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Andanzas, sentires y pareceres de un camino guiado

[1] Mi hermano me enseñó un buen día que las casualidades no existen; y el más preciado de mis maestros me adoctrinó sobre la mayor de las verdades que jamás he experimentado: “que, en ocasiones, todo lo que nos pasa no es más que el resultado de un inesperado truco de magia”.

Si miran las invitaciones, los programas y los carteles verán que yo, hoy, no debía estar aquí, en este acto que regularmente se celebra una vez al año y que supone la presentación pública de una de las iniciativas culturales más acertadas que jamás se han llevado a cabo en nuestro municipio. Pero los hados o magos han querido que no cumpliese su compromiso quien debía estar en el lugar, donde ahora me encuentro. Me han llevado de la mano hasta este atril en un año muy especial para quien les habla, un año en el que mi cervantófila condición se ha visto envuelta por la magia del cuarto centenario del Quijote. Y lo han hecho despojándome de unos indisimulables ropajes de segundo plato que aún conservo y que, bien mirado, es posible que nunca dejen de cubrirme.

Hoy, aquí, frente a ustedes, apelo al destino y, en parte, a la magia convencido de que sólo así podría hablarles de esta Guía con el honor que tal encargo supone y con la dosis suficiente de pánico por la responsabilidad que ello conlleva.

Conocí a nuestro anfitrión hace muchos años, aunque nuestro primer contacto fuese bastante posterior. Como muchos teldenses, lo conocí a través de esta señera Guía; y, como pocos teldenses, lo conocí indirectamente a través de los versos de su tío, el insigne poeta Fernando González a quien hoy, desde la casa en la que nos encontramos, recuerdo con más intensidad si cabe y reclamo con más énfasis si es posible.

A las apuntadas, habría que añadir una tercera circunstancia: a José Luis lo he conocido a través de su constante presencia en los múltiples actos que, hace ya algún tiempo, un servidor de ustedes promocionaba como un inquieto, atrevido y muy sincero contribuyente más al patrimonio cultural de nuestra ciudad. Promociones estas que, ahora que las evoco, veo más tintadas de sepia que de color esperanza.

En cualquier andanza de las mías, me lo encontraba; y con él su Guía comercial, una sombra digna, reconfortante y dichosa que las casi dos décadas que la contemplan ha convertido en la mayor empresa cultural que se ha realizado en Telde con solución de continuidad durante su ya centenaria existencia; una empresa que, a pesar de algunos tropiezos que, en otras circunstancias hubiesen bastado para enterrar el proyecto, ha sobrevivido a los años gracias a su buen número de aciertos.

Dos hechos personales, acontecidos en distintos momentos de mi trayectoria profesional, marcaron, sin duda alguna, mi particular vinculación a esta Guía y, como si de un destino ineludible se tratase, han terminado por conducirme al lugar donde ahora me encuentro.

El primero de ellos tuvo lugar una tarde de 1999. Ese día, a instancias del Ayuntamiento de Telde, un grupo de licenciados de la ULPGC veía cumplido el sueño de un proyecto editorial titulado Revista de Jóvenes Hispanistas. En el acto de presentación de la publicación, celebrado en la Sociedad Recreativa “La Fraternidad”, como no podía ser menos, estuvo José Luis. Allí, por vez primera, nos conocimos directamente y fue allí donde la Guía, gracias a su amable invitación a participar en ella, adquirió la condición de “recomendable iniciativa” a la que debía acudir en algún momento de mi periplo filológico. Pero otros menesteres se interpusieron y hubo de posponerse mi propósito.

Dos años más tarde, volví a encontrarme con él bajo el amparo de una, a mi juicio, feliz iniciativa que, como en el anterior caso, contó con el apoyo del Ayuntamiento de Telde. Una iniciativa que se malogró penosamente hace bien poco por circunstancias que el buen gusto exige que omitamos aquí: les hablo de la primera edición de Letras a Telde, una propuesta académica que, de algún modo, como la Guía comercial que nos convoca, aspiraba a renovar, con un espíritu multiperspectivista, colectivo, alternativo y, a la vez, complementario, la visión tan conservadora y algo desajustada que hasta ese momento se mantenía sobre muchas cuestiones relacionadas con la literatura española en Telde. Me renovó su amable invitación y yo hice lo propio con mi interés por compartir con esta Guía comercial algunas «cositas», como las defino, que al día de hoy aún yacen dormidas en mis cajones y que, sobre todo, tienen por eje central de su razón de ser la vida y obra de su tío, a quien, perdónenme la reiteración, vuelvo a recordar y reclamar nuevamente en este idóneo lugar para ello. Como en la anterior ocasión, otras empresas me alejaron de mi propósito.

Hoy, muchos años después, como si estuviese escrito que debía ser así, como si pareciese una casualidad, aunque ya dudo que lo sea, me hallo frente a ustedes en el año del Quijote para sellar con estas palabras el vínculo que desde este momento me va a unir a esta Guía comercial.

Esta, señoras y señores, no es una publicación como tantas que diariamente se diluyen en los revisteros de las salas de espera. No, mi querido público. Estamos, ya lo he apuntado con anterioridad, ante uno de los ejercicios intelectuales más importantes que ha dado nuestra Ciudad en toda su historia. Por encima de las grandes y meritorias individualidades representadas por las obras de Marín y Cubas o Hernández Benítez, se alza el trabajo colectivo de esta Guía, un proyecto que durante años, como si de una catedral se tratase, se ha ido edificando texto a texto gracias a decenas de obreros que han puesto su saber, esfuerzo y voluntad para lograr hacer de la historia un ejercicio íntimamente ligado con la intrahistoria y que la intrahistoria adquiriese la notoriedad suficiente que para sí reclama la historia.

Los 205 trabajos inéditos que componen el patrimonio dorado de esta Guía comercial, jalonados por las más de 1.900 fotografías que lo han ilustrado en los dieciocho años que la contemplan, se ocupan del deambular de individuos que todos hemos conocido y de personas sobre las que apenas teníamos noción de que existían; y, sobre todo, se ocupan de sus hechos: algunos sobresalientes, otros insignificantes, muchos curiosos, bastantes necesarios, los más entrañables; simples hechos, ora cotidianos, ora excepcionales, que han alumbrado la vida de nuestro pueblo en sus más de seis siglos de existencia.

En las cientos de páginas publicadas de la Guía comercial yacen los verdaderos resortes de una historia escrita por testigos y amantes de una tierra que nos une aunque las distancias hagan presumir lo contrario. Y junto a estos testigos, otros sin los cuales esta devoción no se hubiese plasmado en los anaqueles de nuestras bibliotecas: gracias a los mecenas por hacer posible que nuestras raíces traten de no aferrarse al anquilosamiento de un academicismo trasnochado como el que aflora con más frecuencia de la recomendada en tantas individualidades vestidas de oropel; gracias por confiar en los lectores, por creer en ellos y por hacer que el término «comercial» no resulte altisonante y desajustado a los fines de esta necesaria Guía comercial que los años ha convertido en un callejero sin el cual no sería posible circular en esta aldea en la que, por fortuna cada vez más, se logra que seamos más hijos de nuestras obras que de nuestros padres.

Aquí nos conocemos todos y aquí, en estas páginas, de algún modo, estamos todos. Desde aquí se forja un sentimiento de orgullo por el lugar que nos vio nacer, por el lugar en el que cada día vemos alumbrar el sol entre las piedras de estas calles que se saben nuestro nombre de memoria, por ese lugar mágico en el que esperamos yacer para siempre cuando emprendamos el «viaje definitivo». Hemos podido nacer en otra época o en otro lugar, hemos podido tener una existencia donde el nombre de Telde fuese o pareciese tan literario como Macondo o la Ínsula Barataria. Las cosas han podido ser así, pero lo cierto es que así no son.

Tenemos la Guía comercial en nuestras manos, la hojeamos, la sentimos nuestra y no podemos dejar de pensar que hoy es un día muy especial en el que los más nobles sentimientos teldesianos se elevan a un infinito del que nos sentimos parte; un infinito al que parece que desde siempre hemos estado destinados.

Vistas así las cosas, díganme si no queda más remedio que juzgar las sensaciones de apego, amor y nostalgia a nuestra tierra como un premio que la vida nos ha dado y que, en ocasiones, nos abruma hasta llegar a pensar si en realidad todo esto que nos envuelve y que llamamos Telde no es más que un maravilloso y extraordinario truco de magia.


[1] Texto expuesto en el acto de presentación de la edición anual de la Guía Histórico-Cultural de Telde celebrado en la Casa de la Cultura de Telde el jueves 3 de noviembre de 2005.