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Enjaulados con/por Correa

I

«La última de Correa», pedí a mi librera; «entre otros, el último de la serie Ricardo Blanco», respondí en varias ocasiones a colegas que me preguntaban por lo que estaba leyendo; «en nada acabo con la última de Pepe», le dije a mi mujer cuando los principales personajes de la novela se disponían a ir a una verbena. Así identificaba La estación enjaulada de José Luis Correa. ¿Por qué? Porque mi memoria —selectiva por su naturaleza limitada— había decidido asumir el camino más pragmático, que era de algún modo el más afín a mi convicción: visualizar toda la producción dedicada al conocido detective como una unidad dividida en partes secuenciadas (la de 2023 es la decimotercera pieza del engranaje). Por eso no me preocupé mucho por retener el título de la obra. Súmesele además a lo apuntado otro convencimiento: que los qué, o sea, los específicos entramados que ofrece cada una de las novelas de esta hilera literaria se hallan siempre superados con creces por las inmensas virtudes del estilo (el cómo). Gracias a estas peculiares cualidades de la escritura no me encontré en la tesitura de tener que sopesar si debía o no leer la porción número 13 del conjunto articulado: es un Correa, un Ricardo Blanco, o sea, algo que merece la pena adquirir y degustar. En esto no hay debate ni cuestionamiento posibles.

Presto resuelvo el asunto que atañe a la historia en sí, veamos: Ricardo Blanco acepta una invitación de una vieja amiga de la universidad para investigar el asesinato de una irlandesa en el pueblo de pescadores donde vive, situado en alguna costa de la provincia de Las Palmas, durante el periodo previo al confinamiento por COVID. Alojado en el pequeño hostal que ella regenta, el detective lleva a cabo sus pesquisas y comprueba que el asunto va a más porque existe la posibilidad de que una familiar de esta joven, que aún no ha regresado a su país tras el crimen por motivos judiciales y policiales, también pueda ser liquidada. Las sombras en este entramado delictivo vienen representadas por dos fanáticos paisanos de la víctima y algunos personajes locales tan corruptos como violentos.

Poco más.

II

No he podido evitar, apuntada la sinopsis, que el recuerdo del relato “El jugador generoso” de Charles Baudelaire apareciera de repente; principalmente, las palabras de un orador reproducidas por el interlocutor del protagonista: «Queridos hermanos, no olvidéis nunca, cuando oigáis elogiar el progreso de las luces, que la más bonita astucia del diablo está en persuadiros de que no existe». He sonreído con la evocación, pues tras el artefacto de los sucesos, los espacios y los desarrollos narrativos de la obra que me ha enjaulado durante unos días solo detecto pretextos para la escritura. Todo es y parece una novela —y, de entrada, no dudo de que lo sea—, pero me resulta imposible controlar mi sospecha de que, en el fondo, el verdadero rostro de estas páginas es otro; de ahí este imprevisto lazo que sujeta mi convencimiento a la reproducida cita del poeta francés: el “diablo” Correa trata de persuadirnos de que la suya es una novela de género negro donde se va a demostrar el ingenio del detective para resolver un caso. Pues vale.

Contemplo el producto saboreado y me percato, por un lado, de que desde el principio se sabe quiénes son los malos y, por el otro, por la escasa evolución de sus maldades, que muy difícil no lo han puesto para que se vinieran abajo sus perversas intenciones. Pero sucede —detalles de “pasapáginas” añejo— que la novela tiene 270 páginas y el tamaño de la letra no es grande. ¿En qué se va el desarrollo narrativo? Si la sinopsis muestra la claridad de la trama y presto se sabe cómo reman los personajes, y (casi) qué cabe esperar de sus paleteos al finalizar la lectura, ¿qué prodigioso elixir literario rellena las hojas y nos mantiene embriagados y sujetos a ellas hasta la línea donde se lee: «Las Palmas, septiembre de 2022»?

Respondo: la vida del protagonista, sin más; su faceta más humana, aquella que muestra una menor dependencia de su labor detectivesca. Ese día a día que ahora es costero, en una pensión eventual y fundamentado en un compromiso contraído con Diana Solís, la peticionaria de la ayuda, un interesante personaje que no recuerdo haber visto en otras novelas de la serie (mi memoria y su flaqueza están hermanadas); dejando constancia de algún modo, con sus palabras y sus actitudes, que se siente en un tramo existencial donde hay más camino recorrido que por recorrer, y manifestando implícitamente la necesidad de seleccionar aquello que merece la pena conservar, aunque solo sea como asidero para que las remembranzas no dejen de estar presentes y se contemplen con amable nostalgia.

Las conversaciones que se producen con la dueña del hostal, por ejemplo, en los múltiples encuentros que mantienen sentados y tomando siempre algo son más importantes en este sentido que averiguar los vínculos que hay entre el director del Gran Hotel y el sacerdote extranjero, tan distinto en su idiosincrasia al párroco local, don Samuel, conocido por el Equilibrista. “Lo” de Gervasio (conviene que se destaque el pronombre átono), verbigracia, es más relevante dentro del universo de Ricardo Blanco que el descubrir las implicaciones del «skinny, redhead and thick glasses» en el asunto que le lleva a estar unos días en la pensión Galdós, regentada por su amiga. En esos gratísimos vaivenes de los instantes vuelan las páginas de la novela, envueltas en ese hablar cercano, coloquial, socarrón, repleto de pequeñas filosofías domésticas y de particulares percepciones acerca de la vida, y con ese puntito de afectuosidad que lo sitúa próximo a los lares atlánticos donde ubicamos la palabra “hogar”. En todo esto es tan nuestro el protagonista que es imposible ubicarlo en otro lugar del entorno hispánico que no sea el que nos acoge.

Pero hay más, un detalle, un matiz, un aspecto que conviene no desatender porque tiene su peso: las dos décadas que han transcurrido desde el primer título de Ricardo Blanco (Quince días de noviembre) y este que ahora nos convoca. Trece novelas en veinte años implican una regularidad en el proceso de composición que, a mi juicio, condiciona el resultado final del producto. El personaje de ficción ha envejecido junto al autor. Cada año, durante unos meses, se reencuentran: uno escribe lo que el otro hace; si este piensa, aquel reflexiona; si el de acá opina, el de allá sentencia… Ambos a su manera se entienden y se compenetran de una forma singular. Es inevitable. La relación entre Gervasio y el detective, salvando las distancias y dentro del ámbito ficcional, nos da idea de cómo este vínculo se asemeja al de dos caminantes que llevan muchos años andando juntos.

Asumo sin problema que el primer Ricardo, el de 2003, no naciera a imagen y semejanza del escritor, pero algo me hace pensar que el último no se encuentra muy lejos de José Luis Correa. Es normal que así sea. Es muy humano que se haya dado esta proyección del ego: cuando un personaje ha acaparado tantos años de vida y de momentos creativos de un autor es razonable que pierda su estatus de extraño, de recién llegado susceptible de ser objeto de cualquier manipulación acorde a la voluntad del escritor. Adquiere una identidad propia que lo condiciona; de ahí que, en función de su temperamento, “demande” un tratamiento diferencial al del resto de participantes eventuales en la ficción. La historia de la literatura está llena de personajes que, gracias a esta circunstancia, acabaron por asumir la representación de sus creadores, como lo hacen los descendientes con respecto a sus ascendientes. En este sentido, feliz ha de estar nuestro escritor, pues mejor portavoz que Ricardo no es posible imaginar.

Añádase a todo lo expuesto, otro detalle, otro matiz, otro aspecto que conviene no desatender porque también tiene su peso: que de las dos décadas de convivencia entre Correa y Blanco hemos sido testigos muchos lectores; y nosotros, como ellos, hemos envejecido del mismo modo. Con fidelidad hemos acudido al encuentro de cada título y junto al autor y el personaje hemos participado del sentido que posee una noción como la que encierra la locución latina tempus fugit; de ahí la alegría por esta renovada confluencia y por lo que trae consigo: la felicidad intelectual consustancial a la lectura y, cuando se da el caso, a la escritura.

Con periodicidad nos entrega nuestro autor una nueva obra centrada en el conocido detective. ¿Por qué? Estoy absolutamente convencido de que no lo hace ni por fama ni por dineros. Las tentaciones del demonio sobre las que hablaba Cervantes en el prólogo de la segunda parte del Quijote no creo que tengan cabida en el novelista: Correa tiene renombre y quiero pensar que peculio con el que garantizar su supervivencia no le ha de faltar. Por eso concibo su ritual de escritura alejado del interés mercantil y del propósito de la trascendencia. Para mí, su quehacer literario responde a una necesidad vital (como ingerir alimentos, dormir, hacer algo de ejercicio físico, etc.) que se ve correspondida —y aquí está lo hermoso de la situación— por otra de similares características: la de los lectores por recibir lo que ha compuesto porque lo necesitamos.

III

Y ahora, a por la decimocuarta entrega, que esperaré —lo confieso— sin interés por saber cómo se demuestra una vez más la sagacidad de Ricardo Blanco para resolver el caso de turno que se le presente. Solo me atrae estar al día sobre el estado del elenco un tiempito después de la última vez que supe de cada uno, que fue aquí, en La estación enjaulada. ¿Cómo será el encierro con Beatriz?, ¿cómo evolucionará lo de Gervasio?, ¿cómo lo llevará Susana?, ¿Inés despuntará más allá de lo habitual y dejará a un lado su labor como secretaria del detective?, ¿habrá que decir adiós para siempre a Diana Solís?, ¿con qué ánimos, con qué empuje vital acometerá el protagonista el asunto que tenga a bien aceptar? Si de algo estoy convencido en lo que nos ocupa es de que el enganche a la próxima novela ha de estar en saber cómo se encuentra nuestro viejo detective y los suyos; y, de paso, qué aspecto tendrá esa sombra omnipresente que proyectan las palabras del nieto de Colacho Arteaga y que en ocasiones —reconozco que cada vez más (¿pareidolia?)— se me asemeja a mi admirado José Luis Correa.