Una historia simplificada de Cupido y Psique

[1]  Se cuenta que en cierta ciudad un rey y una reina tuvieron tres hijas. La menor, Psique, era tan hermosa que los ciudadanos acabaron venerándola como si fuera la diosa Venus, ofreciéndole sacrificios y ofrendas. Semejante devoción desató la violenta cólera de la verdadera diosa.

VENUS. ¿He de compartir con una mortal los honores debidos a mi majestad? No lo consentiré. Haré que se lamente de su hermosura.

Decidida, llamó a su hijo, el niño alado que con sus flechas desencadena tormentas en los corazones.

VENUS. Te pido que vengues a tu madre. Haz que esa joven se enamore perdidamente del último de los hombres, del ser más abyecto y arruinado del mundo.

Mientras tanto, Psique no sacaba ventaja de sus atractivos: todos la ensalzaban, pero nadie pedía su mano. Sus hermanas ya se habían casado, pero ella lloraba su soledad. El rey, sospechando una maldición, invocó al dios Apolo, quien sentenció:

APOLO. Sobre la roca más alta de tu reino instala un tálamo fúnebre y pon a tu hija ataviada con ricas galas. No esperes un yerno mortal. Acudirá un monstruo cruel y alado que aterroriza a los mismísimos dioses. Hazlo si esperas obtener lo que pides.

La víspera del día señalado se puso en marcha el fúnebre cortejo. Los padres se sentían impotentes, pero la fortaleza de Psique, resignada a su destino, guio sus pasos hasta el lecho mortal. Allí, sola y aterrada, lloró hasta que el dulce Céfiro la acarició y la sumió en un profundo sueño.

Al despertar, ya no estaba en la escarpada roca, sino en un valle apacible ante una lujosa mansión. Entró asombrada, descubriendo inmensos tesoros sin protección. De repente, escuchó:

VOZ DE LAS SIRVIENTAS. Todo esto te pertenece, señora. Nosotras somos tus doncellas invisibles. Disfruta del baño y del banquete organizado en tu honor.

Tras un festín mágico servido por manos invisibles y amenizado con música celestial, se retiró a dormir. En la oscuridad, un ligero ruido la despertó. Alguien subió al lecho, yació con ella y desapareció antes del alba. Las voces celebraron que Psique ya estaba casada. Aunque no veía a su esposo, el hábito hizo agradable su estado y nunca se sintió sola.

Entretanto, sus padres lloraban su pérdida. Sus hermanas mayores acudieron al reino paterno para consolarlos. Una noche, el esposo advirtió a Psique:

VOZ DEL MARIDO. Mi querida esposa, estás en peligro. Tus hermanas buscan tu rastro y pronto llegarán a la roca. Si oyes sus lamentos, no contestes.

Psique prometió obedecer, pero pasó el día llorando su encierro. Al llegar la noche, el marido la encontró ahogada en lágrimas y, ante sus súplicas, accedió a que viera a sus hermanas, permitiéndole regalarles oro y joyas. Sin embargo, le hizo una severa advertencia:

VOZ DEL MARIDO. No cedas a sus perniciosos consejos ni intentes averiguar cómo soy. Si me ves, me perderás para siempre.

PSIQUE. Antes morir que perderte. Te quiero tanto como a mi vida. Solo ruego que Céfiro traiga a mis hermanas.

Al amanecer, las hermanas llegaron a la roca llorando. Céfiro las envolvió y las transportó al palacio. El reencuentro estuvo lleno de abrazos y alegría, pero al ver los tesoros y los lujos mágicos, la envidia germinó en sus corazones. Interrogaron a Psique sobre su marido. Ella, recordando su promesa, mintió diciendo que era un joven cazador y, apresuradamente, las cargó de joyas y pidió a Céfiro que las devolviera a la roca.

Consumidas por los celos al comparar la fortuna de Psique con sus propios y mediocres matrimonios, las hermanas pactaron destruir su felicidad.

Días después, el marido volvió a advertir a Psique, revelándole además que estaba embarazada:

VOZ DEL MARIDO. Esas pérfidas lobas quieren convencerte de que averigües mi rostro. Si lo haces, lo perderemos todo. Aíslate.

PSIQUE. Mi fidelidad está demostrada. Déjame verlas una vez más; veré tu rostro en nuestro futuro hijo. A sus insistencias responderé con un firme «no».

El marido accedió. Las hermanas regresaron, fingiendo alegría por el embarazo, pero pronto volvieron a interrogarla. Psique, olvidando su mentira anterior, dijo esta vez que su esposo era un maduro mercader. Las hermanas, notando la contradicción, dedujeron que Psique jamás había visto a su marido y que, probablemente, era un dios. En su siguiente visita, decidieron asestar el golpe final.

HERMANA 1. Debes saber la verdad. Apolo no mintió. Tu marido es una bestia monstruosa que te alimenta para devorarte a ti y a tu hijo cuando nazca.

HERMANA 2. Para salvarte, oculta una lámpara encendida cerca de la cama. Cuando duerma, ilumina su rostro. Desaparecido el asesino, Céfiro te traerá con nosotras.

Aterrada y confundida, Psique olvidó las advertencias de su esposo. Esa noche, cuando él dormía profundamente, tomó la lámpara y la acercó. No vio a un monstruo, sino al hermosísimo Cupido, con rizos rubios y alas resplandecientes. Embelesada, examinó sus flechas, pinchándose accidentalmente. La sangre brotó y Psique se enamoró perdidamente del dios del Amor. Al inclinarse para besarlo con desesperada pasión, una gota de aceite hirviendo cayó sobre el hombro de Cupido. Él despertó, comprendió la traición y voló lejos de ella.

CUPIDO. Desatendí a mi madre por ti. Te di todo a cambio de una sola condición. Quienes te asesoraron pagarán, y tú te quedarás sola. Adiós.

Desesperada, Psique intentó ahogarse en un río, pero las aguas la devolvieron a la orilla. Decidida a reconciliarse con su esposo, primero se vengó de sus hermanas. Visitó a cada una y les dijo que Cupido la había repudiado para casarse con ellas, instándolas a lanzarse desde la roca para que Céfiro las recogiera. Ambas, cegadas por la ambición, saltaron al vacío y murieron destrozadas contra las rocas.

Mientras tanto, Cupido yacía herido y deprimido en su alcoba. Un águila informó a Venus del caos en el mundo debido a la ausencia del Amor, revelándole que su hijo estaba enamorado de Psique. Iracunda, Venus abofeteó a Cupido, amenazó con desheredarlo y juró vengarse de la joven. Las diosas Ceres y Juno intentaron calmarla, pero Venus las ignoró.

Psique deambulaba buscando a su marido para pedirle perdón y que él se reconciliara con ella. Llegó al templo de Ceres y, tras ordenar sus aperos, suplicó protección.

CERES. Me conmueves, pero Venus es mi parienta. Vete de mi templo antes de que te entregue.

Rechazada, acudió al templo de Juno.

JUNO. De buen grado te ayudaría, pero no puedo ir contra la voluntad de Venus, mi nuera.

Sin refugio, Psique decidió entregarse. Venus, que ya había puesto precio a su cabeza con ayuda de Mercurio, la recibió con crueldad. La hizo torturar por sus sirvientas, Inquietud y Tristeza, y luego la golpeó sin piedad.

VENUS. Probaré lo que vales como criada. Separa los granos de este inmenso montón de trigo, cebada, mijo, lentejas y habas antes del anochecer.

Psique, abatida, no hizo nada. Sin embargo, una hormiga se compadeció de ella y convocó a su ejército. En un instante, los insectos separaron todas las semillas. Al volver, Venus se enfureció y la encerró con solo un trozo de pan.

A la mañana siguiente, Venus le impuso su segunda prueba:

VENUS. Tráeme un mechón de lana de oro de aquellas ovejas feroces que pastan junto al río.

Psique acudió con intención de arrojarse al agua, pero una caña del río le susurró:

CAÑA. No manches estas aguas. Espera a que el sol pierda fuerza y las ovejas duerman; entonces podrás recoger la lana enredada en la maleza.

Psique obedeció y llevó la lana a Venus, quien, furiosa por su éxito, dictó la tercera tarea:

VENUS. Llena esta jarrita de cristal con el agua tenebrosa de la cumbre de aquella montaña, donde nace el río Estigio.

La joven subió, pero encontró el manantial custodiado por dragones insomnes y aguas rugientes. Paralizada, fue salvada por el águila de Júpiter, que arrebató la jarra, esquivó a los monstruos, la llenó y se la entregó.

Venus, negándose a aceptar la derrota, ideó su prueba final:

VENUS. Coge esta caja, desciende al Infierno y pídele a Proserpina un poco de su ungüento de hermosura. Regresa enseguida.

Psique, creyendo que la única forma de bajar al Infierno era muriendo, subió a una alta torre para arrojarse. Pero la torre le habló:

TORRE. No te rindas. Ve a la caverna del Ténaro. Lleva dos monedas en los labios y dos tortas de miel en las manos. Ignora al asno, no ayudes al muerto en el río ni a las hilanderas; todo son trampas de Venus. Dale una moneda a Caronte y duerme al perro Cerbero con una torta, así podrás pasar y entrar directamente en casa de la diosa Proserpina. Esta te acogerá con amabilidad y te invitará a sentarte cómodamente a su lado. Te ofrecerá un suculento almuerzo. Limítate a ponerte en el suelo, pedir un simple pedazo de pan negro —que comerás— y anunciarle el motivo de tu visita. Te dará algo. Cógelo y emprende el regreso usando la otra torta y la otra moneda. Y sobre todo: jamás abras la caja.

Psique siguió las instrucciones a la perfección. Descendió al Tártaro, superó los obstáculos, obtuvo la caja de Proserpina y regresó a la superficie.

Sin embargo, al ver la luz del sol, la fatal curiosidad humana se apoderó de ella. Pensó que un poco de belleza divina le ayudaría a recuperar el amor de Cupido. Abrió la caja. No había ungüento, sino el sopor infernal del Estigio. Una densa niebla la envolvió y Psique se desplomó, sumiéndose en un sueño profundo y mortuorio, quedando inerte sobre el suelo como un cadáver.


[1] La historia aparece en El asno de oro, novela que publicó Apuleyo en el siglo II d. C. Esta versión del cuento, de manera simplificada y pensada para los estudiantes de la ESO, aparece en el capítulo 13 de la edición Las metamorfosis [aka El asno de oro], de Apuleyo, que publicó Mercurio Editorial en 2026.