La Transición como prólogo y epílogo de un relato inconcluso. Notas para una historia agüimense 6/7

Prólogo a La Transición en Agüimes (1977-1983) de Fernando T. Romero Romero (Beginbooks Ediciones, 2020).

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II

A / Hasta ahora mi intención ha sido la de esbozar aquellos márgenes donde ubico la Transición como fenómeno histórico apelando a la importancia de cómo se desarrolló desde el trazado de las probabilidades de su comienzo y finalización. Ahora, acercándome cada vez más a los límites de este libro que nos convoca, corresponde hacer lo propio con los protagonistas del pasaje histórico que, como antes señalé, no cabe reducir a la lista que encabeza un trío (Juan Carlos I, Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez González) seguido de una cantidad elevada de nombres propios. Si la Transición está presente es porque la memoria colectiva sigue percibiéndola como una etapa muy cercana donde no poco de lo que se hizo entonces y de lo que no está indisolublemente asociado a nuestros días.

Muchos de los que fueron testigos de esos años viven todavía y, por razones biológicas, una larga vida, que les deseo de todo corazón, aún les queda. El mosaico de la memoria es fresco y la configuración del pensamiento remoto todavía no ha delimitado en muchos casos cuánto se debe quedar definitivamente en el pasado. Así las cosas, es lógico que se mezcle la historia con la anécdota y se dé por relevante lo que no deja de ser pasajero. Lo que sucedió se funde con lo que está ocurriendo. Un ejemplo: el 24 de octubre de 2019 se exhumaron los restos de Franco del Valle de los Caídos para que fueran depositados en el Cementerio de Mingorrubio, donde, entre otros, está Carrero Blanco. Muchos de los que presenciaron el acontecimiento recordaban con absoluta nitidez el entierro que se había llevado a cabo cuarenta y cuatro años antes y, con sus evocaciones, sin pretenderlo, actualizaban el proceso que se inició con la muerte del dictador. Participaron directamente en la transformación de la sociedad, vivieron todos y cada uno de los cambios, y por eso se sentían y se sienten autorizados para hablar de cómo ha sido este casi medio siglo de historia nacional y si la denominada Transición terminó en algún momento o sigue todavía presente en los mil pequeños detalles del día a día que solo son capaces de reconocer quienes vivieron aquello y esto viven.

B / Nacido a finales de enero de 1973, mi autoridad ante los hechos como testigo es sumamente ínfima, por no sentenciarla de nula. Mientras confeccionaba estas palabras, me esforcé por cribar cuánto recordaba de aquellos años de manera limpia, sin las deformaciones que podían derivarse de mis lecturas posteriores. Mi diagnóstico queda fijado en algunas certezas cuya validez para el discurso que sostengo es muy relativa. Veamos: yo no recuerdo la muerte de Franco; y sí, en cambio, ver su perfil en el reverso de las pesetas. Hasta muchos años más tarde, no asocié 1978 a la Constitución, pues durante mi infancia tenía este año una connotación más familiar. Cuando empecé la EGB en el Colegio Público León y Castillo de Telde (no recuerdo la denominación de “Colegio Nacional”), el retrato del dictador ya no estaba en las aulas, aunque un día, no sé muy bien cómo, encontré uno enmarcado en un armario («eso no se toca, ten respecto», me dijeron). Recuerdo, eso sí, el rostro de Adolfo Suárez colgado en carteles y en televisión; y las pegatinas de UCD, que llegué a ver en los armarios de la cocina de una tía.

Recuerdo muy de pasada a Calvo-Sotelo, a quien, sin saber muy bien por qué, nunca había prestado mucha atención hasta hace relativamente poco, cuando tuve la fortuna de leer su interesantísimo libro Memoria viva de la transición [1990], una obra muy recomendada que me ha sido de mucha utilidad para enfocar algunos detalles de este prólogo. De ella, destaco un pasaje que, sintetizado, no puedo evitar compartir en estas páginas. Ruego que se me disculpe la extensión y la posible impertinencia, mas me amparo en el conocimiento que tiene Fernando de la importancia que concedo a la cuestión que aquí aborda el que fuera segundo presidente de Gobierno de la democracia, la cual, llevada al extremo oportuno, viene a reflejar un aspecto del político que en su momento ya era lamentable que se diera y que ahora, treinta años después de publicado el libro, alcanza tal nivel que es inevitable calificarlo de vergonzoso e indigno a tenor de lo que significa ser un representante público. Lo que denuncia Calvo Sotelo, ¿es el resultado de una laxitud en la búsqueda de la idoneidad de perfiles que se justifica por la carencia de ejemplos a los que imitar? Si así fuera, habrá que tener en cuenta que estos referentes políticos actuales están compuestos por el amplio cupo de homólogos que formaron parte de la maquinaria que ejecutó el desarrollo de la Transición. Luego, es posible que la mentada impertinencia que señalo no sea tal.

«[…] Pocos ministros se preocupan no ya de escribir con alguna voluntad de estilo, sino simplemente de redactar poniendo en buen orden sujeto, verbo y predicado. Casi ninguno tiene de verdad amor al lenguaje. El lenguaje para el político es una Celestina, y a nadie se le ocurre que a Celestina haya que amarla; a quien hay que amar es a Melibea.

No fue así en otros tiempos, cuando había detrás de cada político un escritor frustrado. Hemos perdido el gusto por la expresión justa, y no digamos el gusto por la expresión bella. Hacen bien los Académicos de la Española en fustigar la lengua que hablan los ministros, o la que usan los diputados y los senadores. La Gaceta de Madrid fue alguna vez un periódico bien escrito; ya no lo era el Boletín Oficial en el que yo escribí durante siete años. Nuestro tiempo registra una pérdida penosa del verbo político. A los ministros no les importa ya escribir bien, no les parece que sea útil para un político cuidar su expresión escrita.

En mis años de Gobierno tuve un vago afán, que no perdí nunca, de hablar y de escribir correctamente. Ahora aquel cuidado me parece enfático e ingenuo: pero entonces no podía soportar que la voz del Gobierno fuera imprecisa o incorrecta, y no pasaba por la mala sintaxis de las notas que hacían algunos ministros; la corrección última me traía trabajo y disgustos. […]

Comprendo ahora que mi insistencia en el cuidado formal de las notas oficiales fue excesiva, y comprendo también que desatara contra mí el humor de los ministros. A Pío Cabanillas le parecía una imprudencia y un disparate expresar con claridad la opinión del Gobierno. Muchas horas sobre textos matemáticos me habían acostumbrado a la claridad y a la concisión, virtudes que están muy contraindicadas en el ejercicio de responsabilidades públicas. Ahora pienso que Pío tenía razón.

Porque hay que decir que, si los políticos no cuidan el lenguaje, tampoco los electores les piden ese cuidado. Ni los electores ni, apenas, los comentaristas. Hoy nadie espera de un ministro o de un diputado una pieza literaria, ni un argumento bien trabado, ni una lógica persuasiva. ¿Qué es lo que se espera entonces del hombre público? Se espera que comunique bien. “Felipe González es un buen comunicador”, hemos leído muchas veces en los últimos años. Y ¿qué comunica Felipe González? ¡Ah! Eso no importa. Lo importante no es lo que se comunique, sino que el político comunique bien. El verbo comunicar se ha hecho intransitivo y no necesita un complemento directo. […]

La falta de verbo ha sido una característica del Parlamento, sobre todo en la última Legislatura. Cuando aprobamos el primer Reglamento del Congreso se perdió, por muy pocos votos, un artículo que prohibía a los diputados leer sus intervenciones en la tribuna. Fue una pena. Desde entonces todos hemos abusado de las intervenciones leídas. La entrada de la televisión en el hemiciclo ayudó un poco a la expresión directa: pero el tono se hizo más coloquial, y el debate parlamentario, ya antes muy pobre, dejó paso a la yuxtaposición de soflamas dichas sólo para la pequeña pantalla. Por eso el hemiciclo ha llegado a ser un lugar tan aburrido. […]».

Retomo el hilo de mi memoria, que flota desorientada por los años de la Transición. Como dije, recuerdo muy de pasada a Calvo-Sotelo; y, con algo más de claridad, la tarde del 23 de febrero de 1981, aunque entre lo que recuerdo y los hechos haya algunas incongruencias; por ejemplo: siempre creí que la irrupción de Tejero en el Congreso se produjo a primera hora de la tarde y que, por eso, mis compañeros de clase y yo no llegamos a subir a las aulas.[1] Me veo en la fila, me veo dándome cuenta de que llevábamos un buen rato sin que nadie nos haya dado la orden para subir a clase, me veo oyendo a un docente que nos dice que nos fuésemos cuanto antes a nuestra casa («lo más rápido posible», he asumido que dijo); me veo fuera del centro, bajando rápidamente la calle Secretario Guedes Alemán, llegando a Pablo Neruda (antes llamada Sargentos Provisionales), donde vivía; me veo frente al televisor viendo dibujos animados y una película en la que un personaje daba golpes de boxeo bajo los acordes de El Danubio azul de Johann Strauss. Con el tiempo, estas imágenes que yo había etiquetado como lo único claro que conservo de la Transición se han ido sombreando y deformando ante la evidencia de que el patético «¡Quietos todo el mundo!» del teniente coronel Antonio Tejero no se produjo antes de las 18.23 horas.

C / Está claro, pues, tras lo expuesto, que no soy una de esas autoridades aludidas, uno de esos testigos que vivieron y, desde su particular trinchera, contribuyeron con el tránsito. Fernando, en cambio, sí lo es, y por partida triple o, según se mire, cuádruple. Veamos: a la condición de testigo que le concedía su rol de ciudadano (veinteañero por entonces) había que sumar su papel de hombre comprometido, que le llevaba y le lleva a participar activamente de la vida de su comunidad –en eso, reconozcámoslo, no ha cambiado–; el de historiador, con independencia de que un título académico la avalara o no en ese momento;[2] y el de protagonista directo de unos hechos que, impregnados de cuanto se ha expuesto en la primera parte del prólogo,[3] fueron muy importantes en su momento y, con el tiempo, muy decisivos para el devenir de la historia de Agüimes.

Cuando este libro solo era un proyecto editorial esbozado, Fernando mostraba ciertas reticencias a seguir adelante porque, como historiador, percibía que había una cercanía temporal de los hechos que podía obstaculizar la necesaria distancia para el reflejo objetivo de los acontecimientos; aunque era su faceta de participante en mucho de lo que cuenta lo que más le frenaba y le impedía darme el sí definitivo. Temía no saber atender como corresponde a la paradoja de verse en medio de las páginas y, en consecuencia, y esto es lo que más le inquietaba, llegar a perder la perspectiva hasta el punto de que pudiera verse afectado el producto final.

La situación me condujo a evocar las crónicas de Indias que tanto había estudiado en una etapa de mi vida bajo la llorada y admirada sombra del maestro Osvaldo Rodríguez Pérez. Recordé lecturas donde los mismos que protagonizaban los hechos daban cuenta de ellos, a su manera, con el único propósito de conseguir de la metrópolis beneficios particulares; mas luego entendí que la posible analogía entre ambas entidades (cronistas y nuestro autor) no se sostenía: por un lado, porque el cuerpo principal de este tomo está constituido por documentos oficiales, textos, datos reales; en suma, material contrastado que no puede ser cuestionado porque no es el resultado de una interpretación de los hechos ni de una recreación donde lo veraz pueda verse alterado por lo verosímil, sino de un reflejo objetivo de los acontecimientos recogidos en soportes legales. La naturaleza del libro, pues, vuelve en inevitable el aislamiento entre el historiador y el protagonista.

Por otro lado, y sin dejar de pensar en clave de crónicas de Indias, porque no tiene sentido que nuestro autor articule fantasías ni dé pie al autobombo en un volumen que muchos coetáneos y testigos de lo que se cuenta pueden leer y juzgar de manera negativa a través de los múltiples canales de difusión disponibles en la actualidad: aplicaciones de mensajería, redes sociales, etc. Este es un libro transparente y, en consecuencia, es una obra cuya fiscalización es muy factible.

A estas dos creo que incuestionables justificaciones que avalaban mi insistencia en sacar adelante el título que ahora nos convoca se le sumó una tercera que, en realidad, nunca había dejado de estar presente, pues estuvo cuando tuve el honor de editar su trilogía La dictadura franquista en Agüimes a través de sus documentos y siempre ha estado en los muchos años de contacto laboral y personal que mantenemos: que la exquisita neutralidad de Fernando quedaba garantizada por el simple hecho de que su compromiso ético con la verdad y la objetividad le impiden defender lo indefendible o dar cuenta de aquello que no es cierto. Su rigor profesional y su entereza son avales que disiparon inmediatamente cualquier posibilidad de dudas sobre la distancia que el historiador y el protagonista debían adoptar ante los hechos que componen el volumen que nos convoca.


[1]. Teníamos turno partido. Por las tardes entrábamos a las 14.30 horas y salíamos a las 16.30 horas. A partir de las 17.00 horas solían ser las actividades extraescolares, organizadas por la asociación de madres y padres del centro.

[2]. «Sin embargo, el historiador del tiempo presente tiene la ventaja de contar con su propia experiencia de aquellos acontecimientos que acaba narrando y de la posibilidad de acudir a los testigos de los acontecimientos para pedir noticias sobre los mismos» [TusellB]

[3]. Reconozco que extenso, necesariamente extenso, a tenor de mi interés por radiografiar el panorama general que se depositó en la conciencia histórica, social y política de todas las localidades de España. Desde esa aludida conciencia, la Transición tuvo luego un desarrollo particular.