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En tus manos encomiendo mi alma

I

[1]El 30 de abril de 2005, durante la sesión de clausura de las únicas jornadas (hasta donde sé) que la Sociedad Canaria “Elio Antonio de Nebrija” de Profesores de Lengua Española y Literatura ha tenido a bien celebrar en Las Palmas de Gran Canaria, tuvimos los asistentes el privilegio de contar con la intervención de Rosa Regás, quien por entonces ejercía la dirección de la Biblioteca Nacional. Aunque por razones más que evidentes no recuerdo al ciento por cien su disertación, sí tengo presente, en cambio, cuáles eran las líneas básicas de una exposición que encandiló a cuantos nos hallábamos en aquel Salón de Actos de la Facultad de Formación del Profesorado de la ULPGC. Hablaba Regás de cómo con el paso del tiempo uno va modificando el conocimiento que tiene de un texto del pasado hasta el extremo de que, retomado este, las diferencias entre lo recreado y lo primigenio pueden llegar a ser tantas como las que hay entre la noche y el día. Una vieja lectura de infancia desterrada en los confines de la memoria se reescribe con el paso de los años entre los trazos lúcidos de los recuerdos y los zigzagueos de los olvidos. Cuando las circunstancias permiten enfrentarnos nuevamente al texto inicial, el que no ha sido intoxicado con el tiempo y la reelaboración, nos damos cuenta de las disimilitudes que hay entre lo que creíamos que era el escrito y lo que este es en realidad.

Por mi experiencia, lo normal es que los hechos se den en una frustrante dirección: de lo leído a lo recreado, en este sentido, de izquierda a derecha, como se representan los gráficos de evolución. Les hablo de un camino que se forja sobre recuerdos míticos; un trayecto en el que los años borran las huellas que marcan el regreso y solo el reencuentro con el punto de partida nos devuelve a la realidad. La frustración, pues, proviene de la percepción del cambio y de cómo hemos desvirtuado la lectura principal en favor de otra que se ha ido moldeando a base de olvidos, reconstrucciones y readaptaciones propios. En el fondo, es esta última versión la que aceptamos porque se ha hecho a nuestra sensibilidad y estética, a nuestra imagen y semejanza… El viejo texto ajeno ha pasado a decepcionarnos porque nos gustaba más cuando era nuestro. Para los versos de este poemario, el itinerario hay que determinarlo sobre un proceso inverso: quien les escribe había reeditado con los años y las evocaciones unas composiciones de nuestra poetisa que, al volver la vista atrás, se han descompuesto para reafirmar y realzar el valor de esas primeras escrituras, ahora maduras en las formas, pero semejantes en la esencia a esas que cayeron en mis manos hace más de una década.

Ros Mari y un servidor somos casi coetáneos e hijos de Telde, lo que, dadas nuestras aficiones literarias, nos permitió estar inmersos en circunstancias formativas y creativas comunes durante un período muy concreto de la vida cultural del citado municipio. Convendría en algún momento recapitular, en el umbral de esta segunda década del siglo XXI que ahora vivimos, cómo se proyectaron en Telde muchas industrias artístico-culturales institucionales y anónimas durante la última década del siglo XX que situaron a esta ciudad en el admirado punto de mira de muchos jóvenes grancanarios, pero esa es otra historia que deberá ser contada en otro momento, pues ni este es el lugar para ello ni para esto nos ha movido a componer esto que ahora lees.

Para el caso que nos ocupa, quedémonos con el hecho azaroso de mi encuentro con sus poemas: en junio de 1998 y como miembro del jurado en el VI Premio de Lírica Joven, un concurso que organizaba la que entonces se denominaba Concejalía de Cultura, Juventud y Solidaridad del M. I. Ayuntamiento de Telde. Por aquel entonces, terminaba mis cursos de doctorado, estaba a las puertas de que viese la luz mi inocente y paupérrima “[et] prima opera” gracias al citado ayuntamiento y me hallaba inmerso en cuantas iniciativas filológico-literarias me pusiesen por delante mientras desarrollaba mi trabajo de becario en la Casa-Museo Pérez Galdós, lo que favorecía estrechar mis relaciones con el resto de las casas-museo del Cabildo de Gran Canaria. Todo esto, junto al hecho de haber participado como profesor de Relaciones Humanas en la Agencia de Desarrollo Local de Telde durante el último trimestre de 1996, me permitió estrechar vínculos con la mencionada concejalía, que fraguarían con mi participación como jurado de la ya mentada convocatoria literaria, al margen de otros asuntos que no vienen al caso referir.

El proceso de selección de los premiados fue complejo: muchos participantes, calidades heterogéneas, etc. En fin, lo de siempre. Recuerdo que desde el primer momento el jurado se quedó prendado de un poemario que estaba a años luz del resto por el vigor de la expresión poética que su anónimo creador había impreso en unas páginas que a todos los presentes asombraron y situaron como claro vencedor. Al abrir la plica, comprobamos que no se trataba de ningún vencedor, sino de una vencedora: Ros Mari Baena García. Un contratiempo administrativo con las reglas del concurso, que seis meses antes y seis meses después no hubiese sido tal, nos impidió concederle el merecido premio y reconocimiento institucional por su obra.

Recuerdo que fui yo quien se encargó de comunicarle la mala noticia e informarle, en nombre del jurado, así, en general, y, sobre todo, en el mío propio, de la profunda y grata perturbación que sus versos nos causaron. La impactante desinhibición de sus manifestaciones líricas, la plasticidad de las imágenes y la intensidad de sus expresiones de desarraigo e ira causaron en mí tal atracción literaria que tuve que ubicarla entre los maravillosos universos de Baudelaire con toda la caterva de Poètes maudits decimonónicos, por una parte, y, por la otra, los de las posmodernistas Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni. Le aconsejé que no dejase nunca de escribir y que buscase los medios para que sus composiciones viesen la luz. Por estos lares, muchos poetas con muchos menos méritos habían recibido el beneplácito de ver impresos sus poemas, ¿por qué se iba a quedar al margen una poetisa que atesoraba tanto talento?

Tras este encuentro, le perdí la pista y no volví a saber nada más de ella. Recuerdo una breve conversación en la calle Pérez Galdós de Telde que sostuvimos muchos años más tarde, pero volví a dejar que se diluyese su recuerdo con el paso del tiempo mientras seguía reescribiendo en mi memoria la conmoción de su palabra poética, que iba siendo cada vez más lejana y, en consecuencia, distorsionada.

El año pasado, gracias a los surcos que originó la presentación pública de mi Pro Marcelas, tuve la inmensa fortuna de volver a circundar el mundo poético de Ros Mari a través de su marido, mi muy apreciado John Harold, con quien tuve el privilegio de contactar durante mis primeros años docentes en Secundaria[2]. Él me volvió a encarrilar sobre las composiciones de su esposa. Tras varias conversadas sobre el tema, surgió el proyecto que ahora se ha formalizado como una realidad tangible.

Lo apuntado hasta ahora debe conducirnos a una indiscutible afirmación: la publicación de este poemario representa mucho para quien suscribe el presente prólogo. Los motivos, dos: el primero, porque cierra una puerta abierta desde hace trece años, una brecha que siempre supe que existía aunque estuviese en el fondo del último sótano de mis batallas literarias y librescas; el segundo, porque me ha permitido volver a calibrar las ya referidas palabras de Regás (objeto de numerosas reflexiones por mi parte en todos estos años) tomando como referencia los poemas de este libro, que mantienen todavía el espíritu de entonces y destruyen la manida reconstrucción que elaboró mi memoria y mis recreaciones. Lo que ha pasado a decepcionarme ahora no ha sido ese viejo texto ajeno que ahora, en estas páginas, se muestra impecable, vigente y magnífico, sino esa versión que los años me hicieron moldear de manera arbitraria.

II

Tomemos el poemario y ojeemos su índice. Fijémonos en los nombres de cada bloque temático y en la numeración de cada poema (o capítulo, como aquí se denomina); hojeemos el libro para detectar la secuencia numérica de cada verso y atendamos a la dedicatoria principal del poemario, «a Él, que estaba y estará, antes y después». Presidamos, por último, nuestra revisión con el título del volumen, En tus manos encomiendo mi alma, la séptima y última palabra de Jesucristo en la cruz. He aquí, en este todo, en este trenzado dentro de otro trenzado que confiere a la obra una estructuración ordenada y consecuente, un nuevo evangelio escrito con la finalidad de convertirse en un sufragio que se inicia y concluye en la propia Ros Mari.

En tus manos… es un profundo canto religioso que la autora dirige a Él sobre el martirio que suponen los desórdenes sociales y sensitivos que anidan en su visión existencial. La mortificación vital la llevan a confluir las formas de su escritura sobre patrones singulares: el manejo de la sintaxis y de los signos de puntuación tan particulares pautan un intencionado y subliminal “caos” que se edifica para que, sin leyes estrictas, se dé naturaleza firme al éxtasis de las palabras y a la contundencia con la que estas se depositan en las parcelas connotativas de nuestro entendimiento. Hablamos, pues, de marcas de cantero que se fijan a los versos como señas de identidad para lograr con ellas que se cimente su poesía sobre esas ya mentadas desinhibiciones, plasticidades e intensidades —en suma, esa suerte del muero porque no muero “santateresiano”— que tanto me atrajeron en su momento y que, con los años, tanto han mejorado, siempre bajo mi particular prisma, hasta el punto de hacer de ellas los fundamentos de su estética poética.

La distribución del poemario en Natividad, Parábola, Bienaventuranza, Pasión y Muerte supone la transmutación en la autora de la vida de Jesús de Nazaret, un referente emocional para la poetisa que le permite construirse a sí misma a través de una conjunción mística con las palabras. Esto se percibe en la frecuencia de términos luminosos, si se me permite la expresión (“corazón”, “vida”, “cuerpo”, “besos”, “amor”…), que, por su abundante presencia, exteriorizan la necesidad de acceder a la luz del Amor divino, muy en la línea de un San Juan de la Cruz, salvando las distancias, claro, frente a la escasez de vocablos oscuros (a saber: “muerto”, “Muerte”, “infierno”, “hambre”, etc.), que determinan la constatación del dolor como una realidad que podrá ser superada gracias a esa unificación con Cristo y con el hecho cristiano de que su muerte (fenómeno oscuro) acarrea la salvación (fenómeno luminoso) de la Humanidad.

Destáquense en este señalado cambio la función determinante de los imperativos, que son en este evangelio tan personal intensas deprecaciones que desvisten a los poemas del mero lirismo poético para dejarlos envueltos en la esencia de lo que son: hermosas oraciones sobre una vida que, en última instancia, están dirigidas «a Él, que estaba y estará, antes y después».

Al finalizar la lectura de este En tus manos encomiendo mi alma, se vislumbra en el fondo una esperanza que sirve para responder a todas las angustias planteadas por el poemario y que se resume en una pregunta clave, la que cierra “Resurrección”, la única creación en prosa de las treinta y siete que componen el volumen y la última, la que sirve de amén a cuanto representa esta excelente obra literaria que nos ha convocado y a cuanto se tiene que decir en este prólogo: «¿Por qué, en el análisis final nos conformaremos con el breve sorbo del ataúd si podemos marchar a beber de la fuente eterna del agua Bendita?».


[1] Prólogo a En tus manos encomiendo mi alma de Ros Mari Baena García. Beginbook Ediciones, 2011.

[2]. El «azar concurrente», que diría el profesor Rodríguez Pérez, Osvaldo.