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Contextualizando la segunda «Soltadas»

Nota primera para un cuaderno de bitácora: «25 de octubre de 2022 (treinta y nueve años después). Acabo de publicar mi último libro: Soltadas [de literatura y…] Dos. Ha visto la luz, como el primero, en Mercurio Editorial. Me he quedado satisfecho con el resultado. Me representa. ¿Mi deseo? Que al verbo y la salud llamen estas páginas. Gracias a todos por tanto».

Cinco notas más, tan dispersas como puntuales, para el cuaderno de bitácora:

I. Asunción de la diferencia

Como la ciencia su luz da con las respuestas a preguntas pertinentes, comencemos la pretendida obra luminosa de esta empresa editorial atendiendo a la gran cuestión que me he ido planteando a medida que iba concibiendo los márgenes conceptuales de esta segunda Soltada que nos convoca: ¿por qué sin ser la primera vez que hago un libro similar tengo la sensación de que este —como la Uno— es distinto a los anteriores?

—¿Será quizás porque concedo a la voz “soltadas” la entidad suficiente como para que aparezca en el título y, en consecuencia, en los catálogos bibliográficos que consideren admisible el registro de esta cosecha de palabras e ideas?

—¿Será porque, a diferencia de sus homólogos, anacoretas e individualistas, a esta publicación, como vanguardia de otras semejantes que han de secundarle, la llevo a ese entrañable vecindario que representa la Colección Mercurio, donde habitan algunos muy allegados residentes?

—¿Será porque me estoy arrimando al medio siglo de vida y, sin la esperanza de recorrer tanto como lo andado, percibo que he de poner en orden bastantes ideas, determinadas sensaciones, no pocos ejercicios textuales y, sobre todo, un buen número de agradecimientos?

—¿Será porque está gestándose en mi voluntad crepuscular la búsqueda de aquello que me represente y con lo que me etiqueten gracias a que contiene tanto con lo que me siento identificado?

—¿Será porque tengo la sensación de que he de reunir los textos que han de sobrevivirme, como quien se empeña en agrupar a todos los suyos viviendo en el mismo edificio para consolidar los vínculos, porque desperdigados es más probable que sucumban en los infinitamente inextricables abismos por donde circulan las escrituras y se construyen las megaurbes de la bibliografía?

—¿Será porque contemplo el proyecto, su magnitud y su propósito, y una imagen toma cuerpo: la de esa única bala que se ha quedado en la recámara y que representa la oportunidad de un solo disparo?

—¿Será por todo lo enumerado a la vez o, en realidad, por nada de lo apuntado?

No lo sé. Asumo la diferencia, no la cuestiono, no la sitúo en el espacio de las posibilidades. No. Es real. Percibo el producto —y el precedente, el Uno— como algo distinto a lo hecho. ¿Mejor? No, ningún hijo es mejor o debería ser mejor que su hermano.

II. Para el sueño eterno: instantes petrificados, pulidas huellas

—Las veinticinco piezas que contiene este volumen representan otros tantos instantes de lectura y escritura en mi vida; dos decenas y media de situaciones en las que la palabra y el pensamiento se unieron para dar forma a mensajes que, como casi todos los que compongo bajo directrices retóricas y trato de difundir de la mejor manera, aspira a trascenderme; a llegar a esos límites humanos, espaciales y temporales que en vida jamás alcanzaré.

—Por eso, porque en este momento convierto lo que contemplas en una suerte de cápsula del tiempo, la función recopilatoria no se ha circunscrito solo a la recogida y disposición de la materia ya existente siguiendo los tradicionales criterios de orden cronológico o según la naturaleza del asunto abordado, sino que se ha desarrollado atendiendo a una serie de normas internas elaboradas con el fin de consolidar un proyecto que, al abarcar más tomos, se prolongará en el tiempo y, en consecuencia, influirá en los futuros textos que se vayan a componer.

Soltadas supone la asunción de un nuevo rumbo editorial a partir de unas reglas de escritura que, de algún modo, considero novedosas, aunque sigan presentes las marcas de estilo de siempre: esa suerte de idiolecto de la elocuencia que alegra a los afines y avisa a los contrarios.

—En la tabla de contenidos de este segundo paso podrás ver esa explícita voluntad señalada por que haya una continuidad de la iniciativa; una prolongación donde sea posible disponer de una considerable cantidad de composiciones que, a mi juicio, por su relevancia, deberían formar parte de ese mundo conocido que todo autor tiene y que lo identifica como creador en el más amplio sentido de la palabra; un conjunto de testimonios del que solo cabe esperar que atesore algo constructivo, algo que sume, algo que, con independencia de si se está de acuerdo o no con lo que se declare, debe conservarse por ser el resultado de una actividad libre y sin prejuicios realizada a partir del conocimiento teórico y práctico, y de la experiencia vital e intelectual que poseo sobre los asuntos que abordo.

—El indicado propósito ha traído consigo una revisión a fondo de los escritos que recoge el presente volumen con el interés de que cada uno represente la última versión del mensaje, la definitiva, la que supere a todas las anteriores y la que no mueva deseo alguno por mi parte para que sea mejorada. Esto implica la asunción de un buen número licencias que, por tener como destino textos propios, considero de aplicación más que pertinente dada la finalidad que tiene este proyecto editorial: alterar títulos, actualizar datos y referencias, modificar contenidos, cambiar expresiones y construcciones sintácticas que, sin llegar al error, creo ahora que no son las adecuadas; detalles variados atribuibles a un tipo atolondrado como yo y alguno que otro que encaja en la impericia, etc. En suma, retoques necesarios que buscan hacer habitable para siempre la lectura y que casan con la imagen de la diligente voluntad del artesano atento a las más nimias particularidades de la pieza a la que va dando forma porque, desde su personal noción del deber, no es concebible plantear siquiera la omisión o el descuido, aunque anide en la conciencia la convicción de que nadie se dará cuenta de lo no hecho o lo no corregido.

—Mientras me ocupaba de los numerosos frentes de este proyecto editorial, una visión iba depositándose en mi ánimo y a ella apelaba cuando, en mis accesos de debilidad, llegaba a plantear que un borrón, dos…, que tampoco es tanto, y que. Pensaba en un alarife que, cincel en mano, iba componiendo densos y difíciles arabescos (atauriques y formas geométricas y caligráficas) con los que llenaba paredes, fuentes, arcos, puertas, etc., sin dejar un milímetro libre. Me lo suponía preocupado por que el conjunto estuviera, en su completitud, perfecto; incluso aquellas partes del espacio que, con toda probabilidad —lo intuye o quizás lo sepa con seguridad—, pasarán desapercibidas para quienes contemplarán la obra cuando esté acabada: alguna esquina, algún recoveco, algún punto poco iluminado por donde los ojos de los visitantes jamás se depositarán; solos los de muy pocos, poquísimos, especialistas en arte y acuciosos curiosos.

—Reconozco que he revisado las piezas de este tomo con la íntima convicción de que nadie las leerá o tratará de cuestionar. Las dejarán estar y, con suerte, en algún momento de los próximos siglos alguien se tomará la molestia de verificar si fui o no riguroso en mi proceder.

—Esta preparación para el sueño eterno ha sido ante todo un acto de honestidad conmigo mismo. Me lo debo porque te lo debo. Si busco el cuidado en mi prosa es porque tengo una altísima consideración hacia ti. Te mereces lo mejor que yo pueda ofrecerte.

—Cuando rescato textos del pasado, lo que hago es depurarlos, quitarles los restos de malas revisiones, deficientes expresiones inadvertidas, erratas y algún que otro error; los actualizo para que estén bien calibrados y acordes a los polos magnéticos que determinan mi intelecto, mi idiosincrasia y, por supuesto, mis demonios. Un propósito así, tan sujeto a esa voluntad de final que se pretende trasladar, tiene mucho de despedida, de cierre, de hasta siempre, de ahí te quedas con lo que eres y lo que he podido darte, de «anda hijo, válete por ti mismo, criado te he».

—Las veinticinco experiencias vitales que se reproducen en las páginas de este testamento libresco —llamémoslo así— se han forjado a través de las lecturas y sus particulares recreaciones: la escritura académica y ensayística, la argumentación y la experimentación literaria. Cada una ofrece desde el momento de su inserción en esta antología (en el fondo, esto es esto) los marchamos que la reconocen como representante imperecedera de mi pensamiento, mi cosmovisión, mi estética, mis impulsos divulgativos, mi condición humanista, mi actitud vital, mi aptitud retórica…

—Son todas, en última instancia, una radiografía que permite ver mis articulaciones intelectuales. En mi nombre, hablan. En ellas deposito ese prurito de inmortalidad, ese afán de perpetuidad que justificó de algún modo el que 3500 años a.C. surgiera la escritura.

III. Mis absolutas verdades

—Si tomamos en consideración lo que encarnan estas piezas tras lo expuesto, será inevitable pensar en lo autobiográfico como una marca peculiar de las propuestas lectoras que contiene este volumen, lo que no es descabellado a tenor del fuerte componente egocéntrico que atesoran las ideas que me apetece compartir. Este es un rasgo de estilo que tengo muy consolidado. Escribo desde un yo agente y testigo, impregno mis observaciones, análisis, reflexiones… de un sello muy personal porque he interiorizado con profundidad mi responsabilidad sobre todos los contenidos que expongo y los juicios que defiendo.

—Mi omnipresente ego no aspira a que se divinice mi figura, como hacían los emperadores romanos mandando a edificar estatuas; al contrario, es más un impulso relativizador el que me empuja, me mueve y me guía. Es mi perspectiva, mi exégesis de los fenómenos que dan pie a la escritura. Los libros reseñados, las ideas compartidas, las opiniones declaradas…, todo está matizado y sujeto a mi particular visión de los asuntos que abordo.

—De entre los muchos defectos que se me pueden atribuir, no es el dogmatismo uno de los que merezca ser contabilizado en mi haber. ¿Una prueba? La cantidad de “quizás”, “creo”, “posiblemente”, “a mi juicio”, etc., que voy desperdigando a diestro y siniestro.

—Esto no quiere decir que no esté convencido de mis afirmaciones ni que deje de conceder a cuanto diga el sello de la certidumbre. Las mías, en este sentido, no son verdades absolutas porque no se muestran para que no haya duda alguna sobre ellas; sí son, en cambio, mis absolutas verdades, pues representan todo aquello que considero ajustado a mi percepción de los estímulos recibidos, cuanto defiendo y, en consecuencia, valoro como apto para ser difundido con el único interés de mostrar una visión concreta de un acontecimiento puntual: un libro, una etapa histórica, un episodio biográfico, una reflexión sobre un hecho… Considero fundamental recalcar esto para que se pueda visualizar mi actitud ante las lecturas y los temas tratados, y el empuje intelectual y emocional con el que todo se ha asimilado, elaborado y expuesto.

—Este carácter tan personalista que vas a detectar en lo que leas está presente en la heterogeneidad de contenidos que desarrollo y que, vistos con la debida perspectiva, son en el fondo un reflejo de mi manera de obrar por la vida. Yo soy así. Aunque anhelo la virtud de la polivalencia y la polimatía, y me entrego con curiosidad y cariño en los asuntos que me ocupan y preocupan, no paso de ser un tipo que va de flor en flor y que logra que el refrán «aprendiz de todo, maestro de nada» le encaje con más precisión de lo deseado.

—En este libro hablo sobre todo de literatura porque ese ha sido y es el principal ámbito de desarrollo de mi faceta compositora, de ahí que acompañe al Soltadas del título un ilustrativo [de literatura]; pero también me ocupo de asuntos políticos, históricos, educativos, etc., que, en el citado enunciado, quedan supuestos con la conjunción copulativa y los puntos suspensivos: [y…].

III. Los principios del placer y del convite

—Permíteme compartir contigo algunas apreciaciones sobre mis incursiones literarias en este tomo, fundamentalmente las relativas a las reseñas; y no tanto porque predominen —que también, como ya lo he dejado señalado—, sino porque responden a un modo de abordar los textos analizados que me parece oportuno exponer, pues lleva implícita una serie de asunciones sobre la labor del crítico como lector, como escritor y como divulgador que son el resultado de una dilatada experiencia al frente de este tipo de quehaceres que aún sigo desempeñando. Son pautas del oficio aderezadas con principios éticos y fundamentos morales que tengo muy interiorizadas, y que forman parte —como el componente egocéntrico— de lo que es mi estilo. Aunque siempre han estado presentes en mis escrituras, en Soltadas les doy una entidad, un lugar visible y destacado dentro de lo que represento como autor.

—Mis informes sobre los títulos leídos se guían por los principios del placer y del convite. Todos surgen como resultado de una lectura placentera que, en ocasiones, sin saber muy bien cómo, ha acabado proyectándose en un escrito que adquiere la consistencia de una crónica del disfrute y de una cartografía por aquellos elementos que han permitido que la obra se sitúe en los anaqueles mentales donde conservamos los libros que nos resultan significativos.

—Hay veces en que la relevancia de una composición desde nuestro punto de vista, cuanto nos sujeta a ella, no coincide con lo que algún avezado especialista ha señalado como digno de tenerse en consideración; es más, casi siempre suele suceder que de este señalamiento no nos damos cuenta los lectores del montón, como yo. En ocasiones, aquello que destacamos se ciñe a cuestiones tan personales que, vistas con la debida perspectiva, convierten el ejercicio escritor en una exposición que, si fuera un documento administrativo, estaría al mismo nivel que una declaración jurada.

—Como carezco de competencias para ser reconocido como especialista, asumo con gusto el rol de experimentado usuario lector que se alegra de compartir aquello que me ha hecho disfrutar. Este es el principio básico que rige en mis reseñas y que me concede ciertas licencias que me agradan más de lo que te puedas imaginar; por ejemplo: hablar de lo que quiero y como quiero.

—Dado que no se espera de mí nada que esté relacionado con el dictado de sentencias sobre el mayor o menor valor de una obra, las reglas que asumo se amoldan a mis consideraciones. Una de ellas es igualar el tono de mis piezas —mi posición frente a los títulos de otros escritores— con el que utilizo en mi vida privada. Como no me gustan los enfrentamientos, prescindo de convertir mis reflexiones en armas arrojadizas. Huyo de esos conflictos y enredos que tanto han caracterizado a los gremios de artistas y creadores en general. No me interesan. Ni los recojo en mis textos ni participo en ámbitos donde tengan cabida. Llevo muchos años alejado de casi todos los actos relacionados con obras ajenas y, como prueba de la coherencia deseada, de los que deberían ser eventos editoriales centrados en mis propios títulos.

—Lo único que me hace feliz es leer; y, si fuera viable, escribir acerca de lo leído; y, ya puestos, sobre cualquier otro asunto; y editar libros: recibir los originales y trabajar con ellos con el cariño y la devoción de siempre para que puedan salir a la luz de la mejor forma posible. A estos placeres dedico todas mis horas de vigilia que no entrego a mis quehaceres docentes y domésticos. Por eso procuro con mis reseñas que los autores y los editores que las conozcan digan algo así como: «vaya, me alegro mucho de que le haya gustado mi libro a este lector», o «qué bien que alguien tenga para el título palabras tan elogiosas», o «qué observación sobre la obra tan curiosa (o interesante o magnífica o…) ha hecho ese tal Victoriano», etc., no sé, algo por el estilo.

—Como no pierdo el tiempo leyendo lo que me desagrada, no lo malgasto escribiendo acerca de aquello que, de manera inevitable, quedaría reducido a una escueta ristra de defectos porque mínimo sería mi apego a lo que solo podría calificar de infame texto.

—De momento, aunque cobrara por ello, no invertiría mis energías ni mis horas (escasas y efímeras) en componer críticas negativas de libros. Hay quienes son capaces de hacerlo y, si fuera necesario, entrar en cualquier refriega dialéctica. En esto, conmigo, prevalece una suerte de pusilanimidad que —confieso— reconozco y proclamo como virtud y premio antes que defecto y desdoro.

—Considero que la brevedad de mi existencia me obliga a no perder mi tiempo en decirle a mis desconocidos lectores (los poquitos que pudiera haber) qué no deben leer o qué merece no sé qué de repulsas y pocos afectos o desdenes, o qué sé yo. Esto, por un lado; por el otro, pregunto: ¿quién soy yo para menoscabar el valor de un título? Una obra me puede parecer mala, pero no tengo autoridad moral ni ética para ensañarme contra ella tratando de sostener que ha sido un desacierto su publicación y/o difusión —el fin de toda crítica libresca feroz—.

—Cambiemos la actitud: ocupémonos solo de lo que nos resulta bondadoso y placentero; esforcémonos en atender aquello que, a nuestro juicio, merece la pena y cedamos al lector la última palabra, el veredicto sobre si hemos estado atinados o no a la hora de enjuiciar un título. Creo con sinceridad que es lo correcto. Impidamos que se adueñe de nosotros la soberbia, entendida como predisposición para formular opiniones y valoraciones negativas acerca de asuntos que atañen a la creatividad; aceptemos la indiferencia como postura para manifestar nuestra desaprobación y para expresar una evidente inclinación por no prestar atención alguna a lo que consideramos que no debe tenerla; y dejemos que lleguen la paz y la comprensión al ánimo de los autores permitiéndoles que se hagan a la idea de que no se habla de sus libros porque carecen de tiempo quienes podrían hacerlo y no porque sus obras no han gustado.

IV. ¿Qué es en realidad Soltadas?

—¿Cómo categorizar la noción Soltadas? ¿Dónde ubicar este híbrido que tan pronto parece diario —a diestra— y —a la siniestra— crónica, como escrito divulgativo o pieza de fantasía? Si se tira de la etiqueta “ensayo”, aparecen vetas que no dejan de situar el ejercicio en la narrativa y, por determinadas expresiones, hasta en el drama y la comedia; si se jala por la senda del relato de ocio, asaltan el camino las pedantescas filigranas académicas; si se lanza la bagatela, flota la plúmbea filosofía; si el pensamiento se desparrama, la lírica emerge… Es todo un sindiós. Parece que me empeño en que mi estilo sea no tener estilo; y, con ello, que nadie sepa qué hacer con el objeto, dónde colocarlo, qué etiqueta ponerle…, para qué sirve. Soltadas es no-ficción ficcionada y, a la vez, ficción no-ficcionada; o no, o solo un poquito… ¿Un género en sí mismo? Si así fuera, mayor premio no sería posible concebir: que alcance la empresa libresca la condición de categoría (no adscrita a la genialidad, por supuesto), como lo son a día de hoy Jorge Luis Borges, Leonardo da Vinci, Stanley Kubrick, Freddie Mercury, etc.

—No sé si este galimatías o revoltura —llámalo como quieras— procede de un desajuste a la hora de enhebrarme como juntaletras y editor que, con toda probabilidad, muy pocos pueden imaginar: que no me miro en el espejo de los afamados o prestigiosos autores para dar cierto sentido a lo que representa el proyecto Soltadas y, con ello, a mi producción escritora y, por extensión, bibliográfica; sino en el de las grandes bandas de rock que he seguido con devoción durante toda mi vida (Queen, Slayer, Iron Maiden, Pink Floyd, Metallica…).

—En esta fantasía roquera, he concebido cada libro como un álbum; cada texto como una canción; cada acto de difusión (presentación, entrevista, nota de prensa…) como conciertos de una gira, etc.

—En mi figuración, ahora, con lo que frente a ti tienes, estaría en un proceso de reedición de material viejo: pasando del analógico “vinilo” a soportes “digitales” alternativos, remasterizando textos, haciendo variaciones, buscando la manera de que algunas ideas que se consideraron buenas entonces no decaigan ante los nuevos lectores porque uno quiera suponer que los antiguos ya conocen las primeras versiones. Soltadas viene a ser la última vez que las canciones se toquen. Cuando se vuelva en el futuro sobre ellas, a modo de reimpresiones —casi reediciones para coleccionistas—, solo será para corregir erratas puntuales.

—Y poco más. Hora es ya de abrir las compuertas de esta presa y dejar que las veinticinco soltadas se muestren en su esplendor, que no digo que lo tenga en grado elevado, pues ni en el más ínfimo lo hallo si tus ojos no lo descubren, que bien quisiera yo que, tras navegar —que no naufragar— por estas páginas, se te ilumine el entendimiento y consideres oportuno garabatear en algún sitio un «conviene tener a mano el tomo de este teldense-santaluceño, pues algo en él de interés sobre mí, sobre nosotros se habla».

 Un apunte más, en forma de otrosí, para el cuaderno de bitácora:

 Otrosí: Bernardo redivivo

Sucedió que, hacia mediados de julio de 2022, ya tenía prácticamente cerrado este tomo: cada una de las veinticinco piezas de Soltadas Dos estaba revisada, ampliada, modificada, corregida…, en suma, maquillada para la vida eterna y con el “imprimatur nihil obstat” a su vera; el prólogo, perfilado, a falta de alguna que otra ocurrencia; la cubierta, a la espera de algún que otro abalorio; el índice onomástico, pendiente de cuadrar la maqueta de algún que otro escrito; algún que otro dato administrativo-mercantil de la hoja de crédito, en camino… O sea, que más pronto que tarde recibiría el proyecto editorial la necesaria cédula de habitabilidad para que los lectores pudieran entrar a vivir en las páginas del volumen. Así las cosas, a un paso de rematar la faena a la que tanto tiempo y energías había dedicado, sucedió que un día, uno de esos de calor y, sobre todo, viento, mucho viento santaluceño, tocan en la puerta de casa. Sería más o menos a eso del mediodía, quizás un poco más tarde. Patri aún no había llegado del trabajo, aunque no le debía faltar mucho. Yo estaba en mi despacho. Gracias a que llevaba puestos los audífonos, pude sentir la débil llamada de los porrazos; si no, mi visitante no tendría otro remedio que echarla abajo con algún tipo de artefacto explosivo. Abrí. La impresión que me causó la imagen que contemplaba me paralizó; el puñetazo posterior me derrumbó. Todo se volvió negro. Perdí la conciencia. No sé durante cuánto tiempo, aunque tuvo que ser poco. A Patri no le debía faltar mucho para llegar. Cuando recobré las nociones del lugar, el espacio y la situación, lo vi sentado frente a mí.

—Cállate y escucha —me dijo—. Ya sabes quién soy, a pesar de que nunca me has encontrado ni tienes de mí más conocimiento que cualquier otro. Por tanto, no voy a perder el tiempo en presentaciones ni voy a estar aquí más de lo necesario. Enterado estoy de que te vas a despedir de mí sin más en un libro que, al parecer, acabas de terminar. La verdad es que no sé cómo calificar este final de nuestra relación que pretendes. Me dedicaste unos años de tu vida. Recuérdalo. Sobre lo ignoto, construiste una tesis doctoral que, la verdad sea dicha, no te ha servido de nada. Como tu discapacidad auditiva, no la pudiste aprovechar para tus oposiciones a profesor de secundaria; ni te preocupaste de cimentar con ella una trayectoria como investigador universitario. Pillaste plaza y te olvidaste de lo hecho. Troceaste el producto y malvendiste los restos, y luego desapareciste. 2002, 2003, 2004. Te mandaste a mudar. Más tarde volviste gracias a tu querido amigo Jorge A. Liria. Alguna noble intención y mejor propósito parecían verse en ti; pero, al final, leche machanga. Tres libros. 2008, 2011. Y adiós, muy buenas. Y ahora, como un miserable, te aprestas a despedirte de mí sin reparar siquiera algo de lo que has hecho, renegando así de un pasado que tampoco te fue tan esquivo ni desdichado. ¿Te olvidas de tu Bajo 2 en el palmense n.º 61 de Ángel Guimerá? ¿Tan infeliz fuiste allí? ¿Relegas de tus años como becario de investigación de la ULPGC y de tus cientos —miles, quizás— de horas en el despacho 22 del Edificio de Humanidades, que compartías con doña María del Prado Escobar Bonilla y don Antonio Cabrera Perera, tu maestro? ¿Acaso no te habrías quedado aquí si te hubiesen entornado siquiera la puerta? Y esto ahora, ¿a cuento de qué?

Luego cogió un ejemplar de La Galatea, yo creo que el de la Biblioteca Clásica de la RAE, en tapa dura, y comenzó a golpearme una y otra vez. Cuanta más resistencia trataba de ofrecer, más me daba y de un modo más certero. Así hasta que perdí otra vez la conciencia. Poco debía faltar para que llegara Patri cuando desperté, sentado ahora en mi despacho. Él seguía a mi lado.

—Cállate y escucha —me dijo—. Han pasado veinte años. Cierra de una vez por todas la puerta. Haz las cosas bien. Termina el exorcismo. No te quedes a medias. Sabes que cada pieza autobiográfica que compones no deja de ser un testimonio liberador: su lectura, tras la composición, limpia tu conciencia y la sola idea de que las palabras sean leídas y compartidas anima a la redención. Han pasado dos décadas. En agosto de 2002, superado el proceso selectivo que te ha permitido disfrutar durante todos estos años de tu condición de docente, te ocupaste de cerrar tu tesis doctoral. Acabado el mes, entregaste el material al profesor Cabrera Perera; lo revisó al tiempo que se activaba la maquinaria administrativa de la Unidad de Tercer Ciclo para fijar la defensa. Se puso una fecha: 5 de febrero de 2003; un lugar: salón de actos del edificio departamental, un anexo al de Humanidades. Un tribunal: doña Yolanda Arencibia Santana presidía; doña María del Prado Escobar Bonilla, que ejercía de secretaria; y los vocales, don Carlos Cabrera Morales, don José María Ignacio Aguirre Romero y don Francisco Javier González Antón. Sé que no te has olvidado de ellos. Habito en ti. Siempre los hallo en el edénico huerto de tus gratitudes. Fuiste feliz. Aquello te gustaba: la facultad, tu tesis, el ambiente… Te recuerdo evocándome e invocándome todos los días, escuchando una y otra vez El Greco de Vangelis, ese pasaporte que te permitía viajar a mi siglo y vivir entre los míos. Y Salamanca, y Madrid. Y los hostales, y la disciplina espartana que te llevó en poco tiempo a finalizar lo que a otros ocupó más de lo normal. Termina el exorcismo. Libérate. Deposita en el cofre de Pastorilia los rancajos. Es agosto de 2022. Han pasado veinte años.

Luego cogió los dos tomos del Quijote de Cervantes de la Biblioteca Clásica de la RAE, en caja, y comenzó a golpearme al tiempo que me repetía con furia: «Sé que volverás a él, sé que volverás a él, sé que volverás a él». Me lo decía mostrándome el nombre del alcalaíno en la cubierta. Antes de perder la conciencia, le oí decir: «Por eso, despídete bien de mí». El mundo se oscureció. No estuve mucho sin sentido porque, cuando pude recobrarme, comprobé que poco debía faltar para que llegara Patri a casa. Pensé en lo que había ocurrido y, molido y desconcertado, apunté algunas ideas en un borrador. Al día siguiente, antes de que amaneciera, anoté:

«Sucede que muchos textos, sobre todo los más viejos, los que rondan el huerto de mi despedida de González de Bobadilla, contienen “desajustes”, por decirlo de algún modo suave, que considero fundamental resolver en este momento; ahora que, como ocurre en este caso, estoy finiquitando las actividades de la empresa filológica que me ocupó durante muchos años. No me quejo de los conceptos —los fondos— de mi exposición, sino de las formas, de ese empeño en hacer pasar por el ojo de una aguja la lengua oral para convertirla en escrita, lo que me genera más de un quebradero de cabeza. Qué martirio de asunción estilística persigo: redactar como hablo y envolver lo compuesto en una sintaxis llena de puertas y pasadizos, escaleras que bajan y rampas que suben, todo en una búsqueda de un preciosismo expresivo que, en muchas ocasiones, se vuelve inoperativo. Lo he comprobado al revivir mis batallas en los campos de González de Bobadilla y sus Ninfas y pastores de Henares. Cuántas veces no me he dicho en el transcurso de las revisiones: “¿Y esto lo puse así? ¿Por qué?”. Se afirma que el camino más corto entre dos puntos es una línea recta; en mi universo de la expresión escrita, una enrevesada madeja. Y, entre cabo y cabo, Ulises intentando llegar a Ítaca».

Como no sabía si el párrafo debía ir ahí o en otro sitio, lo he mantenido donde ahora lo lees y bajo el aspecto de una cita. Total, qué más da. Pensé en Bernardo González de Bobadilla, mi desconocido y bienamado agresor; amplié en casi dos centenas de páginas el hueco asignado a Pastorilia y me negué al chantaje emocional de El Greco. Le pedí a Evángelos Odysséas Papathanassíou una alternativa para decir «adiós». Me la dio, como siempre: “To the Unknown Man” (1977).