El asno de oro en…

Si habláramos de novela por entregas, reconozco que el caso más reciente que tengo ahora mismo en mente es el de la última obra de mi admirado Emilio González Déniz, Habanera, que vio la luz no hace ni medio año en Mercurio Editorial. Esta flamante pieza literaria estuvo durmiente en los cajones del escritor durante casi tres décadas después de haberse publicado semanalmente, desde el 7 de diciembre de 1990 hasta el 14 de junio del año siguiente, en el suplemento cultural del periódico Canarias7.

De los capítulos sueltos se pasó a su agrupamiento en un tomo y se concedió a los lectores actuales el privilegio de conocer (o recordar) una composición con lo mejor del estilo del novelista: por un lado, esa fina ironía —aderezada con exquisita socarronería— que tan bien maneja y que, en los autores de este orbe atlántico que nos acoge, tanto contribuye a consolidar nuestro modo de ver, de vernos y de ser vistos; por otro, la capacidad de mantener el pulso narrativo sin que se observen fisuras en el desarrollo de las tramas o los enfoques en torno a los cuales se articula el relato central, lo que en Habanera constituye todo un prodigioso ejercicio testimonial de las virtudes que Emilio atesora como literato si consideramos el reto creativo que supuso la elaboración de la ficción. «No valía un texto ya escrito y acabado. Tendría que ser una novela creada al ritmo de su publicación semanal. No habría posibilidad de ajustes», como nos cuenta González Déniz en la nota introductoria. Tras la aparición del capítulo que tocaba, disponía de unos pocos días para confeccionar el siguiente y entregarlo, y así sucesivamente durante medio año.

A estos méritos, además, creo que conviene añadir, por una parte, el que corresponde a esa atinada necesidad de sus narradores de atender al más variado repertorio de conductas, desmayos y veleidades humanas de los personajes; y, por otra, para no alargar demasiado este catálogo de merecimientos, aquello que, de sobra, sabemos quienes llevamos muchos años recorriendo la estela del autor de El reloj de Clío, Bastardos de Bardinia y La mitad de un credo: que su prosa es tan grata, tan asequible, tan envolvente que sus ficciones, en realidad —a mi juicio, claro está—, no se leen, sino que fluyen con una fascinante ligereza hasta lograr una habitación permanente en el huerto del entendimiento, donde florecen las hermosuras retóricas, danzan luminosas las líricas relatadoras y se asientan majestuosas las poéticas.

Por eso, al hilo de una cuestión tan coyuntural como el troceado de un todo literario —que es a lo que vengo en esta suerte de presentación—, no he podido evitar pensar en él, pues las virtudes expuestas del veguero las he hallado en Apuleyo; y las de Habanera, como ejemplo de su escritura, en El asno de oro, que es la obra que nos convoca. Las circunstancias editoriales de ambos títulos, atendiendo a la iniciativa que, con estas palabras inaugurales, se desea poner en marcha, se reflejan de un modo inverso, como si se ofrecieran ante un espejo: Habanera pasó de la publicación por entregas al volumen recopilatorio de los veinticinco capítulos que la componen; nosotros, a través de estas páginas, vamos a ir del tomo (ese feliz objeto que ha sacado Mercurio Editorial hace unos días y que tiene en la cubierta frontal una bella ilustración de Patricia Franz Santana) al ofrecimiento semanal de un capítulo de esta versión libre (o sea, con notables modificaciones con respecto al texto considerado original) de la célebre novela del latino, datada en el siglo II d. C., que titulé Las metamorfosis [aka El asno de oro] de Apuleyo y que, debo reconocer, se prolongó en su composición (comenzada en 2018) debido a los muchos otros quehaceres  que me iban invadiendo y me obligaban a interrumpirla y posponerla para una ocasión mejor, y no porque su preparación atesorara dificultades técnicas o filológicas. En cualquier caso, lo cierto es que siempre que se retomó el proyecto, los minutos, las horas, las jornadas dedicadas al asunto se gozaron con una felicidad inmensa. ¡Qué buenos ratos los pasados en compañía de Lucio, tanto en su forma humana como asnal! ¡Y qué ganas tengo de que puedas deleitarte con este clásico literario, aunque solo sea un poquito, que ya verás lo no poco que será! Porque esa fue, en el fondo, la finalidad principal de la iniciativa: disfrutar mientras se elaboraba; disfrutar con la idea de que disfrutarás con el resultado y, por supuesto, esperar que disfrutes de un texto que, al margen de que se ofrezca en una interpretación «metamorfoseada», ha superado la barrera del tiempo y el espacio porque siempre ha sido sumamente actual, con independencia de quién lo leyera, cómo lo leyera, cuándo lo leyera, dónde lo leyera y a través del medio con el que lo leyera.

Pero faltaría a la verdad si no admitiera los otros propósitos interiorizados que envuelven al deseo de disfrute señalado y que sustentan la esencia de lo que considero un «texto tuneado», como apunto en el anejo de la edición. Me gustaría que esta propuesta lectora semanal animara a sus visitantes a conocer la versión —llamémosla— «oficial» de la novela y, con ello, a acercarse más y mejor a Apuleyo y a su magnífica bibliografía (su Apología, su Florida, sus escritos filosóficos); y, con ello, a que observen de un modo ávido el apetitoso repertorio de títulos de la Antigüedad grecolatina que merecen ser descubiertos para recreo del entendimiento y la sensibilidad; y, con ello, a contribuir a la defensa de los estudios de filología clásica y, ya puestos, de cuantos se ocupan de cualquier manifestación lingüística y cultural de las civilizaciones anteriores a la Edad Media occidental; y, con ello, además, a lograr la aspiración máxima de todo lo que tuneo, al margen del ofrecimiento de placeres intelectuales: que no le tengan miedo a los inmortales de la literatura. A ninguno.

Ellos hablan de todo lo que nosotros, como humanos, entendemos a la perfección. De un modo más cercano de lo que pudiera imaginarse (que no nos engañen las distancias temporales y espaciales, pues en cosas relativas a la humanidad no existen), nos hacen depositarios de lo que nos hermana como habitantes de un planeta del que formamos parte y que ha sido testigo de lo más espléndido y lo más atroz de nuestra especie. Un inmejorable ejemplo de esta aportación de los clásicos a nuestra visión de lo que somos y de lo que hacemos lo hallamos en la obra que nos convoca. ¿Con qué ojos puede contemplar un humano transformado en asno a sus congéneres? Bajo el aspecto de un burro, pero con el intelecto de un hombre, ¿cómo puede interpretar y explicar, y justificar, el animalizado Lucio los modos tan violentos de actuar de sus conciudadanos, o sea, de aquellos a los que, antes de la metamorfosis, podía reconocer como sus semejantes?

Estas preguntas y muchas otras de similar jaez se irán desplegando cada semana en este medio. Abrimos el libro, soltamos los capítulos y les damos el impulso del cariño para que circulen por esta autopista digital que envuelve todos los rincones del mundo, con el fin de que, cuando tenga que ser, te lleguen sus palabras, estés donde estés y como estés.

Muchas gracias por emprender con nosotros esta aventura lectora. Nos vemos el domingo 1 de noviembre, tras la noche de Finaos, cuando el más allá se arrima a nuestro más acá y las leyendas que asustan, emocionan y dan respeto ancestral se acumulan. ¡Qué mejor ocasión para que arranque esta iniciativa, centrada en una obra donde la muerte, lo oscuro y la magia van de la mano! Para ese día, una entrega especial: el preliminar y los capítulos primero y segundo.

Y muchas gracias también —el corazón y la paz de la conciencia lo demandan—, por una parte, a Mercurio Editorial y, singularmente, a Jorge A. Liria, por ver con tan buenos ojos la puesta en marcha de esta industria lectora, tanto cuando se pensó para que saliera en soporte papel como ahora, que busca nuevos cauces en un medio tan distinguido como el que nos reúne; y, por otra, a los directores de Teldeactualidad, Infonorte Digial y Noticias de Agüimes, por recibir con apacibles voluntades, como decía Cervantes, la propuesta y ofrecernos un huequito en esta inmensa biblioteca de noticias, hechos, pensamientos y sensibilidades que algunos quieren reconocer bajo el nombre de «periódico», pero que los que conocemos bien lo que es y representa llamamos «hogar».