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Haec alia fabula latina est

I

Aunque asumo que no tiene sentido arrepentirse de aquello que cabe situar dentro del enorme saco de acontecimientos vitales identificados como “tonterías de la edad” —ni arrepentirse ni, por supuesto, recibir reprimendas por ello—, porque se producen por influjo más o menos directo de factores biológicos y porque se asocian a la noción de bagatela, de cosa sin importancia que no está llamada a condicionar el resto de tu existencia, sí debo admitir que, de las muchas que protagonicé durante mis años de estudiante de BUP (Bachillerato Unificado Polivalente, 1987-1990, cuando tenía entre catorce y diecisiete años), hay una que, con el tiempo, he lamentado o, al menos, si no quiero emplear una palabra tan “dramática”, una que me lleva a decir: «Ay, si yo hubiera aprovechado la ocasión, si no hubiera sido tan totorota».

El hecho en cuestión no está relacionado con mis relaciones humanas: amistades, desamistades, enamoriscaciones, alegrías por aquí, fandangos por allá, gustos compartidos, odios repartidos, conflictos de gallito y renuncias de pollito, seducciones ideológicas y cortejos político-revolucionarios, aficiones metaleras y ojerizas poperas y “bakaladeras”, etc. Tampoco con actos que, sin llegar a la categoría de delito —ni tan siquiera de gamberrada—, pudieran calificarse de travesuras merecedoras de una reprimenda del estilo: «Ya eres un poco grandecito para esto, ¿no te parece?». Siempre fui anodino hasta para salirme por la tangente.

La policía, tanto la educativa como la que vela por nuestra seguridad, nunca tuvo que tocar en la puerta de mi casa para avergonzar a mis progenitores. Nunca me presenté en el hogar familiar de manera humillante, como un guiñapo envuelto en alguna sustancia nociva. Si bien, desde los quince años, con diferentes grados de entusiasmo en el trato, me hice amigo del tabaco, que me acompañó hasta el 9 de agosto de 2016, cuando decidí romper de manera unilateral nuestro perjudicial matrimonio después de más de tres décadas de encuentros y desencuentros.

Mas lo del tabaco no fue una bobada como la que me mueve a escribir lo que ahora lees: en primer lugar, porque no hay una edad específica para engancharse (basta un momento de debilidad, por muy ufano que uno trate de mostrarse desde las primeras caladas); en segundo lugar, porque no fue una cosa menor, dado que fumar es una soberana estupidez, un acto propio de idiotas que rebasa cualquier límite del raciocinio. Nuestra especie, como todas, invierte tiempo y energías en sobrevivir —aunque sea la única que diariamente destruye su propio hábitat—; y fumar no es precisamente hacer mucho por estar vivo (extiendo esta reflexión también al alcohol, otro veneno, aunque traten de venderlo con cintas de colores culturales, artísticos, tradicionales, etc.). Reconozco que, con la bebida, soy incluso más inmisericorde, pero ya habrá ocasión —en otro momento y otro lugar, espero— para explicar por qué.

He escrito 476 palabras desde que comencé este anejo y aún no he dicho lo que tenía que declarar. Me disperso. Me expando sin control. Glotoneo instantes de recuerdos, ideas, reflexiones, conclusiones, sentencias y acabo desbarrando porque me olvido de lo que he venido a decir. En este caso —en el arranque de un texto que constituye el anexo de la edición de una novela del siglo II d. C. y después de precisar el alcance de mi arrepentimiento y de lo que es una “tontada de la edad” durante mis años de BUP—, sería la respuesta a la siguiente pregunta: ¿de qué me lamento en agosto de 2026, treinta y ocho años después de metida la pata? Contesto: de haberme comportado como un idiota en las clases obligatorias de latín de segundo y, como resultado de esta deplorable actitud, de haber decidido no cursar esta materia en tercero, cuando era optativa. De haber desatendido aquello que, más pronto que tarde, iba a resultarme inevitable, pues sabía entonces que mis intereses académicos a cortísimo plazo me reclamarían el conocimiento de la hermosa lengua clásica. ¿Que por qué estaba tan seguro de ello? Porque desde que acabó el verano de 1987 tenía claro que solo había una formación universitaria que me interesaba: aquella en la que se estudiara el Quijote. Punto. No era negociable. Esa fue la única razón que me llevó a decidirme por Filología Hispánica, a pesar de que las brujas de Macbeth de turno —y no familiares, precisamente— se empeñaban en advertir, con una variada gama de visajes, que aquella era una carrera larga, aburrida y con un alto índice de titulados en paro.

Pasó lo que tenía que pasar. En octubre de 1991, cuando comencé mis estudios universitarios, el impacto contra la realidad —aunque se esperara el choque— fue brutal. Me acordé de… ¿Rosa? ¿Marta, quizás? Lo siento: no he logrado recordar el nombre de la profesora que me dio latín en 2.º de BUP durante el curso 1988-1989 en el instituto José Arencibia Gil de Telde. Si tú sabes quién es, por favor, dile que contacte conmigo —si no tiene inconveniente, por supuesto—, pues me gustaría disculparme y darle, de algún modo, las gracias por lo generosa que fue aprobándome en septiembre, aun cuando sabía que yo había sido un tarambana y un engreído. En otras palabras, un alumno olvidable.

Me acordé de ella en ese momento y, al mismo tiempo, justo es hacerlo y necesario repetirlo —a César lo que es de César, pintiparada expresión, dado el ámbito que nos envuelve—, di las gracias porque la Fortuna, que ayuda a los audaces, en palabras de Virgilio —y audaz debía ser yo, según las mentadas brujas, para haberme iniciado en los “ritos” filológicos—; di las gracias, repito, por haber tenido durante ese primer año de cabalgada latina universitaria a Gregorio Rodríguez Herrera, un profesor que, sin haber hecho de mí un latinista —de donde no hay, no se puede sacar—, supo cómo hacerme entrar en este tan desbordante como apasionante ámbito del conocimiento y cómo conseguir que todo cuanto giraba alrededor de la lengua, la literatura y la cultura romana no solo recibiera de mí un, hasta ese instante, inédito respeto, sino que incluso llegara a sublimarlo.

Me enseñó a no tenerle miedo al idioma, aunque no entendiera de manera cabal sus mecanismos internos, aunque sintiera muchas veces que mi impericia me deslizaba por la pendiente de traducciones sin sentido o de explicaciones gramaticales que no conseguía hacer encajar en mi entendimiento. Aun así, logró quitarme el bloqueo, la intranquilidad y hasta la posibilidad —difícil de darse por mi manera de ser, pero…— de abandonar la asignatura y de exponerme a las consecuencias nefastas de esta decisión. No sé qué hizo ni cómo, pero lo hizo y en eso tuvieron mucha importancia su personalidad, su instinto pedagógico y su capacidad para radiografiar y diagnosticar con precisión el panorama que tenía ante sí. ¿Contribuyó a su excelencia el hecho de ser un docente joven —se licenció en Filología Clásica en 1988—, circunstancia que quizá favorecía una mayor empatía con quienes tenía delante durante varias sesiones semanales en el turno de tarde? Es posible. Sea como fuere, lo que me interesa resaltar es que logró que me acercara con aprecio a los textos latinos y, por extensión, a los de la Antigua Grecia, y eso es algo que debo agradecerle especialmente.

Pero mi gratitud no se circunscribe a lo lingüístico, va más allá. Este libro, de algún modo, liba también de ese más allá del reconocimiento al que me refiero. Me acercó a la literatura latina. Me regaló la llave para entrar en el majestuoso salón donde bailan los clásicos y me ofreció el modo de codearme con ellos. ¿Cómo? Con un solo nombre. Con una sola obra. A saber: Marco Tulio Cicerón, tercera Catilinaria. Lo apunté en mi Poesía universitaria palmense (2025); no me importa repetirlo: a él, solo a él, debo mi particular admiración por el orador romano, quien me ayudó mucho, muchísimo, a concebir la escritura ensayística de carácter divulgativo y argumentativo tal y como aspiro a ofrecértela. Aún resuena en mi conciencia el brillante comienzo del discurso:

«Rem publicam, Quirites, vitamque omnium vestrum, bona, fortunas, coniuges liberosque vestros atque hoc domicilium clarissimi imperii, fortunatissimam pulcherrimamque urbem, hodierno die deorum immortalium summo erga vos amore, laboribus, consiliis, periculis meis e flamma atque ferro ac paene ex faucibus fati ereptam et vobis conservatam ac restitutam videtis…»;

y el luminoso y aprehendido pasaje en el que el orador apunta al peligro que suponía tener a Catilina en la ciudad («ille erat unus timendus ex istis omnibus, sed tam diu, dum urbis moenibus continebatur») porque, según la traducción de la obra realizada por Eduardo Valentí Fiol para la edición pedagógica de la editorial Bosch (1981) —la que utilizamos en clase—,

«todo lo sabía, en todas partes tenía entrada. Podía y osaba abordar, sondear, solicitar a cualquiera. Tenía talento para el crimen y a este talento no le faltaba ni lengua ni brazo. Para cada misión particular tenía hombres especiales previamente elegidos y designados. Y no creía ejecutada una orden con solo haberla dado. Nada dejaba sin inspeccionar, acudiendo a todas partes, vigilando y trabajando. Resistía frío, sed y hambre» [VII, 16].

Qué identificado me sentía entonces con ese «y no creía ejecutada una orden con solo haberla dado. Nada dejaba sin inspeccionar, acudiendo a todas partes, vigilando y trabajando» («neque vero, cum aliquid mandarat, confectum putabat. Nihil erat quod non ipse obiret, occurreret, vigilaret, laboraret»). Reconozco que, superado el medio siglo de vida, sigo sintiéndome aún identificado con estas palabras. ¡Cuánto de mí hay en ellas!

En segundo de carrera tuve como profesora a María Elisa Cuyás Torres. Tengo un grato recuerdo de ella, aunque nuestra relación fuera corta y muy puntual, en comparación con la que mantenía con otros docentes, y eso que por entonces ya andaba yo enrolado en asuntos de representación del alumnado. Atesoraba una amplia experiencia y, como la profesora de BUP y Gregorio, de una agradecible magnanimidad. Ese año y el siguiente (cursos 92/93 y 93/94), tuve que acudir a la ayuda externa para intentar resolver aquello que, por mí mismo, por más voluntad e interés que pusiera, ni en un siglo podría haber solucionado. Los asuntos literarios y culturales de la asignatura los atendía con solvencia; pero los lingüísticos…

Gustavo Cruz Samper, compañero de la carrera —nos licenciamos en julio de 1996—, fue una de las dos personas que, a través de altruistas clases particulares, dedicaron su valioso tiempo, sus indesmayables energías y su incuestionable esplendidez para intentar que quien te habla pudiera encauzar la asignatura y llegar al puerto deseado: el aprobado, aunque fuera raspado e in extremis. La otra fue mi paisana María del Pino Suárez Gil, a quien agradezco mucho, mucho, mucho la cantidad de horas que, de un modo generoso, me ofreció durante el verano de 1994 para que pudiera superar la materia en alguna convocatoria mientras cursaba cuarto. Siento no ser preciso en esto, pues mientras escribo pienso en si esto no sucedió el año anterior. Latín solo se daba en los dos primeros cursos de la carrera. Llegar a tercero con la materia pendiente ya daba cuenta de las dificultades con las que se había cursado; empezar cuarto, arrastrándola, pues… mejor no hablamos; y si encima a todo esto se le unían mis problemas con la lengua árabe, que tuve que cursar tres años y que no aprobé por completo hasta el curso 94/95… Pero ¡qué mal se me han dado siempre los idiomas, Dios mío! Chiquita tortura desde que empecé en sexto de EGB con inglés y su fastidioso New Ready, Steady, Go!, de C. Echevarría, J. Merino y T. Ingarfield, de la editorial Anaya. Lo que no me ha pasado nunca con la lengua y la literatura españolas, juntas o separadas.

Sigo. Recuerdo las sesiones de Pino y, sobre todo, esa suerte de pragmatismo didáctico que aplicaba y que se traducía en un modus operandi eficaz: dado que no tenía tiempo para aprender la gramática latina ab ovo —con qué soltura manejo el latín, ¿verdad? (modo irónico: on)—, que hubiera sido lo conveniente si aspiraba a ser un filólogo decente, o sea, digno de tal condición; y dado que no me quedaban muchas balas en la recámara, tras varias convocatorias con resultados penosos; y dado que se hacía conveniente que me quitara de encima este lastre cuanto antes para poder enfocar lo que restaba de licenciatura de un modo más diáfano y agradable (donde tendría mucha literatura con la que retozar), lo mejor era asimilar cuanto antes y del mejor modo posible una especie de vademécum esencialísimo de la lengua latina consistente en formas verbales, las declinaciones y, sobre todo, ante todo, léxico, mucho léxico, cordilleras y simas de palabras… Parafraseo lo que, con mayor o menor exactitud, me dijo entonces: si dominaba el léxico, con unas poquitas reglas, podía hacerme una idea de lo que decía el texto y mis traducciones no serían un disparate, aunque no fueran perfectas e, incluso, tuvieran bastantes fallos. Fui obediente y el truco, en el sentido más positivo del término, funcionó (gracias también, insisto, a que mi evaluadora no fue puntillosa y prefirió ponderar las cositas buenas que había sido capaz de poner en la prueba en lugar de los mamotretos de errores que debí cometer).

Aquí terminaron mis latines académicos. Resueltos los compromisos curriculares, pude empezar a disfrutar de la literatura grecolatina y del latín como sustento de las lenguas romances. En ese proceso fue fundamental la prolongada y enriquecedora relación que mantuve con mi maestro, don Antonio Cabrera Perera, quien se había licenciado en Filología Clásica por la Universidad Central de Madrid en 1956. El amor compartido por Cervantes y el Quijote y, por extensión, por el Siglo de Oro español contribuyó a acrecentar considerablemente mis inclinaciones académicas e intelectuales hacia el mundo antiguo occidental. La tesis doctoral con cuya dirección me honró (defendida el 5 de febrero de 2003), dedicada a una novela pastoril del siglo XVI —Ninfas y pastores de Henares (1587), de Bernardo González de Bobadilla—, terminó por consolidar, con todo lo que ello implica, mi firme noción de la dependencia cultural que tenemos del mundo grecolatino. No nos entendemos si no hacemos un esfuerzo por entenderlos y por darnos cuenta de que, tras su profundo, intenso, revolucionario paso por la historia de la humanidad, nihil novum sub sole.

En esta breve historia de adhesiones latinas, dos nombres propios más merecen ocupar un lugar destacado: por un lado, Rita Navarro Sánchez, amiga, maestra de ceremonias en mi boda —civilísima, como no puede ser de otro modo (3 de agosto de 2015, 11:00 h)—, compañera de lides docentes, afín también en lo ideológico y político, quien, con el visto bueno de su director (el nombrado Gregorio Rodríguez Herrera), me honró al permitirme formar parte de su tribunal de tesis doctoral —Pancho Guerra y la retórica clásica en los cuentos famosos de Pepe Monagas—, que defendió con brillantez el 4 de febrero de 2016. ¿Le gustará este lepidum novum libellum, en feliz expresión de Catulo, el otro poeta que trabajamos en clase en aquel esperanzador primero de carrera?

Por otro, la compañera de Latín en el IES José Zerpa desde que llegué a este centro a comienzos del curso 2007/2008: Ángela Rodríguez Guedes, de exquisitas formas e impecable labor como docente, de amena conversación e inmejorable interés por el bien del alumnado. Recuerdo que hace no sé cuánto mantuvimos una deliciosa e inspiradora charla —de las variadas que hemos tenido en estos años— sobre El asno de oro. Compartimos la alegría que nos produce la obra cada vez que volvemos a ella y, además, el deseo de hacérsela llegar a los discentes, de un modo u otro, aunque sean solo migajas lo que les podamos ofrecer. Lo que sea, pero que no dejen de conocerla. Parafraseando versos del mentado Catulo, coincidimos en que hemos de acudir a esta joyita de Apuleyo «mil veces, luego cien; luego otras mil, luego otras cien; luego aún otras mil, luego cien…». El poeta hablaba de besos; nosotros, también. ¿Qué son las piezas literarias hermosas si no dulces besos que se dan a nuestro entendimiento?

Esta otra historia latina que comparto contigo y que ha arrancado con una declaración sobre una de las tantas cortedades estudiantiles que me han adornado durante años y la prolongada largueza de mis aficiones hacia los frutos del Antiguo Mediterráneo quedaría un tanto desvirtuada si no se atendiera a la explicación o, más bien, para ser más preciso, a la detallada exposición de cómo anidó en mi voluntad el interés por coger la célebre novela del latino y metamorfosearla —nunca mejor dicho— en la versión que te ofrezco.

II

No me cabe la menor duda de que en el verano de 1987, recién acabada la EGB, mientras devoraba con admirable voluntad, notables dificultades y frecuentes instantes de disfrute el premio al éxito académico alcanzado, que no fue otro que la edición de Cátedra del Quijote —dos tomos realizados por John Jay Allen para la colección Letras Hispánicas [números 100-101], cuya primera edición era de 1977 y su primera gran revisión de 1986, la que debí de utilizar entonces—, tuve la oportunidad de terminar de enamorarme de la novela de Cervantes, que hasta ese momento había conocido en ediciones adaptadas, y de sentir el aura del Lazarillo de Tormes, que yo recordaba de haber leído en clase y cuya mención explícita en el capítulo XXII («Es tan bueno —respondió Ginés—, que mal año para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren») me llenó de orgullo libresco, pues podía afirmar en ese momento que, entre tantas ignotas referencias como las que se iban desperdigando a diestro y siniestro en la edición del norteamericano, yo conocía ese título. Es posible que uno de esos pasajes escolares recordados fuera el del cabezazo contra un poste de piedra que se dio el ciego saltando un arroyo. De lo que estoy seguro es de que leímos en el colegio el episodio de las uvas, que caló bien hondo en mi conciencia desde entonces. Sigue siéndome útil para sospechar sobre algunos silencios [y ahí lo dejo…].

Nada supe de El asno de oro hasta mi etapa universitaria. ¿Normal? Sí, quizás. No me imagino a un alumno de secundaria —da igual si es actual o si fue compañero mío a finales de los ochenta— leyendo para su disfrute cualquiera de las ediciones que he manejado para componer la que te propongo, elaborada pensando en que cualquiera de mis discentes del IES José Zerpa —de tercero de la ESO para arriba, todos; de primero y segundo, algunos— pueda acercarse sin temores ni hastíos sobrevenidos a esta invitación al conocimiento del clásico literario. Y quien te dice «alumno», te dice cualquier lector de cualquier condición que no conozca el espléndido título que compuso Apuleyo en el siglo II d. C. y que sigue causando admiración, sonrisas y placeres en el entendimiento.

No accedí a la novela del madaurense porque fuera un título de referencia en la carrera. Yo no iba por el camino de los latinistas (ya conté por qué) y en las materias de naturaleza literaria, lo tocante a la Antigüedad grecolatina se ciñó, principalmente, a las referencias sobre poéticas y teorías variadas sobre géneros. No tuvimos obras griegas y romanas en nuestros extensos corpus de lecturas hispanas. ¿Sugerencias? Todas las habidas y por haber, por supuesto; pero nunca dedicamos tiempo lectivo al análisis de estos textos. Como siempre ocurre en estos casos, con el rodaje de lecturas especializadas fueron cayendo títulos que, a fuerza de repetirse, alimentaron la curiosidad y la necesidad. Y eso fue lo que me pasó mientras orbitaba alrededor del maestro Cabrera Perera y, por extensión, de Cervantes y de la florida nómina de firmas del Renacimiento y Barroco españoles, acrecentada al mismo tiempo con la de autores americanos, gracias en esta ocasión a la enriquecedora influencia de mi llorado y admirado Osvaldo Rodríguez Pérez. Vivir intelectualmente, durante mi licenciatura y mi doctorado, en los siglos XVI y XVII condujo a la lectura, disfrute, estudio y asimilación de El asno de oro; y al convencimiento de que era una obra que, adaptada de un modo conveniente, podía entretener a un espectro muy variado de lectores con diferentes bagajes formativos y, al mismo tiempo, hacerles partícipes de esa necesaria y nunca superflua valoración de los clásicos de la Antigüedad, tan actuales, tan vigentes, tan luminosos y, por culpa del sistema educativo nacional, siempre en peligro de acabar siendo residuales, secundarios, prescindibles.

Si con esto que ahora te ofrezco alguien sintiera deseos de saber más de la obra, del autor, del periodo literario, de… y se iniciara en el noble campo del conocimiento de la Filología Clásica y, por extensión, de la Antigüedad grecolatina, mi dañada conciencia y mi dolorida alma tendrían su particular descanso tras mis desafortunadas incursiones en estos Campos Elíseos del conocimiento lingüístico y cultural. Mal caminante he sido. Si con esta humilde siembra en forma de edición de Las metamorfosis lograra que otros asumieran la importancia de dar el debido lustre a aquello que yo no hice por no haber sabido cómo hacerlo, qué inmenso premio recibiría y cuán agradecido me sentiría.

¿Cuándo decidí hacer “algo” con esta extraordinaria pieza que forma parte del patrimonio cultural y literario de la humanidad? A principios de junio de 2018. ¿Por qué? Por las razones ya expuestas, que podrían sintetizarse en una necesidad intelectual, con todo lo que ello comporta como impulso estético, creativo y, en mi caso, con ese inevitable toque divulgativo e ideológico (nada dogmático, por cierto) que forma parte de mi estilo y que, en consecuencia, no logro reprimir. ¿Cómo? Esta otra historia latina que comparto contigo demanda que no escatime explicaciones sobre el cómo, pues es aquí (antes incluso que en el “qué”) donde se asientan las excelencias de todo lo que se compone envuelto en poesía. Importan más las maneras, los modos, las formas de decir algo que lo que se dice. Y el cómo de Las metamorfosis [aka El asno de oro] de Apuleyo está vinculado con una palabra que, con el tiempo, ha ido adquiriendo un peso cada vez mayor en mi escritura. De ella te hablo a continuación.

III

La décima entrada del testamentario Soltadas Uno (2021) consistió en un pequeño glosario de literatura un tanto sui géneris que titulé “Muestras para un diccionario sadalónico”. Una de las voces que contenía era el verbo “tunear”, que aparecía resignificado. El diccionario de la Real Academia define así la palabra: ‘Adaptar algo, especialmente un vehículo, a los gustos o intereses personales’. El nuevo sentido del vocablo surgió con El Quijote [1605] tuneado (2013) y Lazarillo… exprés (2015), donde procuré consolidar una nueva acepción del término, circunscrita, en esta ocasión, al ámbito editorial y de recreación literaria. Esto es lo que aparece en el mentado lexicón:

«Adaptar un texto clásico de manera que, sin que pierda su esencia, ofrezca una versión del original diferente. La finalidad de este quehacer filológico-creativo no es otra que la de atraer a los lectores menos dispuestos hacia las grandes obras de la literatura universal por vaya uno a saber qué razones. No se habla de negados para la lectura, no; les gusta y puede que sean incluso aficionados, pero ante títulos tan emblemáticos y representativos como El Quijote, Lázaro de Tormes o El asno de oro, por ejemplo, sienten una desconocida y particular aversión. Los editores-autores que tunean clásicos como los enumerados asumen en todo momento el carácter mediador de su trabajo de recreación; o sea, que las obras que editan no pueden prescindir de la condición que les caracteriza: ser medios, puentes singulares, que sirvan para lograr el establecimiento de un vínculo amable (generador de apetencias lectoras) entre el texto original y los destinatarios de la edición».

El tuneo del Quijote, concebido inicialmente como ejercicio didáctico, seguía al principio los postulados propios de una adaptación escolar; pero a medida que la historia se iba desarrollando y yo asumía más licencias para salirme de los márgenes que delimitaban mi labor, el ajuste literario fue adquiriendo cada vez más los rasgos propios de una reescritura. “Reinvención” es quizá la palabra. Supongo que fue tal el desvío realizado que me vi desbordado cuando quise hacer lo propio con la segunda parte (1615), la cual tengo pendiente de acabar, así como de acometer una revisión en profundidad de la primera. Intuyo que este derrame, dos años más tarde, cuando me ocupaba de Lazarillo… exprés, hizo que me autocensurase las licencias que me había concedido, y el resultado fuese una versión estudiantil pura y dura, sin devaneos retóricos ni ejercicios creativos que consideré en su momento desmedidos.

Reconozco que me gustó el resultado de la intervención en la novela de 1554, pero el placer de la experiencia del tuneado quijotesco seguía muy presente. Había disfrutado de un modo singular con lo que había realizado en la obra cervantina. ¿Por qué? Creo que se debió a que el ejercicio de escritura y edición se amoldó a mi manera de ser. El tratamiento del texto exigía una actitud híbrida en la que se mezclaban, por una parte, lo creativo con lo académico —tanto en sus facetas más especializadas, o sea, más sujetas al complejo universo de los estudios cervantinos, como en las divulgativas—; y, por otra, lo que concernía al ámbito de la más estricta crítica literaria y edición de textos con el diáfano territorio de los divertimentos de naturaleza lingüística y poética. Y yo, en las facetas concernientes a la gestación de productos, soy bastante híbrido. Heterogéneo, sí. Mucho. No confundir, como alguno que otro ha insinuado sobre mis quehaceres, con iconoclasta. Eso no. Parafraseando a Borges: me enorgullezco de los libros que he leído y, por supuesto, añado yo, de los maestros que he tenido, tanto en persona como a través de lecturas, y de las directrices que, asimiladas y valoradas convenientemente, he seguido.

¿Fue un “tuneo” lo que hice con Cien años de soledad en Los [II] cuartos (infame) esclavitud [en la ruta de la seda] (2023)? Estrictamente, no (o sí… no sé). ¿Había interés mediador? De algún modo, sí. Mi condición de docente me empujó, aunque no lo hiciera de un modo muy explícito. ¿Había voluntad de homenajear a Gabriel García Márquez? Sí, siempre que abordo cualquier asunto relacionado con el colombiano, hay intrínsecamente un ánimo de celebrar y agradecer lo mucho y bueno que me ha dado como escritor en el más amplio sentido de su quehacer. Y lo mismo diría de Cervantes y del ignoto que compuso la vida de Lázaro —¿Alfonso Valdés?, ¿Diego Hurtado de Mendoza?—. Al margen de si los destinatarios están o no en condiciones de recibirla, la gratitud no se le niega a nadie que se haya hecho merecedor de ella. Si no fuera así, ¿qué justificaría la mitad de la fe religiosa de los creyentes (entiendo que la otra mitad es la expectativa de la vida eterna)?

Pero con Gabo no me pasó lo mismo que con los dos primeros libros. Importa esta precisión para entender qué he hecho con El asno de oro. Mis Cuartos recibieron una excepcional influencia externa (la preparación de un texto para la compañía Teatro La República, de Nacho Cabrera Guedes) e interna (Tolga Kashif y su inspirador The Queen Symphony, 2002), influencias que condicionaron el resultado final. El compositor turcochipriota había elaborado una obra musical nueva a partir de materiales sonoros ya hechos; en otras palabras, una bella sinfonía en seis movimientos inspirada —importante matiz: inspirada— en la música de Queen que, a mi juicio, está a años luz en sublimidad del conjunto de adaptaciones y versiones que se han hecho sobre las canciones de este grupo británico desde que murió Freddie Mercury en 1991. A partir de este tratamiento joyero, me propuse hacer algo parecido con Cien años de soledad; o sea, tomar prestado lo que había, el inimitable texto, para hacer algo distinto. Quería algo que fuera más allá del simple movimiento del mobiliario de los párrafos para que las habitaciones de las páginas mostrasen una decoración diferente. «No se trata de hacer mejor lo que es inmejorable, sino de ofrecerlo de una manera distinta; algo que permita valorar de otra manera la calidad de la luz, sus reflejos, las sombras», me dije. Eso es lo que había hecho Tolga Kashif con Queen. Yo quise hacer lo mismo con Cien años de soledad.

Para cuando coloqué al patriarca José Arcadio Buendía atado al castaño y al hijo de Prudencio Aguilar esperando a cumplir con sus deseos de venganza, ya tenía avanzada la edición de El asno de oro. Había decidido, por un lado, que no quería tanta “soltura” en el texto, que volver a lo del Quijote estaba bien, aunque liberándome un poco más; y, por otro, que no me apetecía realizar algo como lo del Lazarillo, tan leal al texto original. Con estos nuevos vientos dando en la colina de mis estímulos, lógico fue que, cuando publiqué Los [II] cuartos, en 2023, la versión que preparaba de Las metamorfosis de Apuleyo recibiera un vivificante impulso renovador. Acerté entonces a saber con exactitud el punto en el que quería que se cocinara la carne de mi escritura. Rehice mucho de lo que tenía elaborado y, sobre todo, eliminé muchos contenidos que acabé considerando “desviadores” de mi propósito narrativo; y conseguí el cierre del círculo, o sea, conectar el final de la novela con el principio. Sin el experimento realizado a partir de las influencias Gabo-Kashif/Cien años-Queen, posiblemente no habría llegado a este texto que te ofrezco y que tanto deseo que disfrutes leyendo como yo lo he hecho escribiéndolo.

En lo tocante a supresiones, ¿hice lo que Peter Singer realizó para su adaptación de El asno de oro (Planeta, 2022), o sea, suprimir «las numerosas digresiones del texto latino para ofrecernos el núcleo central del relato —las peripecias de un hombre transformado en animal—», como se lee en la web de la editorial? No. Los relatos intercalados, precisamente, son uno de los elementos más significativos de esto que te ofrezco. El espíritu del Decamerón boccacciano, en lo tocante a narraciones impactantes, estuvo presente, como no podía ser de otro modo, siendo el humanista italiano un devoto del africano; y el del Quijote también, sobre todo el de la primera parte, junto con la edición que preparé en 2016 de estas historias breves que aparecen en la novela cervantina y que reuní con el título de El Quijote sin don Quijote, libro que está pidiendo una reedición que, más pronto que tarde, tendré que acometer. Lo que les dije en su momento a don Quijote y Sancho —que se apartaran y que permitieran que esas otras historias intercaladas tuvieran un lugar en las atenciones lectoras— fue lo mismo que hice con Lucio, a quien solicité en no pocas ocasiones que se hiciera a un lado para que los relatos intercalados de Apuleyo brillaran como se merecen.

Ya lo he dicho con anterioridad. No me importa repetirlo. Espero que no te importe releerlo: mi objetivo principal es que disfrutes del texto. Que des por buenas las horas que le dediques a su lectura. Que, al cabo, cuando termines el último capítulo, sueltes un sonoro: «Me supo». Si eso se consigue, todos mis anhelos como editor y juntaletras se habrán colmado en su plenitud. Y si, además, se logra que tu curiosidad intelectual busque el texto de Apuleyo, en las numerosas versiones en las que se ha publicado, pues, como se dice para alabar algo en exceso: miel sobre hojuelas.

Esta obra es un aperitivo. De hecho, ese debería ser el nombre del género al que, a mi juicio, conviene adscribirla: el género aperitivo. El tuneo vendría a ser el procedimiento que transforma un texto en un producto que debería pertenecer a este género. Todas las obras que favorecen el conocimiento de sus versiones canónicas son obras aperitivo. Todas las antologías son aperitivos por sí mismas. Todas las ediciones escolares son aperitivos. Todas son invitaciones a una lectura de más fuste.

Detente un instante: ¿te has parado a considerar qué hermosas palabras son, en este contexto, “aperitivo” e “invitación”? Responden a lo que es y debe ser la literatura: un estímulo para abrir el conocimiento a la ingesta del alimento que nos enriquezca, una bienvenida a algo que ha de ser memorable.

IV

Concédeme, por favor, unas poquitas páginas más para contarte algunos detalles de esta edición y dar por finalizado este anejo. Veamos: tras el índice, que verás tan pronto como traspases el territorio de la hoja de créditos, verás un mapa. En él se destacan los nombres de tres ciudades: Larisa, Farsalia e Hípata. Las dos primeras se ven con claridad dentro de los límites de la provincia de Tesalia; la tercera está un tanto fuera. No le des importancia a este detalle ni a lo que al respecto se apunta en una de las notas. Las precisiones en esto son complicadas de establecer. Lo que me interesa del mapa es que te hagas una idea aproximada de por dónde transcurre el relato de Apuleyo.

Después del mapa, te ofrezco dos extractos del libro Mario el Epicúreo, de Walter Pater. Carlos García Gual, en la introducción a la edición de El asno de oro (Alianza, 1989), me puso sobre la pista de este título que firmó el crítico literario y ensayista inglés. Los fragmentos me parecen deliciosos y son, a mi juicio, un inmejorable prólogo al texto de Apuleyo, que he dividido en cuatro partes (Preliminar; Lucio, hombre; Lucio, asno; y Lucio, hombre de nuevo) y he distribuido en treinta capítulos cuyos enunciados son completamente inventados. No hay analogía alguna entre estos rótulos y lo que refleja la versión ortodoxa de la novela.

A un lado queda la obra literaria y, a otro, separada con un signo más (+), la información complementaria, que comprende los apartados dedicados a las notas y a la bibliografía, así como el anejo que nos convoca, del que nada diré. Sí, en cambio, del apartado que lo precede. Veamos: las notas son, ante todo, apuntes que no buscan tanto aclarar las dudas que pueda presentar el texto de Apuleyo, que se ha pulido hasta dejar romas las esquinas más complejas de la obra, como anotaciones que invitan al conocimiento de cuestiones relacionadas con la mitología y con determinados contenidos de la lengua y la literatura grecolatinas. En la mayoría de las ocasiones, las notas no explican nada, sino que ofrecen lecturas alternativas en las que se habla de la parte señalada con números volados. Son exégesis que buscan ampliar el campo de conocimiento y son, al mismo tiempo, una muestra de agradecimiento y un homenaje a quienes compusieron los fragmentos reproducidos y a cuantos elaboraron las magníficas ediciones que he utilizado para tomarlos prestados.

Como el texto es, ante todo, un divertimento de la escritura que aspira a serlo de tu lectura —me lo he pasado muy bien adaptando la novela y, en muchos casos, renovelándola—, he procurado que el estilo fuera fiel al tono de cercanía —afectuoso, incluso— con el que tan cómodo me siento y, con ello, al espíritu lúdico que envuelve la obra. Por eso, no me he preocupado mucho de los distintos tipos de pretéritos que he repartido por doquier ni de los vaivenes con los complementos directos e indirectos y sus formas pronominales, que tan pronto se han sujetado a rasgos dialectales como a los que conforman mi idiolecto. Yo hablo así. Mal y regular la mayoría de las veces; bien, a veces; tirado, casi siempre; y solemne, de tanto en tanto. Lo que me interesa sobre todo es que el relato fluya, que te resulte asequible, agradable, ameno —a, a, a—; y que pienses que merece la pena, tras la experiencia, acudir a la versión ortodoxa de esta joya de la literatura universal, publicada en muy buenas ediciones, como las cinco que consigno en las referencias bibliográficas y que me han sido de mucha ayuda para fijar el texto.

Concluyo. Este proyecto editorial comenzó a pergeñarse a principios de junio de 2018. En todos estos años, he ido componiéndolo poco a poco al tiempo que buscaba información sobre algunos detalles del texto (una parte de ella conforma el cuerpo de las notas de este trabajo). Llevo, pues, ocho años alimentando esta iniciativa. Ni que decir tiene que lo hacía muy de tanto en tanto: un poquito por aquí hoy, otro poquito por allí mañana. Nunca supe cuándo llegaría a terminarlo, pero sí que lo acabaría —con la lógica prudencia que exige afirmar cuestiones que pueden quedar desbaratadas por algún cruel dictamen de naturaleza biológica—. Los docentes de secundaria con aficiones escritoras e investigadoras hemos de aprovechar los huecos que nos dejan las vacaciones estivales y algunas aglomeraciones dispersas de días a lo largo del año (Semana Santa, Navidad, puentes y acueductos…) para poder aislarnos y sacar adelante proyectos de esta envergadura; y el verano de 2026 fue, para mí, el momento adecuado para resolver esta larga historia editorial, a la que —como siempre, no puedo evitarlo— me dediqué “casi” en cuerpo y alma, pues también me entretuve con otros asuntos escritores y, como es razonable deducir, domésticos.

Recordaré el verano de 2026, pues, por Las metamorfosis [aka El asno de oro] de Apuleyo, sí; y por haber engrasado el cuarto tomo de Soltadas, que verá la luz a principios de 2027 y que contendrá en sus páginas, entre otras entradas, una dedicada a la biblioteca cervantófila que he donado a Santa Lucía de Tirajana y que constituye una antesala de otras entregas similares que, si la Fortuna se alía conmigo, haré a este municipio grancanario donde tengo previsto que me halle mi último instante; y por haber avanzado en un título con el que me gustaría cerrar el año (Felípicas para un trono republicano), que servirá para reemplazar el ficticio discurso anual del jefe de Estado —mostrado en las últimas seis Nochebuenas en la prensa local— por una suerte de diario-crónica de andanzas librescas anuales que aún no tengo completamente perfilado; y por haber terminado de componer y entregar un extenso artículo para el número de julio de la revista El Tribuno que me hace especialmente feliz por lo que representa (“Federico García Lorca. 33 semanas para el telón”), y que comencé al poco de entregar para el número de junio mi disfrutadísimo y no precisamente parco “Sobre las primeras uruguayas baldosas literarias un paseo”; y por haber acondicionado unos cuantos escritos más para la misma publicación, como un extenso escrito sobre el voluminoso Archipiélago herreño, de Víctor Álamo de la Rosa, cuya edición, publicada en 2025 y hecha con devoción y no poco esfuerzo, te invito a conocer; y por haber trabajado junto con Ana Belén Hormiga Amador en Memoria de calima y maresía, de y sobre Lola Suárez, título preparado para el homenaje de la autora en el Día de las Escritoras Canarias; y, sobre todo, ante todo, en primerísimo lugar —repito—, por haber terminado este libro, que siempre tuve claro que debía ver la luz como regalo de cumpleaños para Patri. A ella, muy agradecido por lo mucho y muy bueno de sus aportaciones (en esta obra y en mi vida), dedico esta humilde y cariñosa edición.