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Gritar en medio del páramo

ENLACE

Tenemos ante nosotros un libro comprometido, que no comprometedor. Un libro dividido en dos partes: por un lado, la que se concreta bajo el título de Tiempo de pasión, compuesta por quince composiciones que giran en torno al simbolismo cristiano de los oprimidos y castigados, reflejados en la figura de un Cristo que muestra las lecciones de sus heridas una tarde de viernes de la Semana Santa sevillana de 1998; y, por el otro, la que se refiere a Tiempo de destrucción, que abarca las doce composiciones restantes del volumen, escritas bajo el horror de una guerra que la autora concreta geográfica y cronológicamente en la más reciente y sangrante Yugoslavia, pero que, llevada a su extremo, no es más que otro símbolo, el del terror que la muerte y el dolor que producen los hombres ha sembrado desde tiempos ignotos en la humanidad.

Repito, se trata de un libro comprometido en su mensaje, en su expresión, en el deseo de compartir con el lector ideas, reflexiones, pensamientos que, cuando son amargos, pierden su lirismo para convertirse en puñaladas de advertencia: “Y se acabó lo que se daba”, como concluye uno de los poemas. Para que el compromiso sea real, lógico y se vertebre como una contribución más a mejorar nuestro mundo, Julia Gil no ha dudado en donar los beneficios que le reporte esta publicación al proyecto MediCuba. El poeta no escribe por lucro y Julia Gil tampoco, porque es poeta, porque está comprometida con la humanidad desde sus posiciones ideológicas fácilmente imaginables y porque en ese compromiso no se olvida de partir desde lo único que es eterno en nosotros: la palabra.

SIN FLORITURAS VERBALES.

En Tiempo de pasión, Julia Gil plasma en quince composiciones una visión de sus visiones que rige desde el pragmatismo de un verso corto que sólo se ha de limitar a reproducir lo que sus ojos ven y su corazón traduce. No hay florituras verbales, no hay regocijo sintáctico, no hay exabruptos morfológicos, eso no le interesa a Julia Gil; necesita líneas, trazos, estelas en el camino, como refiere Machado en “caminante, no hay camino”. Valórese, como ejemplo de lo apuntado, versos tan sombríos como “Cuando reinó la noche descendimos / otra vez al infierno”; tan desesperados como “¡Liberación! -es una voz saeta./ ¡Liberación! -es un eco en silencio”; tan hermosos como “El Condenado llega por el Norte, / el Condenado pasa por las calles, / el Condenado viene hasta la plaza, / el Condenado se dirige al Sur”, y tan verdaderos como “El Condenado está borracho”. Tiempo de pasión es, ante todo, contemplación, meditación y transposición. Es un símbolo generalizado que Julia Gil extiende, como el mensaje del cristianismo, a todas las clases oprimidas o, por mejor decir, a las anticlases, aquellas que, por no tener nada, no son ni siquiera clase social:

“Chinos descarrilados de la organización,

kuwaitíes tambaleados

sin sus manos cortadas,

negros e hispanos enchufados

al veneno mortal

y un etcétera, etcétera,

borroso, innumerable, numeroso”.

SÍNTESIS DE LA IMPOTENCIA.

El primer poema de Tiempo de destrucción termina con lo que puede ser la síntesis de la impotencia: “Los que mandan, mandan”. Yugoslavia, 1999. Las bombas caen a diestro y siniestro. Mueren mujeres, niños, ancianos y hombres jóvenes. Mueren personas como las que pasean por cualquiera de nuestras calles. Personas cuyo único delito es desear que el sol caliente un poco más sus artríticos huesos, que sus hijos aprovechen el tiempo en los colegios, que su equipo de fútbol gane el próximo partido o que la carta del novio militar llegue hasta el buzón de una linda muchacha serbia que nunca esperará recibir en un telediario la noticia de que muchos como el amado cayeron por un error de la OTAN, que los estadios y las bibliotecas fueron destruidos, que junto a éstos los colegios y las universidades; y que, además, cayeron mujeres, niños, ancianos y hombres jóvenes. “Los que mandan, mandan”. Y ante esta visión del horror y la destrucción, Julia Gil alza su voz para que escuchemos la soledad de sus palabras. Porque el mundo avanza, porque podemos colonizar la luna y, matemáticamente, resolver el problema del hambre, pero el hombre no combate la humillación y el desprecio al que son sometidos los refugiados ni atiende a las razones poderosas del hambre y, sobre todo, a los sueños, el único patrimonio que nadie debería usurpar a nadie.

Tiempo de destrucción es más compromiso, si cabe, que Tiempo de pasión. El verso es más incisivo, más hiriente, más desengañado. Hay rabia. Julia Gil siente rabia y, lo que es peor, impotencia. Una impotencia que se plasma en: “Esa utopía no existió. / Ni existirá. / Ni democracia. Ni igualdad. / No conozco sino la libertad / de estar presa en los brazos del dinero”. Hay concesiones al lirismo de la destrucción, la muerte y la decrepitud, como ya hizo Dámaso Alonso cuando en sus Hijos de la ira se atrevió a empezar con la hermosura de un “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres…”. El poeta comprometido que entierra el rabel con el que acompaña sus versos no puede ni debe nunca olvidarse de que está obligado a rendir cuentas a la hermosura y Julia Gil, consciente de que su labor testimoniadora no puede desdeñar este cometido, instala junto a la desazón la suavidad de una reflexión poética:

“Luna, ¿cómo se ve

la destrucción desde tu altura?

Niño, hombre, mujer

aún superviviente de un país arrasado,

¿cómo se ve la luna

desde tu destrucción?”.

PROPUESTA ABIERTA

Tiempo de pasión, tiempo de destrucción no son dos poemarios independientes, como no es independiente la mitad izquierda de nuestro cuerpo de la derecha. Ambos se complementan en la medida que la poética de un escritor, por muchas etapas que tenga su trayectoria literaria, es una, la que emana del mismo creador. Una idea que, a modo de ejemplo, fijó ese espejo de la literatura universal llamado Gabriel García Márquez en las siguientes palabras: “Un escritor no escribe sino un solo libro, aunque ese libro aparezca en muchos tomos con títulos diversos”.

Estamos ante el primer libro de Julia Gil, un libro que, como el tranvía, también se llama deseo. Julia Gil vive de, con y para la literatura y era natural que tarde o temprano sucumbiese a los encantos de ver realizadas sus inquietudes literarias en un volumen. Tiempo de pasión, tiempo de destrucción es una ilusión, es un sueño hecho realidad… y, como el más deseado de los cachorros humanos, una obligación que su autora deberá atender con presteza. Los libros no terminan con su publicación, como los seres humanos no estamos criados nada más nacer. Deben ser revisados, destruidos, reconstruidos, amados, deseados, vilipendiados… Se trata, en suma, de un proceso de depuración del mensaje que nuestra autora deberá asumir con la garantía que tendrá, estoy seguro, al verse respaldada por un amplio número de lectores.

Un libro no se puede dar por terminado, debe ser una propuesta sobre la que hay que volver a trabajar siempre. Si un libro es y ha sido una ilusión, con su fin, con su punto final, llegará el fin de sus días entre nosotros y eso no es lo más deseable. Hermosos frutos nos ha de ofrecer en el futuro Julia Gil y no es menester dejar cerrado aquí lo que puede ser para ella un placer en su ejecutoria y para nosotros una alegría en la recepción.