ISBN: 978-84-15148-50-0
5·1. La penitencia…
Subió Sancho sobre su asno sin replicar más palabra y, en silencio, estuvieron cabalgando sin que nada heroico o digno de ser contado les sucediese. Avanzada estaba la tarde cuando entraron por una parte de Sierra Morena. Don Quijote había estado casi todo el día pensativo y Sancho, a quien la rasquera del amo todavía le duraba, evitó en todo momento perturbarlo con algún comentario.
Como pudieron pasaron la noche en aquel paraje y al amanecer del quinto día retomaron el camino hacia el interior de la cordillera. A medida que se adentraban, don Quijote se iba alegrando cada vez más porque aquellos lugares le parecían adecuados para poner en práctica lo que llevaba cultivando en su ánimo desde el día anterior, que tenía mucho que ver con muchos pasajes leídos sobre las soledades y durezas vividas por los caballeros andantes en sitios similares a los que contemplaba.
Sancho P.: (inquieto ante tanto silencio) Señor don Quijote, deme su bendición y permiso para regresar a mi casa, donde están mi mujer y mis hijos, pues con ellos, por lo menos, podré hablar todo lo que quiera. Porque eso de querer que vaya con usted por estas soledades de día y de noche sin hablarle cuanto desee es enterrarme en vida. Si al menos tuviera la suerte de que los animales hablen, departiría yo con mi jumento lo que me viniera en gana y con esto intentaría pasar de la mejor manera posible mi mala suerte, pues andar buscando aventuras que den algún gobierno y no hallar sino coces, manteamientos, ladrillazos y puñadas, ya es como para preguntarse por el sentido que tiene el oficio de escudero o, cuanto menos, qué hago ejerciendo un puesto que no me corresponde.
Quijote: Ya te entiendo, Sancho: tú mueres porque te alce el entredicho que te tengo puesto en la lengua. Date por alzado y di lo que quieras; eso sí, con la condición de que no ha de durar este alzamiento más de lo que dure la hazaña que estoy pensando.
Sancho P.: ¿Y se puede saber de qué se trata, señor?
Quijote: Quiero que sepas, Sancho, que en estos parajes he de llevar a cabo una hazaña con la que ganaré fama en toda la tierra; y será de tal manera lo que haré que echará por tierra lo hecho por el más perfecto y famoso caballero andante que haya habido jamás: Amadís de Gaula.
Sancho P.: ¿Y es peligrosa esa hazaña?
Quijote: No tiene por qué serlo, ya que todo depende de ti.
Sancho P.: ¿De mí?
Quijote: Sí, porque si vuelves pronto de donde pienso enviarte, pronto acabará mi penitencia y pronto comenzará mi gloria. Escucha atentamente: cuando algún pintor quiere ser conocido, procura imitar a los más grandes en su arte; y lo mismo ocurre con los otros oficios o ejercicios que sirven para adorno de los reinos. El autor de esta edición, por ejemplo, aunque sin talento ni gracia, intenta emular, cuando junta letras, a nuestro padre; y, según me han dicho, también hace lo mismo cuando sigue, con mucha más pena que gloria, a quien dentro de muchos años compondrá las solitarias centurias. Pues bien, amigo Sancho, debes saber que Amadís de Gaula fue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, y es él a quien debemos imitar todos aquellos que militamos debajo de la bandera de la caballería andante. Siendo esto así como es, el caballero que más le imite será el que esté más cerca de la perfección como tal. ¿Me sigues?
Sancho P.: De momento, sí.
Quijote: Este ejemplo de la caballería mostró su prudencia, valor, valentía, sufrimiento, firmeza y amor cuando, desdeñado de Oriana, su señora, hizo penitencia en la Peña Pobre. Me será más fácil imitar a Amadís en una penitencia como la que pienso hacer, que hacerlo descabezando serpientes, partiendo gigantes, matando monstruos, desbaratando ejércitos, fracasando armadas y deshaciendo encantamientos. Podría imitar a Amadís en los lloros y sentimientos; o, por qué no, hacer lo que hizo don Roldán, quien, enterado de la traición de su amada Angélica, enloqueció y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las fuentes, mató pastores, destruyó ganado, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas, etcétera. Está claro que todas las locuras no haría, solo aquellas que me parezcan más esenciales para mostrar la enorme pena que llevo conmigo.
Sancho P.: Señor, los caballeros que usted cita tuvieron un motivo para hacer esas necedades y penitencias; pero usted, ¿qué causa tiene para volverse loco? ¿Qué dama le ha desdeñado o qué muestras tiene de que doña Dulcinea del Toboso se haya entretenido con otro?
Quijote: Ahí es donde radica la importancia y la hermosura de mi pretensión: perder el juicio por algún motivo no tiene mérito; el toque está en desatinar sin una razón aparente y dar a entender a mi dama que si estando cuerdo hago eso, ¿qué no haría estando chalado? Loco soy y loco he de ser hasta que regreses con la respuesta a una carta que pienso enviar a mi señora y que tú le entregarás en mano: si es favorable, acabará mi penitencia; si no, me volveré loco de verdad y ya nada me hará daño ni tendré pena que sentir. Por lo tanto, sea cual sea la respuesta, todo se ajusta a mi propósito.
Mientras hablaban, llegaron al pie de una alta montaña rodeada por un prado verde y hermoso, y con un manso arroyuelo en su falda. Tan pronto como don Quijote lo vio, decidió que allí haría su penitencia y comenzó a decir en voz alta, como si ya hubiese perdido el juicio, lo siguiente:
Quijote: Este es el lugar, ¡oh cielos!, que escojo para llorar la desventura en la que me han puesto ustedes. Este es el sitio donde mis lágrimas acrecentarán las aguas de este pequeño arroyo y mis continuos y profundos suspiros moverán las hojas de estos árboles, pruebas estas de la pena que padece mi agobiado corazón. ¡Escuchen, rústicos dioses, que en este inhabitable lugar tienen su morada las quejas de este desdichado amante a quien una larga ausencia y unos imaginados celos le han conducido a estas asperezas y a lamentar la condición de aquella ingrata y bella! ¡Ayúdenme a llorar mi desventura, ninfas que en estas espesuras habitan, o, al menos, no se cansen de oírla! ¡Oh, solitarios árboles que desde hoy me han de acompañar en mi soledad, muéstrenme que no les disgusta mi presencia moviendo sus ramas! Toma nota, compañero de mis prósperos y adversos sucesos, mi fiel escudero, de lo que me verás hacer para que lo cuentes y recites; y a ti, mi valorado caballo, toma por fin la libertad que te da quien se queda sin ella.
Este soliloquio había escuchado Sancho con mucha atención y desconcierto, pues no entendía aquel repentino cambio de humor de su amo ni los doloridos recitados sobre su adversidad y congoja. Como no sabía qué decir a las palabras de su amo, solo se le ocurrió sugerir que podía hacer uso de Rocinante para llegar antes adonde tenía que entregar la carta, puesto que su señor quedaba penitente.
Quijote: Me parece bien tu propuesta, Sancho, pero antes de marcharte deberás ver lo que por mi dama hago para que se lo cuentes sin omitir ningún detalle.
Sancho P.: Señor, después de lo vivido con usted, ¿qué más tengo que ver que no haya visto?
Quijote: Solo has contemplado una pequeña parte. Ahora falta que veas cómo me rasgo las vestiduras, arrojo mis armas y me doy cabezazos contra estas peñas, al margen de otras acciones similares que te han de asombrar.
Sancho P.: Por el amor de Dios, mire a ver cómo se va a dar esos cabezazos, que puede pasar que al primero se termine esta penitencia; y si no queda más remedio que se los dé para que yo lo vea, déselos en el agua o en alguna cosa blanda, que ya me encargaré yo de decir a Dulcinea que usted se los daba sobre una peña más dura que un diamante.
Quijote: Agradezco tu buena intención, amigo Sancho, pero hacerlo como dices sería como burlarme de las órdenes de caballería, que nos manda no decir mentiras; y hacer una cosa por otra es lo mismo que mentir. Por lo tanto, mis cabezazos han de ser verdaderos, firmes y válidos.
Sancho P.: Despachemos cuanto antes el asunto, señor: escriba la carta y déjeme cumplir enseguida con el encargo para sacarle de este purgatorio donde le dejo. Quédese con la tranquilidad de saber que hablaré a mi señora Dulcinea maravillas de usted y que le contaré todas las necedades y locuras que por ella ha hecho y hará durante mi ausencia.
Quijote: ¿Purgatorio lo llamas, Sancho? Mejor sería llamarlo infierno, si es que no hay otra cosa peor.
Sancho P.: Del infierno, señor, no se sale; y si pronto me da la carta, pronto, con mi regreso, lo sacaré de aquí.
Quijote: Que así sea; y como reconocimiento de mi gratitud por el gran servicio que harás a mi causa, quiero entregarte junto con la carta un vale que podrás cambiar por tres de los cinco pollinos que he dejado en casa.
5·2. La verdadera Dulcinea…
Sancho agradeció el gesto de su amo besándole las manos y mostrándole de palabra hasta dónde alcanzaba la lealtad que le debía. Don Quijote, sin prestar mucha atención a lo que su escudero le decía, se dirigió hasta las alforjas de Rocinante en busca de los papeles y enseres de escribir que allí guardó cuando salieron de su aldea; pero los muchos golpes recibidos por el caballo en el transcurso de esta segunda salida los estropearon más de lo normal, aunque no terminaron por hacer imposible su uso.
Quijote: Como pueda escribiremos aquí la carta y tú te preocuparás por que la pasen a limpio, con buena letra, en el primer lugar que encuentres donde haya un maestro de escuela; si no lo hallas, pídeselo a un sacristán que, por la bondad que se le ha de presuponer, te la trasladará con gusto. No pidas que te la copie un escribano, pues usan esa maldita letra procesal que no la entiende ni el mismísimo Satanás, que fue quien la inventó.
Sancho P.: ¿Y la firma?
Quijote: Nunca se firman las cartas de caballeros andantes tan importantes como yo.
Sancho P.: No lo digo tanto por la carta como por el vale de los pollinos. Si me lo copian por completo, dirán que la firma es falsa y me quedaré sin los animales.
Quijote: No te preocupes ahora por eso, conserva el original y muéstrale a mi sobrina ambos papeles. No pondrá dificultades con la firma. En la carta a Dulcinea, poco importa la firma, pues, hasta donde sé, mi dama no sabe escribir ni leer; además, nunca ha visto nada que yo haya escrito porque nuestros amores han sido siempre de vista. Te digo más: estoy casi seguro de que en los doce años que llevo enamorado de ella no la he visto más de cuatro veces y ella a mí menos de dos, puesto que sus padres, Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales, la han criado con mucho recato.
Sancho P.: (patidifuso) ¿Cómo? ¿Que Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo, es la señora Dulcinea del Toboso?
Quijote: (con cierta incomodidad por el tono de Sancho) Sí, ella es mi señora y merece serlo de todo el universo. ¿La conoces?
Sancho P.: ¿Que si la conozco? Ya lo creo que la conozco y sé que es capaz de lanzar un rejón más lejos y mejor que cualquier forzudo joven del pueblo. ¡Fuerte marimacho! Es capaz de sacar de un aprieto a cualquier caballero andante. Y no vea la voz que tiene: recuerdo que un día se puso en el campanario de la aldea para llamar a unos trabajadores de su padre, que estaban a dos kilómetros de allí, y estos la oyeron como si estuviesen al pie de la torre. Lo mejor de todo es que no es melindrosa, pues con todos hace burlas y donaires. Venga, señor, deme pronto esa carta para ponerme enseguida en camino e ir a verla, que hace mucho que no la veo y estará cambiada porque el sol y el aire hacen lo suyo en el rostro de las mujeres campesinas. Y pensar que su Dulcinea era una princesa que se merecía cuanto había hecho usted por ella en todos estos días que estamos vagando de aquí para allí… Dígame: ¿qué pasará cuando sus vencidos vayan al Toboso, se postren ante ella de rodillas para hablar de usted y se la encuentren rastrillando lino o trillando en las eras?
Quijote: (iracundo) ¡Sancho! Eres un bocazas envuelto en un tosco ingenio, aunque a veces dé la impresión de que no es así. Para que veas lo necio que eres y lo mentecato que pareces, escucha bien lo que te voy a contar, a ver si coges el punto a las cosas: hubo una vez una viuda hermosa, libre, rica y desenfadada que se enamoró de un mozo que no le pegaba y así se lo hizo ver su confesor diciéndole: «Asombrado estoy, señora, de que una mujer tan importante, hermosa y rica como usted se haya enamorado de un hombre tan soez, bajo e idiota; sobre todo porque cerca de usted hay hombres distinguidos y adecuados que de muy buen grado aceptarían ser sorteados por usted». A lo que le respondió la señora que estaba equivocado porque para lo que quería a su mozo le bastaba que fuese como era. Por lo tanto, Sancho, Dulcinea, para lo que yo la quiero, me vale tal y como es, para mí es la más alta princesa de la Tierra: así la veo, así es. ¿Crees que las damas a las que cantan los poetas existieron de verdad? A mí me basta pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; eso es suficiente. Y que cada uno diga lo que quiera: que si por esto me reprenden los ignorantes, sé que no me han de castigar los sabios.
5·3. Los manuscritos…
Dicho esto, don Quijote se apartó para escribir la carta a su señora con el necesario sosiego. Cuando la acabó, llamó a su escudero y le dijo que se la leería para que la recordase, por si se le perdía.
Sancho P.: Si es por eso, señor, escríbala dos o tres veces, que yo trataré de guardarlas en distintas partes de mi cuerpo; pero pretender que la memorice es un disparate, pues hay veces que hasta mi nombre se me olvida. No obstante, léala en voz alta, que me gustará mucho oírla.
Así lo hizo don Quijote y leyó:
Sancho P.: Por la vida de mi padre, señor, que es la más alta cosa que jamás he oído. Es usted el mismo diablo, pues no hay cosa que no sepa.
Quijote: Todo es necesario en mi oficio.
Sancho P.: Y ahora, señor, ponga en otro papel lo de los tres pollinos y fírmelo con mucha claridad. Y no se preocupe por que se vaya a perder su carta, que con este vale en la mano estaré más atento de que eso no suceda.
Hizo don Quijote una mueca de resignación, escribió en un cuarto de papel que tenía aceptable la cédula, la rubricó y se la leyó a Sancho:
A Sancho le pareció buena la libranza y fue a ensillar a Rocinante. Cuando acabó, pidió a su amo que le diese su bendición y que le dejase marchar sin ver las sandeces que pensaba hacer durante su penitencia, que ya se encargaría de afirmar que todas las vio.
Quijote: Por lo menos, Sancho, quiero que me veas en cueros y cómo haré una o dos docenas de locuras. No me llevará mucho tiempo. Cuando las hayas visto, podrás jurar por todas las que quieras añadir; aunque estoy convencido de que no dirás tantas como yo pienso hacer.
Sancho P.: No, por Dios, señor, eso no; que no lo vea yo a usted en cueros porque me dará mucha lástima y no podré dejar de llorar. Si tiene que hacer alguna extravagancia, hágala vestido y con brevedad, por favor; aunque, repito, no hace falta. Sé lo que debo decir a la señora Dulcinea y cómo; y si no responde como debe, a base de coces y bofetones me dirá lo que ha de decirme. Pues, ¿dónde se ha visto que un caballero tan famoso como usted se vuelva loco por una…? En fin…
Quijote: Sancho, amigo, tengo la impresión de que tú no estás más cuerdo que yo.
Sancho P.: Lo mío no es locura, señor, es rabia; pero, bueno… Por cierto, ¿qué va a comer usted mientras yo esté ausente?
Quijote: No te preocupes por eso, Sancho, pues aunque tuviera los mejores manjares, ninguno probaría en este lugar. Las hierbas y frutos de este prado y estos árboles me alimentarán, aunque el mérito de mi iniciativa está en no comer y en llevar a cabo sufrimientos equivalentes.
Sancho P.: Antes de irme, señor, debo confesarle un temor: no sé si acertaré a volver a este lugar porque lo veo muy escondido.
Quijote: Quédate con algunos detalles de la zona, que yo procuraré no apartarme mucho de estos contornos. Sería aconsejable, además, que cortes algunas retamas y las eches por el camino cada cierto trecho. Te servirán de señal.
Sancho vio aceptable la propuesta de su amo y, tras cortar algunas y guardarlas para irlas esparciendo, le reclamó la bendición pedida. Entre lágrimas se despidieron y se volvieron las espaldas: don Quijote caminó hacia el interior de la sierra y el escudero se dirigió hacia el camino real, por donde suponía que llegaría pronto al Toboso.
Tras leer los Anales, concluyo que había pasado el mediodía cuando se despidieron. Nada se sabe de lo que hizo el amo durante la tarde; nada, de lo que el escudero, aunque pueda conjeturarse, por lo que se verá en el siguiente capítulo, que desandó el camino: salió de la sierra, llegó adonde los molinos de agua…