del gran jarrón de la Humanidad. En consecuencia, todas las lecturas siempre son incompletas. Por tanto, solo leemos fragmentos, piezas; y dentro de las piezas, más piezas». Padorno en Septenario: «[…] Lo definitivo pasa por lo provisional».

B. «Abrir un libro es abrir una puerta que da a una nueva instancia. Dos habitaciones están separadas por la puerta. El cuarto de ida y el cuarto de llegada están separados por la puerta, que llamaremos “libro”. El cuarto de ida fue cuarto de llegada; el cuarto de llegada será cuarto de ida. Podemos dejar de atravesar puertas cuando queramos. Siempre habrá cuartos de ida y siempre cuartos de llegada. Nunca se llega al final y nunca se sabrá cuándo fue el principio. A eso se le llama “incompletitud”».

C. «Todo a medias. No. No hay nada a medias porque no hay nada completo. Lo completo es precisamente lo que percibimos como “a medias”, por muy amplio y bien articulado que se muestre, por mucha sensación de cierre que presente. Siempre queda por hacer. La aspiración intelectual ha de ser reivindicar todo lo que falta en el puzle invisible y encajarlo en ese todo lo que está, pero no se ve, pero se intuye, pero no es percibido, pero existe. Son los puntos suspensivos previos al fragmento y los que siguen. Ahora palabras que se leen; luego silencio (palabras escondidas); de nuevo palabras que se leen; otra vez palabras que no…». Padorno en Septenario: «[…] El poema —el poema en su más alto grado de significación: no digo de comprensibilidad— es la prueba fragmentada de un origen, de una permanencia. Se entrega silencio convertido en palabras que se convierten nuevamente en silencio […] cada poema está rodeado —silueteado— por su silencio».

D. «Cualquier comienzo desde el principio de los tiempos no ha dejado de ser una continuidad de. ¿Importa saber cuándo comenzó qué? ¿Importa remontarnos a un inicio que, dada su lejanía, no puede dejar de ser literario, o sea, deudor a su vez de un comienzo real anterior, que se intuye, pero que no es posible demostrar? ¿Importa concebir un final cuando se acepta que, milenios después de haber desaparecido de la memoria colectiva el nombre que nos singularizó, seguirá prolongando su estela ese qué? Nada más incompleto que el infinito».

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Y poco más. Concluyo. Que hable ahora el poeta, el maestro: Eugenio Padorno en su Cuaderno de apuntes y esbozos poéticos del destemplado palinuro atlántico (2005)

«La fórmula con que se nos conminaba cuando el tiempo de entregar el examen estaba ya próximo a cumplir: “Vayan terminando”. Y, escuchado el aviso, ¿qué se podía en adelante anotar con sosiego? Materializar tal vez la frase con la que rematáramos un juicio; impensable otra cosa, aunque no renunciáramos a reunir, en un intento de prodigiosa síntesis, palabras que aludieran al menos, a cuanto por extenso —y en pormenor— había quedado sin decir.

A veces, cuando estoy escribiendo —un quehacer que, en sentido esencial, no deja de saberse apremiado por lo finito de nuestra condición—, imagino escuchar una voz que en un casi inaudible murmullo me espeta por encima del hombro: “Va a ser la hora; ve terminando”».